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viernes, 29 de julio de 2016
Cromatismos
Es un
viejo tópico afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas. Esa ciega
adscripción a la razón antropoide es la que primero nos guió por el camino del
conocimiento pero después nos ha dificultado históricamente el poder ver las
cosas con mayor claridad. La antropomorfización ha tenido varias
manifestaciones de muy diferente índole:
1/ Nos ha hecho proyectar nuestras cargas simbólicas (dioses, fuerzas antropomórficas) 2/ Nos ha condicionado los
tamaños relativos espacio-temporales-energéticos (grande/pequeño; cerca/lejos;
joven/viejo; frío/caliente,…) y 3/ nuestra propia conciencia nos ha situado en
el centro espacio-temporal (somos el origen de coordenadas de nuestra propia
percepción). Este tercer punto presenta una consecuencia muy interesante: nos
está preferenciando una perspectiva concreta, como consecuencia directa de la
subjetivación de la conciencia. Para un nivel pobremente diferenciado de
conciencia –seres primitivos- el tiempo y el espacio no existen como aspectos
objetivos: solamente existe la experiencia del aquí y ahora. Con la progresiva diferenciación
de conciencia el espacio y el tiempo aparecen como elementos objetivos entre
los que se mueven nuestras percepciones (Kant). Cuando evolucionamos todavía
más volvemos a considerar el espacio y el tiempo como construcciones humanas,
merecedoras de un grado variable de subjetivismo. El aquí y ahora vuelve, pero
ahora con un grado de consciencia superior; hemos asimilado el espacio y el
tiempo dentro de nuestra propia subjetividad. Cuando observamos en distacia,
tanto espacial como temporal, las diferencias se encogen progresivamente,
ofreciéndonos un efecto telescopio. Lo que aparece alrededor nuestro dispuesto
en escala lineal se transforma, con la distancia, en escala logarítmica,
hiperlogarítmica y así sucesivamente. Tendemos a clasificar las épocas
anteriores a la nuestra dividiendo el tiempo en períodos crecientemente largos
a medida que se alejan de nosotros. De igual manera, reconocemos “nuestro”
espacio alrededor nuestro, tendiendo a alienar lo que se halla más allá de
nuestras fronteras personales. Así, el
aperspectivismo y la transracionalidad tienen que ver con el descentramiento,
con el ascenso dimensional. ¿Qué diferencia existe entonces entre la
intersubjetividad y la objetividad? Se me ocurre un ejemplo ilustrativo.
Sabemos que existen algunas especies animales que poseen un margen de
percepción cromática –bien, de longitudes de onda lumínica, ya que el término cromático
es absolutamente humano- mayor que el propio de los humanos. Nosotros hemos
llegado a bautizar diferentes franjas del espectro visible (humano) con el
nombre de los distintos colores. De esta manera podemos abstraer nuestras
percepciones y hablar de “azulidad” o “verdez” como experiencias perceptivas
“bastante” intersubjetivas. Un realista ingenuo diría que estas cualidades
perceptivas aparentemente subjetivas se pueden objetivizar si hablamos de
longitudes de onda en vez de colores. Entonces nos podemos preguntar sobre la
experiencia subjetiva de “ver” longitudes de onda situadas fuera del espectro
que es visible para nosotros. No podemos referenciar el tipo de experiencia
cromática de un insecto como la abeja que ve la luz ultravioleta o una serpiente
poseyendo detectores de luz infraroja. Podemos, a través de un artefacto,
convertir las emisiones de luz ultravioleta o infraroja en luz visible
(aquellas imágenes que nos muestran “como seria” el mundo visto por otras
especies, pero esto no tiene nada que ver con la experiencia de “ver” luz
ultravioleta o infraroja. Como los humanos no poseemos esta percepción no
tenemos ni idea de como es tal experiencia.
