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miércoles, 25 de enero de 2006

Revolución improductiva


Los occidentales creemos en las revoluciones externas. Se empieza discrepando, se llega a un enfrentamiento y a una medición de fuerzas. Cuando la nueva idea llega a desbancar a la antigua hay un período de renovación que con el tiempo se anquilosa y vuelta a comenzar, hasta que aparece un nuevo portavoz de la solución absoluta y definitiva que vuelve a desbancar a la anterior. Ya lo decía Picasso, las revoluciones nacen de pie y mueren sentadas. Lo más irónico de toda la cuestión es que, con el tiempo y unos cuantos ciclos de cambio, volvemos de nuevo al punto de partida (Una revolución es la trayectoria de un móvil que, girando sobre sí mismo, retorna a su posición inicial, dice Chesterton). Las revoluciones internas, por contra, no vuelven nunca hacia atrás, aunque puedan volver a pasar por un paisaje conocido. La flecha que se busca externamente se convierte con el tiempo en una rueda; la rueda que cómodamente deseamos de manera interna acaba convirtiéndose en una flecha de sentido único. A veces ni tan siquiera nos planteamos el problema de la revolución externa. Simplemente nos apuntamos a la última que ha aparecido, sea duradera o fútil y vacía. Pero para poder hacer esto necesitaremos haber perdido una parte de nosotros mismos durante el viaje. Y volveremos a perder tan pronto como debamos incorporar la última ‘novedad’, cosa que no tardará demasiado en suceder. Ya se encargarán las estructuras de que sea así. Este movimiento masturbatorio que en realidad no lleva a ninguna parte está íntimamente ligado al concepto de ‘modernidad’ en su acepción más popular. Las revoluciones que con el paso del tiempo demuestran ser más profundas y perdurables no son reconocidas como tales por la mayor parte de sus contemporáneos.
La llegada a los mass media de las noticias sobre la completitud de la descriptiva del genoma humano nos hizo oír hace unos años las más insólitas apreciaciones: que si somos muy parecidos a una drosophila, que si ya hemos llegado al sancta sanctorum de los secretos sobre el ser humano, que si casi somos inmortales... Dentro de dos mil quinientos años, si es que todavía queda alguien en este amenazado planeta, supongo que, como ahora, como hace trescientos años y como siempre, pensará que la su época es la mejor de todas, que qué suerte la de haber vivido entonces, que somos muy modernos y que las épocas pasadas están todas pobladas por pobre gente que, en realidad, no se enteraba de nada. De todos los mundos posibles, este es el mejor.

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