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jueves, 9 de febrero de 2017

Ignorancia


                    A medida que la Postmodernidad se fue desarrollando el mensaje de la inutilidad de la Ilustración fue tomando cuerpo entre nosotros. La Postmodernidad fue lanzada y estructurada por filósofos –en el sentido más amplio de la palabra-, pero el mensaje de la tal inutilidad ha sido desarrollado por publicistas y propagandistas, que siempre han sido enemigos del pensamiento crítico. Los resultados más increíbles fruto de la creciente ignorancia inundan cada día los titulares de los medios de comunicación: el auge de los populismos se está haciendo imparable. Mientras los publicistas de la propaganda lanzan sus cada vez más simples consignas y los electores pican fácilmente “para castigar la corrupción de los políticos convencionales” se impone una urgente reflexión. La corrupción, como cualquier fenómeno histórico-social, es sistémica, o como dicen ahora los media, coyuntural. No existen políticos buenos y políticos malos. Existen males de una época, y estos males los padece toda la sociedad. Ni a los políticos convencionales ni mucho menos a los publicistas de la propaganda les interesa decir cosas como ésta. Prefieren utilizar el viejo método del chivo expiatorio. Esta era una usanza propia de la visión mágica del mundo. Los males pasaban a la víctima de forma mágica y una vez muerto el perro muerta la rabia. Ahora, aunque constantemente se invoquen de forma más o menos velada las estructuras míticas e incluso a veces mágicas de la mente, se deben de decorar con argumentos racionales –aunque sea una racionalidad propia de la primera adolescencia-. Y con el tambalear de la Ilustración, la idea de globalización (la de ampliación de horizontes; no la idea capitalista homónima) se tambalea. El fermento de la Europa unida apareció durante la Ilustración, aunque no pudo ser llevada a cabo hasta que innumerables guerras no actuaron como revulsivo de conciencias. Ahora todos los populismos cuestionan esta ampliación de referentes. Y con ayuda del miedo logran que grandes sectores idiotizados de la población lleguen a creer lo que si tuvieran un mínimo pensamiento crítico les parecerían ideas ridículas. El miedo a perder no se sabe ya qué, porque la pérdida de referentes y de ilusiones es el driver que desencadena cualquier miedo más tangible. Crisis equivale a cambio, a crecimiento, aunque nunca se sabe a qué precio. Crisis, por cierto, también puede equivaler a desaparición.

viernes, 27 de enero de 2017

Retorno


                    Hace muchos años visualicé por tv un imaginativo cortometraje en el cual una voz, fácilmente reconocible en aquel entonces –la del pintor Salvador Dalí- explicaba una historia épica con ribetes casi míticos a partir de unas imágenes muy difuminadas de manchas de colores ocre y verdoso que se iban desplazando muy lentamente por la pantalla. Había princesas, batallas, lagos y desiertos por donde algún personaje transitaba hasta dar la vuelta al mundo. Al final el encuadre retrocedía y mostraba al pintor con una pluma estilográfica en la mano, explicando que lo que se había visto no era más que una ampliación de la superficie del instrumento, debidamente oxidada por contacto con la orina del “divino Dalí”. Era un poco como observar un micromundo casi soñado dentro de otro mundo. Pero lo que más me impactó fue la percepción del gran viaje iniciático que está contenido en una pequeña superficie que se cierra sobre sí misma y que nos devuelve al punto de partida -con la experiencia, eso sí, de todo el viaje-. Un poco como sucede en la Odisea, La Divina Comedia o Flatland. Como una catarsis sin salir de casa. Aunque bien mirado, también la revelación a Edipo es un viaje de vuelta a casa; una casa más turbadora que la que había conocido al principio de su periplo.

martes, 10 de enero de 2017

Bielorusia

                           
                           -¡Ni harto de vino te podré dar nunca la razón, Zeitokovsky! ¡Todas estas conjeturas que con tanta alegría revuelves me parecen tan gratuitas que no me atrevería ni a calificarlas de falsas! Hace años que veo por donde vas y te aseguro que no haces más que alejarte de las apreciaciones más comunes y razonables, que constituyen el camino de la veracidad al cual, humildemente, intento honrar con mis contribuciones!
                        -¡Pero cálmate ya, querido Menidov, que acabarás sufriendo un ictus! Yo solamente pretendo ordenar mis ideas –nunca imponerlas- y para ello despliego las antenas de mi conciencia. En ocasiones capto interferencias que tomo por señales claras pero siempre intento aprender de mis errores…
                        Así venían larga y repetidamente coloquiando una pareja de jubilados bielorusos con inquietudes intelectuales en diversos campos del saber.

