El fenómeno del chivo expiatorio, que en alguna ocasión ya he tratado-, representa
un residuo de pensamiento mágico
presente y vivo en numerosas manifestaciones de la sociedad. Los residuos de
pensamiento mágico y mítico no son peligrosos (son incluso necesarios) si no se los mezcla con elementos
propios de estructuras más evolucionadas (como el integrismo islamista y las
bombas atómicas). El chivo expiatorio es el objeto “externo” sobre el que
proyectamos todo cuanto nos molesta, todo cuanto nos contamina. Una vez segregado
el “mal” de nosotros mismos no hay más que destruir al objeto sobre el que
hemos depositado nuestros contaminantes. Cuando observamos ciertos
comportamientos en los menores que no son nuestros nuestra mente genera automáticamente
la solución del chivo expiatorio: “la culpa la tienen los padres, que
consienten demasiado a los hijos”. Lo mismo sucede cuando vemos una persona
obesa: “la culpa la tiene esa persona, que no sabe hacer régimen y no quiere
hacer deporte”. Si observamos atentamente, nuestro comportamiento viene
generado por un deseo de alejar una idea prejuzgada de nuestra conciencia más
epidérmica. Dentro de poco tendré una revisión médica en mi centro de trabajo,
que consiste en un gran interrogatorio seguido de cuatro pruebas elementales. Cuando
me pregunten si bebo vino me guardaré mucho de contestar que, de vez en cuando,
tomo menos de un cuarto de vaso con las comidas porque automáticamente aparecerá
en mi ficha la apostilla “bebedor habitual”. Esto es todavía peor que nuestras
apreciaciones sobre niños y gente obesa, porque está “científicamente”
refrendado por una sociedad sumida en la demencia. La consecuencia del chivo
expiatorio está clara: frente a una dolencia futura, no seré atendido clínicamente
porque “me la habré buscado yo”. Curiosamente, ésta es la respuesta clásica de
los sanadores new age, o sea que los
extremos se vuelven a tocar. La cosa se puede hacer llegar hasta límites
orwellianos, con el consabido mapeado genético y la advertencia de las posibilidades
de desarrollar tal o cual dolencia. Pero tranquilos porque todo sistema que
pierde los drivers que lo mantienen
acaba desintegrándose. O, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure.
Vistas de página en total
martes, 24 de septiembre de 2013
lunes, 16 de septiembre de 2013
Mudanzas
Intento
seguir, con una mezcla de curiosidad, estupor y horror, el presente y porvenir
de nuestra frenética y sin embargo balbuciente sociedad. Ciertamente, las
simplificaciones del lenguaje (en los
teléfonos móviles), de los conceptos (clichés por doquier), de las ideas
(tópicos largamente cultivados), de las estructuras (dualidades decretadas) son
útiles para hacer un cambio. Es como cuando se realiza una mudanza y se colocan
las pertenencias en cajas para su traslado. Durante la mudanza tenemos que
sobrevivir con lo puesto, pero albergamos la esperanza de recuperar lo que
guardamos y así continuar avanzando. Cuando se intenta continuar sin recuperar
la parte esencial de lo anterior se repiten los vicios y, lo que es peor, no se
evoluciona por falta de base. Nuestros conceptos-cliché de hoy día me recuerdan
cada vez más los experimentos realizados con primates, algunos de los cuales
logran aprender un código de signos de manera relativamente sencilla. ¿Por qué
se insiste en colocar una foto de Einstein al lado de los anuncios de los tests
de inteligencia? (¿qué miden exactamente los tests de inteligencia?). ¿No sería
mejor intentar explicar de manera sencilla cuál fue el significado de los
logros de Einstein? Lo mismo sucede con Marilyn Monroe, Hitler, Che Guevara y
otros signos icónicos. Lo peor de esta dinámica de cajas estancas es que frena
toda evolución, porque elimina cualquier conciencia sobre la presencia,
significado y posibilidad de evolución de las estructuras de conocimiento. Y
