A medida que la Postmodernidad se fue desarrollando el
mensaje de la inutilidad de la Ilustración fue tomando cuerpo entre nosotros.
La Postmodernidad fue lanzada y estructurada por filósofos –en el sentido más
amplio de la palabra-, pero el mensaje de la tal inutilidad ha sido desarrollado
por publicistas y propagandistas, que siempre han sido enemigos del pensamiento
crítico. Los resultados más increíbles fruto de la creciente ignorancia inundan
cada día los titulares de los medios de comunicación: el auge de los populismos
se está haciendo imparable. Mientras los publicistas de la propaganda lanzan
sus cada vez más simples consignas y los electores pican fácilmente “para
castigar la corrupción de los políticos convencionales” se impone una urgente
reflexión. La corrupción, como cualquier fenómeno histórico-social, es
sistémica, o como dicen ahora los media,
coyuntural. No existen políticos buenos y políticos malos. Existen males de una
época, y estos males los padece toda la sociedad. Ni a los políticos
convencionales ni mucho menos a los publicistas de la propaganda les interesa
decir cosas como ésta. Prefieren utilizar el viejo método del chivo expiatorio.
Esta era una usanza propia de la visión mágica del mundo. Los males pasaban a
la víctima de forma mágica y una vez muerto el perro muerta la rabia. Ahora,
aunque constantemente se invoquen de forma más o menos velada las estructuras
míticas e incluso a veces mágicas de la mente, se deben de decorar con
argumentos racionales –aunque sea una racionalidad propia de la primera
adolescencia-. Y con el tambalear de la Ilustración, la idea de globalización
(la de ampliación de horizontes; no la idea capitalista homónima) se tambalea.
El fermento de la Europa unida apareció durante la Ilustración, aunque no pudo
ser llevada a cabo hasta que innumerables guerras no actuaron como revulsivo de
conciencias. Ahora todos los populismos cuestionan esta ampliación de
referentes. Y con ayuda del miedo logran que grandes sectores idiotizados de la
población lleguen a creer lo que si tuvieran un mínimo pensamiento crítico les
parecerían ideas ridículas. El miedo a perder no se sabe ya qué, porque la
pérdida de referentes y de ilusiones es el driver
que desencadena cualquier miedo más tangible. Crisis equivale a cambio, a
crecimiento, aunque nunca se sabe a qué precio. Crisis, por cierto, también
puede equivaler a desaparición.
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jueves, 9 de febrero de 2017
viernes, 27 de enero de 2017
Retorno
Hace muchos años visualicé por tv un imaginativo cortometraje en el cual una voz, fácilmente reconocible en aquel entonces –la del pintor Salvador Dalí- explicaba una historia épica con ribetes casi míticos a partir de unas imágenes muy difuminadas de manchas de colores ocre y verdoso que se iban desplazando muy lentamente por la pantalla. Había princesas, batallas, lagos y desiertos por donde algún personaje transitaba hasta dar la vuelta al mundo. Al final el encuadre retrocedía y mostraba al pintor con una pluma estilográfica en la mano, explicando que lo que se había visto no era más que una ampliación de la superficie del instrumento, debidamente oxidada por contacto con la orina del “divino Dalí”. Era un poco como observar un micromundo casi soñado dentro de otro mundo. Pero lo que más me impactó fue la percepción del gran viaje iniciático que está contenido en una pequeña superficie que se cierra sobre sí misma y que nos devuelve al punto de partida -con la experiencia, eso sí, de todo el viaje-. Un poco como sucede en la Odisea, La Divina Comedia o Flatland. Como una catarsis sin salir de casa. Aunque bien mirado, también la revelación a Edipo es un viaje de vuelta a casa; una casa más turbadora que la que había conocido al principio de su periplo.
martes, 10 de enero de 2017
Bielorusia
-¡Ni harto de vino te podré dar nunca la razón,
Zeitokovsky! ¡Todas estas conjeturas que con tanta alegría revuelves me parecen
tan gratuitas que no me atrevería ni a calificarlas de falsas! Hace años que
veo por donde vas y te aseguro que no haces más que alejarte de las
apreciaciones más comunes y razonables, que constituyen el camino de la veracidad
al cual, humildemente, intento honrar con mis contribuciones!
-¡Pero
cálmate ya, querido Menidov, que acabarás sufriendo un ictus! Yo solamente
pretendo ordenar mis ideas –nunca imponerlas- y para ello despliego las antenas
de mi conciencia. En ocasiones capto interferencias que tomo por señales claras
pero siempre intento aprender de mis errores…
Así
venían larga y repetidamente coloquiando
una pareja de jubilados bielorusos con inquietudes intelectuales en diversos
campos del saber.
-Es
que no puedo evitar una sensación de menosprecio hacia tu palabrería tan poco
fundada en la ciencia, y eso, debido a nuestra larga amistad, me causa un
profundo malestar psíquico.
