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lunes, 31 de agosto de 2020

Dialogo entre dos mundos



-Hoy tiene lugar en Berlín una gran manifestación de gente que cree que la covid-19 no es más que una excusa que han inventado los grupos de poder para controlar y someter más al mundo...

-Si, y de entrada parecía orquestada por grupos de ultraderecha: esos que alientan el populismo para acceder al poder y luego controlar y someter al mundo no por medio de biotecnología sino a través de las armas más convencionales!

-Pero tu ¿qué crees al respecto?

-¿Sobre los populismos?

-¡Sobre la covid!

-Pues que el virus existe, que ha aparecido de repente -no sé si de forma casual o no-, se ha diseminado a lo largo de todo el planeta, que algunos grupos se han aprovechado de este hecho y otros se aprovecharán. Lo que me parece claro es que la pandemia ha acelerado lo que se venia gestando tiempo atrás: por un lado la tecnología de las comunicaciones y, por otro, la deshumanización de las relaciones sociales.

-¿Asi que tu no crees en teorías conspiratorias?

-Más que creer o no creer, diría que no me interesa este tipo de entramado...

-Pero, aparte de tus intereses personales, no crees que puede haber algo de cierto en ellas?

-Amigo Simplicio: la verdad, además de escurridiza, es múltiple...

-¿Entonces, amigo Salviati, no crees que haya en realidad una verdad objetiva?

-Creo, amigo Simplicio, que los tèrminos "verdad", "objetividad" o "realidad" han perdido el significado que les dieron Galileo, Descartes y Kant.

-Pero en algo nos tenemos que apoyar, no? Si no existen fundamentos los edificios se derrumban!

-Los fundamentos existen ... pero no son eternos!

-Si no lo son ¡es que no son fundamentos!

-Lo son pero de manera contingente

-¿Contingente?¿De quita y pon?¿Subjetivos? ¡No lo creeré nunca!

-Pues no lo creas ¡Estás en tu derecho!

-¡¿Pero tu lo crees?!

-Digamos que yo creo que creer es contingente...

-¿Y la realidad física?¿También negarás que existe de forma objetiva e independiente?

-Por realidad física ¿te refieres al medio a través del que percibimos al mundo?

-Hombre, ¡si lo quieres llamar así!

-Esta cuestión es vieja como la vida misma. Lo único que te puedo decir es que la interpretación de esa realidad es un fenómeno humano, cultural y contingente.

-Ahora me dirás que la ciencia no se refiere a fenómenos ajenos a la mente humana, lo veo venir!

-Aunque los fenómenos a los que se refiere sean ajenos a la mente humana, ese 'referirse' tiene un alma enteramente humana, querido Simplicio.

-Y tú, querido Salviati, en que te apoyas para tener tantas seguridades cognitivas, morales y estéticas?

-Mi única seguridad es que a pesar de que todo sea relativo, existen gradaciones entre relativos. Y esas gradaciones se apoyan en un pragmatismo y en una evolución.

-¿Evolución hacia algún punto fijo, fundamental?

-Estimado Simplicio: ¡Eres incorregible!

martes, 30 de junio de 2020

Curvas


                        Sigo sintiéndome un extraño en el mundo post-confinado. He despertado en un decorado similar al que dejé antes del confinamiento, pero la maquinaria ha cambiado considerablemente. Una de las asunciones más sólidamente establecidas de la Modernidad consiste en la consideración del mundo físico, el mundo que nos rodea, como un espacio neutro, pasivo e informe que permanece como un recipiente de nuestras propuestas subjetivas. Nuestra última propuesta, la nueva normalidad, es el fruto más pavoroso del virus más sociológico de los últimos 100 años. ¡¡Agárrense que vienen curvas!!

jueves, 28 de mayo de 2020

Nostalgias?

