En la década de los 1980s los directores de escena operísticos introdujeron una costumbre que hoy en dia, si bien atenuada, todavía perdura: la de escenificar los fragmentos musicales que preceden al alzamiento del telón. Tales fragmentos se extienden ampliamente a lo largo de la cronología del género, desde la toccata inicial del mismísimo L'Orfeo monteverdiano hasta los homenajes a dicha pieza (en The Rake's Progress o Le Grand Macabre), pasando por introducciones barrocas y oberturas clásicas y románticas después reducidas a preludios y más tarde desaparecidas. El espacio que ocupan dichos fragmentos no es un espacio sinfónico abstracto como el que habitan las obras de la gran arquitectura musical tales como la Ofrenda Musical o las Variaciones Diabelli. Pero evidentemente tampoco es el espacio escénico en el que tiene lugar la acción dramática. Es un metaespacio subsidiario del espacio escénico pero diferente de él, aunque invita a visitarlo a continuación. Un poco como la cámara intermedia que se interpone entre el exterior y una sala aislada de la contaminación. Este metaespacio promete, introduce o resume una historia que después tiene lugar en el espacio escénico. No lo ocupan músicas literarias, como los poemas sinfónicos, sino músicas para-escénicas. Es un espacio muy sutil, a menudo mágico y siempre sugerente. Es un espacio para el recreo de la imaginación, que sugiere pero nunca connota. Es por eso que abrir el telón antes o durante su ejecución constituye un pecado artístico. Si el telón se abre para mostrar cómo Lohengrin asesina a Gottfried, como sucede en la recién estrenada versión de Katharina Wagner, el pecado lleva ribetes de la vulgaridad más provocativa...