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lunes, 8 de mayo de 2017

Realidad(es)


                 Acabo de leer “La realidad no es lo que parece” del físico Carlo Rovelli. Tras un inicio con algún apunte un poco tendencioso y lugar común en el mundo científico (“Anaximandro fue un gran visionario de la ciencia y, de haber prevalecido sus ideas sobre las de Platón y Aristóteles, se habrían adelantado siglos en la construcción de la ciencia”) o algunas confusiones en lo que al término realidad se refiere, el libro resulta de lectura agradable y enriquecedora. El autor en seguida coloca a Platón y Aristóteles en su lugar natural –no sé hasta qué punto reconoce la impronta que Platón sigue teniendo en los físicos actuales- y se embarca en la en cierto modo apasionante aventura de resumir la historia de la consideración de las piezas fundamentales del cosmos por parte de los modelos de Newton, Faraday/Maxwell, Einstein 1905, Einstein 1915, mecánica cuántica y gravedad cuántica (el supuesto modelo unificador de las mecánicas cuántica y relativista). Si la relatividad restringida hacía del espacio y del tiempo percepciones que dependían del estado del observador y la relatividad general las relacionaba con la materia y la energía, el modelo de gravedad cuántica, recogiendo las semillas de la relatividad y de la mecánica cuántica, hace a espacio y tiempo meras consecuencias de los campos cuánticos. Es decir, relega la percepción espacio-temporal a una pura ilusión. Lo apasionante de la sucesión de modelos en el mundo de la ciencia es que éstos, de manera progresiva, hagan del modelo anterior un subconjunto del modelo presente. De todos modos, la actual convivencia de otros modelos hace que el mundo de la investigación científica no sea tan ajeno a la post-modernidad como a veces quiere creer. Aunque el autor muestra que sus planteamientos incluyen una variedad de campos y –como buen físico cuántico- exhibe posiciones filosóficas antirealistas, echo en falta nociones elementales de complejidad y, aun más grave, observo muchas falacias cognitivas cuando confronta visiones con encuadres absolutamente distintos bajo la excusa de que “la ciencia abarca toda realidad”. Rovelli, como Demócrito, admite que el mundo está constituído por cosas que se suman y se promedian y que nuestros sentidos perciben tales promedios. Y pone, como Demócrito, el ejemplo de las letras y las palabras. Una vez más respondo que las frases y las palabras están construídas con letras, pero que lo que dicen las frases no está en las letras. En este caso, obviamente, porque las letras no precedieron a las palabras. Pero los sistemas químicos sí que precedieron a los biológicos y la vida emergió de la complejidad de los sistemas químicos. Una última reflexión: me pregunto cómo explicar a personajes que aún creen que la Tierra es plana que nos movemos ya más allá de la tetradimensionalidad.

martes, 2 de mayo de 2017

Simplificaciones


     El incierto resultado de las inminentes elecciones en Francia es un tema que da mucho para reflexionar sobre nuestro momento histórico, diminuto y miserable, pero cargado de significación. El pasado sábado el venerable Edgar Morin exponia en Le Monde la complejidad de la situación (él; ¡el mismísimo maestro de la complejidad!). Lo que está puesto en Francia encima del tablero no es aparentemente la Republique frente al totalitarismo, o Marianne contra Marine (que en el fondo también lo es, evidentemente) sino los aspectos más sucios y descarnados de la globalización y el escándalo financiero frente a unos supuestos valores eternos teñidos de nacionalismo excluyente, populismo neofascista y otros viejos conocidos. Hace tiempo que la dialéctica derecha-izquierda política está bastante desdibujada. La izquierda ha hecho suyas las reivindicaciones de sostenibilidad y contención, que en principio parecen opuestas al alegre programa de crecimiento perpetuo de la derecha (sabemos que el capitalismo, promesa eterna de crecimiento, se desmorona cuando no crece ya que es entonces cuando salen a la superficie las triquiñuelas y promesas incumplidas). Aun así, conviene puntualizar que el progreso no está reñido con la sostenibilidad y que la globalización no está reñida con la honestidad. En nuestra pobre época, si hay alguna crisis que orquesta y consteliza toda actividad es la crisis de valores. Hoy mismo he leído una entrevista con una 'emprendedora' que después de fracasar con su primera empresa, había logrado vender sus segunda y tercera empresa por una cantidad que le permitía vivir sin trabajar. ¿No chirría el propio término emprendedora con esta actitud? Y es esta y no otra la promesa del nacionalismo populista de ultraderecha. Y la crisis de valores, no nos engañemos, afecta a absolutamente todos los partidos del espectro político. Esto es lo que buena parte de los actuales votantes de la xenofobia y la anti-globalización no ven. La situación es más compleja y radical que la que se vivió en el período de entreguerras –aunque los espectors del pasado asustan, la verdad-. El caso de Francia, además, es siempre ejemplar. La ciencia, el arte y la política francesas han estado siempre cargadas de una literatura que, de alguna manera, se ha llegado a erigir como modelo. Ortega y Gasset dice que Francia es una nación profunda porque en ella los opuestos conviven de forma armoniosa y normalizada fortificando así la estructura social, al revés de lo que sucede en España. Será esta profundidad suficientemente compleja (en términos de Morin) para sostener, sea quien sea, al futuro presidente de la Republique?