lunes, 25 de julio de 2016
Cultura de masas
Inspecciono el programa de la orquesta local para la temporada que viene y
una vez más me lamento. Además de las dosis habituales de sinfonías de
Shostakovich (gustan al gran público pero, sobre todo, no pagan derechos de
autor) observo una cuota creciente de música de películas tipo Star Wars. Si las sinfonías de
Shostakovich son música de segunda o tercera prensada en este tipo de
composición el número de prensadas se hace ya incontable. A la música de
películas le pasa lo mismo que a la ópera: funciona en su medio original pero
pierde su sentido fuera de él. Se ha escrito muy buena música para películas
pero no tiene nada que ver con lo que el gran público entiende por dicho
término. La música para películas clásicas hollywoodienses bebe de una pléyade
de exiliados centro-europeos que huían del nazismo pero también de la música
moderna que, dicho sea de paso, en su país de origen estaba prohibida. Estos
compositores crearon en verdad todo un género, pero se trataba de un género
basado en un tipo de música periclitado de las salas de concierto o de los
teatros de ópera. Cuando escribían –y de vez en cuando lo hacían- conciertos para violín el resultado servía para poco más que dar un vehículo de lucimiento
a algún solista. El mérito de Miklos Rozsa, Max Steiner, Franz Waxman, Erich
Korngold y sus colegas, repito, consistió en la creación de un género de forma
artesana. Experimentaron con las imágenes, aunque normalmente emplearon el
material que Strauss, Scriabin o Reger manejaban
50 años atrás. Y este modelo, actualizado, continúa siendo el regularmente
utilizado en las grandes producciones hollywoodienses. ¿Por qué el público no
muestra mayor interés en las obras originales en que se basan estas músicas
funcionales? Ayer mismo leía en un comentario a la interpretación de la IX
sinfonía beethoveniana en los Proms de 2012 que en el minuto tal la música
parecía la de Lord of the Rings….¿¡¿sería al revés, no?!? No puedo por menos que pensar
en el rigor con se programaban los conciertos clasicos durante mi adolescencia, cosa que
hacía el rito de la música aun más sagrado. Hoy en día lo sagrado no existe
simplemente por definición. Sólo existe la mercancía, la cultura de masas. El
filósofo y (pobre) teórico musical Th. Adorno unía su herencia centro-europea y
su filiación neomarxista de la Escuela de Frankfurt para despreciar fuertemente
lo que él mismo bautizó como Kulturindustrie
o cultura de masas, producto del tardo-capitalismo que habría servido para
impedir que el proletariado llegara a subvertir el orden establecido. Aplicando
tales conceptos en un orden más amplio, me atrevería a decir que esta industria
ha logrado llevar los referentes de las masas hasta su mínima y máximamente
estéril expresión. No nos engañemos: los referentes forman el entramado
consciente que constituye nuestros paradigmas. Vemos el mundo a través de ellos
(además de los símbolos inconscientes, tan o más importantes que ellos).
Algunos referentes son transmitidos con la educación en épocas tempranas de la
vida y otros son incorporados a lo largo de ella, en un proceso continuo de
aprendizaje. Si los referentes que incorporamos a lo largo de la vida son
clichés formularios, pobres y estériles seremos fácilmente manipulables, por
intransigentes que nos mostremos. Pero no hace falta ir tan lejos. Hoy en día nos dejamos manipular ¡mediante un juego infantil de realidad virtual!
sábado, 25 de junio de 2016
Contingencias
Hace 2300 años
Aristóteles dijo que “todo efecto es precedido por una causa”, que “el todo es
la suma de las partes” y que “O bien un enunciado o bien su negación son
necesariamente ciertos”. Basta cerrar un bucle sobre un sistema o
autorreferenciarlo para hacer que estas verdades supuestamente necesarias,
absolutas y generales se hagan
contingentes, relativas y parciales. Así, las estrellas –un clásico sistema
disipativo- mantienen vivo su horno de fusión nuclear porque las temperaturas
en su interior son lo suficientemente elevadas, y lo son porque contienen un
proceso de fusión nuclear. Una célula tiene una propiedad muy concreta –la
vida- que no poseen sus partes, ya que las moléculas no están vivas. La vida es
el resultado emergente de la complejidad. Al cretense de la paradoja, que
afirma que todos los cretenses son unos mentirosos, no se le puede aplicar el
principio del tercio excluso: su afirmación no es ni cierta ni falsa. Y es así,
a través de la relativización de afirmaciones pletóricas, como evoluciona el mundo y la historia va
atravesando diferentes épocas. Y lo verdaderamente importante es que estas
épocas se sucedan. El espejismo postmodernista del fin de la historia (versión
Fukuyama o cualquier otra) es necesariamente falaz. Y esta falacia nos acompaña
actualmente en todo momento. Este espejismo nos sitúa en un contexto de visión
absoluta a-referencial para el que las diferentes visiones son constructos que
se añaden sobre un fondo vacío. Y nosotros estamos continuamente empeñados en
racionalizar al máximo el constructo nuestro de cada día.