-Pero
la amistad, amigo Menidov, está por encima de cualquier discusión pseudofilosófica
que podamos entablar. ¡Y tampoco sigue el método científico!
-También
lo creo así, viejo Zeitokosky. Y si la amistad no sigue el método científico es
porque se halla en el lado mental de la barrera cartesiana, separada del lado
material, objeto de la ciencia.
-Tu
problema, buen Menidov, es que das por sentados unos referentes que crees
estables, y yo no veo el mundo así.
-Y
¿como quieres que piense sobre el mundo y lo analice como objeto si no doy por
sentados unos referentes mínimos -que puedan satisfacer a todos- a partir de
los cuales pueda construir un edificio de conocimiento?
-No
te pido que derrumbes ningún edificio ni tengas que justificar cualquier
pensamiento como si estuviera libre de referencias, como hacen los
postmodernistas y deconstruccionistas. Pero sí me gustaría que considerases dos
cosas. La primera que amplíes un poco tu concepción del mundo como objeto y tu
mente como sujeto. Has de pensar que tu mente forma parte del mundo y que por
tanto no está situada en un mirador especial. La segunda es que no alienes tus
percepciones –ya sé que me dirás que unos mínimos intersubjetivos son condición
sine qua non para conocer-
situándolas así en un espacio neutro “realista”.
-Entonces
no hace falta que sigamos hablando. Vayámonos a casa y cultivemos solamente
nuestras funciones animales, ya que no es posible que desarrollemos ningún
conocimiento más allá del puro instinto animalístico.
-¡No
corras tanto, Menidov!¿De donde sacas todas estas conclusiones que a mi me
parecen tan precipitadas como a ti las mías?¿De la tradición?¿Del sentido
común? La tradición varía mucho cuando consideras diferentes tamaños de escala
mostrando que no es un esquema fijo, sino que evoluciona.
-¡Claro!
Evoluciona como la Ciencia! A base de acumular conocimiento, de ganar terreno a
la ignorancia…
-Pero
¿Dónde se acumula este conocimiento?¿En una especie de registro “salvado”? Este
conocimiento, amigo Menidov, forma parte de nosotros mismos, y evoluciona con
nosotros. Es más, nuestros referentes, nosotros mismos, evolucionamos con
ellos. El realismo ingenuo –que sostiene que cada vez estamos más cerca del
conocimiento absoluto- no puede existir; es una entelequia falaz. Y todos los
fundamentalismos, que ven el mundo construido a base de ladrillos, no son más
que ráfagas fugaces de espejismos que duran poco.
-Esto
es lo que no comparto, Zeitokovsky: ese poco valor que das a la Ciencia, que
avanza eliminando falsedades y preservando lo que puede aguantar los embistes
de la experimentación.
-Mira
Menidov, lo que nos separa no es el método sino la creencia básica en una
realidad externa, objetiva y aislada.
-¿Lo
ves, Zeitokovsky? ¡Eres un deconstruccionista!¡Ahora me dirás que la ciencia no
es más que un constructo humano!
-Si
por constructo entiendes una realización, te diré al punto que sí. Si entiendes
un montaje caprichoso que se mueve a voluntad personal te diré, también al
punto, que es evidente que no.
-¿Pero
es que acaso no ves, testarudo Zeitokovsky, que no puede existir más que una Física,
aquí, en Papua Nueva Guinea, en Saturno ó en Andrómeda?
-¿Pero
es que acaso no ves, testarudo Menidov, que solo estás enumerando lo que se nos
aparecen como espacios muy distantes, y que el propio concepto de espacio es
objeto de estudio de la Física y, como tal, varía con el tiempo ante nuestros
ojos?
Las
habituales discusiones entre los viejos amigos se habían ido agriando con los
años. Probablemente ya eran demasiado viejos para las alegrías de la juventud
pero no lo suficiente para la sabiduría de la senectud.
-Sí,
esto lo veo, y esto forma parte de lo que antes me refería cuando hablaba de
los avances objetivos que la Física ha realizado a lo largo de la historia.
-No
tengo nada que objetar a eso. Pero fíjate que la Física, como otros campos de
la ciencia, ha estado teñida en cada época con los mismos colores que las artes
y el pensamiento. Eso la ha hecho básicamente humana e histórica. El modelo
relativista y la termodinámica de Clausius, respectivamente, se parecen más al
cubismo y a la música de Wagner que a la mecánica newtoniana.
-Pero
la Física trata sobre realidades objetivas ¡mientras que el arte no! El
conocimiento científico es acumulativo y tiene vigencia mientras no es falsado.
-No
seré tan ingenuo de equiparar ambos tipos de conocimiento que de por sí tienen
notables diferencias, pero tampoco separaré radicalmente ambas realizaciones,
repito, humanas.
-Cuando
no queden humanos los planetas seguirán obedeciendo las Leyes de la Física.
