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lunes, 9 de julio de 2018

Libros



                Acabo de leer el primer tomo de “Posmodernismo: la lógica cultural del capitalismo avanzado” de Fredric Jameson. A pesar de su edad (1991) creo que sigue siendo una muy buena referencia para entender nuestra situación actual en cuestiones estéticas y de otros géneros. Y lo es, entre otras causas, porque atiende a diversos puntos de vista. Es una descripción de la posmodernidad desde la propia posmodernidad y también desde la modernidad. Las consideraciones de Jameson entroncan más con las de la Escuela de Frankfurt (con la que le une una cierta visión marxista de la sociedad) que con las de los postestructuralistas como Lyotard o Derrida (aunque de hecho no llegue a una descripción demasiado diferente de la que proponían estos últimos autores). La crisis de la historicidad es analizada pormenorizadamente para no dar lugar a dudas sobre la propia naturaleza de la posmodernidad. 
                    También he leído un libro publicado en una época similar al anterior, “El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin” de Alessandro Baricco. Aparentemente se trata de un librito sobre la posición de la música “clásica” en nuestros días, aunque su autor parece tener un barullo mental considerable (para empezar llama “modernidad” a lo que a todas luces parece ser la posmodernidad). Baricco sospecha acerca de la ahistoricidad de nuestro momento pero no llega a plasmar claramente este síntoma. Para él –y en eso puedo coincidir- el corpus canónico de las obras de la música solamente pueden revivir con la interpretación, que debe ajustarse a los oídos del presente. Cuando Baricco lanza su machete contra la “nueva música” (se refiere primero a la Escuela de Viena pero acaba poniendo a gran parte del S XX en este apartado) y la contrapone a la “música ligera” que según él es la única que está viva en nuestro entorno uno no puede por menos que constatar cierto espíritu reaccionario o, cuando menos, una aproximación muy superficial al fenómeno musical. El autor justifica la aparente involución o falta de evolución contemporáneas comparando nuestra situación con otras épocas. Así, recuerda que el clasicismo vienés de Haydn y Beethoven resulta mucho más “simple” armónicamente que la música del Renacimiento flamenco o incluso que la del propio Bach (¿Por qué, entonces, Bach nos parece más moderno que Josquin o Haydn que Bach?). Cuando Baricco considera a Puccini como “el primer autor de música ligera” o a Mahler “el primer compositor de música de cine” la confusión no hace más que crecer. La única ventaja del libro es que es corto. A propósito: muchas veces me pregunto como es posible que artistas comprometidos con la pintura o la poesía más rompedora (si es que éstas aun existen…) sean incapaces de aproximarse a la música contemporánea e incluso la consideren como una tomadura de pelo. Después de todo Webern o Boulez se sitúan en las mismas coordenadas que Mondrian o René Char.



martes, 3 de julio de 2018

Grisura




                    En el mundo de las ciencias físicas, químicas y biológicas se suele hacer una distinción entre dos perspectivas con las que considerar los objetos/procesos motivo de estudio. Se trata de la aproximación termodinámica y la aproximación cinética. El primer punto de vista considera estados (normalmente iniciales y finales) especialmente por lo que a situaciones energéticas se refiere mientras que el segundo considera procesos que tienen lugar en el tiempo. El paralelismo con las visiones filosóficas de un mundo objetual-pre-definido y un mundo procesual-por-construir es evidente. La visión termodinámica parte de una idealidad atemporal e inmutable (el mapa energético). Nuestra tarea consiste entonces básicamente en cartografiar cuidadosamente nuestra situación. La visión cinética construye una realidad temporal que cartografía nuestra situación con marcas breves que desaparecen como estelas en la mar, parafraseando a Machado. Evidentemente estas visiones se han enriquecido con la evolución de nuestro conocimiento y hoy en día la teoría del caos tiende un puente entre ambas aproximaciones. Las nuevas ciencias de la naturaleza nos muestran un camino evolutivo a seguir en otros ámbitos del pensamiento. Nuestra sociedad insiste hasta la médula en el tema de que el futuro está abierto y no hay que anticiparlo sino construir la realidad conforme ésta se desarrolla. Estoy de acuerdo con esta idea, siempre que nos situemos en un contexto amplio y realista (los intentos, insistentes también hasta la médula, de hacer creer a todo el mundo que es un genio y que con voluntad se puede hacer cualquier cosa tampoco son demasiado higiénicos mentalmente hablando y siempre responden a operaciones mercantilistas). Pero nuestra sociedad, en los ámbitos de acción más diversos, dicta unas intenciones y practica fuertemente las contrarias. El futuro está abierto pero el espacio mental está tan fuertemente cuadriculado que esta apertura corre el riesgo de colapsar. Hoy en día a cualquier profesional basado en la comunicación (desde los profesores hasta los periodistas, desde los gestores culturales hasta los servicios de atención al público) le vienen impuestas unas directrices normalmente generadas por un burócrata que se cree muy listo por haber leído –sin haber comprendido- cuatro libros representativos. Cuando un departamento de enseñanza insiste en la forma en que hay que enseñar a restar a los niños de 6-7 años (“nunca substrayendo, siempre ascendiendo de la cifra menor a la mayor”) o indicando de qué manera se debe deconstruir una pieza artística (“un cuadro es la suma de un marco, unos colores y una forma”) no hace más que cerrar el futuro por colapso del presente. Oremos para que la podredumbre de la modernidad (o sea, la postmodernidad) consiga un catártico efecto de lanzarnos hacia la trans-modernidad. Amén.