viernes, 17 de junio de 2016
Referencias
Siendo todavía adolescente recuerdo que el tema de la subjetividad de los referentes me obsesionaba (supongo que en referencia a la altruidad que tanto preocupa en esta época de la vida). A la intersubjetividad de referentes me he referido a lo largo del blog como “telones de fondo”. Una civilización floreciente dispone de unos telones de fondo bien instalados; tan firmes y bien sujetos se encuentran que se nos hacen virtualmente transparentes. Es más: el conjunto de referentes está orgánicamente dispuesto en paradigmas que a su vez cuelgan de lo que llamamos estructuras evolutivas de pensamiento. No nos hallamos en una situación tal como la que describo sino más bien en una época puente; al borde mismo no solo de una civilización y de sus paradigmas sino también de una estructura evolutiva de pensamiento. La única manera de poder observar esta situación es desapegándose de nuestra visión habitual y enriqueciéndola con sus complementariedades. A pesar de que hemos empezado a asimilar que no existen referentes absolutos parece que seguimos creyendo en ellos y actuamos en consecuencia. Por eso hemos abandonado la concepción de que los estudios humanísticos son importantes y los contemplamos como un lujo, lo mismo que el arte, mientras que seguimos creyendo a pies juntillas que la ciencia trata sobre verdades absolutas ¡Qué equivocados estamos! El resultado de este galimatías, de esta ceguera, está a la vista de todos. Hemos perdido el tejido orgánico de nuestros referentes que han permanecido así aislados y descarnados como piezas deconstruidas que pueden ser objeto de cualquier ordenación que se nos ocurra. El hecho de que hayamos descubierto, hacia el final de la Modernidad, la existencia de los telones de fondo que hasta entonces se nos transparentaban no significa que la organicidad, es decir, el conjunto de relaciones complejas entre referentes, deje de existir, siquiera en una nueva o alternativa disposición. La ceguera, además, se autoalimenta en una especie de bucle recursivo positivamente acoplado –o sea, desestabilizante-. Aun es hora de que oiga a algún líder de opinión de esos que tanto sacan la lengua a pasear que diga que nuestra sociedad padece una crisis compleja, de la que la crisis económica es tan solo una manifestación más, y que las crisis morales, de valores, de la intersubjetividad de referentes, de la maladie du temps, son tan o más significativas que aquélla. Seguimos usando tranquilamente dicotomías para calificar a las personas –en una especie de cuestionario Proust intersecular- que, fuera de su contexto, nada quieren decir. La mayor parte de tales descripciones duales no se refieren a supuestos trasuntos platónicos sino solamente a estadios históricos. Porque a pesar de que hayamos descubierto que no existen sistemas auto-referenciales (ni los sistemas axiomáticos como los matemáticos lo son, después del teorema de Gödel), siempre existe un meta-sistema –no referencial, por supuesto-, a quien referirse. Ese constante proceso de cambios en la meta-referenciación es lo que se nos aparece a lo largo de la evolución histórica. Cuando aparecen los dualismos descarnados debemos siempre invocar al espíritu de la hermenéutica, que no deja de ser un meta-sistema sobre el que analizar un concepto de forma diacrónica, es decir, introduciendo una componente temporal referenciante.