-Pero
quizás en ese momento el Sol sea una gigante roja que englobe gran parte de sus
planetas, y en su seno las leyes de la física serán diferentes de las que rigen
ahora.
-¡Me
refiero a otros planetas, listillo!
-Mira:
hemos llegado a un punto muerto en nuestra discusión. Admitamos que hablamos de
cosas diferentes, o mejor aún, que nuestras aserciones se basan en creencias
diferentes.
-¿Creencias?¡La
Ciencia no se basa en creencias!
-¡Pues
claro que sí! El platonismo que exhibes cada vez que hablas de Leyes
Universales Eternas es una creencia.
-Pero
no puedes negar fácilmente ese principio…
-La
Universalidad y la Eternidad son relativos…que a fuer de situarse en una zona
estable del espacio-tiempo se nos aparecen como inmutables.
-Tu
también debes, por tanto, sostenerte en una creencia…¿o eres tan sagaz que ni
eso?
-Me
sostengo en la creencia de que todo evoluciona, incluida nuestra mente, que
atraviesa innumerables etapas de crecimiento que no terminan necesariamente en
la del sentido común…
-O
sea, que opones un heraclitismo a mi supuesto platonismo…
-Quizás
lo oponga como método para amplificar mi horizonte pero acto seguido intento
escalar una dimensión hasta que ambas creencias se solapen.
-¿Por
qué disfrutas tanto intentando desmontar lo que es sólido?
-Disfruto
imaginándome situaciones más amplias que las que estamos inmersos…
-Ya
que me planteas tantos contraejemplos del mundo del arte: ¿Qué crees que pasará
con la música de Bach cuando ya nadie la entienda?
-Pues
ese –por otra parte funesto y esperemos que alejado- día la actualización de
ese lenguaje ya no tendrá lugar y contemplaremos la música de Bach como un
objeto histórico y no como una experiencia actual
-¿Cómo
muchos de los intérpretes de música antigua nos quieren vender?
-Amigo
Menidov: ¿Ves como ahora sí que me has entendido?
domingo, 1 de enero de 2017
Sonrisoterapia
Parece que todo se desmorona por momentos en
este mundo cambiante que ahora mismo nos ofrece la cara amarga de la vida y la
locura inconsciente de la naturaleza humana. El humor sano –el que actúa como
tónico y no como bálsamo- puede ponernos en contacto con la mejor parte de
nosotros relativizando así las crisis, aunque solo sea por unos momentos. Con
estos videos musicales propongo una leve sonrisoterapia que nos pueda acompañar
durante los momentos aparentemente absurdos de la historia que estamos
viviendo:
La historia de los últimos 300 años musicales exquisitamente condensada en 12 min:
Nuevos usos del viejo organum medieval:
Una clásica parodia de una cantante ya clásica:
El poder inmenso de las escalas modales:
Una elaborada performance:
Instrumentos antiguos para música antigua:
Una parodia aún más clásica:
Y una tercera aún más antigua:
El célebre canon que tanto ha contribuido a la visión del Mozart insolente:
El aria del jefe de la policía secreta más loco para un mundo que se ha vuelto loco:
MOLT BON ANY 2017 PER A TOTS!!
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Afectos
La discusión acerca de la cartografía sobre los aspectos emocionales que la
música genera en nosotros es muy antigua y ha adoptado maneras muy diferentes a
lo largo de los tiempos. En la antigua Grecia la música, considerada como
alimento del alma, se percibía como constelizadora y guía de la propia moral,
es decir, cumplía funciones a la vez éticas y estéticas (lo Bueno/lo Bello). De
forma adicional, y teniendo en cuanta la racionalización de las escalas
musicales que llevó a cabo Pitágoras, la música se emparentó de una forma
tangible con las matemáticas (lo Verdadero). No es difícil deducir que a lo
largo de la Edad Media europea la singladura que recorrió este arte fuera
pareja a la de las grandes realizaciones humanas. Formando parte –junto con la
aritmética, geometría y astronomía- del Quadrivium, que seguía al Trivium
(gramática, lógica y retórica) en cuanto a preparación para los estudios de
filosofía y teología, la música continuó de alguna manera ligada a la tríada
kantiana antes mencionada. Al iniciarse, en el Renacimiento, el desarrollo de
la música profana, el arte musical comienza un viaje durante el que se centra
progresivamente en lo estético. Durante la época barroca, el factor emocional
de la música, siempre subsidiario de su monumentalidad arquitectónica, se
despliega tímidamente en la conciencia de los compositores, que hablan por
primera vez de los “afectos” en la música. La música imitativa, de esta manera,
ilustra “afectos” que nos circundan, por ejemplo con el paso de las estaciones anuales, igual que algunos madrigales renacentistas podían describir escenas de
los mercados callejeros en Londres o grotescas serenatas infructuosas. Con el
clasicismo vienés, y, dentro de él, el período Sturm und Drang, los afectos se confunden ya con la arquitectura,
en una muestra sutil y magistral de equilibrio situado en un punto elevado que
domina todos los valles circundantes. El propio Beethoven –quien, por otra
parte, un poco al modo griego, aún creía en el carácter moralizante de la
música- utiliza abiertamente la palabra “sentimientos” (en el título del primer
movimiento de su VI Sinfonía), puntualizando en seguida que en esta obra se
trata más de descripción de sentimientos que de pintura naturalista. A partir de
aquí, el Romanticismo, en lugar de superar el racionalismo como apuntaban los
esfuerzos de Kant y Hegel, lo negó, subvirtiendo la máxima de Boileau (“nada más Bello que lo Verdadero”) y proclamando
que Solamente lo que es bello es verdadero. Los afectos se han
convertido en sentimientos. Y la música genera tales sentimientos, que van
desde los desmayos de las damas de la alta sociedad hasta la autoinmolación por
renuncia al mundo en busca de un ideal perdido en el fondo del mito. Cabe
recordar que la música tuvo un extraordinario desarrollo durante todo el S XIX.