                        -Es que no puedo evitar una sensación de menosprecio hacia tu palabrería tan poco fundada en la ciencia, y eso, debido a nuestra larga amistad, me causa un profundo malestar psíquico.
                        -Pero la amistad, amigo Menidov, está por encima de cualquier discusión pseudofilosófica que podamos entablar. ¡Y tampoco sigue el método científico!
                        -También lo creo así, viejo Zeitokosky. Y si la amistad no sigue el método científico es porque se halla en el lado mental de la barrera cartesiana, separada del lado material, objeto de la ciencia.
                        -Tu problema, buen Menidov, es que das por sentados unos referentes que crees estables, y yo no veo el mundo así.
                        -Y ¿como quieres que piense sobre el mundo y lo analice como objeto si no doy por sentados unos referentes mínimos -que puedan satisfacer a todos- a partir de los cuales pueda construir un edificio de conocimiento?
                        -No te pido que derrumbes ningún edificio ni tengas que justificar cualquier pensamiento como si estuviera libre de referencias, como hacen los postmodernistas y deconstruccionistas. Pero sí me gustaría que considerases dos cosas. La primera que amplíes un poco tu concepción del mundo como objeto y tu mente como sujeto. Has de pensar que tu mente forma parte del mundo y que por tanto no está situada en un mirador especial. La segunda es que no alienes tus percepciones –ya sé que me dirás que unos mínimos intersubjetivos son condición sine qua non para conocer- situándolas así en un espacio neutro “realista”.
                        -Entonces no hace falta que sigamos hablando. Vayámonos a casa y cultivemos solamente nuestras funciones animales, ya que no es posible que desarrollemos ningún conocimiento más allá del puro instinto animalístico.
                        -¡No corras tanto, Menidov!¿De donde sacas todas estas conclusiones que a mi me parecen tan precipitadas como a ti las mías?¿De la tradición?¿Del sentido común? La tradición varía mucho cuando consideras diferentes tamaños de escala mostrando que no es un esquema fijo, sino que evoluciona.
                        -¡Claro! Evoluciona como la Ciencia! A base de acumular conocimiento, de ganar terreno a la ignorancia…
                        -Pero ¿Dónde se acumula este conocimiento?¿En una especie de registro “salvado”? Este conocimiento, amigo Menidov, forma parte de nosotros mismos, y evoluciona con nosotros. Es más, nuestros referentes, nosotros mismos, evolucionamos con ellos. El realismo ingenuo –que sostiene que cada vez estamos más cerca del conocimiento absoluto- no puede existir; es una entelequia falaz. Y todos los fundamentalismos, que ven el mundo construido a base de ladrillos, no son más que ráfagas fugaces de espejismos que duran poco.
                        -Esto es lo que no comparto, Zeitokovsky: ese poco valor que das a la Ciencia, que avanza eliminando falsedades y preservando lo que puede aguantar los embistes de la experimentación.
                        -Mira Menidov, lo que nos separa no es el método sino la creencia básica en una realidad externa, objetiva y aislada.
                        -¿Lo ves, Zeitokovsky? ¡Eres un deconstruccionista!¡Ahora me dirás que la ciencia no es más que un constructo humano!
                        -Si por constructo entiendes una realización, te diré al punto que sí. Si entiendes un montaje caprichoso que se mueve a voluntad personal te diré, también al punto, que es evidente que no.
                        -¿Pero es que acaso no ves, testarudo Zeitokovsky, que no puede existir más que una Física, aquí, en Papua Nueva Guinea, en Saturno ó en Andrómeda?
                        -¿Pero es que acaso no ves, testarudo Menidov, que solo estás enumerando lo que se nos aparecen como espacios muy distantes, y que el propio concepto de espacio es objeto de estudio de la Física y, como tal, varía con el tiempo ante nuestros ojos?

                        Las habituales discusiones entre los viejos amigos se habían ido agriando con los años. Probablemente ya eran demasiado viejos para las alegrías de la juventud pero no lo suficiente para la sabiduría de la senectud.