martes, 7 de junio de 2016
Bambalinas
Ciertamente:
durante mi juventud, todos los años, la entrada de la primavera solía afectar
mucho mi grado de energía mental, que se veía sacudida por la astenia y la
sobrecarga en rápida sucesión. Aquel día de primavera ya más tardía me hizo
rememorar tales sensaciones, hacía ya largo tiempo olvidadas. El sopor invadía
todo mi ser. Un sopor profundo, de aquellos que no se resuelven simplemente
durmiendo. Un sopor que afectaba igualmente a mi cuerpo, mi alma y mi espíritu,
o una forma superior que englobase estos tres estadios de la cadena del ser. El
sopor supone una nube, una falta de conexión, una separación para con el
mismísimo centro de uno mismo. Mientras a duras penas era capaz de detectar lo
que ocurría a mi alrededor observé el discurrir del paisaje que se me ofrecía a
través de la ventana del tren con el que estaba viajando de vuelta a casa desde
el trabajo. Las vistas captadas desde un tren en marcha cuando atraviesa
poblaciones –especialmente poblaciones de tamaño suficiente- siempre me han
seducido. Probablemente porque se asemejan mucho a un decorado visto por
detrás: un decorado observado desde un meta-decorado. Los decorados observados
por delante, desde la posición del público que atiende un espectáculo, constelizan
todo un universo ya que nos sugieren un lugar, una época, una situación, un
entorno social. Constituyen una colección de referentes orgánicos que nos
insieren dentro de un mundo. La iluminación de estos decorados forma parte de
esta constelización. ¡Qué sorprendente efecto constituye la transferencia de
meta-decorados que resulta cuando en un espectáculo teatral las luces de sala
se encienden durante la representación y hacen empalidecer los decorados, que
se ven entonces más falsos y convencionaless de lo que nos hubiéramos imaginado
al principio! Cuando visitamos un escenario, acabada la función, el efecto de
observar los decorados por detrás, bien lejos de deprimirme como a mucha gente,
me da una sensación de ampliación de puntos de vista. Nada de realidad gris
frente a la magia del decorado durante la función. La magia está en nuestra
percepción, que puede ver magia en cualquier situación. Y en aquel corto viaje,
en medio del sopor dominante, veía
magia. Los cortos espacios entre poblaciones apenas dejaban ver elementos
naturales, de una naturaleza por eso absolutamente condicionada por la mano
humana. Me resulta cuando menos curioso que distingamos entre el mundo tal como
aparece sin nuestra mediación y desde nuestra mediación. Me interesan sobre
todo la cultura de la naturaleza y la naturaleza de la cultura, un bucle
complejo como cualquier trasunto de este mundo. En aquel momento, por eso, los elementos
arquitectónicos humanos atraían mi atención más que los salpicones de
matorrales, tundra urbana y vertederos –las macroletrinas que la sociedad hiper (y mal) industrializada siempre intenta
esconder detrás del decorado-. Viviendas degradadas, casas de humildes orígenes
que han devenido revalorizada mercancía de lujo, escombros de naves
industriales….La falta de tiempo libre sumada al exceso de tiempo muerto usado
en los desplazamientos ha hecho que suela viajar con música incorporada con pinganillos. Esta
costumbre tiene una doble consecuencia: por un lado te aisla, te sume en una
especie de autismo que llega a ser peligroso cuando te impide escuchar con
claridad los sonidos que te advierten del peligro, como los del tráfico; por
otro te hace apreciar la realidad que se presenta delante de tus ojos con un
tinte característico al que la música contribuye de forma decisiva. La
impresión que produce el observar la misma escena con el cuarteto op 130 de
Beethoven, Giant Steps de Coltrane, la VIII sinfonía de Henze o Fleur Bleue de
Trenet es radicalmente diferente. Lo mismo sucede si escogemos el andante de la
Sinfonía Pastoral como música de fondo para un combate de boxeo, documentales
paisajísticos sobre la campiña vienesa, una fábrica de armas, una nursería de
hospital o un viaje interplanetario. En mi aparato de reproducción estaba
sonando en aquel momento una pieza de Paul Hindemith que se sumaba a mi
somnolencia para evocar con fuerza un pasado mítico mientras observaba los
decorados desballestados que en otra época –cuando todavía se alzaban enhiestos
por el lado representacional del escenario con iluminación ad hoc- simbolizaban la industriosidad del momento, hoy día evolucionada hasta un punto irreconocible para aquella no tan lejana época. El
pasado, el sopor, el espejo, el símbolo; no son todo trasuntos del mito?