Cuando el romanticismo literario ya no era más que un recuerdo, el musical
estaba todavía en pleno auge, desplazando a las artes plásticas durante la
mayor parte del siglo. Los inicios del cambio de rumbo vinieron del Este y del
Oeste europeos –de Rusia y de Francia-, en donde las artes plásticas
recuperaron la notoriedad y la influencia de la música centroeuropea declinó. Después
de la Primera Guerra Mundial, cuando hubo un nuevo cambio de paradigma
artístico, los artistas plásticos continuaron con el trabajo que ya habían
iniciado unas décadas antes, pero los compositores tuvieron que trabajar más
duro para ponerse en situación. Y precisamente uno de sus principales cometidos
fue la negación del sentimentalismo romántico, que desembocó en el tan poco
comprendido neoclasicismo de entreguerras. Entretanto la psicología también había
avanzado a marchas forzadas y eventualmente fue capaz de distinguir entre emociones y sentimientos. Los sentimientos estarían entonces generados por
constelización de emociones que la mente autopercibe y verbaliza. Desde
entonces ya no hablamos de que la música genere sentimientos sino emociones,
esa especie de respuesta quasi-fisiológica al estímulo artístico. Las emociones
son a su vez elevadas hasta regiones mentales e incluso transmentales. La
música continúa así generando en nostros emociones, sentimientos, admiración
racional y vislumbre de realidades transmentales, siguiendo un esquema
perceptivo evolutivo emparentado con la Gran Cadena del Ser. No toda la música
puede llegar tan lejos. Eso es evidente pero el tema de otra reflexión.
viernes, 23 de diciembre de 2016
Mistificaciones
En los últimos
meses el término populismo ha sido
utilizado hasta la saciedad por la prensa general. Aplicado, además, a
situaciones muy diversas: desde la campaña de Trump hasta las credenciales de
los partidos de ultraderecha europeos; desde las democracias populares del
Caribe hasta la performance de Berlusconi, sin olvidar el Brexit británico. La
situación común es la de oponer la visión de los sectores de la ciudadanía sin
una participación directa en el poder, que ha resultado, por su parte, corrompido
por las élites, con la visión oficialista-tecnócrata de tales élites. Esto ya
sucedía en época de Julio César y de Augusto, quienes ya usaban referéndums
directos con el fin de eludir el control del Senado. Las consecuencias del
populismo, sin embargo, están en la mayoría de los casos muy alejadas de sus
presupuestos, y eventualmente se acaba otorgando el poder de las minorías
corrompidas a otras minorías –minorías de facto, aunque aparentemente se trate
de amplios sectores- que todavía acaban más corrompidas, cuando no acaban
sumiendo las estructuras del estado en un caos o una guerra. Podemos
preguntarnos si las consecuencias directas del populismo son las que acabo de
enumerar. Creo que la historia es mucho más compleja que eso y no podemos
desglosar de forma analítica elementos aislados para explicar el todo, o las
causas y consecuencias que están, evidentemente, continuamente embucladas y
llenas de remolinos. En todo caso podemos decir que la aparición de los
populismos por doquier corrobora el momento de crisis general –no sólo
económica, que es la única que tratan populistas y no-populistas-, igual que la
presencia de buitres indica la presencia de cadáveres, aunque no hayan sido
generados por ellos. Toda crisis comporta cambio y evolución, pero es muy
diferente estudiar de forma objetiva un período histórico ya pasado que tener
que vivirlo de forma subjetiva en el presente. Cuando miramos hacia un período
pasado lo hacemos de forma hermenéutica, es decir, teniendo en cuenta el
horizonte cognitivo de tal época y el que utilizamos nosotros desde nuestra
observación. Durante una crisis el horizonte cognitivo varía a marchas forzadas
y se hace extremadamente difícil elaborar una metavisión que acompañe el
proceso de cambio. Es por eso que durante tales períodos la ciudadanía se deja
llevar fácilmente por sus emociones más primarias: el miedo, la primera de
ellas.
domingo, 18 de diciembre de 2016
Desconexión
Aunque no estuviera llegando lo que se dice tarde, aquella mañana
correteaba por los pasillos del metro de forma más ligera de lo normal. Bueno,
lo que llamo normal tampoco puede ponerse como ejemplo de desplazamiento
particularmente relajado. Lo normal es tener cierta prisa. Pero aquel día me
sacudía especialmente esa especie de sentimiento de llegar tarde y perder el enlace,
aunque todavía tenía un lapso de tiempo razonable para dedicar a tal operación.
