Debido, sin duda, a la tendencia gradualmente expansiva de la conciencia, con algunos de los estadios centrados en uno mismo, la historia de las ideas ha pasado por una fase fuertemente teñida de antropocentrismo. Existió, desde luego, una fase previa al surgir del yo, dominada por la identificación con el medio. En tal fase la percepción directa, animal, del fight or flight, hace de driver conductual. En esta fase la divinidad está representada por los astros, algunas especies animales o vegetales, los ríos, volcanes ó truenos. Con el advenimiento de las épocas míticas las divinidades comenzaron a antropomorfizarse (El “Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” del Génesis hebreo) y las percepciones a hacerse más abstractas, más asociadas al lenguaje y a agruparse en haces imbricados. Con el advenimiento de las etapas mentales las divinidades resultaron plenamente personalizadas (el “Dios es nuestro padre celestial” de Jesucristo) mientras que las percepciones dieron origen a unos lugares comunes que se fueron haciendo progresivamente externos a nuestra percepción. En la última porción de la etapa mental, la etapa mental-racional, que se correspondería más ó menos con el período de la Modernidad, esta vida externa de las percepciones llegó a su máximo apogeo. Todavía Kant, en plena Ilustración (la cumbre de la Modernidad), revisando en sus críticas la propia etiología del pensamiento, y poniendo a la postre la primera pica en Flandes contra de la propia Modernidad, concede a las percepciones del espacio y el tiempo la categoría de precondiciones de la experiencia, es decir, que representan elementos externos e independientes de nuestros juicios, tal como había postulado Newton desde el punto de vista de la Física. Con el advenimiento de las primeras pinceladas de la época transmental se pudo advertir que no solo se estaba antropomorfizando sino que se encubría a posteriori dicha operación. En el mundo de la Física, la relatividad general asumía que el concepto de espacio dejaba de tener sentido cuando se manejaban magnitudes astronómicas, mientras que la mecánica cuántica mostraba que dicho concepto tampoco era útil cuando se estudiaban distancias subatómicas. Ya anteriormente, la relatividad restringida había enseñado que el tiempo no pasaba por igual para todos los observadores. Todo esto coincidió con la progresiva substitución de las deidades personalizadas de las religiones tradicionales por una espiritualidad menos antropomorfizada y más cercana al misticismo (“misticismo ateo” ha sido llamado por algunos). El arte de cada época también ha ido de acuerdo con las mencionadas tendencias; desde el arte rupestre, íntimamente ligado con el simbolismo mágico, hasta la transracionalidad que nos propone la música de Morton Feldman.
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sábado, 22 de mayo de 2010
miércoles, 12 de mayo de 2010
Correlatos
Leo en el periódico que investigadores de Harvard han constatado que la conciencia moral del individuo reside en una localización concreta del cerebro (hallazgo paralelo a la tesis que A. Damasio sostiene hace años). Pero no solo eso. El equipo ha sido capaz de modificar los juicios morales de sus conejillos de indias humanos con la sola aplicación de un campo magnético sobre esa zona que la deja temporalmente fuera de servicio. No tengo ningún inconveniente en aceptar el hecho de que exista un correlato neurológico de los juicios morales. También existen correlatos neuromotores que rigen cuando Radu Lupu toca el Concierto Emperador de Beethoven; incluso es probable que si se somete a Lupu a un fuerte campo magnético en la zona adecuada, deje de tocar el Emperador como suele hacerlo y lo haga como cualquier estudiante. Las tesis que sostiene el paper vienen a decir que el sentido de la justicia ó de la moralidad no dependen tanto de la educación recibida como de la biología. O sea que vuelve a poner en la palestra la dualidad cartesiana, decantándose en lo que concierne al tema estudiado hacia uno de sus términos, el de la materia. Creo que el error es precisamente éste: el querer cubrir cualquier juicio con esta dicotomía. Los juicios morales, el lenguaje (al que también hacen referencia los investigadores) y el arte de hacer música están representados todos en la biología, pero unos individuos los desarrollan más que otros. El día que la experiencia y el desarrollo obtenido con esfuerzo se puedan activar con un campo magnético (y espero que ese día tarde en llegar, si ha de hacerlo) tendré que revisar buena parte de mis ideas. Lo que sí ya ha llegado, me temo, es el método meramente físico para provocar regresiones en los ciudadanos. ¡Cuidado con los campos magnéticos!jueves, 6 de mayo de 2010
Deseos
Oigo de refilón un comentario de algún ciudadano anónimo proveniente de algún aparato de televisión con aquella frase tan tópica: “…para mi, la felicidad sería que me tocara la lotería…”, y cada vez estoy más convencido de que el que suelta esta frase no sabe a ciencia cierta a qué se está refiriendo. Lo que le provoca a este señor una sensación placentera que se podría llamar felicidad no es otra cosa que la fantasía que propone. En esta fantasía se ve a sí mismo levantándose tarde, libre de incompetentes jefes y haciendo lo que le apetezca en cada momento, ajeno a las preocupaciones por el sustento material diario. Lo que no ve son las nuevas preocupaciones que le surgirían: ansias de hacer crecer su pequeña fortuna, recelos hacia la cuadrilla de chupópteros que se formaría a su alrededor, pérdida de amistades, posibles problemas de relaciones con familiares…La felicidad consta de pequeñas cosas y una parte importante de ellas está formada por nuestros deseos, proyectos e incluso fantasías. Este sería un tipo de felicidad elemental. Para un científico, un artista ó un intelectual la felicidad puede estar ligada a un descubrimiento, una creación ó una nueva cosmovisión, y representa una subida de tono vital y biorritmos. A un nivel superior la felicidad puede llegar a establecerse en una situación menos pasajera y más constitutiva, y derivar simplemente de la conexión con lo que es y la desconexión con los deseos. Es significativo que para el individuo en un nivel inferior de desarrollo de conciencia la carencia de deseos sea contemplada como algo patológico (y, según por quien, como peligrosamente contagioso). Sucede lo mismo cuando adviertes a un niño que cuando sea adulto ya no le gustarán (tanto) los cartoons. Desde la perspectiva adulta el hecho parece normal y hasta positivo, pero desde la perspectiva del niño, constituye casi una maldición gitana.