domingo, 10 de junio de 2018

Maniqueismos


           Cuando, hace treinta años, se me preguntaba por mi profesión y respondía que era químico una visible mueca aparecía invariablemente en la cara de mi interlocutor: “–Contaminador, ¿no?”. Cuando respondía que me dedicaba a la investigación farmacéutica la mueca se transformaba en una señal de aprobación. Diez años más tarde la percepción de las farmacéuticas había cambiado y por ello la mueca persistía e iba acompañada de alguna alusión a cualquier teoría conspiratoria. No estoy describiendo ni a los químicos ni a las farmacéuticas sino unos tópicos que acompañan nuestros juicios más a menudo de lo que nos parece. Tópicos por lo que hace tanto a las relaciones automáticas que tan a menudo generamos (o, mejor dicho, replicamos) como por lo que hace a nuestros juicios. La contaminación la generamos todos con nuestras acciones más cotidianas. Y si alguien puede contribuir de forma técnica a paliar la contaminación, es un químico. Las empresas farmacéuticas no son más perversas que cualquier otra manifestación económica o social humana. Simplemente expresan su perversidad de una forma concreta, como otras lo hacen de otra manera. Esta tendencia implícita y terrible de acabar clasificando en última instancia el mundo como una dualidad entre “buenos” y “malos” deriva en último término, ya lo he dicho en otras ocasiones, de la filosofía de Parménides y Platón, fermento de la civilización occidental (y que me perdonen estos eminentísimos y geniales pensadores). Cuando clasificamos aquello que nos rodea y lo situamos en uno de los tópicos compartimentos que replicamos sin parar (ahora, con los medios de comunicación social, el fenómeno se ha potenciado de forma exponencial) siempre nos observamos en un trono cartesiano fuera del objeto de nuestra atención. Somos incapaces de observar lo suficientemente alejados como para podernos inluir en el cuadro. Si lo hiciéramos así dejaríamos de proyectar sobre un (inexistente) fondo neutro y enriqueceríamos de forma exquisita nuestras percepciones.