Entre la prisa y la sempiterna humedad ambiental, pronto empecé a apercibir
núcleos de transpiración que iban aumentando el agobio automultiplicativo en
que empezaba a sumirme. Inicié la subida por la escalera que conduce a la calle
y, durante un brevísimo lapso de tiempo –de hecho, tan sumamente breve que
cualquier observador externo lo hubiera valorado en sólo fracciones de segundo,
por más que a mí se me hiciera eterno- tuve la sensación de que estaba subiendo
por otra escalera de metro, idéntica, pero situada a muchos kilómetros de
distancia. Cuando uno tiene una conexión con su interior–o desconexión con el
entorno físico- como ésta, suele situarse en una región mental que trasciende
al tiempo, desapareciendo las coordenadas temporales durante unos atemporales
instantes. Esos instantes preciosos que nos sitúan fuera del tiempo se
desvanecieron, para mi desencanto, antes de que acabara de subir el tramo de
escaleras. Cual no fue mi sorpresa, por lo tanto, al llegar a la calle y
comprobar que la boca del metro no estaba en donde mi mente la situaba después
del rutinario recorrido de cada día. Instintivamente miré el cartel que
indicaba el nombre de la estación, entre extrañado, divertido e inquieto. Al
punto comprobé que el nombre era el de siempre, pero no la localización. El
maldito sentido del deber asumió entonces la guía de mi siguiente pensamiento:
¡llegaría tarde al trabajo, precisamente hoy que tenía una importante
teleconferencia! Me acerqué a la calzada con el fin de parar un taxi con el que
acceder de forma rápida -y cara- al lugar en donde gestiono mi sustento diario.
El caso es que no acababa de reconocer ni la calle ni la zona de la ciudad en
donde el capricho espacio-temporal me había tan suavemente depositado. No tenía
ni la más remota idea de la distancia a mi lugar de trabajo a la que me
hallaba. Y encima no veía pasar ningún taxi. Bien, tampoco ningún vehículo. Me
hallaba en una gran avenida de casas más bien regulares, de estilo impersonal.
Podía hallarme en Minessota, Buenos Aires, Shanghai, Sydney o Kuala Lumpur. Ni
rastro de particularidades culturales locales. Después de deambular por unas
cuantas calles ya sin un objetivo demasiado claro, decidí volver a la estación
de metro para consultar el maldito mapa de la zona colgado en su mural. Al cabo
de unos cuantos minutos tuve que reconocer, entre sorprendido, cabreado y un
poco atemorizado, que era incapaz de volver a encontrar las escaleras por las
que acababa de emerger a la superficie no hacía tanto rato. Era como si, después de
que mi salto epistemológico me hubiera vomitado en un lugar desconocido, me estuviera ahora negando encima la posibilidad de hacer marcha atrás para encontrar un resquicio
que me ayudara a recuperar la continuidad. Como un Pulgarcito adulto. Aunque
todavía no había amanecido plenamente, intenté leer el nombre de la avenida en
que me hallaba. Como me temía, todavía no había suficiente luz para ello. El
alumbrado público parecía haberse ya desactivado, mucho antes de que la luz del
sol llegara a iluminar la calle mínimamente . Entre esto y la poca calidad de mi
sentido de la vista, lo único que parecía vislumbrar eran una especie de
garabatos muy diferentes de las letras que sabía que estaban allí grabadas.