equipara las posibilidades de conocer algo nuevo a las de encontrar algún
objeto nuevo (de cualquier tamaño) confinado en un espacio definido (de
cualquier tamaño), cuando el modo más radical de avanzar en cualquier área de
conocimiento pasa por ver lo mismo de siempre de una manera nueva. Es difícil de ver cuando se está inmerso en ella,
pero la racionalidad no es un modo absoluto de conocimiento, como no lo eran
tampoco la magia o el mito. Representa un avance enorme respecto a estas
estructuras, pero no un punto final. La pregunta constantemente planteada en
los filmes infantiles sobre si la magia existe o no está absolutamente mal
formulada y se puede aplicar igual a la racionalidad: tanto una como la otra no
son más que formas de ver el mundo.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Operas XI - L'Amour des Trois Oranges
L’Amour des Trois Oranges, con su descarnada mirada irónica sobre las situaciones que la propia obra
va generando, bien podría representar el primer ejemplo –avant la lettre- de ópera postmoderna. Su estreno en Chicago en
1921 la sitúa lejos del estallido de la postmodernidad, pero cerca –temporal,
que no espacialmente- del inicio de la generación neoclásica, con su repentina
atracción hacia la Commedia dell’Arte
y el teatro y la música dieciochescos. De hecho, la sinfonía nº 1 de
Prokofiev, la famosa Sinfonía Clásica (1917) ya representó
una primera muestra de neoclasicismo con su forma de pastiche haydiniano
–sorprendentemente cocido en el San Petersburgo de la Revolución-. La fuente
para el libreto de Oranges fue la
célebre pieza de Carlo Gozzi, autor ya de por sí próximo a las visiones
irónicas y paródicas, con mezclas de drama y comedia bastante indigestas en su
época (otra pieza de Gozzi sería la fuente del Turandot pucciniano). El propio compositor, autor asimismo del
libreto, introduciría en su ópera más elementos distanciadores, como el
prólogo, que viene a justificar el elemento surrealista, y en donde asistimos a
una disputa entre partidarios de la tragedia, el drama, la comedia y la farsa
que es interrumpida por el grupo coral que ulteriormente comentará toda la obra
anunciando que se representará una obra de un género nuevo, llamado El amor de las tres naranjas. El origen
de la propia obra de Gozzi se halla en un cuento infantil que, como tal,
proviene de la constelación del mito. O sea que la tarea de Prokofiev tuvo
mucho que ver con la des-mitificación, acción que se puede abordar fácilmente
desde la perspectiva de la ironía. Cuando en el tercer acto de la obra, que
pasa en un desierto, y tras haber abierto el sirviente Truffaldino las dos
primeras naranjas y haber perecido de sed las respectivas princesas cautivas,
el príncipe, desconocedor del hecho, abre la tercera naranja, se respira el
drama, pero es inmediatamente ridiculizado cuando, en plena agonía de la
princesa, aparece un personaje del coro con un cubo lleno de agua. La misma
desacralización se observa cuando el mago Chelio invoca al demonio Farfarello,
que no logra hacer su aparición cuando un acorde de la orquesta invita a ello,
y solo aparece tras un innumerable numero de llamadas. Cuando Farfarello le
pregunta si es un mago de verdad o uno de teatro Chelio responde, de
forma natural, que es un mago de teatro pero también uno de verdad, lo cual hace
que la metaacción se cruce con la acción y los respectivos planos se curven
sugestivamente. Sin embargo, no toda la obra es irónica. La alegría del coro
posterior a la risa del príncipe destila veracidad, así como la escena final. ¿El
símbolo de toda la ópera? La ultrafamosa marcha, que condensa alegría, ironía,
veracidad, sarcasmo, magia, truculencia y surrealismo en dos escasos minutos.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Lenguas
Las diversas lenguas forman parte de las diversas weltanschauung y, como ellas mismas, se agrupan en familias