sábado, 29 de abril de 2017

Involuciones


            Después de más de un mes de viajar verticalmente sin rumbo fijo me apeo del ascensor y observo que el mundo ha empeorado respecto a la situación en que lo dejé. Bien; esto de empeorar no deja de ser una valoración parcial, tomando un marco de tiempo y unas referencias concretas. A pesar de que los medios insisten en que la crisis económica no es tan aguda como hace un año, la gente está cada vez más descontenta. Y seríamos muy bobos si únicamente viéramos en tal descontento un reflejo de las limitaciones económicas que padece una parte relevante de la población. La crisis no es solamente económica, como es lógico que así sea. En este caso, particularmente, se trata de una gran crisis de valores, de moralidad, de referentes, de aburrimiento y de falta de perspectiva vital de la sociedad. Como siempre es un pez que se muerde la cola, y cuanto más profundiza la crisis, más se ciega la población y menos recursos parece tener para superarla. Sectores preocupantemente amplios de la población han optado por “castigar” a los actores de la política tradicional y, en su lugar, han optado por votar a otros políticos “alternativos” a quienes encomiendan el poder ejecutivo con la esperanza de que puedan sacarse de la manga una solución mágica. Teniendo en cuenta que tales “nuevos” políticos representan la eterna política del populismo ribeteada con tintes de un autoritarismo sospechoso por conocido, la situación se está complicando por momentos en todo el planeta. El autoconocimiento, la toma de conciencia, la ampliación de referentes serían la única solución para evitar una catástrofe. Pero la población en general sigue prefiriendo soluciones mágicas y sultanes, maharajás y dictadores que piensen por ellos (sólo hay que abrir un diario cualquiera en un día cualquiera para ver fotografías de los susodichos). Aquella situación clásica de la que siempre nos habíamos lamentado, la de un pueblo (no de ciudadanos sino de súbditos) prefiriendo un miserable monarca absolutista local que una renovación a nivel europeo (Fernando VII “el deseado”) se está imponiendo en todo el mundo. Mientras la ignorancia campe a sus anchas y se multiplique como una masa de parásitos el miedo siempre podrá sobre la razón y justificará los peores males. La sociedad, como todo sistema, funciona con bucles de autocreación, autocontención y autopreservación de forma que cualquier cambio se hace complicado. Pero siempre hay que tener en cuenta que la fuerza de los bucles descritos viene dada por los esquemas mentales –que buena parte de las veces nos son absolutamente inconscientes- de manera que la propia concienciación de situarse dentro de un esquema mental concreto y simplificador podría obrar milagros. La alternativa: esperar a que el torbellino aumente y el propio sistema estalle para hallar una situación más estable. 

viernes, 10 de marzo de 2017

Fins a sempre, mestre!



                                           ÀNGEL SOLER I RENALES  (1940 - 2017)







sábado, 4 de marzo de 2017

Mercados (publicado originalmente en mayo de 2011; cosas de la informática)