  

                         Hace 35 o 40 años, cuando la parte negativa del cambio que hoy en día estrecha implacablemente su cerco alrededor nuestro se estaba empezando a hacer sentir, muchos films o tele-series utilizaban eficazmente la exageración con fines paródicos. Así, en Moros y Cristianos, Berlanga nos hablaba de la pérdida de los valores sólidamente compartidos en pos de lo que entonces se llamaba “la imagen y sus asesores”. Como en 1985 todavía quedaba un ápice de “valores sólidamente compartidos” este hecho permitía que los espectadores rieran con ganas de una situación que hoy día ha quedado tristemente englobada de forma casi inconsciente en nuestros diarios quehaceres. En Ginger e Fred, el último gran film de Fellini, también de 1985, se hilvanaba una cruel parodia del medio televisivo –aunque el trasfondo de la película iba mucho más allá- fruto de la rabieta de su autor a consecuencia de haber perdido su pleito contra Berlusconi, quien “osaba” interrumpir las películas del maestro con publicidad más que vulgar en los medios televisivos que éste último controlaba. Las parodias de anuncios archivulgares que aparecen en el film han sido eventualmente superadas por la subsiguiente realidad. Y encima, -ironía máxima de la historia-, el magnate parodiado acabó siendo primer ministro de un país que, como todos los del mundo, acabó perdiendo su compostura, su genialidad y su dignidad. En las series televisivas Yes Minister! y su secuela Yes, Prime Minister!, la fina parodia alcanzaba a los políticos y sus decisiones. Visionando estas series el público reía las ocurrencias sin ser ajeno a cierto sentido de pavor fruto de la sospecha de que alguna de las situaciones descritas fuera lejanamente cierta. En la serie se encajaban perfectamente los deseos personales de los altos funcionarios que eran en realidad quienes controlaban a los políticos con las decisiones que los políticos creían tomar libremente basadas en las necesidades reales de los ciudadanos. Vistas en la distancia, estas series nos parecen hoy día benévolas. El poder real quedaba allá en manos de unos funcionarios perversos e interesados pero muy definidos y cuya avidez de poder se limitaba a mantener su status quo. Hoy día el poder viene detentado por unas figuras indefinidas y como tales infinitamente ávidas de acrecentarlo y llegar hasta las más recónditas zonas personales e íntimas de cada ciudadano. Las parodias de los años ochenta se nos presentan ahora con ribetes nostálgicos.

jueves, 21 de mayo de 2020

Confinamientos

    

                        Los que hemos tenido la suerte, durante las horas punta de la pandemia, de no haber tenido que pasar por un ERTE y poco a poco nos vamos reincorporando físicamente a nuestros puestos de trabajo nos vemos ubicados –tal como presagiaba hace un par de posts- en un mundo nuevo en donde la despersonalización ha ganado definitivamente terreno. La misma tecnología que nos ha ayudado a poder superar el aislamiento físico (me doy cuenta de que durante estos dos meses he hablado desde casa con gente en Boston, San Francisco, Göteborg, Basilea y Wuhan –nada que ver con el dichoso virus-) nos está ayudando ahora a aislarnos dentro de nuestro entorno más próximo. El acercamiento general que hace de la Tierra la famosa aldea global de la que se habla desde hace años está conllevando, irónicamente, un alejamiento de nuestro prójimo más cercano físicamente. Almuerzo a tres metros de distancia de mis vecinos más próximos. Ninguna conversación –sólo algún intercambio de cortesía que no necesite demasiada intimidad ni explicaciones-. Las reuniones con gente que está físicamente a menos de cien metros se hacen por medios informáticos, tal como venía haciendo con Boston. Todo, evidentemente, por mor de la seguridad y la higiene. Los supervivientes de Auschwitz y Mauthausen explicaron que lo más terrible que sucedió en tales terroríficos lugares no era tanto la tortura y el asesinato como la despersonalización. Los prisioneros eran tratados como números, no como personas, lo cual iba haciendo mella en los espíritus hasta deshilacharlos. Nuestra sociedad cada vez va más en esa dirección. Todo se hace en nombre de unas pétreas y optimizadas normas, en muchos casos ‘científicamente’ apoyadas, y la gente se involucra menos y menos hasta parapetarse y desaparecer tras dichas normas. El filósofo y músico Th. Adorno una vez más se equivocó cuando dijo que “después de Auschwitz el valor de la música ha quedado en entredicho”. Precisamente los supervivientes también explicaron que la música –el Arte- parecía lo único capaz de revertir la despersonalización en medio de la catástrofe. Lo que la redes sociales iniciaron mayoritariamente  desde el entorno del ocio ha llegado ahora a los entornos laborales. 