Otra
forma de vertedero se hace visible a menudo –y éste volvía a ser el caso- a los
pasajeros de los trenes: los camposantos. Representan la conexión con otros
mundos, con otras realidades que no hallamos fácilmente ni mirando los
decorados por detrás. A diferencia de las naves industriales abandonadas, los
cementerios registran cierta, por mínima que sea, actividad. Son visitados
ritualmente por familiares de difuntos y por poetas románticos en busca de
inspiración. También Don Juan es un asiduo visitante nocturno de tales
espacios. El tren se acercaba ya a la metrópoli, después de atravesar puentes y
túneles para esquivar otras vías de aproximación de vehículos. Los decorados de
esa zona ya no evocaban en mi el pasado mítico sino la historia reciente del
crecimiento desordenado. La música de mi reproductor, de nuevo, coloreó –o, en
este caso, más bien comentó- la situación. Mientras el tren circulaba entre
bloques de pisos-dormitorio –que son decorados aparentemente esféricos, ya que carecen
de una clara parte frontal o dorsal- sonó una pieza del último período de
Arthur Honegger, cuando el compositor sufría una especie de estado depresivo
causado por su pesimista visión del mundo del futuro. Aunque en 1950 esta
visión no era ni mucho menos la general, ya que el mundo se recuperaba de las
desgracias y pérdidas de la guerra, esta recuperación y el afán de no volver a
pasar miseria llevaron al mundo a la situación opuesta, la de la crisis moral
que ahora tan agudamente padecemos. Las viviendas que se construyeron para los
emigrantes de 1900 ahora o se han transformado en residencias de cierto lujo o
sus ruinas forman parte de los decorados míticos que miramos por la parte
posterior. Las que se construyeron en 1965 han perdido totalmente la
configuración humana particular y forman parte del feísmo despersonalizado que
odiamos pero a la vez seguimos alimentando con fuerza. Y el hecho de no ser
fácilmente perspectivizables, como los anteriores, los hace particularmente
insidiosos. Diríase que no forman parte de la evolución y sólo muestran un
fondo neutro que puede ser coloreado a voluntad. No es cierto. Son tan
decorados como los otros, pero de un modo auto-completado que los hace parecer
inexpugnables.
El tren entró entonces definitivamente en un largo túnel que comunicaba con
la red del subsuelo de la metrópoli. En el reproductor le tocó el turno ahora a
una interpretación de Brad Mehldau. El jazz, como cualquier otro estilo
musical, ha de verse sometido a evolución o pierde interés. Aunque la tarjeta
de visita de este estilo sea la improvisación, nos las hemos apañado para
preservar las improvisaciones de las grandes figuras de la historia en forma de
grabación –lo más opuesto a la improvisación que podamos imaginar-. Mehldau es
un buen ejemplo de eclecticismo: recoge elementos –jazzisticos o clásicos- de
otras épocas pero también los fusiona con influencias que van desde la música
de Ligeti hasta el rock. Eso le da continuidad dentro de la historia del género
(¿no se quejaba Stravinsky en los años 50 de que algunos pianistas de jazz
parecían haber recién descubierto la música que Debussy había escrito 50 años
antes?) y a la vez una actualidad sincrónica. Cuando llegué a mi estación de
destino corrí hacia el metro habiendo dejado atrás el sopor pero no el cansancio
crónico que la primavera tardía seguía poniendo de relieve. La música de Elliott
Carter me acompañó en este nuevo periplo.