En varias ocasiones he oído que la oferta cultural –como cualquier otra oferta- debe de estar en función de la demanda, como exigen las leyes del mercado, y que cualquier tipo de intervencionismo supone un grave atentado para con los derechos de los ciudadanos, que se suponen mayores de edad y con pleno conocimiento de qué es lo que quieren. En cuarenta años de vida musical en mi ciudad he asistido a un progresivo deterioro de oferta y demanda. No me refiero a estrellas y circo, que de eso siempre ha habido y la exigencia, en ese aspecto sí, siempre va en aumento. Me refiero a la calidad de las obras programadas. Ya sé que en este mundo de la postmodernidad la calidad es algo que se vota democráticamente entre todos los ciudadanos, los más cultos y los menos, los que llevan a cuestas muchos años de experiencia y los noveles, los que dedican su tiempo al tema y los que opinan de forma superficial. Me parece no solamente muy bien sino altamente recomendable que exista oferta para todos los gustos, edades y grados de conocimiento. En las ciudades en las que existen por lo menos cinco orquestas sinfónicas estables cada una de ellas puede jugar un papel diferente en cuanto a oferta musical. En las que hay bastantes menos, todo es más problemático. De lo que también estoy seguro es que los gustos, abandonados a sí mismos, siguen la tendencia que marca la sociedad. Y en este caso me temo que la tendencia es, digamos, degenerativa (en el sentido de disminución de la diversidad). De seguir esta tendencia, en pocos años el repertorio quedará reducido a las músicas que aparecen de fondo en los spots publicitarios televisivos. Es el eterno dilema que aparece en los Meistersinger wagnerianos (y de hecho sí, estoy haciendo aquí el papel de Beckmesser). El canto entonado por Walter von Stolzing, turbador por nuevo pero que llega al corazón del grueso de la población, es un objeto ideal producto de la imaginación romántica que en muy pocas ocasiones se ha materializado a lo largo de la historia. Baste recordar que la mayor parte del público europeo de 1860 prefería al hoy trasnochado Meyerbeer frente a Wagner. Todo esto viene al caso después de asistir a una buena interpretación de las Images orquestales de Claude Debussy en Barcelona, saludadas por unos raquíticos aplausos de cortesía. En uno de los tomos de El Espectador Ortega y Gasset se lamenta de que en Madrid, en los años 20, el público siga aplaudiendo rabiosamente a Mendelssohn mientras sisea a Debussy, hecho que califica seguidamente de “terrorismo musical”. Pues aquí parece que en noventa años no hayamos progresado demasiado. Recuerdo a este respecto el estreno local, con treinta años de retraso pero en magnífica versión, de la obra de Olivier Messiaen Des Canyons aux Etoiles. De las escasas trescientas personas que asistían al concierto al principio quedaron unas doscientas al final. Y los políticos locales siguen teniendo ínfulas culturales…