estructuradas. El aprender una lengua que nos es ajena por nacimiento ofrece una gran oportunidad para ampliar no
sólo nuestro campo de conocimiento, sino también, y muy especialmente, nuestra
estructura de pensamiento. Es por ello que la traducción entre lenguas ofrece
una dificultad especial resultante de esta irreductibilidad (o, en términos
kuhnianos, inconmensurabilidad). Cuando desconocemos una lengua o, simplemente,
ignoramos una posible traducción, sin embargo, caemos en el extremo de dejarnos
dominar por una estructura mental mítica que nos impele a otorgar un prestigio
especial a lo que se sale de nuestra visión habitual. Hace ya unos cuantos años
que la elección del nombre de los hijos sufre de este fenómeno cuyas raíces
míticas se basan también en el cine y la televisión más comerciales, medios de
comunicación míticos par excellence. Así,
hace treinta años Vanessa hacía furor, y también Jonathan, Jessica y Jennifer
(nombres escogidos, además, por progenitores que no sabían pronunciar el sonido
“dʒə”). Hoy en día la situación es todavía más peregrina: se
utilizan combinaciones de nombre+apellido de actores populares de Hollywood
como nombre de pila del neonato. A toda esta variante de esplendor mítico se le
da ahora un nombre muy concreto: glamour.
Existe otra variante de prestigio mítico por mala traducción. Se trata de las
malas traducciones de términos, en ocasiones debida al fenómeno del false friend. Esta modalidad es
utilizada por grupos culturalmente más avanzados ya que incluye términos
técnicos. Numerosos científicos de habla hispana buscan evidencias más que pruebas,
ignorando que el significado en castellano de este término sería más cercano al
término inglés obviousness. Algunos
términos incluyen malas traducciones de ida y vuelta, como singlete, mala traducción del inglés singlet que a su vez procede del término latin singularis y que en castellano se denomina singulete. Volviendo a los apellidos; aunque éstos no sean
traducibles en muchas ocasiones expresan objetos u oficios. Si traducimos
Johann Strauss como Juan Ramos o Elizabeth Taylor como Isabel Sastre observamos
cierta pérdida de glamour que es directamente proporcional al grado de componente
mítico en nuestro pensamiento.
domingo, 18 de agosto de 2013
Operas X - Rigoletto
La etiología
de la ópera no coincide con la de otros géneros, quizás debido a la
colaboración entre numerosas disciplinas, que hace que en ocasiones surja un
sinergismo adicional que resulte en un plus comparado con su simple suma aritmética.
Un poco como la noción de emergencia
en la teoría de sistemas. Un argumento absurdo mas un texto simplista mas una
música ramplona puede dar lugar a una obra maestra. Es éste el caso de Rigoletto. ¿Por qué? Porque el conjunto
ahonda psicológicamente en la raíz de la relación padre/hija, siendo la música
cómplice directa de tal caracterización. Rigoletto
forma, junto con La Traviata e Il Trovatore (que trata de la
complementaria relación madre-hijo), la famosa trilogía de la época intermedia
de Verdi. Las tres óperas se caracterizan por la simplicidad de su aproximación
pero a la vez por el acierto de sus propuestas. La fuente de la obra la constituye un mediocre drama del mediocre Victor Hugo, Le Roi s'amuse. Al igual que la Rebecca de Hitchkock, basada en la novela romántica de Daphne du Maurier, la ópera de Verdi transfigura totalmente el original. El ritmo está especialmente
bien concebido, culminando en el último acto donde una serie de efectos
musicales (el coro a bocca chiusa imitando
el viento) ligan la acción externa con la acción interna en la psicología de
los personajes. Verdi fue un operista de la psicología, igual que Puccini lo
fue del ambiente. ¿El último ingrediente de la fórmula?: su más que calculada
reducción a lo esencial.