Caminé, ya sin demasiadas esperanzas, por la desierta avenida. No había ni un
solo comercio, ni abierto ni cerrado. Parecía un barrio residencial extraño. ¡Ya
lo tenía! Busqué mi teléfono y activé el GPS. Pero no, una vez más el artilugio
no consiguió conectar con la red. En aquel momento me percaté de que todavía no
había visto a nadie recorrer aquel extraño paraje. Un sol mortecino emergió
tímidamente por encima de las hileras de casas. Parecía como observado desde el
invierno lapón. Al fondo de aquella vista que cada vez más se me aparecía como
un decorado bidimensional pude divisar los primeros seres (¿humanos?) desde que
había abandonado el metro. Intenté acercarme a ellos pero desaparecieron antes
de que pudiera conseguirlo. Al poco una bicicleta cruzó la escena. Estaba
conducida por un hombre de cierta edad de aspecto oriental que o no se percató
de mi presencia o bien me ignoró totalmente. Aunque la sensación de irrealidad
iba en aumento, no conllevaba ningún temor; antes bien un buen grado de
curiosidad y una especie de paz interior. Ya no pensaba en el trabajo ni en la
teleconferencia. Deseaba explorar más y más aquel mundo nuevo para mí. La calle
se fue poblando de gente poco a poco. Todas las razas de la tierra –e incluso
de otros planetas- parecían estar representadas. También hicieron su aparición
vehículos de lo más variopinto. Lo que más me llamó la atención fueron una
especie de ascensores que se desplazaban horizontalmente, como unas cestas
elevadas que se movían sin necesidad de cables ni conductor. Los había de
diversos tamaños: individuales, familiares y comunitarios. Mientras miraba
fascinado uno de tales vehículos mi vista se centró en una figura que aparecía
en su interior. ¡Era la de mi amigo Erwin! No. no me lo había parecido: estaba
completamente seguro. Además, durante el brevísimo lapso en que nuestras
miradas se encontraron me dirigió una suave pero profunda sonrisa. El caso era
que….!Erwin había muerto hacía dos años en un accidente de coche! La sensación
de descentramiento era ahora máxima. Y, si, ahora a la curiosidad y la paz se
había unido, de forma no muy sutil, un no desdeñable grado de temor. Pasó un
vehículo que tenía aspecto de taxi, dado que lucía una bombilla verde iluminada
en su parte superior. Sin pensarlo dos veces alcé un brazo y al instante el
coche se detuvo. Entré en él y, antes de que hubiera dicho nada ni
prácticamente hubiera tenido tiempo siquiera de cerrar la puerta el vehículo
arrancó de sopetón, pegándome contra el asiento. Me quejé al conductor, a quien
no veía por culpa de una mampara de seguridad interpuesta entre él y los
asientos traseros. Como no me respondió golpee el tabique, primero con cuidado
y después con fuerza. Nada. El coche avanzaba, a toda velocidad, que no
disminuía ni siquiera en las curvas, hacia vete a saber qué misterioso destino.
Aquello parecía una encerrona mafiosa o quizás algo peor. Golpee, ahora sí, de
forma paroxística, la cabina del conductor, hasta que se abrió una especie de
ventanilla, descubriendo así que el vehículo estaba siendo conducido por una
niña de aspecto esquimal, de unos siete años de edad. La niña no me hacía el
menor caso; simplemente reía de forma ruidosa y despreocupada mientras hacía
derrapar al vehículo en todas las curvas, enviándome cada vez contra el asiento.
En una de las curvas la puerta trasera, quizás mal cerrada, se abrió y me vomitó
contra la calzada. Me encontré en el suelo, mientras la gente se agolpaba a mi
alrededor, con cualquier intención menos la de socorrerme. Me alcé, algo
contusionado, e intenté situarme. Me hallaba en unas escaleras, saliendo del
metro. Miré el reloj: ¡se hacía tarde y estaba a punto de perder el enlace! Y
hoy me interesaba llegar puntual al trabajo ¡porque tenía una importante
teleconferencia! Aceleré aún más el paso, justo lo que me permitía mi dolorido
esqueleto instantes después de caer.
viernes, 2 de diciembre de 2016
Juegos
Kant fue el
primer pensador que estimó que el espacio y el tiempo se comportan como “formas
sensibles de conocimiento”, abriendo así una puerta a la idea de que es nuestra
mente la que crea tales categorías y que la razón debe, necesariamente,
someterse a tales coordenadas para poder ponerse en práctica. En alguna ocasión
anterior he sugerido ciertas asociaciones entre nuestra percepción
espacio-temporal y nuestros sentidos, asignando la espacialidad al sentido de
la vista y la temporalidad al sentido del oído. Así como desde el punto de
vista de la Física el espacio, el tiempo, la materia y la energía forman una
constelación indisociable, desde el punto de vista noético la estructura
mental-racional también se mueve conjuntamente en las coordenadas de espacio y
tiempo. Propongo un pequeño juego: imaginar un mundo en el que exista espacio
pero no tiempo y viceversa. ¿Qué imagen perceptiva resulta de este experimento
mental? El mundo sin tiempo nos dibuja una imagen visual inmóvil, congelada.
