La gente de cierta edad se queja a menudo de las jóvenes generaciones. Eso no deja de ser ley de vida. Comparan su juventud (los recuerdos que les quedan de ella, más bien) con su percepción actual de los jóvenes. Una diferencia a menudo observada es que los antiguos niños, a diferencia de los actuales, creían en lo que les recomendaban (más bien mandaban) los mayores. Eran niños modelo, como tan bellamente evoca Jacques Brel en una de sus célebres canciones. Después venían las dudas, la rebeldía y tras ello, frecuentemente, la maduración. Los niños se hacían adultos y se preparaban para el siguiente ciclo: hacer de padres de niños que creían en sus recomendaciones …. ¿Qué ha cambiado radicalmente en los últimos tiempos? Pues que los niños ya no creen. Nacen incrédulos. Y este hecho, que puede parecer maravilloso porque para algunos observadores sugiere el escepticismo filosófico, promesa de fértiles terrenos, tiene una consecuencia mas bien nefasta: la negación del proceso de rebeldía/maduración. La rebeldía ya no tiene una causa generadora. Vivimos una época de rebeldes sin causa, o con una causa tan multifocal que queda difuminada (el rebelde de la película tenía tras de sí causas mucho más enumerables que los actuales). Cuando el incrédulo/rebelde actual crece su rebeldía no ha sedimentado ningún poso sobre el que construir su personalidad adulta. La consecuencia es que adolecemos de una población infantilizada o, peor aún, de perpetuos adolescentes. Las causas sobre las que incidir para afrontar este problema son tan multifocales y sistémicas que tienen difícil solución. El fenómeno que describo, además, es transversal; sucede a lo largo de todas las clases sociales. Pero tarde o temprano los sistemas se autoregulan. Esperemos que de la manera menos traumática posible.
Vistas de página en total
Mostrando entradas con la etiqueta Generaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Generaciones. Mostrar todas las entradas
viernes, 10 de marzo de 2023
martes, 15 de diciembre de 2009
Der Fall Hindemith
Escucho por la radio que la obra de Paul Hindemith influenció poco en el mundo de la creación musical después de la II Guerra Mundial y que solamente con el advenimiento de la postmodernidad (¡otra vez el dichoso término!), con su recuperación de la posibilidad de los lenguajes tonales, hizo justicia al maestro de Frankfurt. Esta afirmación puede llevar al engaño. Por un lado, la vanguardia europea aparecida alrededor de la mitad de siglo prescindió de (casi) todo lo anterior. No solamente de Hindemith; también buena parte de Stravinsky, los Six, Berg, e incluso Schönberg fueron puestos en la picota. Y también una parte de la obra de Messiaen, que en ciertos aspectos actuó como catalizador (ó más bien, padrino) de esa generación. Pierre Boulez, el alumno avanzado de esa vanguardia, formó parte del grupo de espectadores que pateó el estreno parisino de la stravinskiana Symphony in Three Movements a finales de los cuarenta (aunque hace unos años la grabó para DGG, la edad siempre abre la mente); escribió un famoso, ácido y polémico obituario para el jefe de fila de la Escuela de Viena (Schönberg est mort) e incluso se permitió afirmar abiertamente que aborrecía las obras de su querido maestro Messiaen que empleaban las ondas Martenot en su orquestación. El desprecio para con la obra de la generación anterior es un hecho más que común a lo largo de la historia. En ocasiones unido a una valoración positiva hacia la obra de la generación anterior, la que despreciaron los inmediatos antecesores (esta situación, por otra parte, evoca fuertemente la actitud común que se da entre padres, hijos y nietos). Lo que resulta más infrecuente es que la generación de la vanguardia se sitúa, precisamente, en el límite de un período (la Modernidad) y que lo que venga después no siga construyendo de forma dialéctica sino que admita que el fin de la evolución de los lenguajes ya ha tenido lugar, que todo ya está construido y todo puede convivir ahistóricamente in secula seculorum. Muchos de los propagandistas de la postmodernidad musical apuntalan su buena nueva denostando a la vanguardia de los 50’ y olvidando que esa generación actuó, como las anteriores, si bien de manera más radical, de forma histórica. Volviendo al caso Hindemith (Der Fall Hindemith, éste fue precisamente el título de un escrito que el Kapellmeister Furtwängler publicó en los diarios de la época para defender al compositor frente a los ataques de las autoridades nazis), podemos asegurar que empleó en su música un lenguaje propio de su época, ayudando además con ella a configurarla. Tras unos comienzos primero academizantes y después, ya en los años veinte, bastante radicales, Hindemith encontró su lenguaje y su filón creativo durante los 30’-40’ para después, ciertamente, caer en un estilo caligráfico en donde se pierde, en general, el vigor anterior. Así como los compositores a los que hacía referencia en un post reciente y que empleaban ya entrado el S XX un lenguaje más propio del XIX sí que han necesitado una interrupción del fluir histórico como la postmodernidad para ser recuperados, a Hindemith no le hacía falta tal circunstancia. Gran parte de la música representativa de la primera mitad del S XX se escribió con un lenguaje para-tonal.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Buenas personas
Cuando hablamos de alguien y no tenemos otra cosa que decir de él que algo así como que “es buena persona” solemos dar a la frase una connotación ligera ó fuertemente negativa. Este hecho nos debería hacer reflexionar sobre el valor que hoy en día otorgamos a la moralidad. Porque, pensándolo un poco, ser “buena persona” en los tiempos que corren es algo que roza el heroísmo. El número de personas de las nuevas generaciones que piensan que siendo “buena persona” no se llega a ninguna parte en este mundo sigue teniendo un peso importante. Todavía quedan bastantes vestigios, por tanto, de la famosa generación X, aquella que, siguiendo una ley generacional inexcusable, se rebeló contra la generación que le había precedido, la de los que querían cambiar el mundo de forma pacifista, con flores de todo tipo, incluidas las de adormidera, y se decantó hacia el supuestamente glamouroso universo yuppie. Muchos de los miembros de esta generación suelen distinguir continuamente entre lo que se aparta de la ley y lo que puede ser moralmente reprobable. Esto no deja de ser un mero juego de palabras. Porque lo que se supone que la ley debería reflejar no es otra cosa que un uso de códigos éticos intersubjetivos mínimos. Si alguna acción es legal pero moralmente dudosa, es señal inequívoca de que la ley no está bien configurada. Ya sé que hecha la ley, hecha la trampa. Solamente hay que remitirse a todos los casos de corrupción local con que los medios de comunicación nos han regalado en los últimos tiempos. Ante tanto robatorio nos escandalizamos, por eso, de manera un tanto superficial y aparente. En el subconsciente de muchos flota una admiración hacia la picardía y la trapisonda. Ello explicaría el por qué los italianos insisten en votar a un delincuente como primer ministro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