martes, 6 de agosto de 2013
Operas IX - Le Grand Macabre
La ópera como género estuvo en boga entre la aristocracia durante el
barroco y más tarde, durante el XIX, pasó a formar parte del mundo burgués (atravesando
un período intermedio ambivalente representado por el clasicismo vienés). A
finales del XIX la ópera era un género genuinamente popular, como los coros
obreros y el género folletinesco. Después de la Belle Epoque, sin embargo, la
ópera declina. La aristocracia y la burguesía más sofisticada conciben el
ballet, la plasticidad musical, como algo más excitante que la ópera, el drama
musical. Las clases populares y las vanguardias encuentran un nuevo género que
les puede ir como anillo al dedo: el cinematógrafo. La ópera, por tanto, sufre
un cierto declinar después de la I Guerra Mundial. Y no es que los grandes
compositores abandonen totalmente el género; simplemente la demanda disminuye,
los precios se encarecen y la producción baja (aún así aparecen algunas obras
maestras como Wozzeck). La situación
no cambió fundamentalmente tras la II Guerra Mundial. El abismo entre la
producción de vanguardia y el viejo público en constante demanda del viejo
repertorio se agrandó todavía más. Es por eso que cuando un compositor de la
generación de la vanguardia se decidió a escribir una ópera sintiese ante todo
los deseos de tildarla de anti-ópera,
anatemizando así los efectos del citado abismo. Y lo cierto es que Le Grand Macabre no es una anti-ópera,
como sí lo podían ser Opera de Luciano Berio, Staatstheater
de Mauricio Kagel o algunas de las primeras óperas minimalistas (y quizás lo
sería más tarde el monumental ciclo Licht
de Stockhausen). El propio compositor aduce que, tras considerar que no se podría
escribir otra anti-ópera después del gran happening
de Kagel, enfocaría su obra como una anti-anti-ópera, es decir, que recogiera
simultáneamente una mirada irónica sobre la tradición operística y a la vez
sobre la crítica anti-operística. Este planteamiento esencialmente
postmodernista, sin embargo, en ocasiones cede y da paso a una ópera en el
sentido tradicional del término, empezando con el preludio, una especie de
homenaje irónico a la toccata que abre el monteverdiano L’Orfeo, esta vez interpretada por un grupo de bocinas de automóvil.
Un gran compositor como Ligeti, sin embargo, logra que dicho preludio, por
cochambroso –justo como nuestra época- que quiera parecer, tenga una prestancia
que ya no nos abandonará a lo largo de toda la obra. El autor ha tildado esta ópera
como su ‘segundo requiem’ en el sentido de que completa, esta vez bajo un
prisma sarcástico, su famoso Requiem de 1965. La intención de ambas piezas, sin
embargo, las hace herederas de las danzas de la muerte medievales. En aquel
caso se trataba de una advertencia: sic transit gloria mundi, la muerte como
igualadora social. Ahora se trata de anatemizar el miedo a la muerte riéndose
de ella. En la ópera, al igual que en la pieza de Ghelderode en que está
basada, la muerte se muere y con ella el miedo a la propia muerte. El
apocalipsis ‘de bolsillo’ está mostrado con todos los elementos de nuestro
presente, desde el miedo a los meteoritos hasta las discusiones estériles de
los políticos, pasando por la banalización de la sexualidad, los aparatos
policiales represores (y autoenloquecidos!) y los caprichos del poder. Solo la
pareja de amantes, ajena en gran parte a la situación, se yergue por encima del
caos e incluso conduce a todos los personajes hasta la moraleja final. Si en
ella no se nos abre el paraíso de la misma manera que en los finales
mozartianos sí, al menos, nos libera de la asfixia de nuestros tiempos. El tema general de esta ópera bien podría ser el de la resiliencia, experiencia nada ajena a la vida de su autor.
miércoles, 31 de julio de 2013
Alienación
Hace cuarenta
años el término “sociedad alienada” hacía furor. En cualquier foro “in” se
hablaba entonces (sin haberlos leído) de los hoy bastante olvidados Marcuse y Althusser.