viernes, 20 de mayo de 2016
Ritos
Las deconstrucciones, hoy tan a la orden del día, afectan a todas las
actividades humanas, desde las noéticas a las éticas pasando por las
ritualísticas, artísticas o folklóricas. La actitud deconstruccionista está
subsumida en el corazón mismo del pensamiento post-moderno: la falta de un
espacio o significado absoluto –llámese metafísica o de otra manera- en referencia
a nuestros signos que, desde este punto de vista, sólo dependen unos de otros y
no de un fondo común que los referencie. La constatación de este hecho siempre
me ha parecido una conquista importante, pero sólo representando un estadio pasajero que suponga una movilización de referentes y no lo que ha acabado haciendo la post-modernidad: aislando elementos, racionalizándolos y
proyectándolos contra un supuesto fondo de pantalla blanca que no deja de ser
lo que siempre ha negado: un absoluto inamovible. Comienzo de esta manera tan
teórica y abstracta para seguir con el tema propio de este post: las
deconstrucciones de las costumbres y ritos. Es absolutamente normal y aun
necesario que las costumbres evolucionen. Los ritos, que forman parte de las
acciones ligadas a una estructura mítica de pensamiento, también evolucionan de
forma paralela al progresivo hundimiento en el inconsciente de tal estructura
de pensamiento. Las costumbres y ritos fúnebres han estado presentes desde
épocas muy remotas de la historia de la humanidad, y han evolucionado de la
manera descrita, desde la pura magia hasta el rito y más allá, conllevando
además aspectos sociales, de cohesión tribal/social, aspectos estéticos, etc. Cada
época y cada cultura ha poseído, como parte de su evolución, una colección de
acciones y ritos que le han sido característicos. La post-modernidad, en su
afán de haber superado la evolución histórica, ha creado una deconstrucción del
rito para cualquier uso. Lo ha hecho, empero, intentando preservar a toda costa
la mentalidad anterior, la mítica, y lo ha hecho con miras a mantener el
negocio que supone el acto fúnebre. De esta manera las empresas pseudo-públicas
que se encargan de desplumar al ciudadano lo hacen sobre la base de sus
creencias, temores, vergüenzas, y contricciones. ¿La forma de combatir este
desajuste? Una vez más, la educación. Cuando el rito se deconstruye
(entierro/cremación; féretro abierto/cerrado; flores si/no; esquela si/no
–tamaño?- ; ceremonia laica/religiosa –qué religión?- música si/no –cual?-
duración -10?15?20 min?-; servicios post-funerarios si/no…..) pierde toda su
significación, que se halla enraizada en la tradición y su evolución. Si
referimos los elementos descohesionados como si tuvieran entidad propia y nos
dedicamos a construir combinaciones lineales ad hoc hemos matado ya al insecto para pincharlo en la colección.
Ya no es un insecto; es un objeto de contemplación. Por eso veo una
contradicción insoportable entre este afán digitalizante y la mentalidad
funeraria tradicional. Si la mentalidad evoluciona dejemos que aparezcan nuevos
ritos y no juguemos con los elementos desmembrados de los antiguos. Una
espiritualidad evolucionada puede considerar que la materia es sagrada sea cual
sea su estado y destino; que el espíritu del difunto se halla en la mente de
los que lo conocieron; que la individualidad personal es un espejismo que
desaparece tras la defunción; que la memoria de un difunto se puede evocar en
cualquier lugar y ocasión y que todos los seres se hallan unidos en una gran
red-de-vida omniabarcante. Lo que implicaría que la gestión de los cadáveres se
realizara de forma sencilla y con dinero público de ese que tanto se roba en
beneficio privado. Y el que quisiera construir un baldaquino barroco con su
dinero por aquello de impresionar al vecino incluso en estado post-mortem, pues allá él.
viernes, 13 de mayo de 2016
Per al meu pare
Do not go gentle into that good night
Dylan Thomas, 1914 - 1953
Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.
Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.
Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.
Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.
Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.
And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.
Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.
Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.
Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.
Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.