viernes, 25 de mayo de 2018

Octies pro fratribus perversis



           Era de prever. Entre las características físicas de Seraphim Arch no se encontraba precisamente la agilidad. Cuando sus 120 kilos se situaron justo encima de una de las antiguas trampas para cazar los osos que tanto habían abundado en el bosque de Ville-de-Golliath se vino abajo sin ningún tipo de paliativo. Su compañero, el menudo Hstvo de Gaël, que iba discurriendo con él mientras caminaban por el paraje, tardó en percatarse qué había pasado exactamente; tal fue la celeridad del evento.
-Te has lastimado, Seraphim? –gritó asustado Hstvo hacia el obscuro agujero en tierra que se había tragado a su compadre. Al principio no hubo respuesta, y los segundos de  demora fueron progresivamente llenando de pavor al ya de por si asustadizo Hstvo.
-Quizá me he roto algún hueso y estoy lleno de arañazos y cardenales –respondió con aire igualmente asustado Seraphim- aunque básicamente puedo seguir respirando. ¡Pero no te quedes parado y ayúdame a salir de esta trampa, Hstvo! -Cuando éste último logró entrever la sombra de su amigo quedó asombrado de la profundidad del agujero. Quizá los osos de Ville-de-Golliath habían llegado a ser de tamaño más que respetable unas décadas atrás, porque en aquel momento gran parte de los ejemplares habían emigrado a St-Remy-la-Forêt en busca de panales de miel y fruta silvestre, que ya no eran tan abundantes aquí como en otra época. Cuando Hstvo tendió hacia su amigo el palo más largo y resistente que pudo encontrar a su alrededor comprobó lo que ya era de esperar: no tenía suficiente fuerza como para extraer a Seraphim de su nicho. Ni siquiera para que éste, con ayuda del soporte, pudiera intentar la escalada por la frágil pared. Lo único que logró Seraphim con sus intentos de trepar fue desprender tierra de la reseca pared, tierra que se fue depositando sobre sus sandalias hasta enterrar sus pies. -¡No te preocupes compère, que te sacaré de aquí como sea! –exclamó con cierto aire exageradamente teatral Hstvo. –Voy al pueblo en busca de ayuda antes de que anochezca. –¡No, no me dejes solo a merced de las alimañas! –suplicó en tono similar Seraphim. Visto desde fuera, el cuadro tenía un aspecto tragicómico capaz de conmover e invitar a la burla a partes iguales. –¡Pues ya dirás tu qué tengo que hacer! –preguntó Hstvo a Seraphim. –De momento, hacerme compañía y darme ánimos para no desfallecer, evitando así que este agujero se convierta en mi sepultura. –Pero Seraphim, ¿donde está aquel espíritu alegremente contestatario de tus años mozos? No eras tu el que escribió, siendo aún estudiante en el convento, aquellos versos que te valieron un castigo tan severo y que decían algo así como:

I do not know with whom Edan will sleep
But I do know that fair Edan will not sleep alone

-Si, ¡lo recuerdo como si fuera ayer! El prior se lo tomó por el lado más abyecto y fui castigado a llevar un cilicio durante un mes seguido. ¡Solo por sentir cierta envidia de aquel abominable cretino que se creía el centro de la abadía! Aunque gracias a este hecho, amigo Hstvo, fui capaz de abandonar el convento –no sin antes reclutar un alma gemela como tú- y recorrer el mundo … -Bueno, Seraphim, el mundo es algo mayor que los bosques de Occitania … -Ya me entiendes Hstvo! Los bosques y tabernas de Occitania han sido desde entonces nuestro mundo. Y allí escribiste aquellos versos que se han llegado a hacer célebres más allá de estos confines:

In taberna quando sumus,
 non curamus quid sit humus,
 sed ad ludum properamus,
 cui semper insudamus.
 quid agatur in taberna
 ubi nummus est pincerna,
 hoc est opus ut quaeratur;
 si quid loquar, audiatur.
 Si quid loquar, audiatur…

-Si, querido Seraphim, ¡ese fué un momento feliz dentro de nuestra mutable existencia! ¿Recuerdas que aquellos días conocimos a nuestras amadas Hildegaard y Ursulea, con quien convivimos durante más de un año y que inspiraron el que quizás sea tu mejor poema?

Dies, nox, et omnia
 mihi sunt contraria;
 virginum colloquia
 me fay planszer,
 oy suvenz suspirer,
 plu me fay temer.

O sodales, ludite,
 vos qui scitis dicite,
 mihi maesto parcite,
 grand ey dolur,
 attamen consulite
 per voster honur.

Tua pulchra facies,
 me fay planszer milies,
 pectus habens glacies,
 a ramender ...
 statim vivus
 fierem per un baser.