viernes, 24 de febrero de 2017

Verticalidad


                  Decidí pasar aquella absurda tarde de forma alternativa. Como una hoja mecida por el viento. Sin juzgar ni clasificar. Llevaba demasiado tiempo intentando –la mayor parte de las veces, de forma infructuosa- guiar, planificar, calcular, anticipar, prever, actuar. Todo lo que los inciertos profetas del New Age dicen que es malo. Ellos afirman contundentemente -en libros que se venden como rosquillas- que no hay que hacer todas estas cosas sino expresar libremente los sentimientos, cantar, bailar, tocarse y dejar de una vez por todas de controlar. Vivir el ahora. Eso es lo bueno. Como yo creo que mucho de lo bueno es malo y que Platón veranea en Éfeso, tierra de Heráclito, decidí no seguir la ruta A ni la ruta alternativa no-A. Existen muchas otras posibilidades. Así que después de comer frugalmente emprendí la vía hacia mi experiencia iniciática. Me acerqué a unos grandes almacenes, que a esa hora no se hallaban especialmente concurridos –me gusta almorzar pronto- y me dirigí directo hacia el ascensor. Era un ascensor acogedor, adornado con una suave iluminación difusa y moquetas en sus paredes.  Este detalle hacía que, de no ser por la leve musiquilla que se escapaba por un disimulado altavoz, tu sentido auditivo tuviera una extraña sensación de “señal sonora negativa” –eso era lo que sucedía entre pieza y pieza de la leve musiquilla-. Digo entre pieza y pieza por el tema de la cesación de sonido, no porque las diversas (¿piezas?) se caracterizaran precisamente por su variedad. De todas maneras este ir hacia ninguna parte de la música (aunque cualquier otra parte del espacio musical probablemente me habría satisfecho más) encajaba perfectamente con la naturaleza de la experiencia que ahora iniciaba. Sin pensarlo dos veces, pulsé el primer botón con que mi dedo índice se encontró y las puertas del ascensor se cerraron. A partir de aquel momento me dejé llevar por los acontecimientos, sin valorarlos, juzgarlos, clasificarlos; pero tampoco bailé ni canté ni pensé en tocar a nadie. El aparato se elevó unos cuantos pisos por encima de la planta y la puerta se abrió. La música de la planta correspondiente (¿informática? ¿lencería? ¿cosmética?) se mezcló con la que llevaba incorporada mi nuevo vehículo. La mezcla no hizo variar el resultado final, que seguía sonando cual musiquette impertérrita. Toda la música que sonaba en el edificio estaba cuidadosamente seleccionada de forma que las tonalidades siempre coincidieran y no provocaran en el presunto cliente ningún deseo consciente o inconsciente de abandonar el edificio. Como en la nueva planta no entró nadie (¿quizás algún cliente impaciente había abandonado la espera del ascensor?) la puerta se volvió a cerrar y el aparato se quedó estacionado allá mismo. Procuré respirar de forma suave para no enrarecer la atmósfera. Aunque esta posibilidad me parecía remota hubiera dado al traste con mi velada, caso de llegar a producirse. No hubo pasado ni un minuto cuando la caja suspendida volvió a ponerse en marcha a lo largo de su ruta vertical. De nuevo ascendente. Cuando se abrió la puerta, probablemente en la cafetería, dado el sonido de repiqueteo de vasos y máquinas de café mezclado con cierto griterío controlado, entraron en mi compartimento dos individuos. Llevaban maletín e iban vestidos con trajes, que lucían de forma desaliñada, detalle que ligaba con el descuido que mostraban sus zapatos, mal abrochados y largamente alejados de cualquier contacto con el betún, al que parecían haber ya olvidado. Iban hablando de sus cosas, por lo que apenas me saludaron. Su conversación mezclaba temas laborales y temas de chismorreo (también laboral; sí). En el preciso momento en que empezaba a elaborar una interpretación, a la que inexorablemente hubiera seguido un juicio, aborté cualquier intento de intromisión, que hubiera dado al traste con los objetivos de mi experiencia. Observé más detalladamente. Uno de los individuos era bajo y con aspecto de haber sido rubio en su niñez, ya que todavía mostraba mechones de cabello dorado en medio de una gama cromática que iba desde el castaño oscuro hasta el blanco. Hablaba de forma vehemente, muy seguro de sí mismo.
-Lo que te digo, hombre! En las evaluaciones por objetivos de este año exigen dibujar una curva de Gauss de manera que ya puedes ir apañándotelas para que tus mindundis no protesten.
-Me tendré que ir aplicando el cuento yo también. Mi jefe no tiene piedad. Es capaz de cortar cabezas solo por ascender.