viernes, 15 de mayo de 2020

μήτρα


                        La actual situación de confinamiento, inédita para la presente población de la sociedad occidental, puede dar lugar a mil simbolismos, interpretaciones, vaticinios, épicas, narrativas, narraciones, modelos o alharacas. Nuestro confinamiento puede ser de tipo uterino, una especial gestación que nos lleve a un nacimiento en un mundo nuevo. Para algunos también podría representar la crisis de una metamorfosis personal de tipo deseablemente no tan convulso como la de G Samsa. Para muchos el confinamiento se parecería más a una hibernación, a un puro hiato hasta que la situación externa vuelva a ser -cosa poco probable- la misma de antes. También ha podido dar lugar a una introspección, un alto en el frenesí que nos envuelve habitualmente que ha permitido que afloraran semillas olvidadas dentro de nuestro ser y hayan germinado con más o menos fuerza. El confinamiento forzado de grupos humanos también se caracteriza por dar lugar a fricciones que normalmente quedan disimuladas por la dilución de nuestras vidas en una especie de estado no por vertiginoso semicatatónico. Útero, Metamorfosis, Hibernación, Introspección o Fricción, de esta experiencia se puede sacar mucho jugo.   

lunes, 13 de abril de 2020

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            Cada vez existen más escritos, libros, artículos (y algunos blogs como éste) que hablan de una nueva época, de una nueva cosmovisión. Aunque raramente tales propuestas desgranan o muestran lo esencial del asunto. Normal: todavía nos faltan elementos para describir aquello que está naciendo porque estos elementos nos serán proporcionados por la nueva visión. Si suponemos que podemos describirla con ayuda de elementos de los que disponemos antes de su nacimiento estamos cayendo en una falacia cognitiva. Esta falacia cognitiva podría incluirse dentro de aquellas tendencias que los filósofos de las últimas décadas califican de realismo (este término, por cierto, al igual que el de idealismo, ha significado cosas enormemente diferentes a lo largo de los siglos). Esta falacia adquiere por tanto la forma “existe algo fuera del espacio y del tiempo a lo que podemos acceder on demand para describir cualquier caso o situación que se nos presente en cualquier momento de la historia” (irónicamente, a esta forma de realismo en la Antigüedad se lo conocía como idealismo). Si podemos acceder en cualquier momento es que tenemos una visión sintética a-histórica y objetiva (lo que la ciencia supone tácitamente que utiliza en sus quehaceres). Esta idea va pareja a la tendencia que tenemos los humanos a proyectar fuera de nosotros cualquier contingencia a la que bautizamos con nombre y apellido mientras nos alienamos de ella. Cada época ha generado sus proyecciones, cuyos nombres han atravesado después por diferentes períodos históricos (así: Dios, Razón, Substancia, Fundamento). Una parte del trabajo a hacer en la nueva época será el de asumir las proyecciones, asumir las creencias y asumir la subjetividad (todas ellas siempre serán necesarias para nosotros como el aire que respiramos). Deberemos ascender un orden dimensional para que cuando miremos atrás veamos que nuestros asuntos últimos no eran más que un caso particular dentro de la nueva situación, que ha visto ampliado el orden de las cosas. Solamente cuando todas estas grandes estructuras se vayan asentando podrá cristalizar una nueva época. Pero quizás para llegar a ella se tenga que pasar por una importante involución que nos haga redescubrir nuestra naturaleza.