-¡Nos hemos hecho viejos, compañero Hstvo! Toda la poesía que recordamos pertenece a otra época. Una época diferente, distante; muy anterior a nuestra condición actual; mucho antes de que no fuéramos más que ¡¡un par de borrachines!!
Y la luna cayó como un cañón de luz sobre Ville-de-Golliath mostrando a los dos goliardos envejecidos.

martes, 15 de mayo de 2018

Simplicidad



                   Acabo de leer una reseña (gràcies, Fratello!) sobre un libro recién aparecido que no tiene precio. Se trata de “la muerte de la muerte” (curiosamente el título no es demasiado original: un temprano ciclo de canciones de Paul Hindemith de 1922 se titula precisamente así). La (¿peregrina?) tesis del libro es que en 2045 la vejez será una enfermedad curable, y la muerte, un asunto opcional (a no ser que tengas un accidente, claro). Así, uno de los autores del libro declaró, en la presentación del mismo en Barcelona, que él no pensaba morir nunca. A mí lo que más me choca de este tipo de declaraciones, más que el contenido en sí, es la ligereza con que se dejan ir. Desde tiempos inmemoriales una de las peores maldiciones con que los dioses podían castigar a un mortal era privándolo de la muerte. No invitándolo a unirse a ellos en el monte Olimpo sino condenándolos a errar sin fin en este proceloso mundo. El judío errante, el holandés errante son mitos-leyendas favoritas sobre este tema, que también tiene sus ecos en El CasoMakropulos o Volviendo a Matusalem. En nuestros días, en que la vida se ha vuelto transparente –como diría el omnipresente Han- la perspectiva de la inmortalidad simplemente hace referencia a la posibilidad de esquivar la muerte biológica. De hecho, los autores del libro hablan de la inmortalidad de las líneas de células cancerosas arguyendo que se trata de un tema que la gente desconoce (¡Pues mira que no se ha escrito y trabajado con la telomerasa!). Ni por un momento a tales autores se les ha pasado por la cabeza qué supondría la acumulación infinita de experiencias o la capacidad para evolucionar cognitivamente de forma ilimitada. Por no hablar de factores sociológicos: la muerte ya no podría igualar al mendigo y al emperador, que danzan juntos al son de la parca en los frescos medievales. Una mendicidad eterna y un imperio eterno son lo más parecido que conozco a una condena eterna. Por no hablar de la situación terrorífica a la que se expondría la humanidad cuando se dé la posibilidad a la existencia de asesinos inmortales. Terrible.

viernes, 4 de mayo de 2018

Substantia



            Sigo leyendo a Byung-Chul Han. Y me sigue pareciendo un sintetizador excepcional de nuestro momento histórico. También me sigue pareciendo que todas sus reflexiones parecen encaminadas a concluir que estamos en un momento particularmente malo de la historia y, por consiguiente, lo mejor que podríamos hacer es frenar, poner la marcha atrás y salir de este callejón (¿sin salida?) para ir a otro sitio (¿nuestro pasado?). Supongo que Han nos incita a reflexionar, rebelarnos contra el estado de cosas y abrazar una filosofía a-temporal (todavía no he leído su libro sobre la filosofía Zen, pero puedo casi anticipar esta posibilidad). Me gustaría más que Han fuera capaz de un ascenso dialéctico y abogase por un Zen del futuro, con elementos de la cultura occidental de la que por otra parte él es buen conocedor. ¡Cuántas veces he oído –y contrareplicado- manifestar la creencia de que la filosofía de Oriente no sirve para arreglar el mundo porque debido a su pasividad lo deja invariante! Esta idea es absolutamente occidental. Desde Oriente se puede argüir con idéntica facilidad que la filosofía de Occidente no hace más que crear necesidades e ilusiones. Me parece absolutamente necesario que la filosofía de nuestro tiempo y del futuro próximo supere esta dialéctica. Las culturas oriental y occidental hace ya mucho tiempo que se encontraron y su fusión es un necesario proceso de lógica histórica. A este respecto acabo de leer también a Giles Lipovetsky, quien hace diez años analizaba los males pero también los aspectos positivos de nuestra época. Me pregunto si tales aspectos siguen siendo hoy en día vigentes. Para mi el problema más serio que presenta la visión postmoderna es la falta de historicidad, la falta de dialéctica y de sentido evolutivo. Aplicada al mundo artístico, la postmodernidad precluye la existencia de vanguardias: todo ha sido ya dicho -todo ha sido descubierto- y lo único que nos cabe producir son combinaciones de elementos que se encuentran en la historia. Éste es el gran subproducto que la falta de grandes narrativas o de metanarrativas acarrea. Leo en la entrada catalana de la Viquipèdia (¡en la Wikipedia en castellano el artículo en cuestión ni existe!) que la postmodernidad consiste en una visión liberadora del mundo, una visión sin los trasfondos paternalistas-sexistas-capitalistas propias de la modernidad, que propugna la libertad personal, la subjetividad individual y la revolución artística (¿!). Recomiendo la entrada de la Wikipedia inglesa para ahondar de forma seria sobre esta cuestión.