                        -Sí, esto lo veo, y esto forma parte de lo que antes me refería cuando hablaba de los avances objetivos que la Física ha realizado a lo largo de la historia.
                        -No tengo nada que objetar a eso. Pero fíjate que la Física, como otros campos de la ciencia, ha estado teñida en cada época con los mismos colores que las artes y el pensamiento. Eso la ha hecho básicamente humana e histórica. El modelo relativista y la termodinámica de Clausius, respectivamente, se parecen más al cubismo y a la música de Wagner que a la mecánica newtoniana.
                        -Pero la Física trata sobre realidades objetivas ¡mientras que el arte no! El conocimiento científico es acumulativo y tiene vigencia mientras no es falsado.
                        -No seré tan ingenuo de equiparar ambos tipos de conocimiento que de por sí tienen notables diferencias, pero tampoco separaré radicalmente ambas realizaciones, repito, humanas.
                        -Cuando no queden humanos los planetas seguirán obedeciendo las Leyes de la Física.
                        -Pero quizás en ese momento el Sol sea una gigante roja que englobe gran parte de sus planetas, y en su seno las leyes de la física serán diferentes de las que rigen ahora.
                        -¡Me refiero a otros planetas, listillo!
                        -Mira: hemos llegado a un punto muerto en nuestra discusión. Admitamos que hablamos de cosas diferentes, o mejor aún, que nuestras aserciones se basan en creencias diferentes.
                        -¿Creencias?¡La Ciencia no se basa en creencias!
                        -¡Pues claro que sí! El platonismo que exhibes cada vez que hablas de Leyes Universales Eternas es una creencia.
                        -Pero no puedes negar fácilmente ese principio…
                        -La Universalidad y la Eternidad son relativos…que a fuer de situarse en una zona estable del espacio-tiempo se nos aparecen como inmutables.
                        -Tu también debes, por tanto, sostenerte en una creencia…¿o eres tan sagaz que ni eso?
                        -Me sostengo en la creencia de que todo evoluciona, incluida nuestra mente, que atraviesa innumerables etapas de crecimiento que no terminan necesariamente en la del sentido común…
                        -O sea, que opones un heraclitismo a mi supuesto platonismo…
                        -Quizás lo oponga como método para amplificar mi horizonte pero acto seguido intento escalar una dimensión hasta que ambas creencias se solapen.
                        -¿Por qué disfrutas tanto intentando desmontar lo que es sólido?
                        -Disfruto imaginándome situaciones más amplias que las que estamos inmersos…
                        -Ya que me planteas tantos contraejemplos del mundo del arte: ¿Qué crees que pasará con la música de Bach cuando ya nadie la entienda?
                        -Pues ese –por otra parte funesto y esperemos que alejado- día la actualización de ese lenguaje ya no tendrá lugar y contemplaremos la música de Bach como un objeto histórico y no como una experiencia actual
                        -¿Cómo muchos de los intérpretes de música antigua nos quieren vender?

                        -Amigo Menidov: ¿Ves como ahora sí que me has entendido?

domingo, 1 de enero de 2017

Sonrisoterapia

                        Parece que todo se desmorona por momentos en este mundo cambiante que ahora mismo nos ofrece la cara amarga de la vida y la locura inconsciente de la naturaleza humana. El humor sano –el que actúa como tónico y no como bálsamo- puede ponernos en contacto con la mejor parte de nosotros relativizando así las crisis, aunque solo sea por unos momentos. Con estos videos musicales propongo una leve sonrisoterapia que nos pueda acompañar durante los momentos aparentemente absurdos de la historia que estamos viviendo:

La historia de los últimos 300 años musicales exquisitamente condensada en 12 min:


Nuevos usos del viejo organum medieval: 


Una clásica parodia de una cantante ya clásica:


El poder inmenso de las escalas modales:


Una elaborada performance:




Instrumentos antiguos para música antigua:


Una parodia aún más clásica:


Y una tercera aún más antigua:




El célebre canon que tanto ha contribuido a la visión del Mozart insolente:


El aria del jefe de la policía secreta más loco para un mundo que se ha vuelto loco:




MOLT BON ANY 2017 PER A TOTS!!

