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lunes, 23 de abril de 2007

EL APERSPECTIVISMO EN LA MUSICA DEL S XX 1/ Introducción


El siglo XX ha representado por mucho tiempo, y aun sigue representando, un turning point decisivo para muchos historiadores, analistas, pensadores y constructores de teorías en general. En eso hay, normalmente, mucho consenso. Quizás no exista ya tanta unanimidad respecto al ámbito ó la naturaleza de tal cambio. Algunos hablan de ruptura radical, otros de exploraciones en sentido externo, como la apertura de Occidente a otras culturas, ó también interno, con el advenimiento del psicoanálisis. Para algunos, los hechos decisivos que tienen lugar a principios del S XX se vienen gestando desde un período anterior, como la Ilustración. Para otros, las perspectivas vislumbradas a principios de siglo son las que finalmente posibilitan las nuevas direcciones tomadas a partir de la segunda posguerra mundial. Los que estudian el cambio acaecido hace un siglo desde la perspectiva de las corrientes anteriores tienden a considerarlo como un final de algo, un non plus ultra en cierta dirección. Por el contrario, los que lo estudian desde una perspectiva más amplia lo consideran como el principio de algo. Todos tienen su cuota de razón. ¿Quiénes tienen más razón? Aquellos cuya perspectiva abarca una mayor porción de terreno. Sería común decir que desde nuestra perspectiva, ahora que el S XX se ha cerrado, podemos ya abarcar muchas de las direcciones en que ha derivado su transcurso. Es decir, que el paso del tiempo nos permite objetivar ó perspectivizar los hechos acaecidos hace un siglo con mayor facilidad. Aunque perspectivizar –esto es, disponer de forma efectiva la concreción de roles de sujeto/objeto- sea una operación ligada a la mente, a la conciencia de la racionalidad y el S XX, como veremos, parezca adentrarse más allá de este terreno de conciencia.

La segunda mitad del S XX ha estado en gran medida marcada por lo que se ha dado en llamar la postmodernidad. El sentido, ámbito y extensión de la etiqueta postmodernidad varía enormemente dependiendo del campo de estudio desde donde se la invoque. El término postmodernidad, strictu sensu, proviene del campo de la filosofía y fue utilizado para definir ciertas derivaciones del pensamiento post-estructuralista. Con el tiempo, la Postmodernidad ha llegado a incluir toda una constelación sociocultural que afecta a la mayor parte de los ámbitos de pensamiento y acción de Occidente. En términos de pensamiento la postmodernidad más radical se podría ilustrar con la frase “no existen verdades absolutas” (frase que parece estar en desacuerdo con ella misma), ó con su versión más suave “la única verdad absoluta es que todo es relativo”. Tal tipo de aseveración desplaza automáticamente el centro de atención del objeto al sujeto. No podemos hablar ya de epistemología –y mucho menos aún de ontología- sino que nos hemos de ceñir a la psicología. La visión perspectivo-racional ensalzada por la Modernidad como un término absoluto se ha hecho añicos. Y este despedazamiento se inicia ya con Kant. Creo sinceramente que ése es el mayor valor de la Postmodernidad; a saber, que no representa un inicio de algo, sino más bien un final. La Modernidad ha muerto colapsada por sus propias creaciones. Ello está muy lejos de decir que la Modernidad no ha representado un logro mayúsculo de la civilización. Simplemente que, como todo proceso, ha tenido su inicio, su madurez y su decrepitud. Pero antes de su muerte, la Modernidad ha llegado a tomar conciencia de su decrepitud. Esta toma de conciencia constituye la Postmodernidad. Vista la tendencia desde atrás, por tanto, no deja de representar una negación, un final. Vista desde adelante, en cambio, viene a representar la puerta de otra cosa. De algo nuevo. Evidentemente, como en toda encrucijada, se da actualmente una imbricada mezcla de lo viejo y lo nuevo. En algunos aspectos, nuestra sociedad no quiere reconocer que todavía se apoya en un bastón ya podrido. A nivel general se sigue confiando ciegamente, por ejemplo, en la existencia absoluta de un mundo externo regido por una aséptica racionalidad. El resultado, puesto en irónica frase por J. Saramago: “a base de racionalidad y únicamente racionalidad hemos llegado al mundo más irracional que podamos pensar”. La llamada ansiedad cartesiana –necesidad de un mundo externo objetivo y absoluto, separado de nuestra conciencia- ha llegado así a una tensión máxima. Mientras tanto, por otra parte, se está creando por doquier una nueva conciencia. La nueva interculturalidad, la fusión, la integración no representan la anulación de algunas culturas, como algunos pretenden, sino la emergencia de algo absolutamente nuevo que no corresponde en absoluto a la suma de los elementos fusionados. De la misma manera que una red no corresponde a la suma de todos los posibles mecanismos implicados, sino que supone el despliegue de algo nuevo en nuestra conciencia.

