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sábado, 31 de enero de 2009

Escalas


Cuando era joven pensaba que la recompensa que ofrecía la interpretación pianística de una pieza difícil en la que se tenía que invertir un elevado número de horas de estudio era menor que la que podía ofrecer una pieza más sencilla que se pudiera tocar con poca inversión de tiempo de estudio o incluso a primera vista. Creía que la espontaneidad que flotaba en el segundo caso y que mantenía viva la interpretación –ó, mejor dicho, el goce del intérprete- era una experiencia estética superior al hastío mecánico que acababa resultando en el primer caso. Quizá aquí estoy describiendo no solamente dos actitudes sino dos tipos de esencias y manifestaciones musicales muy diferentes. Con los años me he percatado de que las piezas –las que tienen algo más que ofrecer que pura la espectacularidad, obviamente- que exigen gran inversión de tiempo también ofrecen una gran recompensa que solo se desentraña lentamente, con el estudio –no solo mecánico- y la maduración. Para impedir que el hastío mecánico haga mella en nosotros no hay más que profundizar en un fraseo significativo, o simplemente hacer máximamente consciente la pura psicomotricidad de un pasaje intrincado. Actitud muy diferente a la que mostraba un “virtuoso” sobrevalorado en su tiempo que afirmaba, hace unos 40 años, que cada día practicaba escalas durante horas mientras leía el periódico. Eso, francamente, no sirve para nada. Hay formas mucho más cómodas de leer el periódico.

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