miércoles, 25 de abril de 2018

Zombies



            Cuando inicié el blog, hace poco más de doce años, la conciencia de estupor todavía podía hacerse sentir de forma más o menos directa. Durante este lapso, y con aceleración sostenida, nuestras zonas ciegas han ido creciendo por lo que hace a los más diversos panoramas que se alzan ante nuestros ojos. Y en aquellos casos en los que la ceguera no es aún total nos aqueja algo todavía más dramático: el bloqueo y la inacción. Como en la sala ecoica de Teufelsberg nuestras quejas, lamentos, ideas o intentos de observar comprehendiendo y elaborando son inmediatamente engullidos por el sistema y acaban formando parte de esa masa transparente –nuestro gran agujero gris- que parece contenerlo todo. Ese gran agujero se alimenta, evidentemente, no solamente de nuestros detritus físicos y mentales sino –y sobretodo- de nuestro progresiva pérdida de contacto con la riqueza de lo real. Se alimenta de nuestra ignorancia, que tiende a crecer de forma ilimitada. Nuestra gran ignorancia es la ignorancia del especialista. Un gran conjunto de especialistas en las más diversas competencias es infinitamente más ignorante que un individuo con capacidad de síntesis y de experiencia. Cada vez nos creemos más conocedores de “la parte del conocimiento que aún no conocemos”, y eso nos cierra las fronteras hacia nuevas dimensiones del conocimiento. No es un trabalenguas. Cada vez acotamos más el futuro porque lo queremos encasquetar en esa absurda y ridícula racionalización que nos acompaña ya en todos y cada uno de nuestros ámbitos de acción y relación. Ya dice Morin que el peor enemigo de la razón es precisamente la racionalización. Esa ciudad de las recetas simplificadas, de los clichés de la cultura de masas, de los Selections of the Thinkers Digest en la que cada vez más gente habita es la ciudad de los zombies, el peor escenario que Kafka podía diseñar.