La perspectiva que aparecía en aquel momento ante los ojos del gran público en
muy diversas ramas del saber era infinitamente más limitada que la actual. Sin
embargo, se sabía que había mucho por conocer y la ilusión por conocer nos
acompañaba. Un poco al revés de lo que sucede en nuestro momento, en que pese a
la amplia perspectiva que aparece enfrente nuestro, la alienación ha llegado a
niveles entonces impensables y a la vez el supuesto espacio inexplorado se ha
empequeñecido ante nuestros ojos. Hace cuarenta años las jóvenes no se
maquillaban –o, al menos, lo disimulaban más- por no hacer juego al “capitalismo
degenerado” y por aparecer “más naturales”, es decir, con más posibilidades
inexploradas. En la actualidad existe una gran sobremaquillación (como en el
film Fellini-Satyricon) que parece ampliar la perspectiva de lo posible, aunque
empequeñece el área de las potenciales posibilidades.
viernes, 26 de julio de 2013
Operas VIII - Die Zauberflöte
Durante los
últimos cien años, la sucesión de posibles interpretaciones sobre el
significado de Die Zauberflöte ha
sido constante. Desde las más simplistas, que consideran la obra poco más que
un cuento infantil, hasta las que tienen en cuenta el elemento masónico
presente en ella, pasando por las más fantasiosas que asignan los personajes a
entes o entidades del mundo del arte, de la política o del poder religioso de
la época. Es obvio que el elemento masónico forma parte importante del armazón
de la obra. Pero tampoco hay que aislar este hecho de su contexto histórico. La
Ilustración centroeuropea configuró la masonería local. Mozart fue masón como
lo fue su padre Leopold, así como Haydn, como Goethe, José II de Austria ó
Federico el Grande De Prusia. Lo realmente notable de esta ópera es que,
manteniendo un hondo mensaje, ha sido y es tremendamente popular entre todo
tipo de públicos, independientemente de su edad, educación y extracción
cultural. Este hecho, que se halla solamente al alcance de unas pocas obras de
arte a lo largo de la historia, es debido a toda una serie de razones, entre
las que no cuenta poco la heterogeneidad de sus contenidos formales. La Flauta
Mágica es una narración de las que podemos clasificar como “de pasaje”, igual
que la Divina Comedia o la Odisea. Contienen una iniciación adquirida a través
de una experiencia en el tiempo. Como en muchas obras de teatro clásico, la
presencia de la doble pareja (seria/cómica ó sofisticada/sencilla) logra mayor
identificación e integración por parte de audiencias de lo más variopinto. Die Zauberflöte –junto con el Requiem,
el concierto para clarinete, el motete Ave Verum Corpus y algunas pequeñas
piezas- forma una parte muy
significativa del núcleo de las últimas composiciones mozartianas. En casi
todas ellas priva una drástica reducción de elementos que hacen que, a pesar
hacer el conjunto más concentrado no por ello lo hace menos liviano. Se han
reducido al máximo los elementos decorativos pero el núcleo preservado resulta
igualmente o incluso mejor acabado. La combinación de obertura fugada,
recitativos acompañados pre-wagnerianos, canciones populares vienesas, ariasvirtuosistas a la italiana, coral variado bachiano, hondo lirismo, música deniños, tristeza infinita, alegría radiante, hace que incluso Salieri (el
archienemigo de Mozart, de acuerdo con la romántica leyenda, tal como lo recoge
la saga Pushkin/Rimsky-Korsakov/Peter Schaffer/Milos Forman) clasificara la obra
como “operone digno de ser ejecutado en las más solemnes festividades en
presencia de los más grandes monarcas”.
jueves, 18 de julio de 2013
Sentido
Hacía ya mucho tiempo que creía haber sobrepasado aquel “mezzo del cammin di
nostra vita” que Dante usa como marco de referencia experiencial al principio
de su Divina Comedia. La “selva oscura” y sus tres fieras parecían ya cosa del
pasado –o quizás nunca se habían movido de ahí y su presencia, por constante,
parecía haberse vuelto menos amenazadora-. No, el problema no eran ya ahora las
amenazas sino la trayectoria, el sentido de la vida visto como imagen global.