Pero el S XX no representa tan sólo el final de la Modernidad (con su posible post-apéndice incluido) sino que marca también el punto de partida para otro nuevo desarrollo: el aperspectivismo. Hablando en términos comparativos, los cambios que acaecen en el tiempo tienen una mayor significación cuanto mayores sean los períodos históricos separados por tales cambios. A pesar de que los cambios que separan períodos más cortos son más aparentes a nuestra conciencia, por tener lugar normalmente con más celeridad. Y si la Modernidad comienza, por término medio, durante el Renacimiento y empieza a decaer con la Ilustración hasta llegar a la Postmodernidad, la época que abarca el período mental-racional comienza todavía antes, unos 500 años AC. Uno de los más influyentes modelos de despliegue progresivo de la conciencia fue enunciado por el pensador Jean Gebser (1905-1973) en su monumental obra Ursprung und Gegenwart (Origen y Presencia, o El Origen siempre presente). El modelo gebseriano contempla diversas etapas en la historia de la humanidad caracterizadas por el despliegue progresivo de nuevas estructura de conciencia, que a su vez están latentes en la estructura original. Una vez desplegada una nueva estructura de conciencia, queda automáticamente integrada con las que le han precedido. No desaparece, sino que más bien se hace transparente. Así, tras un primer estadio arcaico, todavía poco diferenciado, de “dimensión cero” y conciencia mínima, todavía relacionado con el caos primigenio, sigue un estadio de estructura mágica, monodimensional, en donde la conciencia del yo todavía no ha aparecido, así como tampoco la conciencia de espacio ni de tiempo. La integración en el entorno es más bien de tipo fusión y la relación con el mundo es esencialmente mágica. Las acciones rituales tienen aquí su origen. El tercer estadio de conciencia descrita en el modelo gebseriano es el mítico. Aquí los trasuntos emocionales del período mágico derivan en imaginativos. El estadio mítico es bidimensional: por doquier aparecen bipolaridades: entre el recién adquirido yo y los otros, entre la memoria y el sentimiento…El mundo de los sueños toma las riendas y, tras la separación de hombre y naturaleza, ésta se antropomorfiza. Durante el siguiente estadio de conciencia, el mental, el yo, que había comenzado a despuntar ya en el período anterior, acaba cristalizando y dando lugar a la estructura tridimensional que caracteriza la conciencia de la perspectiva. Ahora tiene lugar el nacimiento de la tercera dimensión en la pintura, así como de las coordenadas espacio-temporales que podrán albergar la noción de causalidad. Con la abstracción que nace en el período mental, la filosofía hace su aparición, así como el concepto de “tiempo-flecha” que apunta desde el pasado hacia el futuro. La separación entre hombre y naturaleza se consuma, hallando esta ruptura su punto álgido en la invención del método científico y la separación cartesiana entre mente y naturaleza. De acuerdo con Gebser, cada período presenta una primera etapa eficiente, en que la nueva estructura opera abriendo posibilidades y creando nuevas perspectivas, seguida de una etapa deficiente, en que parece que la estructura se cierre sobre sí misma, impidiendo el avance ulterior por el propio desgaste. El período mental se inicia en una época situada entre el 10.000 y el 500 AC, representando la Modernidad la correspondiente etapa deficiente del período mental (que Gebser denomina el período racional). ¿Qué sucede entonces, siempre según el modelo gebseriano, hacia principios del S XX? Pues que hace su irrupción una nueva estructura de conciencia. Esta estructura es la llamada integral, que, como las anteriores, abarca a todas las que la preceden y, a su vez, las supera. La superación de la tridimensionalidad tiene lugar por integración de un nuevo elemento: el tiempo. La conciencia cualitativa del tiempo rompe con el perspectivismo tridimensional del período anterior y logra la integración en una estructura tetradimensional que puede considerarse que lo engloba y lo supera. El aperspectivismo del período integral, por tanto, contiene y supera los conceptos de espacio, tiempo y mente característicos del período mental. Los períodos mágico y mítico eran prerracionales; el período integral es transracional. Atisbos tempranos de esta superación/integración del tiempo los podemos observar, como apunta el propio Gebser, en numerosos desarrollos acaecidos hacia principios del S XX, como las Teorías Restringida y General de la Relatividad –donde espacio y tiempo físicos se funden en una nueva entidad tetradimensional-, el cubismo –que viene a superar el tiempo congelado que hasta entonces recogía una tela- ó el dodecafonismo –en donde la relación tonal, perspectivista, deja de ser carta de ley-.

El atractivo del modelo gebseriano, al margen de las polémicas que pueda suscitar –aunque el propio Gebser siempre negara que incluyera una teleología ó convergencia hacia un punto concreto, como lo hace el modelo paralelo de Theilard de Chardin-, radica en el gran ámbito de aplicación que presenta. Al igual que sucedió con el psicoanálisis, una gran multitud de disciplinas parecen ser aptas para ser analizadas a la luz de del modelo de despliegue evolutivo de la conciencia. En la segunda parte de El Origen Siempre Presente -titulada precisamente “Manifestaciones del aperspectivismo”- , el propio autor se encarga de ejemplificar la irrupción de la nueva estructura de conciencia dentro de los más variados campos del conocimiento –Física, Pintura, Música, Literatura, Leyes, Arquitectura- ofreciendo en cada caso la clave para entender por donde se ha deslizado la superación/integración del tiempo y apertura a la cuadridimensionalidad.

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