And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.
viernes, 6 de mayo de 2016
Onanismos
Una época narcisística es necesariamente una época onanista. Y si una parte no despreciable del narcisismo viene cristalizada alrededor
de la exhibición de imágenes, una parte
importantísima de ellas tiene un origen claramente onanista: las selfies. El retrato fotográfico nació,
en la época de los albores de la fotografía, como un intento de plasmar una
persona o grupo de personas a la manera de un retrato pictórico. Es decir, con
una pose artificial y afectada. Es más, como el trasunto primero burgués y más
tarde proletario del aristocrático óleo. Hace cien años todas las familias,
incluidas las de origen humilde, pasaban, una vez en la vida al menos, por casa
del fotógrafo para realizar “la fotografía” que las inmortalizara, y que luego
enviarían incluso, a modo de postal, cargada de buenos augurios y autógrafos a sus parientes y amigos. La apariencia de
los personajes nada tenía que ver con su imagen habitual: vestían con el traje
de las grandes ocasiones, que rara vez se ponían, sobre un decorado con tenues
arbolillos que parecía una versión burguesa de los fondos pictóricos
renacentistas, e incluso en ocasiones lucían, como las postales iluminadas,
unos toques de color sobre sus mejillas y que permitían, a su vez, efectuar
leves modificaciones del color de sus cabellos. Cuando la posibilidad de hacer
fotografías se vulgarizó –especialmente tras la universalización de la
auto locomoción- las familias no tan solo retrataban a gogo a sus familiares
sino también –y especialmente- los lugares que visitaban (las fotos-trofeo en
que el familiar aparecía, a veces con tamaño liliputiense, ante el decorado
ahora natural del lugar visitado). En aquella época de las Instamatic y Verlisa
rara vez se pretendía fotografiar una cara de cerca. Solamente los que
realmente amaban la fotografía y se habían comprado carísimos objetivos especiales
podían hacerlo sin riesgo a desenfoques o deformaciones de los rostros. La
irrupción de la fotografía digital supuso un salto a una nueva era. El
resultado ya no se hacía esperar hasta el revelado y las copias. Ahora era
posible tener un feed-back instantáneo
que nos guiara a través de un trial-and-error
hasta el resultado deseado. Además –¡gran novedad!- ya no era necesaria la
iluminación del fogonazo de magnesio en interiores. La débil luz de una vela
era suficiente para dejar su rastro en el objetivo, que por algo la física es
más esencial que la química. El paso siguiente no se hizo esperar demasiado: la
incorporación de cámaras fotográficas a cualquier tipo de utensilios, hasta
llegar a los smartphones. Estos aparatos han supuesto una revolución en las
comunicaciones pero evidentemente con su parte regresiva incorporada. Así, los
adolescentes no se desprenden de ellos porque los utilizan para expandir –con
ayuda de las insidiosas redes sociales- su narcisismo y exhibicionismo
naturales. Imagino al arquetipo de adolescente que representa el mozartiano Cherubino
utilizando su smartphone para hacer furtivamente fotos comprometidas de tutte le donne del palazzo y, como no,
gran cantidad de fotos reflexivas, auto-fotos o, como se las conoce vulgarmente,
selfies. La selfie publicada en una
red social satisface simultáneamente los impulsos narcisistas y exhibicionistas
de adolescentes y población adolescentoide de hoy en día. Pero el problema de
la selfie es que, debido a un simple problema de óptica, ofrece una imagen
deformada del rostro debido a la excesiva proximidad del objetivo. Curiosamente
el adolescente ha aprendido a vivir con esta deformación en sus manifestaciones
visuales. El adolescentoide, con más recursos y menos tragaderas que su joven
emulado, ha preferido desarrollar el llamado palo de selfie o brazo alargador que permite autofotografiarse a
una distancia suficiente como para esquivar la deformación. El palo de selfie
parece querer hacernos olvidar el origen onanista de este tipo de fotografía. Al
menos con este artilugio también se pueden auto-fotografiar grupos. Algo es
algo….
