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domingo, 16 de agosto de 2026

Disciplina

 


Existe una buena colección de substantivos que han caído en desuso, principalmente porque los valores que representan ya no son reconocidos como tales por gran parte de la sociedad. Algunos de ellos incluso han sido demonizados y han acabado recibiendo connotaciones negativas. Es el caso de lo que conocemos como disciplina. Hoy en día este término se asocia con castigo, coerción y explotación (en la constelación de lo que M Foucault entendía por 'sociedad disciplinaria'). Si buscamos el término en Wikipedia su significado se asocia mayormente al ámbito militar (aunque en la English Wikipedia por lo menos existe un epígrafe referido a la 'autodisciplina'). Y es dentro de esta última acepción donde podemos encontrar la parte positiva, útil; el valor de la disciplina. Disciplina es lo que se necesita para desarrollar una buena técnica en los más diversos ámbitos. Gimnastas, instrumentistas, atletas, bailarines, trapecistas, cantantes -es decir, actividades que llevan la psicomotricidad hasta zonas màs allá de lo usual- precisan de una buena dosis de disciplina en sus entrenamientos diarios. Pero también aquellos que practican un régimen alimenticio para perder peso, los que intentan dejar de fumar o quienes realizan ejercicios físicos rutinariamente con fines terapéuticos necesitan de la disciplina. Los que realizan actividades que requieren de intervenciones urgentes como bomberos o sanitarios también la necesitan (en este último caso la disciplina proviene de la aplicación estricta de unas reglas dictadas exteriormente, lo que la acercaría más a la variante militar a la que refería al principio). Otras actividades que  aparentemente no dependen de la psicomotricidad como la meditación o incluso algo tan nimio como el no dejarse arrastrar por los ofrecimientos que los algoritmos continuamente nos ofrecen en las redes sociales, también precisan de disciplina. Una especie de disciplina del alma de la que actualmente carecemos en grado extremo. Es evidente que no todo el mundo es susceptible de practicar la autodisciplina pero se trata de uno de tantos valores que van en retirada (conforme va avanzando la debilidad moral de esta sociedad con un concepto equivocado de lo que es el bienestar). La disciplina del alma se relaciona, por tanto, con la dominación supraconsciente de la mente (como muy bien reza un proverbio anglosajón "the mind: good servant but bad master".
PS: En Extremo Oriente, hecho cultural ancestral, la disciplina se adopta  de forma mucho más natural que en Occidente.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Concesiones



            Observamos que de forma creciente muchos individuos de nuestra sociedad se entregan a un peligroso intercambio, ofreciéndose a (auto)rebajar su grado de conciencia -podríamos decir, de lucidez- a cambio de un más o menos efímero y casi siempre ficticio ejercicio de poder. Se trata de un pacto más bien anti-fáustico. En aquel caso las mercancías concedidas eran juventud y sexo, pero sin la renuncia explícita al conocimiento. Antes bien, la lectura crítica del mito de Fausto hace hincapié en la renuncia a ciertas seguridades paradisíacas a cambio del acceso a nuevas facetas del conocimiento (como en una nueva versión de la serpiente genésica), y bajo esta perspectiva sí que podemos calificar el intercambio que ofrece poder a cambio de lucidez como de pacto anti-fáustico. Este pacto es hoy día practicado a muy diversos niveles. Los jefecillos en los sistemas organizativos se vendan los ojos y hacen la vista (y toda la conciencia) gorda con objeto de mantener -y aún mejorar- su, en muchos casos, imaginario status. Este pacto obedece a lo que Gregory Bateson perfilaba como adiestramiento (como en el caso del amaestramiento animal). Pero una versión todavía más volátil del pacto también se da entre el electorado y un líder sin escrúpulos. Los ciudadanos británicos, ofreciendo su confianza al engreído, narcisista y más que mentiroso B Johnson, que promete humo mítico a cambio de poder político, son un claro ejemplo. Trágico. Lo último que deberíamos de perder es la lucidez.

viernes, 23 de agosto de 2019

Involuciones


                  A través de las ya muchas entradas de este blog se pueden adivinar fácilmente mis preferencias por los paradigmas de tipo evolutivo. Evolución no es un término que denote una ideología particular ya que cada época y cada contexto han hecho un uso muy diferente del mismo. Se puede evolucionar gracias a un motor anterior que dirige el propio curso de la evolución, así como gracias a un atractor posterior que la induce. También se puede evolucionar al azar o de formas caóticas. Tanto los sistemas geológicos como los biológicos como los epistemológicos evolucionan. El tiempo es un elemento íntimamente ligado al de evolución. También se puede, evidentemente, evolucionar a lo largo de la otra "dimensión kantiana de la sensibilidad" , el espacio, aunque en este caso la evolución suele ser perfectamente "reversible". La evolución temporal puede contribuir al aumento de la complejidad. La complejidad o riqueza de un sistema abre su abanico de posibilidades. A medida que los organismos y las sociedades avanzan también lo hacen sus capacidades, que se amplían tanto para lo mejor como para lo peor. Este aumento de la complejidad tiene lugar cuando las circunstancias son favorables. Si las circunstancias no ayudan al proceso de desarrollo, se da el caso de que pueda tener lugar un proceso involutivo. Esto sucede cuando el o los sistemas se simplifican. A nivel biológico lo podemos observar con la desaparición de especies. A nivel gnoseológico ... ¿no lo estamos ya experimentando con la simplificación ideológica, la infantilización reinante y la recesión intelectual que nos rodea?