sábado, 1 de mayo de 2010
Karaokes
El hecho de hacer música con un compañero mecánico –o mejor dicho, electrónico- cada día está más presente en nuestro entorno. Los karaoke han popularizado el canto sobre el acompañamiento fijo, pero las tendencias actuales de la grabación por pistas ó los músicos callejeros en el metro también utilizan profusamente estos métodos, ya sean acordeonistas tocando Les feuilles mortes o violinistas tocando Le quattro staggioni. Si hacer música tiene algo en común con hacer el amor, el hacer música con un compañero de este tipo parece algo similar a la necrofilia. Ya en la época de la eclosión de la reproducción mecánica en pianolas se planteó la posibilidad de la interpretación conjunta (una de las primeras orquestaciones de las stravinskianas Les noces incluía dos pianolas, pero tras los primeros ensayos la obra se juzgó intocable, pese al carácter “mecánico” de la música; la muy original solución definitiva de los cuatro pianos tardó en cristalizar). Las obras electroacústicas también presentan este mixing, aunque el carácter de la música electrónica implicada suele ser tan diferente al de la música tocada por instrumentos acústicos que parece ligar más fácilmente, como la pirámide del Louvre y Las Tullerías (Tristan Murail, por ejemplo, logra efectos sorprendentes en obras como L’esprit des dunes). Además, el tempo (si es que éste concepto es aún aplicable a la música electrónica) y las apariciones de la componente electrónica son usualmente reguladas en vivo durante la ejecución, por lo que el efecto karaoke desaparece. Aquí cabría preguntarse una vez más por la posibilidad de incorporación mecánica en “alta definición” de los efectos puramente físicos (ataques, desplazamientos del ritmo) del swing resultantes de una ejecución humana.
sábado, 24 de abril de 2010
Hipergiro
Hace poco hablaba sobre el realismo ingenuo. Una de las asunciones más directas y perniciosas que nacen de él es la del modelo del conocimiento como queso de bola al que también me refería unos pocos posts atrás. Hace unos años discutía con un colega la posibilidad de la existencia de más de una física. Según él solamente era posible una física. Esta creencia como mínimo indicaba que no estaba demasiado al día de la evolución de la física sino que se había quedado con las cuatro ideas aprendidas en secundaria. No estoy diciendo que cada uno pueda generar una física y todas ellas sean válidas, atención. Pero vayamos más allá. La máxima revolución de la física del XX no es la revisión de los conceptos de espacio, tiempo y causalidad que la relatividad nos propone, por importantísima que sea esta aportación. La máxima revolución se correspondería con algo que Einstein no quería creer de ninguna manera y es el simple hecho de la consideración de que la física no estudia un objeto independiente del observador. La física, en pocas palabras, es el resultado de la conciencia humana. Este hecho aparece primero en la formulación de la mecánica cuántica y después se extiende a través de numerosas ramas, hasta el estudio de los sistemas disipativos. El propio concepto de la necesidad de la existencia de leyes naturales se ha visto debilitado (en parte, hay que admitirlo, debido a la boomeritis, que rechaza todo tipo de autoridad o jerarquía, aun en el campo del conocimiento). La disminución del sentido objetivizador con el que la ciencia natural caminó durante cuatrocientos años está ligada, obviamente, a la evolución de la conciencia. Cuando nos preguntamos por el aspecto de las estructuras de conocimiento transracionales aplicadas al mundo natural los indicios apuntan en esta dirección. Estamos evolucionando desde la descripción de objetos en cortes múltiples hacia la consideración integral. Nos estamos dando cuenta de que cuando queremos agarrar y fijar un concepto automáticamente lo segregamos del flujo general y por ello lo matamos. Lo que entonces describimos y estudiamos no es más que un cadáver fijado en formol. Por eso esta sociedad que queremos construir de manera perfecta se está pareciendo más al mundo feliz huxleyano que a una sociedad sana. Y no creo –como sostiene el famoso neurocientífico Antonio Damasio- que Descartes –uno de los mayores genios del pensamiento universal- se equivocara sino más bien que debemos evolucionar desde sus hallazgos hasta posiciones más avanzadas del desarrollo.