Después de todo percibimos el tiempo como movimiento, ya sea un desplazamiento
a través del espacio, ya sea un proceso biológico como el envejecimiento u otro
tipo de proceso experiencial (la música). Es decir, todo aquello que nos remite
a una evolución, que es la palabra más cercana al espíritu del tiempo. ¿Cómo
nos aparece un mundo sin espacio? Tal constructo es aparentemente más difícil
de imaginar. Un mundo sin espacio es necesariamente un mundo sin estímulos
visuales; la imagen negra que percibe un invidente. Los estímulos permitidos
serían entonces los aurales, olfactivos, las sensaciones físicas. Nos podemos
preguntar si los procesos mental-racionales tales como la asociación, la
deducción, la comparación son experienciales, participando así de la
temporalidad, o se pueden llegar a situar más allá del tiempo, como hace nuestro
inconsciente ¿Y los procesos de maduración, aceptación, comprensión?¡El juego da para mucho!
sábado, 26 de noviembre de 2016
Deceleraciones
Los
cambios de velocidad en el fluir del discurso musical son una característica
muy particular de cada época, estilo y género. Estos cambios pueden ser súbitos
o graduales, acelerativos o decelerativos. La regularidad de la pulsación
musical se tiene que buscar en los ritmos biológicos de la respiración, el
latido cardíaco, las cadencia del caminar y del danzar. Es importante señalar
que el sentido del cambio de tempo musical puede estar expresamente escrito en
la partitura o no, siendo en éste último caso una particularidad de la
interpretación que depende entonces especialmente de la perspectiva histórica
del intérprete. Aunque los antiguos griegos sistematizaron extensivamente la
rítmica, refirieron sus ritmos exclusivamente a los pies de la versificación,
no al lenguaje de la música. La primera formalización rítmica de la música en
Occidente no llegó hasta el S XIII. Anteriormente, es decir, durante los períodos
de la música gregoriana y sus posteriores secuelas como el organum y el ars antiqua,
el concepto de pulsación permanecía implícito en el discurso por lo que los
cambios de tempo no debían ser especialmente percibidos. En el Ars Nova y el Renacimiento, la explosión
de la polifonía creó los a menudo muy complejos ritmos internos entre las
voces, pero el tempo de las
composiciones permanecía constante. No fue hasta el final del Renacimiento y
especialmente a principios del barroco cuando comenzó la costumbre de acabar
cada pieza musical con un frenado progresivo de la velocidad que contrastara
con la muy regular pulsación de este tipo de música, un poco a la manera de la
cuerda de un reloj o de un autómata acabándose. Este desacelerando,
evidentemente, no está escrito en la partitura (pensemos que durante el barroco
prácticamente no se escribían indicaciones de tempo, carácter, ligaduras y
otros signos expresivos, aparte de los ornamentos), y han modulado su
intensidad de acuerdo con las modas interpretativas posteriores. El clasicismo
añadió signos de fraseo (ligaduras) y articulación (sforzandi) que ya no podía dar por sobreentendidos dejándolos en manos de los intérpretes. El
clasicismo se basa todavía en una pulsación regular, no tan inmutable como la
barroca, a la que se han añadido afectos expresivos y rítmicas características
que incluyen síncopas y acentos. Los fragmentos finales de las piezas musicales
del período clásico suponen en muchos casos una inflación resolutiva de todo el
movimiento que concluyen y como tales incluyen recursos dinámicos y expresivos
extras. Quizá debido a ello, e intentando evitar la rigidez barroca –rigidez
que incluye la desaceleración final-, el ritardando final en la música de
Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert es mucho más contenido, sutil y afecta casi
exclusivamente al último compás o incluso al último acorde, que se resiste
durante un brevísimo lapso de tiempo a ser atacado, creándose así una chispa de
afectividad muy sutil. Esto es así incluso en codas muy machaconas, como las de
las sinfonías III y V de Beethoven, en donde a pesar de anunciarse el final
varios períodos (la frase de ocho compases del período clásico) antes de acabar,
el tempo se mantiene inmutable hasta
el penúltimo acorde. Esto es así porque el ethos
rítmico de la coda se podría ver francamente afectado por un cambio en la
velocidad (cosa que en alguna ocasión algún director de orquesta se aventura a
hacer, con resultados bastante desastrosos). Con la primera música romántica se
introduce el tenuto en medio de la
frase, que acaba creando un mundo de rallentandos
y accelerandos en el discurso
musical, debilitándose así el ritmo en pos de una expresividad mucho más basada
en la melodía y especialmente en la base armónica de la misma. Este hecho se
hace especialmente patente en la música para solista, más dada de por sí a
libertades de fraseo. Con la progresiva debilitación de las funciones tonales a
lo largo del S XIX la ambigüedades métricas dan pie a que el ritmo deje de
guiar el avance del discurso musical y la verticalidad, la armonía
constantemente cambiante tome su relevo. Cuando evocamos la música de Tristán o
de Parsifal pensamos especialmente en armonías, no en ritmos. Curiosamente, el
más clásico de los compositores románticos, Johannes Brahms, aunque no utilice
extensivamente la suspensión rítmica, sí que construye un discurso tan viscoso-a base de un legato extremo- que el avance no parece tan dirigido por el ritmo
como por las dinámicas. Los compositores postrománticos centroeuropeos
siguieron utilizando el elemento armónico como medio guía del discurso musical,
si bien se produjo un importante retorno del elemento melódico (Mozart fue el
modelo en el caso d Strauss, Schubert en el caso de Mahler). A pesar de la
progresiva libertad rítmica, la también creciente inclusión de amplificaciones
de valores rítmicos en las partituras hace que los rallentandi finales resulten de por sí cuando la obra se lee con
una pulsación constante. El impresionismo, con su descontextualización de las
funciones tonales, contribuyó con un atomismo armónico pero también rítmico.