viernes, 29 de enero de 2016

Conexión



                        ¡Cuan poca gente, todavía, es capaz de salir de sus coordenadas mentales más inmediatas y tener una visión más integral del mundo! Y no me refiero, evidentemente, a un apartarse cuantitativo, de un tomar más distancia, sino a un ascenso cualitativo, dialéctico. Quien todavía vive en la Modernidad da por sentado que las trazas, los thumbs, el engramado de las ideas, de los objetos, del conocimiento, de la percepción, de las creencias, de la belleza o de la comunicación simplemente no existen y que la res extensa y la res cogitans constituyen mundos estancos. Los que viven en la Post-Modernidad han captado el relativismo de la Modernidad y no solamente perciben los engramados sino que en todo momento acompañan sus constructos con ellos, en un sinfín de explicaciones que a veces rozan el ridículo. Los que viven en la Trans-Modernidad se han percatado de que los engramados no se construyen ab initio, desde la nada objetiva, sino que todo se halla sometido a la evolución, y los telones de fondo blanco absoluto, simplemente, no existen. El que haya entendido mi fugaz descripción habrá entendido el 85% de este blog.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Penumbra


                  Cuando somos incapaces de recordar un nombre y, en cambio, estamos seguros de saber la letra por la que comienza, tenemos una fuerte intuición sobre las vocales que contiene, conocemos incluso el número de sílabas, se dice que padecemos un bloqueo. Es una situación difícil de describir porque contiene elementos conscientes y elementos aparentemente olvidados. No recordamos el nombre pero sí su aroma, su gusto. Y cuanto más forzamos el mecanismo de la memoria más elusivo se nos hace aquello que buscamos y que, aun teniéndolo enfrente, no acertamos a ver. Si dejamos de esforzarnos en recordar (esfuerzo que suele resultar patéticamente vano) normalmente sucede que, al cabo de cierto lapso de tiempo más o menos largo, el nombre aparece ante nuestras narices, como el residuo de una actividad que ya habíamos olvidado. En efecto, si lo que queremos de verdad es recordar el nombre basta con dejar de pensar en el tema y esperar a que la naturaleza tenga a bien obrar. Pero si lo que queremos es otra cosa vale la pena insistir en la penosa evocación. Este acto nos mantiene en la zona incierta e inestable de la que bebe la poesía. Es una zona de nadie, limítrofe entre aguas diversas. Por un lado las aguas de la fantasía que nos empujan hacia un mar de variopintas posibilidades. Por otro lado las aguas de la intuición que nos atraen de forma  misteriosa hacia una orilla soñada. Se me dirá que todo esto no es más que un movimiento de información neuronal guiada por transmisores químicos pero esta es solo la parte fisiológico-mecanística de la cuestión. Igual que la azulidad. El color azul es el que corresponde a la zona del espectro electromagnético de longitudes de onda entre 450 y 495 nm. Pero la azulidad es el resultado consciente de esa percepción, y no puede existir -al revés que la luz entre 450 y 495 nm- fuera de la conciencia. En fin, he aquí de nuevo el viejo problema de Berkeley, Hume y Descartes.....

domingo, 30 de marzo de 2014

Mentalidad


                             Recuerdo que cuando era niño, y de eso empieza a hacer algunos años, en algún transporte público el respaldo del asiento era abatible de manera que se pudiera acomodar al sentido de avance del convoy. En aquella época se consideraba como un fastidio difícilmente aceptable el viajar de espaldas. Hoy día, exceptuadas algunas personas especialmente sensibles al mareo, la gente no se preocupa tanto de tal asunto (o, como mínimo, es capaz de aceptarlo con más naturalidad). Un geneticista molecular recalcitrante se dedicaría a investigar qué tipo de mutación ha permitido tal cambio, haciendo al sistema límbico menos sensible al movimiento. La mutación genética, sin embargo, no ha existido. Lo único que ha habido es un cambio de mentalidad. Digo lo único pero con ello no quiero minusvalorar tal hecho sino más bien todo lo contrario. Un "simple" cambio de mentalidad permitió superar el esclavismo, descubrir América o construir una nueva cosmología hace quinientos años. Aunque estoy yendo demasiado lejos: tales cambios involucraban ya una variación más cualitativa, de segundo orden, en los que la propia estructura del pensar colectivo quedaba profundamente modificada.

jueves, 18 de julio de 2013

Sentido

 