Imagen global, por cierto, es un término que denota estatismo objetual y es por
eso que acusa un decalage hacia una estructura de pensamiento concreta. Una
trayectoria, después de todo, es una foto congelada de un proceso. Aunque el
dilema que me embargaba no era el de la dualidad objeto-proceso. Todas las
dualidades son el resultado de una limitación, que a la postre puede ser
superada por una ascensión en el orden de pensamiento. El dilema estaba más
relacionado con la propia imagen de la representación, algo así como la
apetencia por una doble descodificación del ADN (estructura y función) de la
vida. Debía hallar, a toda costa, el enigma de tal código si quería saber cuál
era exactamente el sentido de mi vida. Como había leído profusamente sobre
psicología, artes ocultas, evolución de sistemas y espiritualidad comparada,
creía tener a mi disposición el ABC necesario para enfocar tan ardua empresa.
Hacía ya muchos años que conocía mi tema astral como la palma de mi mano,
aunque sabía por experiencia que las simbologías y sus direcciones solamente se
revelaban de forma consciente cuando los hechos que a posteriori parecían
corresponderse tan claramente tenían lugar de forma efectiva. Como cuando a
Edipo le cae la venda de los ojos y vislumbra el lío en que se ha metido, sin
haber sido plenamente consciente del mensaje del Oráculo de Delfos. De entrada
había querido prescindir de soluciones mágicas, de videntes y tiradores de
cartas, y teniendo muy presente que las grandes verdades se hallan solamente
dentro de nosotros mismos –siquiera en un estrato muy profundo-, después de
unos días de purificación por ayuno y meditación me enfrasqué con el I Ching, el
famoso Libro de las Mutaciones. Así como en unas formas cualquiera que los caprichos
de la naturaleza otorgan a un grupo de nubes somos capaces de ver por
proyección nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras aspiraciones, cualquiera
de los sesenta y cuatro hexagramas del oráculo taoísta tienen algo que decirnos
en nuestro momento presente. Como quiera que para la filosofía oriental el ser
se corresponde con el cambio, cualquiera de los hexagramas se identifica a la
vez con una situación y su opuesta. Tiré con convicción y a la vez con desapego
las tres monedas seis veces. Después consulté al oráculo:
La Tierra cubre el abismo.
El hombre superior nutre y educa
al pueblo,
formando un numeroso ejército.
Favorable y sin error
si perseveras en tu dirección
guiado por la experiencia.
El detalle de las dos líneas en movimiento añadía:
El ejército se retira.
No hay error
y
El gran gobernante reúne a sus
ministros.
No se debe recurrir a hombres
mezquinos.
A fuerza de utilizar el I Ching había llegado a adquirir, si no un
conocimiento profundo, sí cierta familiaridad con el oráculo y sus frases
abiertas, poéticas y ambiguas. Casi siempre había un recóndito lugar interno
que resultaba más o menos rozado por alguna de ellas, independientemente del
momento en que la consulta fuera realizada. Pero aquella precisa tarde, los
símbolos del ejército no parecían lanzar el más mínimo guiño sobre mi
conciencia, un tanto espesa debida a los calores estivales y al exceso de
trabajo. Después de pensarlo durante un instante, tomé la decisión de anular la
visita vespertina con mi analista y utilizar en su lugar los recursos
monetarios para visitar el centro de flotación, al que no acudía desde hacía
mucho tiempo. Sí, creí que me merecía más una hora de cálida, ciega, húmeda,
muda y sorda ingravidez que un ya monótono y aburrido monólogo del cual había
llegado a conocer todos los entresijos y que ahora ya ofrecía la posibilidad
nula de hacer aparecer un conejo de dentro de la chistera. En la recepción del centro de ingravidez
cambié de opinión. La flotación no sería sorda, sino que la amenizaría con algo
de música lejana. Evidentemente, nada de New Age. Sólo de pensar en la música
toscamente fabricada con acordes ravelianos, imitaciones satinianas y olas de
