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martes, 13 de junio de 2006

psicoanálisis


A raíz del centenario (¡Me pregunto qué centenario celebrarán de aquí a cien años!) del psicoanálisis han aparecido en los mass media numerosos opúsculos hablando de Sigmund Freud y sus seguidores históricos. Como dichos opúsculos han sido escritos por psicoanalistas, muchos de ellos se han aprestado a decir que parece ser que actualmente, tras una época en que el método ha estado en entredicho, se tiende a colocar al psicoanálisis en el lugar que le corresponde. Quizás el psicoanálisis ha estado en entredicho como método porque por un lado se ha abusado de él hasta la saciedad y, tras la época que creía poder descifrar toda realidad humana a través de él ha venido la época compensatoria que lo ha relegado al cuarto de los trastos viejos. También quizás porque se ha abusado de la misma manera de él como método terapéutico, incluso en los casos en que no estaba especialmente recomendado. Parte de estas acusaciones han llegado del campo de la psicología cognitivo-conductual y parte de la psiquiatría farmacológica. Desde mi humilde sentir de no especialista, creo que todos estos enfoques se dirigen a objetos terapéuticos absolutamente diferentes y que no pueden ser reducidos a un solo método de abordaje. Todos los enfoques, cada uno dentro de su ámbito de acción (dirigido a una parte diferente de lo que Ken Wilber denominaría “espectro de la conciencia”), tienen sus grandezas y sus miserias. La terapia conductista puede ser de efecto rápido y solucionar muchos problemas que otros acercamientos no discriminarían con suficiente claridad. Por contra, su aplicación sistemática en toda persona y situación puede conducir con facilidad a la situación que N. Chomsky denomina “fascismo rosa”: se trata, ante todo, de reintegrar al individuo al colectivo, a la norma vigente. La individualidad lleva asociados problemas; eliminándola seremos felices. Las terapias farmacológicas tienden a aliviar las psicosis a través del abordaje “objetivo” que ofrecen las ciencias de la vida. Van armadas, por tanto, de un importante arsenal de recursos. El peligro que presentan es el de llegar a descuidar los aspectos subjetivos, que quedan a menudo descompensados, relegando el complejo paciente/tratamiento a una especie de “flatland” puramente objetiva. El psicoanálisis como terapia muestra a su vez muchas limitaciones, sobre todo en casos de psicosis graves. Quizá la herencia más preciada de las diversas (y muy a menudo beligerantes entre sí) escuelas psicoanalíticas radica en los nuevos horizontes que han mostrado sus modelos para la psique humana. Las terapias farmacológicas se han basado en los modelos al uso de la ciencia, las terapias conductistas han renunciado a un modelo más allá del de la “caja negra”, mientras que las terapias analíticas han creado su propio modelo (poco “científico” desde el punto de vista popperiano), que a la postre ha resultado ser más interesante que las propias terapias en sí. Aunque, tal como dice un querido amigo (que se dedica profesionalmente a la psiquiatría farmacológica), el psicoanálisis no es un método científico, pero Lourdes tampoco y, en algunos casos, funciona.

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