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Afectos


                   La discusión acerca de la cartografía sobre los aspectos emocionales que la música genera en nosotros es muy antigua y ha adoptado maneras muy diferentes a lo largo de los tiempos. En la antigua Grecia la música, considerada como alimento del alma, se percibía como constelizadora y guía de la propia moral, es decir, cumplía funciones a la vez éticas y estéticas (lo Bueno/lo Bello). De forma adicional, y teniendo en cuanta la racionalización de las escalas musicales que llevó a cabo Pitágoras, la música se emparentó de una forma tangible con las matemáticas (lo Verdadero). No es difícil deducir que a lo largo de la Edad Media europea la singladura que recorrió este arte fuera pareja a la de las grandes realizaciones humanas. Formando parte –junto con la aritmética, geometría y astronomía- del Quadrivium, que seguía al Trivium (gramática, lógica y retórica) en cuanto a preparación para los estudios de filosofía y teología, la música continuó de alguna manera ligada a la tríada kantiana antes mencionada. Al iniciarse, en el Renacimiento, el desarrollo de la música profana, el arte musical comienza un viaje durante el que se centra progresivamente en lo estético. Durante la época barroca, el factor emocional de la música, siempre subsidiario de su monumentalidad arquitectónica, se despliega tímidamente en la conciencia de los compositores, que hablan por primera vez de los “afectos” en la música. La música imitativa, de esta manera, ilustra “afectos” que nos circundan, por ejemplo con el paso de las estaciones anuales, igual que algunos madrigales renacentistas podían describir escenas de los mercados callejeros en Londres o grotescas serenatas infructuosas. Con el clasicismo vienés, y, dentro de él, el período Sturm und Drang, los afectos se confunden ya con la arquitectura, en una muestra sutil y magistral de equilibrio situado en un punto elevado que domina todos los valles circundantes. El propio Beethoven –quien, por otra parte, un poco al modo griego, aún creía en el carácter moralizante de la música- utiliza abiertamente la palabra “sentimientos” (en el título del primer movimiento de su VI Sinfonía), puntualizando en seguida que en esta obra se trata más de descripción de sentimientos que de pintura naturalista. A partir de aquí, el Romanticismo, en lugar de superar el racionalismo como apuntaban los esfuerzos de Kant y Hegel, lo negó, subvirtiendo la máxima de Boileau (“nada más Bello que lo Verdadero”) y proclamando que Solamente lo que es bello es verdadero. Los afectos se han convertido en sentimientos. Y la música genera tales sentimientos, que van desde los desmayos de las damas de la alta sociedad hasta la autoinmolación por renuncia al mundo en busca de un ideal perdido en el fondo del mito. Cabe recordar que la música tuvo un extraordinario desarrollo durante todo el S XIX. Cuando el romanticismo literario ya no era más que un recuerdo, el musical estaba todavía en pleno auge, desplazando a las artes plásticas durante la mayor parte del siglo. Los inicios del cambio de rumbo vinieron del Este y del Oeste europeos –de Rusia y de Francia-, en donde las artes plásticas recuperaron la notoriedad y la influencia de la música centroeuropea declinó. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando hubo un nuevo cambio de paradigma artístico, los artistas plásticos continuaron con el trabajo que ya habían iniciado unas décadas antes, pero los compositores tuvieron que trabajar más duro para ponerse en situación. Y precisamente uno de sus principales cometidos fue la negación del sentimentalismo romántico, que desembocó en el tan poco comprendido neoclasicismo de entreguerras. Entretanto la psicología también había avanzado a marchas forzadas y eventualmente fue capaz de distinguir entre emociones y sentimientos. Los sentimientos estarían entonces generados por constelización de emociones que la mente autopercibe y verbaliza. Desde entonces ya no hablamos de que la música genere sentimientos sino emociones, esa especie de respuesta quasi-fisiológica al estímulo artístico. Las emociones son a su vez elevadas hasta regiones mentales e incluso transmentales. La música continúa así generando en nostros emociones, sentimientos, admiración racional y vislumbre de realidades transmentales, siguiendo un esquema perceptivo evolutivo emparentado con la Gran Cadena del Ser. No toda la música puede llegar tan lejos. Eso es evidente pero el tema de otra reflexión.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Mistificaciones


                        En los últimos meses el término populismo ha sido utilizado hasta la saciedad por la prensa general. Aplicado, además, a situaciones muy diversas: desde la campaña de Trump hasta las credenciales de los partidos de ultraderecha europeos; desde las democracias populares del Caribe hasta la performance de Berlusconi, sin olvidar el Brexit británico. La situación común es la de oponer la visión de los sectores de la ciudadanía sin una participación directa en el poder, que ha resultado, por su parte, corrompido por las élites, con la visión oficialista-tecnócrata de tales élites. Esto ya sucedía en época de Julio César y de Augusto, quienes ya usaban referéndums directos con el fin de eludir el control del Senado. Las consecuencias del populismo, sin embargo, están en la mayoría de los casos muy alejadas de sus presupuestos, y eventualmente se acaba otorgando el poder de las minorías corrompidas a otras minorías –minorías de facto, aunque aparentemente se trate de amplios sectores- que todavía acaban más corrompidas, cuando no acaban sumiendo las estructuras del estado en un caos o una guerra. Podemos preguntarnos si las consecuencias directas del populismo son las que acabo de enumerar. Creo que la historia es mucho más compleja que eso y no podemos desglosar de forma analítica elementos aislados para explicar el todo, o las causas y consecuencias que están, evidentemente, continuamente embucladas y llenas de remolinos. En todo caso podemos decir que la aparición de los populismos por doquier corrobora el momento de crisis general –no sólo económica, que es la única que tratan populistas y no-populistas-, igual que la presencia de buitres indica la presencia de cadáveres, aunque no hayan sido generados por ellos. Toda crisis comporta cambio y evolución, pero es muy diferente estudiar de forma objetiva un período histórico ya pasado que tener que vivirlo de forma subjetiva en el presente. Cuando miramos hacia un período pasado lo hacemos de forma hermenéutica, es decir, teniendo en cuenta el horizonte cognitivo de tal época y el que utilizamos nosotros desde nuestra observación. Durante una crisis el horizonte cognitivo varía a marchas forzadas y se hace extremadamente difícil elaborar una metavisión que acompañe el proceso de cambio. Es por eso que durante tales períodos la ciudadanía se deja llevar fácilmente por sus emociones más primarias: el miedo, la primera de ellas.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Desconexión


