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viernes, 15 de septiembre de 2006

Dieta Mediterránea


El término dieta mediterránea se ha convertido en uno de los lugares comunes favoritos del a su vez lugar común de la comunicación de masas. Constituye, además, uno de aquellos patrones de raciocinio mecánico –en este caso se suman a su vez vagos toques de cientifismo, lo que le da un toque adicional de credibilidad en los foros aludidos- que acaban dando lugar al típico dualismo. Dieta Mediterránea = sano / Dieta no Mediterránea = pernicioso. En donde no se ponen de acuerdo los mass media es en la definición extensiva de tal dieta. En algunos casos se hace hincapié en la gran presencia del pescado. En tal caso la diferenciación entre la dieta mediterránea y la dieta báltica se hace incierta. En otros se destaca la baja presencia de grasas de origen animal, origen de múltiples desarreglos cardiovasculares. La famosa paradoja francesa, que enaltece el vino tinto como agente detoxificante frente a la dieta excesivamente grasa, disminuyendo las cifras de enfermedad cardiovascular a niveles por debajo de los esperados, también diluye la cuestión principal. Entonces hay que preguntarse: ¿Existe alguna dieta tradicional intrínsecamente “buena” ó “mala o más bien la única dieta “mala” es la derivada de los malos hábitos adquiridos en los últimos años? Si en las latitudes con dietas no mediterráneas la alimentación fuera tan perniciosa, habría grandes zonas del planeta despobladas. En el mundo de hoy, en el que la interculturalidad es norma habitual, cada vez podemos escoger más nuestra dieta independientemente de la zona del planeta en que nos hallemos. Esto parece muy positivo; lo único que habría que tener en cuenta es el respeto a los ciclos anuales. Aunque la “construcción” cultural sigue jugando un papel muy importante. ¿De que otra manera explicaríamos que en Oriente se tomen bebidas calientes ó comidas picantes para combatir el calor, a diferencia de Occidente, en donde se suele hacer exactamente al revés?

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