mar me ponía enfermo. No, escogí una vez más el segundo cuarteto de cuerda deMorton Feldman. Bueno, tan sólo una parte de él porque una flotación de seis
horas se hacía inviable. Cuando salí, una vez recuperado el tono habitual, cené
muy ligeramente (nada de grasa, nada de alcohol) y, tras leer unos capítulos
del último libro de Edgar Morin, me dormí profundamente, como suelo hacerlo
tras una flotación. Y soñé, soñé mucho y soñé muy profundamente. Soñé que
soñaba pero también soñé que despertaba y volvía a soñar, hasta perderme en una
jerarquía de sueños inabarcable. Iba por
un camino y, de repente, mi acompañante me retaba a una carrera a ver quien
llegaba antes a la parte alta de una montaña. En ese momento yo veía unas
escaleras que subían por esa montaña y las subía corriendo para ver si llegaba
antes. A medio camino, las escaleras se cruzaban con la carretera y ahí había una
casita que creía abandonada. Entraba dentro y veía algún elemento que mostraba
que la vivienda no estaba del todo abandonada: latas con plantas florecidas,
algún libro, algún disco de vinilo… Todos los elementos daban la sensación de
humildad, pero eran muy acogedores. Al poco mi acompañante, que venía por la
carretera, también ha entrado y me ha advertido que quizá la vivienda no estaba
vacía. Al oír voces, una mujer de edad ha aparecido en la habitación y nos ha
hablado con mucha suavidad. Inmediatamente la hemos reconocido como alguien que
ya había formado parte de nuestras vidas (a través de la música, creo). Nos
informaba de que en lo alto de la escalera había una gran mansión abandonada en
donde se organizaban actividades que nos podían interesar. Subimos hasta ese
lugar. Era como un gran edificio de piedra en ruinas (había lugares en donde
faltaba el techo). Adentro reinaba muy buen ambiente: había una gran compañía
de teatro de aficionados (en su mayor parte eran tenderos que mostraban una
gran alegría con lo que estaban haciendo). Reconocía a un actor con el que había
colaborado tiempo atrás. Me explicaba qué era lo que estaban preparando. En otra secuencia, estaba en una reunión musical. Una de las
participantes me ofrecía un piano de cola bien conservado de su padre, un
individuo corpulento que vivía arriba de todo de una escalera muy larga. Se
accedía por un ascensor, pero el hueco seguía estando y la casa estaba
alrededor del hueco. A mí me daba un poco de miedo la altura, pero hablaba con
el hombre corpulento, que era muy cortés y educado. Volvía a bajar, pero no
sabía si comprarle o no el piano. Después estaba con gente sentado alrededor de
un hueco profundo de unos 5 metros de diámetro, con las piernas colgando
dentro. Yo tenía un poco de vértigo, pero me decían que si no tiraba las
cáscaras de los pistachos que me estaba comiendo dentro del hueco, sino hacia
atrás, no me caería. Ello me tranquilizaba. Recuerdo que después me hallaba en
una sala muy grande alargada y había una hilera de sillas alrededor. Había
compañeros de trabajo y todos debíamos hacer un examen. Éste consistía de dos
partes, la primera fija, con preguntas de lingüística (había una plantilla en
inglés), y la segunda consistía en un tema libre que se había de desarrollar a
partir de una colección de fotografías que nos pasaban al iniciarse el examen.
Yo no sabía exactamente cómo se tenía que hacer el examen, pero veía como los
demás iban rellenando hojas. Entonces me daba cuenta de que, de entre todas las
fotos, me había tocado una de mí mismo de pequeño con mi hermano y mis padres
(aunque de hecho había también otro chico que no sabía quién era). Pensaba que
era un buen presagio: haría la redacción basándome en aquella foto. Cuando la
volvía a buscar para enseñarla al de al lado, en la foto había un chico más que
no reconocía y cuando la he mirado por tercera vez ya éramos cinco hermanos. De
todas formas, continuaba sin saber como caray se hacía el examen. Llegó la
media parte y salimos a descansar (a un campus-bosque con casitas de madera).