                    Aunque no estuviera llegando lo que se dice tarde, aquella mañana correteaba por los pasillos del metro de forma más ligera de lo normal. Bueno, lo que llamo normal tampoco puede ponerse como ejemplo de desplazamiento particularmente relajado. Lo normal es tener cierta prisa. Pero aquel día me sacudía especialmente esa especie de sentimiento de llegar tarde y perder el enlace, aunque todavía tenía un lapso de tiempo razonable para dedicar a tal operación. Entre la prisa y la sempiterna humedad ambiental, pronto empecé a apercibir núcleos de transpiración que iban aumentando el agobio automultiplicativo en que empezaba a sumirme. Inicié la subida por la escalera que conduce a la calle y, durante un brevísimo lapso de tiempo –de hecho, tan sumamente breve que cualquier observador externo lo hubiera valorado en sólo fracciones de segundo, por más que a mí se me hiciera eterno- tuve la sensación de que estaba subiendo por otra escalera de metro, idéntica, pero situada a muchos kilómetros de distancia. Cuando uno tiene una conexión con su interior–o desconexión con el entorno físico- como ésta, suele situarse en una región mental que trasciende al tiempo, desapareciendo las coordenadas temporales durante unos atemporales instantes. Esos instantes preciosos que nos sitúan fuera del tiempo se desvanecieron, para mi desencanto, antes de que acabara de subir el tramo de escaleras. Cual no fue mi sorpresa, por lo tanto, al llegar a la calle y comprobar que la boca del metro no estaba en donde mi mente la situaba después del rutinario recorrido de cada día. Instintivamente miré el cartel que indicaba el nombre de la estación, entre extrañado, divertido e inquieto. Al punto comprobé que el nombre era el de siempre, pero no la localización. El maldito sentido del deber asumió entonces la guía de mi siguiente pensamiento: ¡llegaría tarde al trabajo, precisamente hoy que tenía una importante teleconferencia! Me acerqué a la calzada con el fin de parar un taxi con el que acceder de forma rápida -y cara- al lugar en donde gestiono mi sustento diario. El caso es que no acababa de reconocer ni la calle ni la zona de la ciudad en donde el capricho espacio-temporal me había tan suavemente depositado. No tenía ni la más remota idea de la distancia a mi lugar de trabajo a la que me hallaba. Y encima no veía pasar ningún taxi. Bien, tampoco ningún vehículo. Me hallaba en una gran avenida de casas más bien regulares, de estilo impersonal. Podía hallarme en Minessota, Buenos Aires, Shanghai, Sydney o Kuala Lumpur. Ni rastro de particularidades culturales locales. Después de deambular por unas cuantas calles ya sin un objetivo demasiado claro, decidí volver a la estación de metro para consultar el maldito mapa de la zona colgado en su mural. Al cabo de unos cuantos minutos tuve que reconocer, entre sorprendido, cabreado y un poco atemorizado, que era incapaz de volver a encontrar las escaleras por las que acababa de emerger a la superficie no hacía tanto rato. Era como si, después de que mi salto epistemológico me hubiera vomitado en un lugar desconocido, me estuviera ahora negando encima la posibilidad de hacer marcha atrás para encontrar un resquicio que me ayudara a recuperar la continuidad. Como un Pulgarcito adulto. Aunque todavía no había amanecido plenamente, intenté leer el nombre de la avenida en que me hallaba. Como me temía, todavía no había suficiente luz para ello. El alumbrado público parecía haberse ya desactivado, mucho antes de que la luz del sol llegara a iluminar la calle mínimamente . Entre esto y la poca calidad de mi sentido de la vista, lo único que parecía vislumbrar eran una especie de garabatos muy diferentes de las letras que sabía que estaban allí grabadas. Caminé, ya sin demasiadas esperanzas, por la desierta avenida. No había ni un solo comercio, ni abierto ni cerrado. Parecía un barrio residencial extraño. ¡Ya lo tenía! Busqué mi teléfono y activé el GPS. Pero no, una vez más el artilugio no consiguió conectar con la red. En aquel momento me percaté de que todavía no había visto a nadie recorrer aquel extraño paraje. Un sol mortecino emergió tímidamente por encima de las hileras de casas. Parecía como observado desde el invierno lapón. Al fondo de aquella vista que cada vez más se me aparecía como un decorado bidimensional pude divisar los primeros seres (¿humanos?) desde que había abandonado el metro. Intenté acercarme a ellos pero desaparecieron antes de que pudiera conseguirlo. Al poco una bicicleta cruzó la escena. Estaba conducida por un hombre de cierta edad de aspecto oriental que o no se percató de mi presencia o bien me ignoró totalmente. Aunque la sensación de irrealidad iba en aumento, no conllevaba ningún temor; antes bien un buen grado de curiosidad y una especie de paz interior. Ya no pensaba en el trabajo ni en la teleconferencia. Deseaba explorar más y más aquel mundo nuevo para mí. La calle se fue poblando de gente poco a poco. Todas las razas de la tierra –e incluso de otros planetas- parecían estar representadas. También hicieron su aparición vehículos de lo más variopinto. Lo que más me llamó la atención fueron una especie de ascensores que se desplazaban horizontalmente, como unas cestas elevadas que se movían sin necesidad de cables ni conductor. Los había de diversos tamaños: individuales, familiares y comunitarios. Mientras miraba fascinado uno de tales vehículos mi vista se centró en una figura que aparecía en su interior. ¡Era la de mi amigo Erwin! No. no me lo había parecido: estaba completamente seguro. Además, durante el brevísimo lapso en que nuestras miradas se encontraron me dirigió una suave pero profunda sonrisa. El caso era que….!Erwin había muerto hacía dos años en un accidente de coche! La sensación de descentramiento era ahora máxima. Y, si, ahora a la curiosidad y la paz se había unido, de forma no muy sutil, un no desdeñable grado de temor. Pasó un vehículo que tenía aspecto de taxi, dado que lucía una bombilla verde iluminada en su parte superior. Sin pensarlo dos veces alcé un brazo y al instante el coche se detuvo. Entré en él y, antes de que hubiera dicho nada ni prácticamente hubiera tenido tiempo siquiera de cerrar la puerta el vehículo arrancó de sopetón, pegándome contra el asiento. Me quejé al conductor, a quien no veía por culpa de una mampara de seguridad interpuesta entre él y los asientos traseros. Como no me respondió golpee el tabique, primero con cuidado y después con fuerza. Nada. El coche avanzaba, a toda velocidad, que no disminuía ni siquiera en las curvas, hacia vete a saber qué misterioso destino. Aquello parecía una encerrona mafiosa o quizás algo peor. Golpee, ahora sí, de forma paroxística, la cabina del conductor, hasta que se abrió una especie de ventanilla, descubriendo así que el vehículo estaba siendo conducido por una niña de aspecto esquimal, de unos siete años de edad. La niña no me hacía el menor caso; simplemente reía de forma ruidosa y despreocupada mientras hacía derrapar al vehículo en todas las curvas, enviándome cada vez contra el asiento. En una de las curvas la puerta trasera, quizás mal cerrada, se abrió y me vomitó contra la calzada. Me encontré en el suelo, mientras la gente se agolpaba a mi alrededor, con cualquier intención menos la de socorrerme. Me alcé, algo contusionado, e intenté situarme. Me hallaba en unas escaleras, saliendo del metro. Miré el reloj: ¡se hacía tarde y estaba a punto de perder el enlace! Y hoy me interesaba llegar puntual al trabajo ¡porque tenía una importante teleconferencia! Aceleré aún más el paso, justo lo que me permitía mi dolorido esqueleto instantes después de caer.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Juegos