Cuando la conversación empezaba a hacer cierto efecto –no deseado- sobre mi conciencia el ascensor se paró y los hombres trajados descendieron de él. Entró un grupo de tres mujeres de mediana edad. Iban vestidas de manera ostentosa, pero de alguna manera su indumentaria no armonizaba del todo con su fenotipo. Hablaban todas a la vez y apenas se entendía lo que decían. Cazando palabras al vuelo adiviné que el tema que las ocupaba era la estética. No la Estética a la que Aristóteles o Kant habían dedicado una no desdeñable parte de su vida, no. Hablaban de otra estética más mundana. Y no precisamente aplicada sobre las partes visibles de su anatomía. Más bien sobre partes más íntimas. Contuve de nuevo mis ideaciones, mis opiniones y mis sarcasmos. Me costó pero lo conseguí (bueno, para ello tuve que recitar mentalmente un trozo e la tabla de multiplicar; concretamente la del siete). Cuando por fin bajaron las alegres comadres de mi segundo grupo me sentí aliviado. Aliviado y renovado. La tabla del siete había surtido su efecto. Me dispuse a respirar lentamente mientras esperaba mi nuevo servicio, pero de nuevo apenas tuve tiempo libre. El ascensor se movió, otra vez en ruta hacia abajo (curiosamente me estaba empezando a acostumbrar a mi unidimensional ruta). Cuando se abrieron las puertas entró un adolescente junto con una mujer de más edad. El quinceañero se veía sensiblemente azorado por estar siendo acompañado por su madre.
-¡Te comprarás unos pantalones que parezcan nuevos y basta!
-Ya sabes que yo quiero los gastados y agujereados…
-Cuando te independices usa la ropa que quieras, pero mientras vivas con nosotros….
Las últimas palabras se disiparon por el corredor de la planta en la que se había depositado mi nave, y casi se fusionaron con un griterío de chicas que se aproximaban corriendo al ascensor.
-¡Cójelo tía, y pon una pierna para que no se cierre la puerta!
Un numeroso y creciente grupo de teenagers fue replegándose dentro del elevador, que pronto se quedó pequeño para albergar tamaño tropel. Mi cuerpo fue aplastándose contra una de las paredes, y pronto quedé aprisionado. Era igual. No me apeaba en ninguna planta. Ya saldrían en un momento u otro. Cerré los ojos y me concentré en una imagen de espacio abierto luminoso hasta que el tiempo se detuvo y ya no percibí el entorno como algo ajeno, molesto o inquietante. Cuando bajó el grupo noté que tenía ganas de orinar. Más ganas cuanto más pensaba que no debía hacerlo. Pronto me encontré con un dilema y para solventarlo se me ocurrió que si y solo si en mi próxima parada veía una indicación sobre las restrooms saldría unos instantes de mi cueva para vaciar mi vejiga. Después vino la pausa mayor que había conocido en todo el experimento. El ascensor estuvo por lo menos diez minutos sin moverse. Hasta llegué a pensar que se había estropeado. Cuando por fin lo hizo noté que la presión sobre mi vejiga aumentaba. ¡La de cosas a que se agarra la mente! Al abrirse las puertas esta vez tuve una sorpresa ya que entró un individuo con un aspecto turbador. Lucía una gabardina raída de esas que hacen las delicias de los consumidores de novela negra americana. Es más, se hubiera dicho que llevaba algo escondido dentro de la gabardina, ya que su mano derecha parecía hacer una especie de acrobacia para mantener erguido un bulto desconocido. Cuando el individuo notó que lo miraba (no percibió mi desinterés) frunció el ceño y pareció iniciar una mueca a medio camino entre la sonrisa irónica y la amenaza. Por suerte en ese momento el ascensor se paró en la planta baja y el tipo salió corriendo. Si llevaba mercancía robada, pobre diablo, no tardaría en sonar la alarma en la salida. Aunque quizás fuera más listo y habría logrado desactivar la fuente magnética de seguridad. No lo supe nunca pues al punto mi nave volvió a activarse. Esta vez voló hasta el último piso en donde un numeroso grupo de orientales lo ocupó, no sin antes realizar las rituales reverencias hacia mí. De uno en uno. Me pareció un acto maravilloso y atemporal. Como un eterno saludo que siempre es el mismo y a la vez siempre se renueva. Cuando al fin logramos partir el ascensor, demasiado sobrecargado, se paró entre dos pisos. Con unos veintitantos pares de pulmones gastando el oxígeno de su interior. Los orientales, por suerte, y haciendo gala de su trasfondo cultural, se mostraron imperturbables. Como parecía que tuvieran ciertas dificultades con el idioma local, finalmente fui yo quien se acercó al timbre de seguridad para pedir ayuda. Una voz metálica y sin alma me guió en las operaciones de desbloqueo, Después de innumerables intentos –repletos de problemas semióticos- logré por fin desbloquear el ascensor, que se puso en marcha hasta la siguiente planta. Al llegar, mis compañeros de bloqueo se despidieron con una reverencia más afectuosa que la de entrada. Incluso algunos de ellos se dirigieron a mí para agradecerme el acto. Bueno, esto último lo supongo porque no entendí ni una sola palabra. Cuando el grupo oriental se hubo esfumado dejó ver un técnico de mantenimiento que entró a hacer algunas comprobaciones.
-A qué planta se dirige usted? –preguntó, para mi desazón, aquel antipático individuo.
-Uhhhh…bueno, la verdad es que no lo tengo claro….
-Pero ¿qué sección busca usted?¿qué quiere usted comprar, vaya?
-Pues la verdaaaad….es que….no quiero comprar nada…
-Ya, como mucha gente, ¡que solo viene aquí a pasear!
-Pues si, eso es.
-Pero debe ir usted a alguna planta…
-Pues verá usted: no. Estoy haciendo un experimento psicosocial que…
-¡Vaya! ¡Ya tenemos a un sabihondo que nos viene a analizar!
-No, oiga: precisamente he venido a no analizar nada de lo que vea.
-Pues mire que es usted raro…enfin, aquí parece que todo está en orden.