Cuando llega la hora de continuar vuelvo volando al edificio y llego de los
primeros. Coincido con una señora de edad que me enseña lo que ha hecho: ha
colocado las fotos entre una cartulina y un vidrio y frota el vidrio con un
trapo. Cuando hace esto, las fotos muestran su contenido sonoro: oigo cómo una
tribu de aborígenes hablan entre ellos. Yo, por fin pienso que puedo introducir
el tema de mi foto como referencia a la memoria; hablaré de cine (Amarcord: yo
recuerdo). Entonces ya no he encontrado la foto. He empezado a ponerme
nervioso, porque he pensado que necesitaba pasar el examen para apuntarme al
curso siguiente. Lo más curioso de los sueños es que los situamos en un
emplazamiento fuera del espacio y del tiempo. No existe otro tiempo de verbo
que el presente; como máximo experimentamos la sensación de haber soñado con
esa misma situación anteriormente, y lo que nos provoca vértigo no es la
repetición, sino la referencia a un pasado que en realidad no puede existir
dentro del sueño. Cuando desperté, sin embargo, mi mente se hallaba más
despejada. Quizás la reequilibración de mi psique había tenido lugar
efectivamente y ahora podía constatar que el sentido de la vida y su plenitud
eran vislumbrados a través de estados de conexión mental a los que solamente se
accede cuando la razón y la volición se aquietan. Cerré los ojos y bebí un vaso
de agua.
domingo, 23 de junio de 2013
Operas VII - Der Rosenkavalier
No cabe duda
de que Richard Strauss se halla entre el pequeño destacamento de
compositores-ingenieros que dominan sabiamente el teatro y saben encajar la
música con la acción. Y tampoco cabe duda de que, como los otros ingenieros, supo hallar un libretista con el
que formar un sólido tándem. Hugo von Hoffmansthal firmó seis de las óperas de
Strauss, entre ellas el Rosenkavalier.
Esta ópera representa el triunfo de la artificialidad y ése es precisamente su
encanto. La mixtura de los extemporáneos valses –extemporáneos tanto desde el
punto de vista de la dieciochesca escena como desde el punto de vista del guiño
a Johann Strauss- con las melodías mozartianas (mozartianas de imitación, que
no de espíritu), el (doble) travestismo de uno de los personajes, la ausencia
de tenores (en Ariadnne auf Naxos queda
patente el odio que Strauss sentía por tales personajes), cuyos únicos rastros
se encuentran en personajes italianizantes (el cantante bruscamente interrumpido y el intrigante Valzacchi) resulta sorprendente pero funciona. Y
funciona por el sólido libreto y la espléndida caracterización del personaje de
Feldmarshallin, “vieja de treinta y siete años” que ve como el tiempo pasa
inexorablemente. El contraste entre la mistificación antes apuntada y el trazo
humano de la Mariscala da la tensión necesaria para que la obra se mantenga
erguida. El golpe de efecto mayor de la obra, la entrada de la Mariscala en el
tercer acto (después de acto y medio de ausencia) nos hace caer en la cuenta de
todo ello. Las mezclas de objetos musicales que Strauss muestra en muchos de
sus poemas sinfónicos (mezcla de oro, plata, mármol, escoria, cascos de botella
y ladrillos partidos, según la clásica observación de Deems Taylor) y que en
ocasiones rompen el equilibrio interno de las obras es aprovechado en esta
ópera como elemento cohesionador. Con sus poemas sinfónicos Strauss también se
mostraba ingeniero y no aquitecto (a pesar de las fugas en Zarathustra y en SymphoniaDomestica) y de ahí las polémicas en torno a estas obras. El lirismo,
lenguaje natural de este compositor, halla en el Rosenkavalier una de sus máximas cotas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