                        Kant fue el primer pensador que estimó que el espacio y el tiempo se comportan como “formas sensibles de conocimiento”, abriendo así una puerta a la idea de que es nuestra mente la que crea tales categorías y que la razón debe, necesariamente, someterse a tales coordenadas para poder ponerse en práctica. En alguna ocasión anterior he sugerido ciertas asociaciones entre nuestra percepción espacio-temporal y nuestros sentidos, asignando la espacialidad al sentido de la vista y la temporalidad al sentido del oído. Así como desde el punto de vista de la Física el espacio, el tiempo, la materia y la energía forman una constelación indisociable, desde el punto de vista noético la estructura mental-racional también se mueve conjuntamente en las coordenadas de espacio y tiempo. Propongo un pequeño juego: imaginar un mundo en el que exista espacio pero no tiempo y viceversa. ¿Qué imagen perceptiva resulta de este experimento mental? El mundo sin tiempo nos dibuja una imagen visual inmóvil, congelada. Después de todo percibimos el tiempo como movimiento, ya sea un desplazamiento a través del espacio, ya sea un proceso biológico como el envejecimiento u otro tipo de proceso experiencial (la música). Es decir, todo aquello que nos remite a una evolución, que es la palabra más cercana al espíritu del tiempo. ¿Cómo nos aparece un mundo sin espacio? Tal constructo es aparentemente más difícil de imaginar. Un mundo sin espacio es necesariamente un mundo sin estímulos visuales; la imagen negra que percibe un invidente. Los estímulos permitidos serían entonces los aurales, olfactivos, las sensaciones físicas. Nos podemos preguntar si los procesos mental-racionales tales como la asociación, la deducción, la comparación son experienciales, participando así de la temporalidad, o se pueden llegar a situar más allá del tiempo, como hace nuestro inconsciente ¿Y los procesos de maduración, aceptación, comprensión?¡El juego da para mucho!