                                Hacía ya mucho tiempo que creía haber sobrepasado aquel “mezzo del cammin di nostra vita” que Dante usa como marco de referencia experiencial al principio de su Divina Comedia. La “selva oscura” y sus tres fieras parecían ya cosa del pasado –o quizás nunca se habían movido de ahí y su presencia, por constante, parecía haberse vuelto menos amenazadora-. No, el problema no eran ya ahora las amenazas sino la trayectoria, el sentido de la vida visto como imagen global. Imagen global, por cierto, es un término que denota estatismo objetual y es por eso que acusa un decalage hacia una estructura de pensamiento concreta. Una trayectoria, después de todo, es una foto congelada de un proceso. Aunque el dilema que me embargaba no era el de la dualidad objeto-proceso. Todas las dualidades son el resultado de una limitación, que a la postre puede ser superada por una ascensión en el orden de pensamiento. El dilema estaba más relacionado con la propia imagen de la representación, algo así como la apetencia por una doble descodificación del ADN (estructura y función) de la vida. Debía hallar, a toda costa, el enigma de tal código si quería saber cuál era exactamente el sentido de mi vida. Como había leído profusamente sobre psicología, artes ocultas, evolución de sistemas y espiritualidad comparada, creía tener a mi disposición el ABC necesario para enfocar tan ardua empresa. Hacía ya muchos años que conocía mi tema astral como la palma de mi mano, aunque sabía por experiencia que las simbologías y sus direcciones solamente se revelaban de forma consciente cuando los hechos que a posteriori parecían corresponderse tan claramente tenían lugar de forma efectiva. Como cuando a Edipo le cae la venda de los ojos y vislumbra el lío en que se ha metido, sin haber sido plenamente consciente del mensaje del Oráculo de Delfos. De entrada había querido prescindir de soluciones mágicas, de videntes y tiradores de cartas, y teniendo muy presente que las grandes verdades se hallan solamente dentro de nosotros mismos –siquiera en un estrato muy profundo-, después de unos días de purificación por ayuno y meditación me enfrasqué con el I Ching, el famoso Libro de las Mutaciones. Así como en unas formas cualquiera que los caprichos de la naturaleza otorgan a un grupo de nubes somos capaces de ver por proyección nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras aspiraciones, cualquiera de los sesenta y cuatro hexagramas del oráculo taoísta tienen algo que decirnos en nuestro momento presente. Como quiera que para la filosofía oriental el ser se corresponde con el cambio, cualquiera de los hexagramas se identifica a la vez con una situación y su opuesta. Tiré con convicción y a la vez con desapego las tres monedas seis veces. Después consulté al oráculo:

La Tierra cubre el abismo.
El hombre superior nutre y educa al pueblo,
formando un numeroso ejército.
Favorable y sin error
si perseveras en tu dirección
guiado por la experiencia.

El detalle de las dos líneas en movimiento añadía:

El ejército se retira.
No hay error

y

El gran gobernante reúne a sus ministros.
No se debe recurrir a hombres mezquinos.