El operario se retiró con un intento descortés de saludo. En aquel momento recordé mi vejiga llena y al punto las ganas de orinar desbordaron mis parámetros. Salí y, cosa notable, hallé un wc casi al lado del ascensor. Después de aliviarme volví a mi pequeña estancia, pero en aquel momento estaba de servicio. Me sentí extrañamente excluido. Una vez pulsado el botón un grupo de gente formó una cola a mi lado. Parecían satisfechos con las compras que habían realizado. Uno de ellos, que llevaba un periódico en la mano, comenzó a comentar las noticias del día. El tono se hizo progresivamente más alarmista hasta que, quizás por miedo, la conversación volvió de nuevo a versar sobre las maravillosas compras recién realizadas. Cuando apareció mi vehículo todos se precipitaron puerta adentro y de nuevo me hallé en movimiento. Cuando, de forma casi maquinal, miré mi reloj, no pude dar crédito a lo que veía: era ya la hora de cerrar el establecimiento! El tiempo había quedado suspendido durante aquella tarde alternativa. Mientras abandonaba el recinto pensé como podría pasar la tarde siguiente: ¿flotando?¿mirando las nubes? La almohada lo decidiría.

jueves, 9 de febrero de 2017

Ignorancia


                    A medida que la Postmodernidad se fue desarrollando el mensaje de la inutilidad de la Ilustración fue tomando cuerpo entre nosotros. La Postmodernidad fue lanzada y estructurada por filósofos –en el sentido más amplio de la palabra-, pero el mensaje de la tal inutilidad ha sido desarrollado por publicistas y propagandistas, que siempre han sido enemigos del pensamiento crítico. Los resultados más increíbles fruto de la creciente ignorancia inundan cada día los titulares de los medios de comunicación: el auge de los populismos se está haciendo imparable. Mientras los publicistas de la propaganda lanzan sus cada vez más simples consignas y los electores pican fácilmente “para castigar la corrupción de los políticos convencionales” se impone una urgente reflexión. La corrupción, como cualquier fenómeno histórico-social, es sistémica, o como dicen ahora los media, coyuntural. No existen políticos buenos y políticos malos. Existen males de una época, y estos males los padece toda la sociedad. Ni a los políticos convencionales ni mucho menos a los publicistas de la propaganda les interesa decir cosas como ésta. Prefieren utilizar el viejo método del chivo expiatorio. Esta era una usanza propia de la visión mágica del mundo. Los males pasaban a la víctima de forma mágica y una vez muerto el perro muerta la rabia. Ahora, aunque constantemente se invoquen de forma más o menos velada las estructuras míticas e incluso a veces mágicas de la mente, se deben de decorar con argumentos racionales –aunque sea una racionalidad propia de la primera adolescencia-. Y con el tambalear de la Ilustración, la idea de globalización (la de ampliación de horizontes; no la idea capitalista homónima) se tambalea. El fermento de la Europa unida apareció durante la Ilustración, aunque no pudo ser llevada a cabo hasta que innumerables guerras no actuaron como revulsivo de conciencias. Ahora todos los populismos cuestionan esta ampliación de referentes. Y con ayuda del miedo logran que grandes sectores idiotizados de la población lleguen a creer lo que si tuvieran un mínimo pensamiento crítico les parecerían ideas ridículas. El miedo a perder no se sabe ya qué, porque la pérdida de referentes y de ilusiones es el driver que desencadena cualquier miedo más tangible. Crisis equivale a cambio, a crecimiento, aunque nunca se sabe a qué precio. Crisis, por cierto, también puede equivaler a desaparición.

viernes, 27 de enero de 2017

Retorno


                    Hace muchos años visualicé por tv un imaginativo cortometraje en el cual una voz, fácilmente reconocible en aquel entonces –la del pintor Salvador Dalí- explicaba una historia épica con ribetes casi míticos a partir de unas imágenes muy difuminadas de manchas de colores ocre y verdoso que se iban desplazando muy lentamente por la pantalla. Había princesas, batallas, lagos y desiertos por donde algún personaje transitaba hasta dar la vuelta al mundo. Al final el encuadre retrocedía y mostraba al pintor con una pluma estilográfica en la mano, explicando que lo que se había visto no era más que una ampliación de la superficie del instrumento, debidamente oxidada por contacto con la orina del “divino Dalí”. Era un poco como observar un micromundo casi soñado dentro de otro mundo. Pero lo que más me impactó fue la percepción del gran viaje iniciático que está contenido en una pequeña superficie que se cierra sobre sí misma y que nos devuelve al punto de partida -con la experiencia, eso sí, de todo el viaje-. Un poco como sucede en la Odisea, La Divina Comedia o Flatland. Como una catarsis sin salir de casa. Aunque bien mirado, también la revelación a Edipo es un viaje de vuelta a casa; una casa más turbadora que la que había conocido al principio de su periplo.