viernes, 29 de abril de 2016
Sectas
Dentro del marco cambiante de la política catalana, española, europea y por qué no, mundial, un tema llama fuertemente mi atención. Es la aparición de opciones políticas alternativas, que vayan más allá de lo que hoy hemos llegado a aceptar como habitual. La novedad siempre llama mi atención por puro instinto de conocimiento. La política habitual, así como sus modelos económicos, se han encarrilado a través de un peligroso camino condimentado por una creciente falta de sentido moral y responsabilidad socio-ecológica. Este entramado se corresponderia con la racionalización (que no racionalidad) que ofrece la postmodernidad. Cualquier avance que pueda superar esta suerte de aparente callejón sin salida (o, peor aun, huida hacia el precipicio) deberá incluir la racionalidad y superarla. Nunca negarla y mucho menos colocar a la gestión pública en una esfera más cercana al sectarismo religioso. Y eso es lo que hace un partido muy concreto que aglutina -y aglutinar diferencias es, en sí, bueno- desde una izquierda, digamos muy romántica (o literaria, o poco práctica) hasta una secta religiosa que ofrece la luz de la salvación a las mujeres menstruíticas. Los romanticismos en política -y a veces también en el mundo del arte- conllevan el peligro inherente de acercarse a los populismos. ¿Y por qué son los populismos poco deseables? Pues porque substituyen el conocimiento, la cultura capaz de engendrar un criterio maduro, por una ahesión barata (más aun, por un tramposo trueque). Cuando los populismos se llevan hasta extremos de intensa irracionalidad se llega hasta otra de nuestras realidades extremas, la de los jóvenes que tan gratuitamente se hacen saltar por los aires llevándose con ellos a quien pillen por el camino.
viernes, 22 de abril de 2016
Procrastinación
Inspecciono el artilugio electrónico que utilizo para estar conectado con mi actividad profesional por pura procrastinación. Quizás porque nos hemos acostumbrado a hacer bailar los dedos sobre teclados virtuales -bien; en mi caso también sobre teclados reales- . Y me encuentro con una sorpresa: una aplicación que es capaz de registrar datos morfológicos, médicos y de actividad ofrece también la posibilidad de ir apuntando cada encuentro sexual que tiene el interesado, clasificándolo según el grado de protección utilizado. De momento no preguntan ni por la naturaleza del partner ni por el grado de satisfacción alcanzado, pero todo se andará. Pienso en una versión electrónica del catálogo que Leporello, servil criado de Don Giovanni, recita a una de sus catalogadas. Está en boca de todos la progresiva pérdida de intimidad y el creciente grado de control que los aparatos del poder ejercen sobre los ciudadanos. No lo voy a discutir. Pero si lo voy a contextualizar. La creciente complejidad que suele acompañar a la evolución elabora sus ramificaciones en todas direcciones. Se habla mucho de pérdida de libertades pero se hace desde un punto de vista teórico o con pocos fundamentos históricos. Hoy en dia hay a la vez más libertad y más control que en tiempos pasados. Una cosa no quita la otra si atendemos cuidadosamente al grado de complejización del sistema. Muchos dirán que la simplicidad del pasado más o menos remoto es mucho más apetecible que la complejidad ulterior. Se trata, sin duda, de seguidores del falaz "cualquier tiempo pasado fue mejor". El desarrollo y la complejidad implican un salto simultáneo hacia lo mejor y hacia lo peor. El verdadero problema no se halla en la evolución o complejización sino en el desequilibrio generado dentro de esa evolución. Cuando evolucionan los conocimientos técnicos lo tienen que hacer de la mano de los conocimientos humanos que a su vez lo tienen que hacer junto con los conocimientos morales que a su vez se hermanan con los conocimientos filosóficos que retroalimentan a los conocimientos científicos que nutren a los conocimientos técnicos, en una especie de schnitzleriana ronda de complejidades. Si se produce una desarmonia en tal hermanamiento natural es cuando aparece el desajuste. Como el poder atómico en manos de fundamentalistas o las redes sociales en manos de nihilistas morales. Después de escribir esto voy a marcar un hito en mi contador de actividad sexual (con la etiqueta "sin protección", claro). Porque también hay que saber rebelarse y engañar al gran hermano, naturalmente.
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