miércoles, 11 de abril de 2018

Cardinales



               A fuerza de tanto repetir que vivimos en una sociedad abocada al precipicio de la incomprensión, la ignorancia, la imbecilidad, la ignominia y la inmolación me lo acabé creyendo. Y mis subsiguientes pensamientos y acciones, claro está, fueron absolutamente coloreados y matizadas por tal creencia. Y cada vez que pisaba el freno y miraba hacia el retrovisor, con ánimo de comparar lo que tenía delante y lo que tenía detrás, caía presa de esa inconmensurabilidad gnoseológica a la que tan finamente llaman paradigm shift. Y no solo no lograba encontrar un metaespacio desde donde visualizar simultánea y nítidamente las dos zonas sino que cada vez la trampa epistemológica se cerraba más y más en torno a mi mente y oprimía con más fuerza mi fuente de inspiración, que parecía secarse por momentos. Así fue como llegue a la conclusión de que debía acudir a un gurú inspiracional, un maestro místico o algún hábil charlatán que volviera a enderezar mi entendimiento so pena de caer en una especie de decadencia senil prematura. Pero… ¿Dónde buscar tal gurú? ¿Debía mirar hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados o hacia arriba? Si miraba hacia atrás mi selectiva aprecición encontraba a viejos maestros cuyas enseñanzas parecían en su momento eternas pero la aplicación de las cuales parecía en el momento actual fuera de contexto. Si miraba no tan hacia atrás me topaba con mis predecesores directos: progenitores, maestros, ex-compañeros y ex-profesores el recuerdo de los cuales no hacía más que aumentar mi sensación de vértigo y tristeza por la pérdida de un tiempo pasado que, una vez más, parecía simplemente mejor. Como siempre he tratado de evitar esta sensación de refugio virtual que ciertamente apacigua a la corta pero que enloquece a la larga, miré a los lados. El problema era ahora muy diferente. El torbellino frenético al que estamos estructuralemente sometidos precluye el paisaje lateral. Sus vórtices voraces literalmente engullen toda nuestra perspectiva lateral o externa. No existen exteriores. Todo parece englobado por el torbellino. Si lo que quería era ganar una posible metaperspectiva no iba por buen camino, así que decidí mirar hacia delante. En esa dirección se podían observar gurús de todo tipo, algunos con pretensiones visionarias, otros más puramente folklóricos, muchos iluminados, también bastantes chiflados (la conjunción incluída), mercachifles, algunos finos analistas y muchos, muchos mamarrachos. Y, evidentemente, algunos que no podía clasificar fácilmente pero que podían caer en uno  cualquiera de los grupos anteriores. Mi intención última para con este grupo no era sin embargo la clasificación sino el hallazgo de puentes de comunicación con el pasado que me permitieran conocer mejor el futuro. El establecimiento de metapuentes, vaya. Por mucha ruptura epistemológica que hubiera pensaba que, alejándose lo suficiente, la tal grieta podría necesariamente permitir la creación de tales metapuentes. Pero ahí, ay, me engañaba sin saberlo. Porque las situaciones, los metapuentes, las epistemologías y demás tanto se nos pueden presentar como objetos que como procesos. Como la luz. Y a medida que me alejaba de la grieta epistemológica con objeto de hallar la conexión natural que la cerrara me encontraba más con una dinámica, con un sistema en evolución que con un objeto de dimensión espacial. Decidí una vez más cambiar de dirección y oteé hacia arriba, quizás buscando un deus ex machina que de repente iluminara la situación, clarificándola. Me imaginaba un espectáculo poético-circense a medio camino entre la revelación divina y el juego mistificador del prestidigitador. Mirando hacia esa dirección, sin embargo, me pasaba una cosa diferente a las experiencias anteriores. Tan pronto veía una multitud de sombras difusas que parecían quererme decir algo como una imagen más nítida pero inexpresiva como en muchas ocasiones no veía absolutamente nada. Al cabo me percaté de que esa dirección era en realidad una subrogada de otra dirección que no procede de la espacialización. Cuando miraba hacia arriba salía en realidad de la esfera del tiempo espacializado y entraba en la esfera de la interioridad des-temporalizada. Cuando miraba hacia arriba miraba, en realidad, hacia mi interior. Y allá había de todo –o no había nada, dependiendo de mi estado, mi receptividad y mis expectativas-. Fue así como, con mucho esfuerzo, logré construir una narrativa que podía recoger o, mejor dicho, contener todos los puntos de referencia que necesitaba para esbozar un modelo. Mi modelo, que no debía enfrentarse a otros modelos, sino abrazarlos.

martes, 20 de marzo de 2018

Aromas



            Después de una ausencia impropia de este espacio (¿crisis de crecimiento?) vuelvo no con energías renovadas sino con una sensación de irrealidad creciente. Cada vez me resulta más difícil -quizá en realidad más fácil pero más penoso- el realizar la cartografía de nuestro momento histórico. Es por eso que busco desesperadamente a alguien con ideas claras sobre el tema. Siempre he considerado que hay gente en el mundo a quien escuchar atentamente -lo único que sucede es que hay que saber encontrarlos e identificarlos-. En un intento de capturar las esencias de nuestro momento a través de pensadores que describan la postmodernidad pero no se queden atrapados en ella –es decir, que crean que la postmodernidad en realidad no es un terreno objetivo absoluto- he llegado a Byung-Chul Han, autor de una plétora de pequeños ensayos que en estos momentos reclaman cierto éxito editorial. Debido a mi interés sobre cuanto tenga que ver con la temporalidad he comenzado leyendo “El aroma del tiempo”. Me ha parecido una sugerente descripción de uno de los aspectos que configuran la crisis de la Modernidad lleno de fértiles ideas y derivaciones. He continuado con “La expulsión de lo distinto”, que todavía me ha gustado más, hasta el punto de releer algunas frases un instante después de haberlas leído, como si saboreando un aroma con el que resuenas extensivamente. Sin embargo, Han no va más allá para poner en contexto qué significa esta crisis y hacia donde se dirige (que en el fondo es lo que yo quería encontrar en los libros). Diríase que el autor se lamenta sobre un pasado perdido que conviene re-encontrar para bien de nuestra salud general. En el volumen sobre el tiempo durante unos breves pasajes parece querer esbozar el posible sentido y evolución de todo ello, pero se queda en el intento. Aun así sigo con muchas ganas de visitar otras obras de este autor. Merece la pena, lo aseguro.