A fuerza de utilizar el I Ching había llegado a adquirir, si no un conocimiento profundo, sí cierta familiaridad con el oráculo y sus frases abiertas, poéticas y ambiguas. Casi siempre había un recóndito lugar interno que resultaba más o menos rozado por alguna de ellas, independientemente del momento en que la consulta fuera realizada. Pero aquella precisa tarde, los símbolos del ejército no parecían lanzar el más mínimo guiño sobre mi conciencia, un tanto espesa debida a los calores estivales y al exceso de trabajo. Después de pensarlo durante un instante, tomé la decisión de anular la visita vespertina con mi analista y utilizar en su lugar los recursos monetarios para visitar el centro de flotación, al que no acudía desde hacía mucho tiempo. Sí, creí que me merecía más una hora de cálida, ciega, húmeda, muda y sorda ingravidez que un ya monótono y aburrido monólogo del cual había llegado a conocer todos los entresijos y que ahora ya ofrecía la posibilidad nula de hacer aparecer un conejo de dentro de la chistera.  En la recepción del centro de ingravidez cambié de opinión. La flotación no sería sorda, sino que la amenizaría con algo de música lejana. Evidentemente, nada de New Age. Sólo de pensar en la música toscamente fabricada con acordes ravelianos, imitaciones satinianas y olas de mar me ponía enfermo. No, escogí una vez más el segundo cuarteto de cuerda deMorton Feldman. Bueno, tan sólo una parte de él porque una flotación de seis horas se hacía inviable. Cuando salí, una vez recuperado el tono habitual, cené muy ligeramente (nada de grasa, nada de alcohol) y, tras leer unos capítulos del último libro de Edgar Morin, me dormí profundamente, como suelo hacerlo tras una flotación. Y soñé, soñé mucho y soñé muy profundamente. Soñé que soñaba pero también soñé que despertaba y volvía a soñar, hasta perderme en una jerarquía de sueños inabarcable. Iba por un camino y, de repente, mi acompañante me retaba a una carrera a ver quien llegaba antes a la parte alta de una montaña. En ese momento yo veía unas escaleras que subían por esa montaña y las subía corriendo para ver si llegaba antes. A medio camino, las escaleras se cruzaban con la carretera y ahí había una casita que creía abandonada. Entraba dentro y veía algún elemento que mostraba que la vivienda no estaba del todo abandonada: latas con plantas florecidas, algún libro, algún disco de vinilo… Todos los elementos daban la sensación de humildad, pero eran muy acogedores. Al poco mi acompañante, que venía por la carretera, también ha entrado y me ha advertido que quizá la vivienda no estaba vacía. Al oír voces, una mujer de edad ha aparecido en la habitación y nos ha hablado con mucha suavidad. Inmediatamente la hemos reconocido como alguien que ya había formado parte de nuestras vidas (a través de la música, creo). Nos informaba de que en lo alto de la escalera había una gran mansión abandonada en donde se organizaban actividades que nos podían interesar. Subimos hasta ese lugar. Era como un gran edificio de piedra en ruinas (había lugares en donde faltaba el techo). Adentro reinaba muy buen ambiente: había una gran compañía de teatro de aficionados (en su mayor parte eran tenderos que mostraban una gran alegría con lo que estaban haciendo). Reconocía a un actor con el que había colaborado tiempo atrás. Me explicaba qué era lo que estaban preparando. En otra secuencia, estaba en una reunión musical. Una de las participantes me ofrecía un piano de cola bien conservado de su padre, un individuo corpulento que vivía arriba de todo de una escalera muy larga. Se accedía por un ascensor, pero el hueco seguía estando y la casa estaba alrededor del hueco. A mí me daba un poco de miedo la altura, pero hablaba con el hombre corpulento, que era muy cortés y educado. Volvía a bajar, pero no sabía si comprarle o no el piano. Después estaba con gente sentado alrededor de un hueco profundo de unos 5 metros de diámetro, con las piernas colgando dentro. Yo tenía un poco de vértigo, pero me decían que si no tiraba las cáscaras de los pistachos que me estaba comiendo dentro del hueco, sino hacia atrás, no me caería. Ello me tranquilizaba. Recuerdo que después me hallaba en una sala muy grande alargada y había una hilera de sillas alrededor. Había compañeros de trabajo y todos debíamos hacer un examen. Éste consistía de dos partes, la primera fija, con preguntas de lingüística (había una plantilla en inglés), y la segunda consistía en un tema libre que se había de desarrollar a partir de una colección de fotografías que nos pasaban al iniciarse el examen. Yo no sabía exactamente cómo se tenía que hacer el examen, pero veía como los demás iban rellenando hojas. Entonces me daba cuenta de que, de entre todas las fotos, me había tocado una de mí mismo de pequeño con mi hermano y mis padres (aunque de hecho había también otro chico que no sabía quién era). Pensaba que era un buen presagio: haría la redacción basándome en aquella foto. Cuando la volvía a buscar para enseñarla al de al lado, en la foto había un chico más que no reconocía y cuando la he mirado por tercera vez ya éramos cinco hermanos. De todas formas, continuaba sin saber como caray se hacía el examen. Llegó la media parte y salimos a descansar (a un campus-bosque con casitas de madera). Cuando llega la hora de continuar vuelvo volando al edificio y llego de los primeros. Coincido con una señora de edad que me enseña lo que ha hecho: ha colocado las fotos entre una cartulina y un vidrio y frota el vidrio con un trapo. Cuando hace esto, las fotos muestran su contenido sonoro: oigo cómo una tribu de aborígenes hablan entre ellos. Yo, por fin pienso que puedo introducir el tema de mi foto como referencia a la memoria; hablaré de cine (Amarcord: yo recuerdo). Entonces ya no he encontrado la foto. He empezado a ponerme nervioso, porque he pensado que necesitaba pasar el examen para apuntarme al curso siguiente. Lo más curioso de los sueños es que los situamos en un emplazamiento fuera del espacio y del tiempo. No existe otro tiempo de verbo que el presente; como máximo experimentamos la sensación de haber soñado con esa misma situación anteriormente, y lo que nos provoca vértigo no es la repetición, sino la referencia a un pasado que en realidad no puede existir dentro del sueño. Cuando desperté, sin embargo, mi mente se hallaba más despejada. Quizás la reequilibración de mi psique había tenido lugar efectivamente y ahora podía constatar que el sentido de la vida y su plenitud eran vislumbrados a través de estados de conexión mental a los que solamente se accede cuando la razón y la volición se aquietan. Cerré los ojos y bebí un vaso de agua.