miércoles, 8 de abril de 2020

Marne




                   Cuenta el poeta Jean Cocteau que cierto día del mes de agosto de 1914 fue de excursión a orillas del Marne en compañía de Paul Morand. Mientras regresaban a París se percataron de que algo había sucedido porque los caminos estaban llenos de militares y de agitación. Francia acababa de declarar la guerra a Alemania en lo que eran los inicios de la I Guerra Mundial. Cocteau explica que aquel pequeño automóvil no los había llevado a una excursión dominical, sino que los había conducido en realidad a una nueva época. Nuestra crisis actual no permite el aislamiento de los paseos por el Marne: todo el planeta esta virtualmente ocupado por la epidemia. Aunque por otro lado puede también parecerse al coche de 1914: podemos aparecer en realidad en una nueva época. Esta supuesta nueva época no sería tanto la consecuencia de la crisis, como su catarsis. Las redes están estos días llenas de reflexiones al respecto. En general hacen referencia al futuro inmediato y a los aspectos mas exotéricos (que no por ello dejan de ser relevantes) de toda la cuestión. Así, Y.N. Harari nos previene sobre una temible consecuencia directa de la crisis: que pueda llegar a ser una puerta abierta para que los ciudadanos sean aun más controlados de forma continua en sus movimientos, estado de salud,... a la vez que reclama una comunidad planetaria que gestione la crisis. En parecidos términos se expresa el todavía agudo a pesar de sus 99 años E. Morin en un reciente escrito. Pero la nueva época a la que yo apunto no es meramente sociológica ni política - que también tienen su tasa cada uno de estos campos-. Los aspectos mas diversos de cualquier época vienen dados por su weltanchaaung, el llamado espíritu de la época, su cosmovisión. Hemos estado concediendo a la postmodernidad la categoría no ya de época sino de estado definitivo: una especie de anti-época donde gracias a la ciencia se ha alcanzado un punto de vista absoluto, objetivo y no mediatizado, lo que el filósofo estadounidense H. Putnam denominaba "la perspectiva de Dios". Y esta especie de detención de la evolución – no evolución genética sino mas bien noética- nos ha llevado a un lugar muy poco estable que nos esta asfixiando por momentos. Este lugar es naturalmente movedizo porque no se asienta en ninguna estructura sólida. Las anteriores estructuras sólidas se acabaron fundiendo y el magma transformador resultante todavía no ha solidificado en una nueva estructura estable. Algunas de las reflexiones que se mueven estos días sugieren que la humanidad debe aprender de sus errores y que ahora tenemos la oportunidad de ser mejores. Estoy convencido de que la tibieza moral y la inconsciencia social no son el fruto de una elección sino de un contexto y de una (falta de) estructura profunda. Aunque nuestra cosmovisión va cambiando y se va re-situando el proceso es extremadamente lento. Sólo cuando una parte significativa de la humanidad (empezando por aquellos que tienen más poder e influencia -no solamente político o económico-) haya migrado su estructura mental profunda será cuando la nueva época estará vigente. Para que esto suceda es necesaria la evolución del sistema planetario y de cada una de sus partes. A una muy buena parte del poder -ahora sí económico y político- la involución que ha sufrido la población en las últimas décadas le ha generado pingües beneficios y es por ello que no se ha hecho nada por evitarla, enarbolando siempre la bandera de la “corrección política” y la peligrosa política del mercantilista “me gusta”. En los años noventa todavía era posible leer en la prensa general reseñas culturales serias para un público amplio, cosa que ha ido en franca retirada. Una gran mayoría de la ciudadanía entiende todavía el concepto de una nueva época como la de unos nuevos contenidos de la mente en vez de una nueva forma de pensar. Insisto: la Modernidad empezó a sacar la cabeza en el XV, nació en el XV, culminó en la segunda mitad del XVIII, empezó a tambalearse a principios del XX y dejó de ser efectiva de facto durante el último tercio del XX. Lo que nos ha quedado es su cadáver, que nos negamos a enterrar, no por olvidarle sino por honrar a nuestro antepasado. La Ilustración, culminación y joya de la Modernidad, pecaba de algo ahora imperdonable: el etnocentrismo. Y ello no es imperdonable por “corrección política” hueca sino por limitación de la visión. He dicho en otras ocasiones que Oriente es el complemento dialéctico de Occidente y viceversa. Si Oriente ha progresado por incorporación de las ideas de Occidente el único camino que le queda a Occidente para progresar consiste en incorporar las ideas de Oriente. Y no me refiero a las formas y apariencias que el New Age nos sigue proponiendo sino algo más profundo. Estas ideas ya están subyacentes en el arte, la filosofía y buena parte de la ciencia del último siglo. Estas disciplinas no han descubierto contenidos que hayan arrastrado hacia nuestra mente, sino que han inventado cosmovisiones que han ido modelando nuestra forma de pensar. Aunque esto no se logre en un día, por terrible que esté siendo la pandemia. Si no otra cosa, el virus está haciendo disminuir -que no desaparecer- la carga de estupidez involutiva y nos brinda una pausa reflexiva que puede contribuir a acelerar los procesos mencionados, junto con la crisis económica que se nos avecina.