jueves, 15 de abril de 2010
Voces
A pesar de que la forma de teatro musical que conocemos por opera tenga una historia de tan sólo poco más de cuatrocientos años, a lo largo de su desarrollo podemos asistir a numerosos cambios en la forma ligados a la correspondiente weltanschaaung de cada momento histórico particular. Y no estoy pensando ahora en las cuestiones formales más profundas sino en las que se podrían considerar como puramente adscritas a la moda del momento. Un ejemplo de ello lo constituye la elección de cada tipo de voz para cada determinado tipo de personaje. Esta elección viene además condicionada por factores que podríamos tildar de externos. El mundo de la ópera barroca, por ejemplo, viene fuertemente condicionado por la presencia de castrati y contratenores ocupando las voces de soprano y mezzosoprano, hecho paralelo al que hallamos en la música religiosa en algunos momentos de este período. Y como la transexualidad se hace tan común –hecho muy apreciado, por cierto, en nuestra época-, no es de extrañar que en las óperas barrocas el protagonista masculino se vea confiado a un contratenor ó en su caso a una mezzosoprano. El hecho de representar a un héroe con una voz feminizante cayó en desuso a mediados del XVIII y se hizo inimaginable en el XIX. En el mundo del clasicismo los protagonistas masculinos tendían a tener voces más bien graves, aunque los tenores de tipo craneal (líricos-ligeros) también se hicieron favoritos de público y compositores. A medida que el XIX fue avanzando apareció la necesidad de una gama vocal más de acuerdo con el nuevo teatro y se inventaron los tenores de peso, destinados desde el principio a papeles heroicos, y que Verdi y Wagner supieron explotar hasta la saciedad. Digo hasta la saciedad porque el propio Verdi llegó a vislumbrar los albores del nuevo cambio y en su última y magistral ópera, Falstaff, utilizó tenores ligeros para rodear al baritonal protagonista. En el XX –a pesar del relativo declive del género-, las voces de peso prácticamente desaparecieron después de la Guerra Europea y los tenores ligeros volvieron a dominar la escena, una elección que mostraba una vez más un claro rechazo para con la época anterior. Los papeles más serios ó nobles –e incluso los protagonistas, empezando por Pelléas et Mélisande- se volvieron a encomendar a las voces graves, que en la época anterior representaban a personajes de edad respetable. Los propios personajes sobrenaturales también subieron su tesitura; así el Lucifer del stravinskiano The Flood (voz de tenor pederástico, según su autor; contraste total con los Mefistófeles bajos de Gounod y Boito) ó el Oberon del Midsummer Night’s Dream de Britten, escrito para el moderno recuperador de la voz de contratenor, Alfred Deller. Aunque quizás el ejemplo más sorprendente de nuestra época sea el personaje de Gepopo, jefe de la policía secreta de Breughelland, en el Grand Macabre de Ligeti, confiado a ¡una soprano ligera!
miércoles, 7 de abril de 2010
Frenesí
Cada año que pasa nuestro imperante pero exhausto sistema socio-económico nos exige, en una especie de lucha contrarreloj contra su propia extinción, más esfuerzo, objetivos más ambiciosos, más sacrificios. Dejando de lado el hecho –también irrefutable- de que cada vez se maneja más gramática parda y que muchos de los grandes sacrificios que hoy se nos exigen hubieran parecido un camino de rosas al ciudadano medio de hace tan sólo setenta años, es evidente que esta dinámica tiene un límite al que nos acercamos más o menos frenéticamente. Los cambios en los sistemas sociales se pueden conseguir solamente de dos maneras: a la fuerza, cuando sucede un desastre y cada cual simplemente se agarra adonde puede, ó bien merced a unos cuantos que se alejan del comportamiento medio de la manada -a costa de verse rechazados por ella- y acaban creando un nuevo núcleo –una nueva estructura disipativa, en términos termodinámicos- que arrastra con el tiempo al grueso de la sociedad. Unámonos a los alternativos, por el bien de todos (¿con los partidarios del decrecimiento?).