miércoles, 25 de julio de 2012

Fellinerie

                 
                       El arco dramático en los filmes de Fellini suele incluir un viaje iniciático, una experiencia, que conduce a la revisitación del principio del camino, pero habiendo añadido una dimensión nueva que se ha generado en la conciencia de los personajes y de los espectadores a lo largo del propio film. En ocasiones el/la protagonista simplemente se hace consciente y acepta su destino, su naturaleza profunda, su auténtico yo, cosa que l@ transfigura. Es el caso de Cabiria en los famosos planos finales del film, la fiesta en la que Guido Anselmi se integra junto a todos los personajes de su vida al final de Otto e Mezzo ó el alivio de Giulietta cuando sus propios espíritus parecen madurar e invitarla a seguir adelante. En algún caso particular el protagonista, consciente de que su entorno actual jamás cambiará, se aleja de él para renovar su experiencia, como le sucede a Moraldo en I Vitelloni, cuando canjea seguridad tediosa por incógnitas nuevas. Algunos protagonistas fellinianos, sin embargo, se hallan atrapados en un estadio evolutivo y la experiencia parece no proporcionarles un aumento de conciencia. Es el caso de Augusto, el viejo timador sin solución de Il Bidone, o de Marcello, el periodista de La Dolce Vita que no desarrolla su vocación literaria, prefiriendo seguir a la deriva. También podría ser el caso de Giacomo Casanova, envejecido objeto de burla al final del film (el recuerdo de su propia juventud se ha congelado en la memoria), y el de los músicos de Prova d’orchestra, que después de la tragedia siguen inmersos en la misma dialéctica (hecho magistralmente expresado con el fundido final del film). En ocasiones la evolución/experiencia viene dada por factores naturales como el devenir de las estaciones (el joven Titta de Amarcord) ó el mundo onírico (todo La Città delle Donne no resulta ser más que un sueño del protagonista). En alguna rara ocasión la toma de conciencia se hace catártica para otros personajes (es el caso de Gelsomina, cuyo sacrificio, provocado por la desaparición de quien le reveló su propia conciencia, provoca a su vez la concienciación del instintivo Zampanò en La Strada). Finalmente, en E la nave va… quien toma conciencia de que se halla en el propio punto de partida es el propio espectador, de la mano del autor, cuando la cámara retrocede sobre los decorados y descubre todo el trucaje. Este salto súbito podría acoger una toma de conciencia extra por expansión/integración de dimensión.

martes, 24 de abril de 2012

Conversión


   Actualmente estamos aparentemente más preocupados por el medio ambiente que en otras épocas, pero en realidad generamos residuos de sobreproducción en cantidades incomparables con las que se producían en épocas con menos conciencia del hecho. Y la única manera de solucionar el caso no consiste en promulgar leyes limitadoras (que por el momento sí son necesarias). La única manera de solucionarlo consiste en la toma de conciencia por parte de la mayoria del colectivo (generadores propiamente dichos, pero especialmente consumidores y gestores de residuos de todo tipo, cuyo concurso es tan necesario para el status quo como el de los generadores, a quien siempre identificamos como culpables). Y toma de conciencia no quiere decir el acatar las leyes limitadoras dejando a etéreos expertos que aconsejen al gran público. La superación de la esclavitud precisó de leyes limitadoras, mártires reconocidos y anónimos, presión social y otros elementos, pero la esclavitud no acabó históricamente de facto hasta que una masa crítica de ciudadanos alcanzó un grado de conciencia suficiente como para considerarla una práctica primitiva y moralmente inaceptable. Y lo mismo pasó con su secuela: el racismo, una especie de refugio regresivo donde se atrincheraron los acatadores de leyes pero inconversos. Y ésta es la palabra clave: conversión. El término nos puede despertar resonancias negativas, porque implica un cambio brusco que puede ir tanto en la dirección de una mayor amplitud de conciencia (“awareness”) como también, en sentido contrario, hacia una abducción de personalidad propia de las sectas. Dicho sea de paso, el racismo, que en fechas más recientes ha sido considerado inapropiado por un grueso crítico de la población (hace 50 años el racismo era una forma de pensar habitual y respetable en muchas comunidades de países supuestamente civilizados) todavía ha tenido, a su vez, otra secuela: la xenofobia. Gracias al miedo a evolucionar y a contemplar procesos evolutivos como objetos inamovibles, la señora LePen y el señor Breivik cuentan con un escalofriante número de seguidores.