jueves, 26 de marzo de 2020

Europa

Hace unos días observé en un tren de cercanías como una mujer joven parecía ejercer una acción social gestionando una serie de jóvenes trabajadores africanos que parecían bastante integrados en el sistema laboral. Me alegra ver este tipo de acciones que tanto enfurecen a los que se aferran a posiciones fijas y temen por la integridad de Europa. Europa es el nombre por el que conocemos a la Modernidad, una porción substancial de la civilización occidental. En sentido estricto el nombre define un continente, estructura más tangible si bien de límites inciertos. Según la primera acepción Europa es un proceso y, como tal, sujeto a cambios y contingencias. Europa no es un objeto fijo sino un proceso histórico que sigue vivo. La llegada de inmigrantes hace cambiar a Europa, evidentemente. Pero este cambio -en algunos momentos históricos de forma más leve y en otros más acentuada- se ha dado siempre. O rinovarsi o perire ...

sábado, 14 de marzo de 2020

Mahagonny



                        Nuestra curiosa –que no inédita- situación actual conjuga diversos elementos propios de la sociedad medieval (epidemias, terraplanismo, amenazas apocalípticas terrestres o extraterrestres) con otros elementos propios de la crisis de la Modernidad (posverdad, ética líquida, corrección política). De esta conjugación -como sucede en cualquier otra situación- algunos grupos sacan sobrados beneficios (léase dirigentes políticos, medios de comunicación, grupos financieros o fabricantes de utensilios anti-epidemia –desde mascarillas hasta escapularios-). Lo que más me asusta es la aparente falta de riqueza estructural, ramificaciones, derivaciones. No: se supone que todos debemos de habitar este espacio mental común y monolítico al que la mediocridad llama con descaro “la realidad”. Frente a esta estrategia económica basada en el vertedero de basura (consumismo de usar-y-tirar crecientemente acelerado) y esta ética basada en la famosa frase de Louis XV “après moi, le dèluge” necesitamos redibujar nuestras coordenadas en todos los aspectos si queremos salir del atolladero. Para redibujar nuestras coordenadas y recontextualizar nuestras excesivamente reificadas certezas debemos dar un paso atrás y ver el conjunto con una perspectiva más amplia. Esta situación de aislamiento podría ser una oportunidad excepcional para replantearse todos estos temas. Aunque me temo que más que al Decamerón nos remitiremos a Mahagonny. Cuando el huracán haya pasado de largo reprenderemos nuestros vicios sociales aún con más intensidad…

