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viernes, 11 de mayo de 2007

Cuento


Érase una vez un reino en el que la autocomplacencia estaba tan hiperdesarrollada que sus ciudadanos se intercambiaban continuamente premios. Cualquier acto cotidiano era expuesto al resto de la comunidad de forma mecánica, pero con gran despliegue de bombo y platillos. No se sobreentendía nada porque se consideraba que toda la información formaba parte de un mundo objetivo externo, aséptico y racional. En este mundo se profesaba la religión de la ciencia, el único reducto de verdad objetiva y eterna, símbolo de la racionalidad, instrumento único para llegar a comprender la realidad objetivamente dada. En este reino el driver social era el éxito financiero. Todo se medía a través de este rasero. Incluso la belleza ó la ética, que se consideraban construidas y, como tales, absolutamente relativas. Lo verdadero ya no era ni lo bueno ni lo bello –calificaciones todas ellas demasiado subjetivas-, sino lo que más se compraba y se vendía; eso sí se podía medir de forma objetiva. Los gustos de las masas, que determinaban los cánones antes mencionados, eran orquestados por el sistema de forma silente y eficiente. En este reino, sin embargo, existía la lejana sospecha –tan lejana que era prácticamente inconsciente- de que algo no funcionaba bien. Y para exorcizar esta sospecha se redactaban los propósitos de las acciones, se redactaban los méritos y excelencia de las actuaciones, se redactaban los procedimientos, se redactaban….y se colocaban en un lugar bien visible, desde donde pudieran advertir continuamente a los que cayeran en la tentación de dudar de que un sistema que correspondía a lo dado fuera infalible. Era una versión actualizada del modus operandi del hombre primitivo que, guiado por la estructura mágica de conocimiento -que era la más evolucionada de las que disponía en aquel momento, al contrario de lo que sucedía ahora- plasmaba gráficamente sus deseos, como el éxito en la caza, antes de pasar a la acción, que quedaba así ya previa y mágicamente determinada. La estructura del poder en este reino era una red tan compleja y a la vez tan sutil que quedaba absolutamente difuminada. Los ciudadanos, en un estado de semi-adormecimiento, preferían no investigar demasiado la cuestión, no fuera a ser que al final se vieran como partícipes directos en esta red. Preferían quejarse periódicamente de sus responsables políticos que, según ellos, eran de una raza diferente a la del resto de la sociedad.

En este reino, sin embargo, existía toda una civilización alternativa que a ojos de la mayoría no era evidente, no porque viviera precisamente de forma clandestina, sino porque su ethos no se correspondía con el que se lucía a diario en el ágora. Sus paradigmas no aparecían en los medios de comunicación, su weltanchaung se escapaba mayoritariamente del comúnmente aceptado. Todo ello sin estridencias ni consignas de golpes de poder. El mundo alternativo avanzaba a una velocidad que hubiera resultado imposible de creer a los no avezados en sus cosmovisiones. Un poderoso instrumento de comunicación ofrecía sus posibilidades, que aprovechaban tanto la civilización saliente como la entrante. La primera para idiotizarse hasta el colapso más rápidamente aún, la segunda para desarrollarse hacia nuevos límites. La nueva civilización no había descubierto nada que no estuviera en su interior. Simplemente veía el mundo con otros ojos. Ahí radicaba su fuerza. Y su novedad.

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