viernes, 27 de enero de 2012

Jerarquías perceptivas


                        El fascinante mundo de la conciencia abarca numerosos ámbitos y niveles estructurales como son la percepción, la auto-percepción, el juicio, etc. La percepción se puede analizar de diversos modos, pero un modelo ampliamente utilizado por muy diversas escuelas psicológicas es el basado en las funciones psicológicas descritas por  C. G. Jung en su tratado Tipos Psicológicos. Estas funciones son cuatro: los sentidos, los sentimientos, la razón y la intuición. Jung, en la formulación de los tipos, organiza unas díadas entre las funciones que él clasifica como “masculinas” ó “activas” (razón y sentimiento) y las “femeninas” ó “pasivas” (sensación e intuición), para cruzar cada función predominante con el carácter intra ó extra-vertido y así configurar las características de la relación entre los humanos y su entorno. Posteriormente se han derivado variantes de tal formulación como los tipos de Myers-Briggs ó más recientemente los temperamentos de Keirsey. No hace falta discurrir demasiado para deducir que cuanto mayor equilibrio exista entre las funciones psicológicas tanto más armónico será el devenir evolutivo del individuo porque acusará menos las operaciones que desarrollará su psique con el fin de compensar las eventuales carencias. Desde este punto de vista las cuatro funciones son absolutamente necesarias y el hecho de que normalmente los individuos presenten algunas de las funciones más desarrolladas no implica necesariamente categorización evolutiva. Sin embargo, las funciones por ellas mismas tienen un orden jerárquico que va de menos a más conciencia, del mismo modo que el proceder de la maduración a través de los diferentes períodos de la infancia  tal como los plasmó J. Piaget en su obra. Bajo esta perspectiva podemos establecer que la sensación es la función psicológica más primitiva, propia de todo ser vivo; diferenciada en los cinco sentidos en los animales superiores. La sensación es la más “física” de las funciones psicológicas. Su contrapartida orgánica material está en el cerebro primitivo o reptiliano. Igual que el cerebro límbico se sitúa sobre el reptiliano, el sentimiento sigue a la sensación en la jerarquía de la percepción. Si las sensaciones son un driver para las conductas más primarias, las emociones lo son para conductas más evolucionadas, propias ya de las especies superiores, especialmente de la humana. Las emociones tiñen las sensaciones e incluso tienden a hacer lo mismo con el raciocinio, confundiéndose incluso a menudo con las intuiciones. Si las emociones son los caballos que tiran del coche, el raciocinio es el cochero que dirige los caballos. Si se enganchan al coche unos caballos salvajes, el deambular frenético hasta el colapso está asegurado. El raciocinio se relaciona con el neocórtex. Después de la cristalización y posterior glorificación de la razón que supuso la Ilustración europea, la consiguiente negación de la razón que supuso el Romanticismo y la consiguiente negación del Romanticismo que supuso la primera postguerra mundial, en nuestra época hemos hallado finalmente la conjugación de ambas necesarias funciones en un todo jerárquico al que llamamos inteligencia emocional. La última función, la intuición, es la menos conocida por ser la más evolucionada. Es, en cierta medida, una función transracional, en la que juega un papel importante el inconsciente y la experiencia. Mantiene una puerta abierta al pasado pero mira especialmente hacia el futuro, conviertiéndose en el motor de las búsquedas más profundas. Es un pegaso que ha logrado integrar al cochero y tira del carro en la oscuridad.

jueves, 3 de junio de 2010

Volcanes





Una populosa región se despierta un día sacudida por la erupción del volcán situado en sus inmediaciones. Las escenas de pánico se suceden mientras la actividad volcánica se intensifica. Al cabo de unas horas buena parte de la zona y sus habitantes han quedado sepultados bajo la lava. Este hecho es interpretado de forma diversa atendiendo al grado de evolución que presenta la civilización en cuestión:


· El volcán se ha enfadado porque este año no se le han tributado todavía los sacrificios humanos que exige periódicamente.

· Los dioses han decidido castigar a la población por no haber obedecido sus preceptos y haber descuidado el culto a la divinidad.

· El volcán ha entrado en una fase de erupción después de estar muchos años en reposo y haber olvidado los ciudadanos el potencial peligro que supone vivir a su lado.

· Se ha llegado a una etapa de desarmonía expresada tanto en las deterioradas relaciones de los humanos entre sí y para con la naturaleza como en la actividad telúrica natural.

· El volcán tranquilo, el volcán en erupción, la ciudad, la naturaleza, la vida y la muerte; todo es uno.

No hay que suponer que alguna de las interpretaciones sea cierta y alguna sea falsa. Todas son ciertas a cierto nivel de desarrollo. La idea de que la 3ª propuesta es la cierta y las otras son falsas está absolutamente teñida de su propio nivel de desarrollo (mental-racional). Hoy día difícilmente nadie en una sociedad industrial (y menos post-industrial) creería que la primera respuesta –la mágica- pudiera ser cierta, pero nuestros ancestros no hubieran opinado lo mismo. Encontraríamos mucho más fácilmente adeptos de la segunda propuesta, la propia del mito. De hecho, la calificación de verdadero/falso es un dualismo propio de la etapa mental-racional. Más allá en la evolución la dualidad se funde y con ella la causalidad y la relación sujeto-objeto, restituyéndose el pensador a su lugar dentro del mundo y dejándose de erigir como el observador independiente de una percepción externa.