martes, 18 de febrero de 2020

Eroica



               Asisto a un concierto local en el que se interpreta, en ocasión del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven, la Sinfonia Heroica. La ejecución es brillantemente convincente. A pesar del relativamente reducido grupo de cuerda –opción más cercana al original que las grandes formaciones que se utilizaban 60 o 70 años atrás- no se pierde en fuerza ni en contrastes mientras que se gana notablemente en claridad. La obra me sigue impresionando por sus arriesgadas apuestas y por el rico verbo con que su autor reemplaza los esquemas más convencionales que parece ignorar en todo momento. No en vano ha merecido la calificación de “mejor sinfonía de la literatura” en una reciente encuesta entre directores musicales de todo el mundo. Lo primero que choca es que el rico material que se desarrolla en el primer movimiento no venga precedido de ninguna introducción. Tan solo dos acordes tutti fortissimo (¡con una más que pensada orquestación, eso sí!) y se nos lanza al primer tema, que parece durante unos brevísmos cuatro compases de una simplicidad pueril hasta que un descenso hacia la 7ª da al traste con tal idea. Después de unas rápidas e imaginativas idas y venidas la tonalidad inicial se restablece y el tema supuestamente pueril (muy parecido al que Mozart hizo servir con 12 años en la obertura de su singspiel Bastian und Bastienne) se intenta expandir abriéndose hacia nuevas y diversas direcciones. La dirección que finalmente parece vencer se ve súbitamente interrumpida por un acorde sincopado fortissimo repetido seis veces que parece querer variar de nuevo la dirección del desarrollo. Un primer pasaje fugado parece iniciarse, pero dura poco y conduce directamente al insperado segundo tema en modo menor (si, si: se trata, aunque del todo transfigurada, de una forma allegro de sonata). Durante el desarrollo y reexposición nuevos temas aparecen, en un derroche diríase de entusiasmo juvenil. El contraste con la marcha fúnebre que sostiene el segundo movimiento no puede ser mayor, como la dualidad vida/muerte. Como en muchos pasajes del primer movimiento, el primer oboe cobra protagonismo cantando no solamente el primer tema sino también el lírico segundo tema. Cuando la temática no parece dar más de sí aparece un pasaje fugado de una monumentalidad imponente que no se había oído desde tiempos de Haendel (uno de los modelos de Beethoven, junto con Haydn y Mozart). Después de estas dos impresionantes arquitecturas el tercer movimiento, el breve scherzo, viene a relajar un poco la tensión. Aun así, ninguna convención: el tema principal viene introducido por unas figuraciones rítmicas en las que se juega a desdibujar la colocación de los tiempos fuertes y los débiles y encima, después de desplegarse en un forte orquestal, finaliza con unas tercas síncopas que vuelven a hacer dudar al oído de donde está la caída de compás. El trío, herencia del antiguo menuetto que quedó como fragmento central del scherzo, aparece aquí enunciado por las tres trompas (brillante pasaje al que los trompistas temen) en forma de frase completa las dos primeras veces y en forma de frase truncada las dos segundas, tras lo cual vuelven las figuraciones rítmicas iniciales que son interrumpidas tras un gran crescendo. Y el último movimiento nos reserva aún enormes sorpresas que coronan la obra. El tema principal, una simple melodía de marcha extraída de su ballet Las Criaturas de Prometeo, fue reutilizado en las Variaciones yFuga op 35 para piano, quizás el primer grupo de variaciones pianísticas auténticamente genial de su autor. La novedad de la pieza pianística radica en que el tema que se enuncia en primer lugar y sobre el que se desarrollan las primeras variaciones no es la melodía en si sino la línea de bajo que la sostiene. De esta manera las variaciones se vuelven más esenciales, huyendo de la pura ornamentación y embellecimiento del tema melódico, que solo aparece después de la tercera variación. El esquema del op 35 saltó directamente al cuarto movimiento de la Sinfonía, pero Beethoven añadió una breve introducción y amplió las variaciones sobre el bajo añadiendo dos imponentes pasajes fugados, resituando la marchita (o sea, la melodía del Prometeo) como el tema de un rondó que aparece entre los pasajes contrapuntísticamente elaborados. De repente la corta introducción reaparece y la sinfonía termina tras una breve coda en la que el autor, como sucede en otras de sus piezas sinfónicas, anuncia de manera imperiosa que la obra se acaba. Todo este despliegue –juntamente con la anécdota de la dedicatoria a Napoleón que fue borrada de un plumazo tras su autoproclamación como emperador- me sigue pareciendo actual y modernísimo pero aún así no pudo hacerme olvidar que 1/ la edad media del público se situaba alrededor de los 70 años: en menos de 20 años las orquestas públicas no existirán ni en mi ciudad ni en otros puntos del planeta y 2/ el sentido de ritual sagrado ha desaparecido por completo de la sala de conciertos: el ruido de toses senza sordino, de papeles de caramelos desenvolviéndose y de butacas y puertas golpeando durante la ejecución de la obra han impuesto el sacrilegio como práctica habitual. La idiotez, la ignorancia y la falta absoluta de sensibilidad van ganando terreno de forma acelerada. Dios nos pille confesados, amén.