martes, 10 de enero de 2017

Bielorusia

                           
                           -¡Ni harto de vino te podré dar nunca la razón, Zeitokovsky! ¡Todas estas conjeturas que con tanta alegría revuelves me parecen tan gratuitas que no me atrevería ni a calificarlas de falsas! Hace años que veo por donde vas y te aseguro que no haces más que alejarte de las apreciaciones más comunes y razonables, que constituyen el camino de la veracidad al cual, humildemente, intento honrar con mis contribuciones!
                        -¡Pero cálmate ya, querido Menidov, que acabarás sufriendo un ictus! Yo solamente pretendo ordenar mis ideas –nunca imponerlas- y para ello despliego las antenas de mi conciencia. En ocasiones capto interferencias que tomo por señales claras pero siempre intento aprender de mis errores…
                        Así venían larga y repetidamente coloquiando una pareja de jubilados bielorusos con inquietudes intelectuales en diversos campos del saber.

                        -Es que no puedo evitar una sensación de menosprecio hacia tu palabrería tan poco fundada en la ciencia, y eso, debido a nuestra larga amistad, me causa un profundo malestar psíquico.
                        -Pero la amistad, amigo Menidov, está por encima de cualquier discusión pseudofilosófica que podamos entablar. ¡Y tampoco sigue el método científico!
                        -También lo creo así, viejo Zeitokosky. Y si la amistad no sigue el método científico es porque se halla en el lado mental de la barrera cartesiana, separada del lado material, objeto de la ciencia.
                        -Tu problema, buen Menidov, es que das por sentados unos referentes que crees estables, y yo no veo el mundo así.
                        -Y ¿como quieres que piense sobre el mundo y lo analice como objeto si no doy por sentados unos referentes mínimos -que puedan satisfacer a todos- a partir de los cuales pueda construir un edificio de conocimiento?
                        -No te pido que derrumbes ningún edificio ni tengas que justificar cualquier pensamiento como si estuviera libre de referencias, como hacen los postmodernistas y deconstruccionistas. Pero sí me gustaría que considerases dos cosas. La primera que amplíes un poco tu concepción del mundo como objeto y tu mente como sujeto. Has de pensar que tu mente forma parte del mundo y que por tanto no está situada en un mirador especial. La segunda es que no alienes tus percepciones –ya sé que me dirás que unos mínimos intersubjetivos son condición sine qua non para conocer- situándolas así en un espacio neutro “realista”.
                        -Entonces no hace falta que sigamos hablando. Vayámonos a casa y cultivemos solamente nuestras funciones animales, ya que no es posible que desarrollemos ningún conocimiento más allá del puro instinto animalístico.
                        -¡No corras tanto, Menidov!¿De donde sacas todas estas conclusiones que a mi me parecen tan precipitadas como a ti las mías?¿De la tradición?¿Del sentido común? La tradición varía mucho cuando consideras diferentes tamaños de escala mostrando que no es un esquema fijo, sino que evoluciona.
                        -¡Claro! Evoluciona como la Ciencia! A base de acumular conocimiento, de ganar terreno a la ignorancia…
                        -Pero ¿Dónde se acumula este conocimiento?¿En una especie de registro “salvado”? Este conocimiento, amigo Menidov, forma parte de nosotros mismos, y evoluciona con nosotros. Es más, nuestros referentes, nosotros mismos, evolucionamos con ellos. El realismo ingenuo –que sostiene que cada vez estamos más cerca del conocimiento absoluto- no puede existir; es una entelequia falaz. Y todos los fundamentalismos, que ven el mundo construido a base de ladrillos, no son más que ráfagas fugaces de espejismos que duran poco.
                        -Esto es lo que no comparto, Zeitokovsky: ese poco valor que das a la Ciencia, que avanza eliminando falsedades y preservando lo que puede aguantar los embistes de la experimentación.
                        -Mira Menidov, lo que nos separa no es el método sino la creencia básica en una realidad externa, objetiva y aislada.
                        -¿Lo ves, Zeitokovsky? ¡Eres un deconstruccionista!¡Ahora me dirás que la ciencia no es más que un constructo humano!
                        -Si por constructo entiendes una realización, te diré al punto que sí. Si entiendes un montaje caprichoso que se mueve a voluntad personal te diré, también al punto, que es evidente que no.
                        -¿Pero es que acaso no ves, testarudo Zeitokovsky, que no puede existir más que una Física, aquí, en Papua Nueva Guinea, en Saturno ó en Andrómeda?
                        -¿Pero es que acaso no ves, testarudo Menidov, que solo estás enumerando lo que se nos aparecen como espacios muy distantes, y que el propio concepto de espacio es objeto de estudio de la Física y, como tal, varía con el tiempo ante nuestros ojos?