sábado, 22 de mayo de 2010

Antropocentrismo


Debido, sin duda, a la tendencia gradualmente expansiva de la conciencia, con algunos de los estadios centrados en uno mismo, la historia de las ideas ha pasado por una fase fuertemente teñida de antropocentrismo. Existió, desde luego, una fase previa al surgir del yo, dominada por la identificación con el medio. En tal fase la percepción directa, animal, del fight or flight, hace de driver conductual. En esta fase la divinidad está representada por los astros, algunas especies animales o vegetales, los ríos, volcanes ó truenos. Con el advenimiento de las épocas míticas las divinidades comenzaron a antropomorfizarse (El “Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” del Génesis hebreo) y las percepciones a hacerse más abstractas, más asociadas al lenguaje y a agruparse en haces imbricados. Con el advenimiento de las etapas mentales las divinidades resultaron plenamente personalizadas (el “Dios es nuestro padre celestial” de Jesucristo) mientras que las percepciones dieron origen a unos lugares comunes que se fueron haciendo progresivamente externos a nuestra percepción. En la última porción de la etapa mental, la etapa mental-racional, que se correspondería más ó menos con el período de la Modernidad, esta vida externa de las percepciones llegó a su máximo apogeo. Todavía Kant, en plena Ilustración (la cumbre de la Modernidad), revisando en sus críticas la propia etiología del pensamiento, y poniendo a la postre la primera pica en Flandes contra de la propia Modernidad, concede a las percepciones del espacio y el tiempo la categoría de precondiciones de la experiencia, es decir, que representan elementos externos e independientes de nuestros juicios, tal como había postulado Newton desde el punto de vista de la Física. Con el advenimiento de las primeras pinceladas de la época transmental se pudo advertir que no solo se estaba antropomorfizando sino que se encubría a posteriori dicha operación. En el mundo de la Física, la relatividad general asumía que el concepto de espacio dejaba de tener sentido cuando se manejaban magnitudes astronómicas, mientras que la mecánica cuántica mostraba que dicho concepto tampoco era útil cuando se estudiaban distancias subatómicas. Ya anteriormente, la relatividad restringida había enseñado que el tiempo no pasaba por igual para todos los observadores. Todo esto coincidió con la progresiva substitución de las deidades personalizadas de las religiones tradicionales por una espiritualidad menos antropomorfizada y más cercana al misticismo (“misticismo ateo” ha sido llamado por algunos). El arte de cada época también ha ido de acuerdo con las mencionadas tendencias; desde el arte rupestre, íntimamente ligado con el simbolismo mágico, hasta la transracionalidad que nos propone la música de Morton Feldman.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Correlatos

Leo en el periódico que investigadores de Harvard han constatado que la conciencia moral del individuo reside en una localización concreta del cerebro (hallazgo paralelo a la tesis que A. Damasio sostiene hace años). Pero no solo eso. El equipo ha sido capaz de modificar los juicios morales de sus conejillos de indias humanos con la sola aplicación de un campo magnético sobre esa zona que la deja temporalmente fuera de servicio. No tengo ningún inconveniente en aceptar el hecho de que exista un correlato neurológico de los juicios morales. También existen correlatos neuromotores que rigen cuando Radu Lupu toca el Concierto Emperador de Beethoven; incluso es probable que si se somete a Lupu a un fuerte campo magnético en la zona adecuada, deje de tocar el Emperador como suele hacerlo y lo haga como cualquier estudiante. Las tesis que sostiene el paper vienen a decir que el sentido de la justicia ó de la moralidad no dependen tanto de la educación recibida como de la biología. O sea que vuelve a poner en la palestra la dualidad cartesiana, decantándose en lo que concierne al tema estudiado hacia uno de sus términos, el de la materia. Creo que el error es precisamente éste: el querer cubrir cualquier juicio con esta dicotomía. Los juicios morales, el lenguaje (al que también hacen referencia los investigadores) y el arte de hacer música están representados todos en la biología, pero unos individuos los desarrollan más que otros. El día que la experiencia y el desarrollo obtenido con esfuerzo se puedan activar con un campo magnético (y espero que ese día tarde en llegar, si ha de hacerlo) tendré que revisar buena parte de mis ideas. Lo que sí ya ha llegado, me temo, es el método meramente físico para provocar regresiones en los ciudadanos. ¡Cuidado con los campos magnéticos!