sábado, 26 de noviembre de 2016

Deceleraciones

               Los cambios de velocidad en el fluir del discurso musical son una característica muy particular de cada época, estilo y género. Estos cambios pueden ser súbitos o graduales, acelerativos o decelerativos. La regularidad de la pulsación musical se tiene que buscar en los ritmos biológicos de la respiración, el latido cardíaco, las cadencia del caminar y del danzar. Es importante señalar que el sentido del cambio de tempo musical puede estar expresamente escrito en la partitura o no, siendo en éste último caso una particularidad de la interpretación que depende entonces especialmente de la perspectiva histórica del intérprete. Aunque los antiguos griegos sistematizaron extensivamente la rítmica, refirieron sus ritmos exclusivamente a los pies de la versificación, no al lenguaje de la música. La primera formalización rítmica de la música en Occidente no llegó hasta el S XIII. Anteriormente, es decir, durante los períodos de la música gregoriana y sus posteriores secuelas como el organum y el ars antiqua, el concepto de pulsación permanecía implícito en el discurso por lo que los cambios de tempo no debían ser especialmente percibidos. En el Ars Nova y el Renacimiento, la explosión de la polifonía creó los a menudo muy complejos ritmos internos entre las voces, pero el tempo de las composiciones permanecía constante. No fue hasta el final del Renacimiento y especialmente a principios del barroco cuando comenzó la costumbre de acabar cada pieza musical con un frenado progresivo de la velocidad que contrastara con la muy regular pulsación de este tipo de música, un poco a la manera de la cuerda de un reloj o de un autómata acabándose. Este desacelerando, evidentemente, no está escrito en la partitura (pensemos que durante el barroco prácticamente no se escribían indicaciones de tempo, carácter, ligaduras y otros signos expresivos, aparte de los ornamentos), y han modulado su intensidad de acuerdo con las modas interpretativas posteriores. El clasicismo añadió signos de fraseo (ligaduras) y articulación (sforzandi) que ya no podía dar por sobreentendidos  dejándolos en manos de los intérpretes. El clasicismo se basa todavía en una pulsación regular, no tan inmutable como la barroca, a la que se han añadido afectos expresivos y rítmicas características que incluyen síncopas y acentos. Los fragmentos finales de las piezas musicales del período clásico suponen en muchos casos una inflación resolutiva de todo el movimiento que concluyen y como tales incluyen recursos dinámicos y expresivos extras. Quizá debido a ello, e intentando evitar la rigidez barroca –rigidez que incluye la desaceleración final-, el ritardando final en la música de Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert es mucho más contenido, sutil y afecta casi exclusivamente al último compás o incluso al último acorde, que se resiste durante un brevísimo lapso de tiempo a ser atacado, creándose así una chispa de afectividad muy sutil. Esto es así incluso en codas muy machaconas, como las de las sinfonías III y V de Beethoven, en donde a pesar de anunciarse el final varios períodos (la frase de ocho compases del período clásico) antes de acabar, el tempo se mantiene inmutable hasta el penúltimo acorde. Esto es así porque el ethos rítmico de la coda se podría ver francamente afectado por un cambio en la velocidad (cosa que en alguna ocasión algún director de orquesta se aventura a hacer, con resultados bastante desastrosos). Con la primera música romántica se introduce el tenuto en medio de la frase, que acaba creando un mundo de rallentandos y accelerandos en el discurso musical, debilitándose así el ritmo en pos de una expresividad mucho más basada en la melodía y especialmente en la base armónica de la misma. Este hecho se hace especialmente patente en la música para solista, más dada de por sí a libertades de fraseo. Con la progresiva debilitación de las funciones tonales a lo largo del S XIX la ambigüedades métricas dan pie a que el ritmo deje de guiar el avance del discurso musical y la verticalidad, la armonía constantemente cambiante tome su relevo. Cuando evocamos la música de Tristán o de Parsifal pensamos especialmente en armonías, no en ritmos. Curiosamente, el más clásico de los compositores románticos, Johannes Brahms, aunque no utilice extensivamente la suspensión rítmica, sí que construye un discurso tan viscoso-a base de un legato extremo- que el avance no parece tan dirigido por el ritmo como por las dinámicas. Los compositores postrománticos centroeuropeos siguieron utilizando el elemento armónico como medio guía del discurso musical, si bien se produjo un importante retorno del elemento melódico (Mozart fue el modelo en el caso d Strauss, Schubert en el caso de Mahler). A pesar de la progresiva libertad rítmica, la también creciente inclusión de amplificaciones de valores rítmicos en las partituras hace que los rallentandi finales resulten de por sí cuando la obra se lee con una pulsación constante. El impresionismo, con su descontextualización de las funciones tonales, contribuyó con un atomismo armónico pero también rítmico. Las frases musicales impresionistas avanzan de forma más ambigua que las de períodos precedentes. Se diría que existe un equilibrio en cada punto en el que la flecha del tiempo ha quedado suspendida y atomizada. En las obras orquestales especialmente, los ritmos de las diferentes partes crean una fusión que contribuye al efecto que acabo de describir. Dicha disposición exige al director, desde el punto de vista técnico, un mayor rigor en la adaptación a la pulsación. Ya en el S XX el expresionismo, con su lupa de aumento de los horrores del inconsciente, reintrodujo una importante dosis de libertad rítmica que fue progresivamente domada hasta la época de la serialización. La música del período ruso de Stravinsky, así como buena parte de la de Ravel o Poulenc, prescinden en buena parte de sus interpretaciones “históricas” del rallentando final, efecto que solamente vuelve –de forma contenida, como en el clasicismo vienés- con el período neoclásico de Stravinsky. El sentido de la temporalidad y del fluir musical se ven profundamente afectados en la segunda mitad del S XX. El constantemente cambiante tempo en Le marteau sans maître, el implacablemente regular fluir de las obras de los minimalistas, la texturización de la música de Xenakis y Ligeti o la sugestión aural de la música electroacústica transforman en inútil la aplicación del análisis realizado hasta ahora.  