Las frases musicales impresionistas avanzan de forma más ambigua que las de
períodos precedentes. Se diría que existe un equilibrio en cada punto en el que
la flecha del tiempo ha quedado suspendida y atomizada. En las obras
orquestales especialmente, los ritmos de las diferentes partes crean una fusión
que contribuye al efecto que acabo de describir. Dicha disposición exige al
director, desde el punto de vista técnico, un mayor rigor en la adaptación a la
pulsación. Ya en el S XX el expresionismo, con su lupa de aumento de los
horrores del inconsciente, reintrodujo una importante dosis de libertad rítmica
que fue progresivamente domada hasta la época de la serialización. La música
del período ruso de Stravinsky, así como buena parte de la de Ravel o Poulenc,
prescinden en buena parte de sus interpretaciones “históricas” del rallentando
final, efecto que solamente vuelve –de forma contenida, como en el clasicismo
vienés- con el período neoclásico de Stravinsky. El sentido de la temporalidad
y del fluir musical se ven profundamente afectados en la segunda mitad del S
XX. El constantemente cambiante tempo
en Le marteau sans maître, el
implacablemente regular fluir de las obras de los minimalistas, la texturización
de la música de Xenakis y Ligeti o la sugestión aural de la música
electroacústica transforman en inútil la aplicación del análisis realizado
hasta ahora.
sábado, 5 de noviembre de 2016
Zanahorias
-¿Qué me dices? ¡¡No me lo puedo creer!!
-Que sí,
hombre, que sí. ¡Baja de una vez de tu nube y pisa ya la realidad
cutre-salsichera!
-Y si no bajo ¿qué
pasa?
-Pues que no
formas parte de esa cutre realidad…
-Definitivo: ¡no
bajo!
-También tiene
sus ventajas…. Además puedes subir y bajar cuando lo desees.
-Seguro?
-Mientras
tengas capacidad de autocontrol sí. Después….
-Bueno: bajo
un rato y luego me vuelvo.
-Vale!
-Repíteme lo
que me acabas de explicar, ¡te lo ruego!
-Pues
exactamente lo que te decía. En el lugar en donde trabajo las personas que
acceden a posiciones relativamente altas en el organigrama se ven sometidas a
un tercer grado hasta que no resisten más. Entonces se las liquida si es que no
han abandonado antes la lucha. Y aun así….¡¡hay cola para acceder a tales
posiciones!!
-Bueno; esto
corrobora la volubilidad de la naturaleza humana: todos piensan que a ellos no
les pasará esto.
-O más simple
aún: no piensan nada. Solamente están programados para trepar pero nada más.
-¡O sea que
estamos como en la Edad de Piedra!
-En algunos
aspectos sí….aunque piensa que a nivel evolutivo, la edad de piedra está a
cuatro pasos de aquí….
-A nivel de
evolución biológica sí, ¡pero a nivel de evolución cognitiva no!
-Quizás….
-Entonces
dime, amigo, ¿qué es lo que mueve a los humanos?
-Pues quizá las
necesidades que jerarquiza la pirámide de Maslow…
-El problema
es que cada vez más humanos se quedan en el primer peldaño, el básico. Comida,
bebida, aire, sueño, sexo y pocas cosas más…
-¿Pocas cosas?
¡No! Los personajes de los que te hablaba tienen necesidades más allá de las
fisiológicas. Necesitan mandar sobre los demás, trabajar lo mínimo, ser muy
visibles (cuando se reparten medallas; invisibles cuando vienen los castigos),
recibir adulación,…..
-Bueno; todo
esto caería dentro de otros niveles jerárquicos como la estima, la pertenencia
al grupo, la seguridad…
-Sí, pero en
su versión putrefacta!
-Ya sabes como
pienso sobre todas estas cosas: frente a la erótica del poder….la orgásmica del
desobedecer!!
-Si, pero con
finura…
-¿Como?
-Lo que más
molesta a los humanos –tanto a los que te describía como al resto- no es que se
nos desobedezca sino que se nos plante cara.
-Por tanto,
desobedecer, pero con estilo, tiento, nocturnidad y alevosía...
-Claro.
Ofreciendo batalla lo único que se consigue es el fútil desgaste de ambas
partes. Y además, ¿no nos roban nuestra dignidad? Pues ¡respondámosles con la
misma moneda!
-Pero…¿tú te
puedes creer de verdad que cuando enseñan la zanahoria podrida colgando del
palo la mayor parte de la gente la persigue como si fuera una zanahoria
perfectamente tierna y apetecible?
-¿No lo has
visto ya muchas veces? ¡Respóndete tú mismo!
-¡Están locos
esos humanos!
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