viernes, 19 de enero de 2018

Persexides, o De Stultitia Mundi


-¿Por qué crees tú, Persexides, que los humanos se sienten tan atraídos por todo aquello que, por otra parte, consideran más bien poco ejemplar, por no decir francamente pernicioso?
 -Buena pregunta, ¡oh sagaz Taquifilaxo! Para establecer una respuesta satisfactoria que se adecue honorablemente a tus inquietudes debemos, empero, establecer unos marcos previos que delimiten nuestras perspectivas.
 -Dices bien, Persexides amado.
-Debemos, en primer lugar y con urgencia, definir los términos 'poco ejemplar' y 'pernicioso'. Podemos convenir, por simplificar, que representan cualidades ambas que nos aparecen como negativas. ¿Por qué nos aparecen así? Diría que reflejan en nuestra alma aquello que se opone a la cualidad natural de Bueno, como un orangután refleja lo que se opone a la cualidad de Bello o las palabras de algunas mujeres se oponen a lo que entendemos por Verdadero. ¿No es así, o buen Taquifilaxo, como el alma refleja de manera clara la naturaleza de las cosas?
-No podrías hablar mejor y más claro, gentil Persexides. Prosigue ya sin dilaciones con tu acertada disquisición.
-Si el reflejo en el alma de aquello que nos parece poco ejemplar o francamente pernicioso se opone a lo Bueno y a pesar de ello nos seguimos sintiendo atraídos hacia ello, se deduce que nuestra atracción ya no sigue el reflejo de lo Bueno sino que viene mediada por una falta de conciencia que es como una niebla que provoca una desorientación en nuestro entendimiento.
-¿Y cual sería entonces, ponderado Persexides, el origen de tal niebla?
-La niebla nos recuerda, amigo Taquifilaxo, que nuestra naturaleza es francamente terrenal y que debemos recorrer un largo y en ocasiones penoso camino de purificación hasta lograr la plena conciencia de nuestros errores y limitaciones. Hubo una época en que los dioses poblaban algunas zonas de la Tierra y por aquel entonces todo estaba claro y no había lugar para dudas. Hoy en día los dioses se han retirado a sus aposentos del Olimpo y su influencia sobre los humanos se lleva a cabo de modo caprichoso y aleatorio, ya que siguen conservando su dignidad y potestad.
-Pero tal dignidad caprichosa ya no se correspondería con su naturaleza divina ¿no es así sagaz Persexides?
-En efecto, recto Taquifilaxo. Antes de que los humanos hayan podido siquiera acercarse a su necesaria purificación, los dioses del Olimpo se han humanizado.
-¿Estamos, pues, del todo desamparados de los recursos de la divinidad, consejero Persexides?
-Así es, buen amigo Taquifilaxo. Estos pobres dioses nuestros del Olimpo han perecido ya en nuestra conciencia, y hasta que una nueva época, un nuevo paradigma y unas nuevas creencias no conciban unas nuevas deidades no podremos afirmar con conocimiento de causa que las cosas vuelvan a estar claras en nuestra conciencia.
-¿Afirmas con eso, singular Persexides, que nuestra conciencia depende de nuestros dioses?
-Más bien que nuestros dioses dependen de nuestra conciencia, Taquifilaxo amado. Cuando nuestra conciencia recupere su límpido rostro capaz de reflejar de nuevo la naturaleza verdadera de las cosas seremos capaces de volver a establecer un marco que ordene y oriente adecuadamente nuestras perspectivas.
-¿Seremos capaces entonces de responder a mi pregunta original?
-A pesar de que nuestra conciencia renovada será entonces capaz de detectar más finamente las máculas en el reflejo de lo Bueno me temo que la pregunta seguirá activa y abierta. Debo reconocer, Taquifilaxo, que este vino que tan dedicadamente producen tus viñas no hace más que mejorar, si cabe aun, cada año que pasa…
-Bebamos, pues, ¡oh Persexides! a la salud de los humanos y sus locuras

-Bebamos, pues.