sábado, 5 de noviembre de 2016

Zanahorias


                         -¿Qué me dices? ¡¡No me lo puedo creer!!
                         -Que sí, hombre, que sí. ¡Baja de una vez de tu nube y pisa ya la realidad cutre-salsichera!
                        -Y si no bajo ¿qué pasa?
                        -Pues que no formas parte de esa cutre realidad…
                        -Definitivo: ¡no bajo!
                        -También tiene sus ventajas…. Además puedes subir y bajar cuando lo desees.
                        -Seguro?
                        -Mientras tengas capacidad de autocontrol sí. Después….
                        -Bueno: bajo un rato y luego me vuelvo.
                        -Vale!
                        -Repíteme lo que me acabas de explicar, ¡te lo ruego!
                        -Pues exactamente lo que te decía. En el lugar en donde trabajo las personas que acceden a posiciones relativamente altas en el organigrama se ven sometidas a un tercer grado hasta que no resisten más. Entonces se las liquida si es que no han abandonado antes la lucha. Y aun así….¡¡hay cola para acceder a tales posiciones!!
                        -Bueno; esto corrobora la volubilidad de la naturaleza humana: todos piensan que a ellos no les pasará esto.
                        -O más simple aún: no piensan nada. Solamente están programados para trepar pero nada más.
                        -¡O sea que estamos como en la Edad de Piedra!
                        -En algunos aspectos sí….aunque piensa que a nivel evolutivo, la edad de piedra está a cuatro pasos de aquí….
                        -A nivel de evolución biológica sí, ¡pero a nivel de evolución cognitiva no!
                        -Quizás….
                        -Entonces dime, amigo, ¿qué es lo que mueve a los humanos?
                        -Pues quizá las necesidades que jerarquiza la pirámide de Maslow…
                        -El problema es que cada vez más humanos se quedan en el primer peldaño, el básico. Comida, bebida, aire, sueño, sexo y pocas cosas más…
                        -¿Pocas cosas? ¡No! Los personajes de los que te hablaba tienen necesidades más allá de las fisiológicas. Necesitan mandar sobre los demás, trabajar lo mínimo, ser muy visibles (cuando se reparten medallas; invisibles cuando vienen los castigos), recibir adulación,…..
                        -Bueno; todo esto caería dentro de otros niveles jerárquicos como la estima, la pertenencia al grupo, la seguridad…
                        -Sí, pero en su versión putrefacta!
                        -Ya sabes como pienso sobre todas estas cosas: frente a la erótica del poder….la orgásmica del desobedecer!!
                        -Si, pero con finura…
                        -¿Como?
                        -Lo que más molesta a los humanos –tanto a los que te describía como al resto- no es que se nos desobedezca sino que se nos plante cara.
                        -Por tanto, desobedecer, pero con estilo, tiento, nocturnidad y alevosía...
                        -Claro. Ofreciendo batalla lo único que se consigue es el fútil desgaste de ambas partes. Y además, ¿no nos roban nuestra dignidad? Pues ¡respondámosles con la misma moneda!
                        -Pero…¿tú te puedes creer de verdad que cuando enseñan la zanahoria podrida colgando del palo la mayor parte de la gente la persigue como si fuera una zanahoria perfectamente tierna y apetecible?
                        -¿No lo has visto ya muchas veces? ¡Respóndete tú mismo!
                        -¡Están locos esos humanos!