miércoles, 31 de marzo de 2010
Sistematizaciones
Cuando efectuamos una sistematización –y me estoy refiriendo desde los casos más sencillos que comprenden una pura numeración, de futuros ítems, por ejemplo, hasta la confección de códigos de comportamiento- solemos al mismo tiempo definir implícitamente los límites de nuestro espacio. Y es ahí donde cerramos nuestra mente y matamos cualquier posibilidad de desarrollo. Nuestro objeto ha quedado congelado, poco menos que muerto. Así es como han operado mayoritariamente las ciencias de la naturaleza en los últimos cuatrocientos años, hasta lograr que su maravilloso objeto quedara tan aislado que dejara de poder ser considerado como una manifestación del mundo real. Debido a múltiples influencias, hoy ya no empleamos los simples números naturales para inicializar una lista; empezamos por algo así como “X-AA-0000001-0001” previendo una futura casuística capaz de englobar todo tipo de contingencias. Y es precisamente esta previsión, esta asunción de poder aprehender todo el espacio posible lo que nos frena. En el pecado está la penitencia, dice el sabio refrán, y cualquier fluctuación que nos aleje de nuestro embalsamado objeto se traducirá en castigo para nuestra hubris.
viernes, 26 de marzo de 2010
Música para todos
Hubo una época no muy lejana en el tiempo en que la música todavía ocupaba algún lugar en el desarrollo del individuo y, por tanto, también en el de la estructuración de la sociedad. Debido a ello, los políticos reconocían su valor y lo usaban (como herramienta cultural tanto como arma política). Así, en los años 1930s, la política rooseveltiana del New Deal concedía a la difusión popular de la música una importancia de primer orden. Pero también los regímenes totalitarios y sus protagonistas pensaban en la música, y no sólo como instrumento de propaganda, sino también como medio de satisfacción personal (quizás para proyectar megalomanías ó compensar atroces instintos criminales). El régimen hitleriano organizó campañas de prohibición de la así clasificada como “Entartete Musik”. Poco más tarde el régimen estalinista también reprimió los “excesos de formalismo antisocialista”. Los propios dictadores tenían sus veleidades musicales; así Hitler, después de venerar oficialmente la música de Wagner y Strauss, se dejaba seducir con gusto por la ligereza de La Viuda Alegre. De Stalin, manifestando quizás un comportamiento más cercano al del tirano asiático, se explica una anécdota en la que, tras oír por la radio una interpretación del mozartiano concierto para piano nº 23 por su pianista favorita, Mariya Yudina, pidió la grabación. Como se trataba de un concierto en directo y no existía tal grabación, los correspondientes esbirros despertaron a Yudina, juntaron una pequeña orquesta y efectuaron una improvisada grabación nocturna de dicha obra. De la matriz se efectuó una única copia (accesible ahora, por lo visto, a través del CD), que se presentó a Stalin el cual, según algunas versiones, lloró tras la escucha de las primeras notas. La capacidad de ambos dictadores de aparecer como humanos todavía los hace, en la distancia, más peligrosos. Hay que añadir, para desagravio de Yudina, que además de ser una magnífica pianista (que solía incluir además “formalista” música occidental en sus conciertos), donó la suma que había recibido con el Premio Stalin a la iglesia ortodoxa para que se oficiaran “perpetuas oraciones por los pecados de Stalin”. Amén.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Realismo ingenuo
El realismo ingenuo es una teoría de la percepción que sostiene que el mundo es tal cual lo percibimos. Es decir, que nuestra aprehensión es transparente y que el mundo es externo y ajeno a nuestra captación de él. Qué decir tiene que esta teoría aplica solamente al mundo material y que gran parte de las ciencias básicas la abandonó hace muchos años. Ya la física del XIX se empezó a apartar del supuesto “sentido común” que parece albergar. La física del XX, con su radical revisión de los conceptos de espacio, tiempo, materia y causalidad, derribó cualquier vestigio de permanencia. Existe todavía, sin embargo, una importante parte de la biología contemporánea que tiende a pensar en su objeto de estudio como una versión microscópica de lo que sus sentidos perciben “ingenuamente”. Hecho que indica lo atrasadas que se sitúan todavía las ciencias biológicas respecto de la física. La seguridad que los participantes en un cursillo de 10 horas sobre asuntos que requieren la experiencia de años para entenderse mínimamente muestran respecto a la adquisición plana de conocimientos se nutre ampliamente de realismo ingenuo. En general, una versión ampliada de realismo ingenuo percola a través de la mayoría de nuestras acciones. Es por ello que en los modelos de psicología evolutiva, como el de Clare Graves, existe un nivel evolutivo que inaugura la llamada “conciencia de segundo grado”, es decir, aquel nivel a partir del cual la conciencia se hace consciente de sí misma, por así decirlo, y cesa de proyectar sistemáticamente la propia interioridad sobre todo cuanto percibe.
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