                        Las habituales discusiones entre los viejos amigos se habían ido agriando con los años. Probablemente ya eran demasiado viejos para las alegrías de la juventud pero no lo suficiente para la sabiduría de la senectud.

                        -Sí, esto lo veo, y esto forma parte de lo que antes me refería cuando hablaba de los avances objetivos que la Física ha realizado a lo largo de la historia.
                        -No tengo nada que objetar a eso. Pero fíjate que la Física, como otros campos de la ciencia, ha estado teñida en cada época con los mismos colores que las artes y el pensamiento. Eso la ha hecho básicamente humana e histórica. El modelo relativista y la termodinámica de Clausius, respectivamente, se parecen más al cubismo y a la música de Wagner que a la mecánica newtoniana.
                        -Pero la Física trata sobre realidades objetivas ¡mientras que el arte no! El conocimiento científico es acumulativo y tiene vigencia mientras no es falsado.
                        -No seré tan ingenuo de equiparar ambos tipos de conocimiento que de por sí tienen notables diferencias, pero tampoco separaré radicalmente ambas realizaciones, repito, humanas.
                        -Cuando no queden humanos los planetas seguirán obedeciendo las Leyes de la Física.
                        -Pero quizás en ese momento el Sol sea una gigante roja que englobe gran parte de sus planetas, y en su seno las leyes de la física serán diferentes de las que rigen ahora.
                        -¡Me refiero a otros planetas, listillo!
                        -Mira: hemos llegado a un punto muerto en nuestra discusión. Admitamos que hablamos de cosas diferentes, o mejor aún, que nuestras aserciones se basan en creencias diferentes.
                        -¿Creencias?¡La Ciencia no se basa en creencias!
                        -¡Pues claro que sí! El platonismo que exhibes cada vez que hablas de Leyes Universales Eternas es una creencia.
                        -Pero no puedes negar fácilmente ese principio…
                        -La Universalidad y la Eternidad son relativos…que a fuer de situarse en una zona estable del espacio-tiempo se nos aparecen como inmutables.
                        -Tu también debes, por tanto, sostenerte en una creencia…¿o eres tan sagaz que ni eso?
                        -Me sostengo en la creencia de que todo evoluciona, incluida nuestra mente, que atraviesa innumerables etapas de crecimiento que no terminan necesariamente en la del sentido común…
                        -O sea, que opones un heraclitismo a mi supuesto platonismo…
                        -Quizás lo oponga como método para amplificar mi horizonte pero acto seguido intento escalar una dimensión hasta que ambas creencias se solapen.
                        -¿Por qué disfrutas tanto intentando desmontar lo que es sólido?
                        -Disfruto imaginándome situaciones más amplias que las que estamos inmersos…
                        -Ya que me planteas tantos contraejemplos del mundo del arte: ¿Qué crees que pasará con la música de Bach cuando ya nadie la entienda?
                        -Pues ese –por otra parte funesto y esperemos que alejado- día la actualización de ese lenguaje ya no tendrá lugar y contemplaremos la música de Bach como un objeto histórico y no como una experiencia actual
                        -¿Cómo muchos de los intérpretes de música antigua nos quieren vender?

                        -Amigo Menidov: ¿Ves como ahora sí que me has entendido?

domingo, 1 de enero de 2017

Sonrisoterapia

                        Parece que todo se desmorona por momentos en este mundo cambiante que ahora mismo nos ofrece la cara amarga de la vida y la locura inconsciente de la naturaleza humana. El humor sano –el que actúa como tónico y no como bálsamo- puede ponernos en contacto con la mejor parte de nosotros relativizando así las crisis, aunque solo sea por unos momentos. Con estos videos musicales propongo una leve sonrisoterapia que nos pueda acompañar durante los momentos aparentemente absurdos de la historia que estamos viviendo:

La historia de los últimos 300 años musicales exquisitamente condensada en 12 min:


Nuevos usos del viejo organum medieval: 


Una clásica parodia de una cantante ya clásica:


El poder inmenso de las escalas modales:


Una elaborada performance:




Instrumentos antiguos para música antigua:


Una parodia aún más clásica:


Y una tercera aún más antigua:




El célebre canon que tanto ha contribuido a la visión del Mozart insolente:


El aria del jefe de la policía secreta más loco para un mundo que se ha vuelto loco:




MOLT BON ANY 2017 PER A TOTS!!