miércoles, 1 de julio de 2009

Yoidad


Acabo de leer el último libro que ha publicado Douglas Hofstadter, Yo soy un extraño bucle, en donde el autor propone, desde un punto de vista puramente reduccionista, un modelo de consciencia basado en dinámica de sistemas. Aunque el estilo de este autor sea siempre de lectura agradable, no estoy seguro de que cuando utiliza términos como dualismo cartesiano ó experiencia se refiera a los mismos conceptos que los filósofos ó psicólogos suelen asociar a dichas palabras. Si bien estoy de acuerdo con varios de los razonamientos y conclusiones con que Hofstadter adorna su obra, creo que evita profundizar en lo que su discípulo David Chalmers denomina the hard problem of consciousness y para zanjar la cuestión adopta el punto de vista de transparencia cognitiva/fisicalismo radical que tanto abunda en el mundo de los científicos. Así, la consciencia es considerada como un emergente de alto nivel a partir de fenómenos microscópicos de bajo nivel, mientras que la “yoidad” es vista como una especie de espejismo que un extraño bucle de autorefuerzo alimenta constantemente a lo largo de la vida y que, en realidad, se puede considerar repartido entre un colectivo de individuos. El autor compara esta emergencia en el cambio de nivel con la significación que adquieren las letras cuando se ordenan adecuadamente formando palabras y éstas formando frases capaces de transmitir mensajes ó los sonidos musicales aislados que solamente adquieren sentido cuando se agrupan en frases y sistemas de nivel superior. Pero aquí la metáfora creo que apunta hacia las debilidades del sistema de representación más que hacia la fuerza de un símil ilustrativo. Las letras de un alfabeto se pueden considerar signos que han tenido su evolución. De la misma manera que Hofstadter explica que un “yo” no nace sino que se va formando progresivamente, los signos de la escritura no nos vienen dados: progresan y, lo que es más importante, en todo momento se corresponden con unas sonidos que resultan de la descomposición de unas palabras que también han nacido y evolucionado a partir de células primitivas. Cuando la práctica literaria por un lado y la teorización estructuralista por el otro llegaron a vislumbrar la posibilidad de desconexión entre signo y significación –cosa que supuso un avance radical a costa de una pérdida también radical- el mundo se empezó a poblar de elementos lingüístico-literarios virtualmente transracionales que la postmodernidad acabaría popularizando. De igual manera, una nota musical aislada puede tener una significación (transtonal/aperspectivista) que la práctica musical –Scelsi, Feldman,…- hace ya mucho tiempo reveló. Los atisbos que la propia autocrítica –entusiasta y sincera- de Hofstadter deja para la apertura de nuevas estructuras de conciencia se limitan a clasificar tales aproximaciones o bien como “dualistas” o bien como panpsiquismo. Y una vez establecido el carácter autoengañoso de la yoidad (tesis a la que se puede llegar partiendo desde muy diversos enfoques iniciales) el autor asume que tal engaño es absolutamente necesario por lo que hace a la supervivencia de la especie y que se hace necesaria la convivencia con la paradoja, considerando inútil liberarse de ella tal y como proponen el zazen ó el taoísmo. Pero tal liberación ¿No correspondería a la irrupción en la conciencia de un nivel de percepción superior?

martes, 10 de febrero de 2009

Simpatía


Todos hemos experimentado la sensación de ganas de orinar al oír el repiqueteo del agua cayendo, por ejemplo cuando llueve. El estímulo que provoca la relajación del correspondiente esfínter es enteramente auditivo pero el fenómeno mantiene un trasfondo que un humano primitivo calificaría de “mágico” y un humano más evolucionado de “experiencial”. Una vez más, es como si se estableciera una resonancia entre el movimiento de ambos líquidos. Hoy día los neurofisiólogos, profesionales a los que con mucha (demasiada?) frecuencia se toma por referencia en el campo de la mente, parece que se han puesto (bastante) de acuerdo en afirmar que entre las mentes de individuos que se hallan en situación de empatía se establece una resonancia que de alguna manera las comunica. Lo que no acaban de explicarse estos señores son los misteriosos intercambios de información que parece que se tendrían que dar entre los elementos individuales de una bandada de pájaros o un banco de peces cuando todos cambian súbitamente de dirección. Ya he hablado de la resonancia que unifica a una orquesta “bien afinada” independientemente de los esfuerzos del director. En todos estos casos no estaríamos tanto ante una cuestión de estímulo-respuesta como ante una forma de resonancia (en la orquesta, a diferencia de las agrupaciones de animales, los movimientos sincronizados de los arcos de las cuerdas sí que serían reflejo de un estímulo-respuesta más que una resonancia). En el caso del movimiento de líquidos la resonancia se referiría más a simpatía de naturalezas que a formación de sistemas, tal como sucede con las frecuencias de resonancia entre cuerdas simpáticas, sopranos y copas de vidrio ó puentes y pelotones militares. Aunque estos ejemplos, a diferencia del caso del pipí, -y del fenómeno estudiado y descrito por Pavlov- no precisan de ningún tipo de fenómeno experiencial (o sea, que involucre a la conciencia).

martes, 20 de enero de 2009

Revelaciones


Cuando un suceso –más frecuentemente negativo que positivo de entrada- cambia de golpe el rumbo de nuestra vida en muchas ocasiones lo percibimos como algo que teníamos delante nuestro pero que no acertábamos a vislumbrar; como si su acaecimiento nos revelara o hiciera conscientes de algo que siempre había estado ahí. El cúmulo de tales percepciones puede hacer de una vida todo un proceso de toma de conciencia que, de forma consecuente, configurará en nosotros un universo orgánico de experiencias. Además, dicho entramado no nos permitirá la marcha atrás: cuando Orfeo es conducido a los infiernos para recuperar a Eurídice, debe de recolocar sobre sus ojos la misma venda que tenía antes de su desaparición. Pero la vuelta atrás parece vana: la venda no puede ocultar ya nada después de haber caído una vez. En algunos casos incluso podemos llegar a percibir cierto sabor conocido, como si, tras los decorados espacio-temporales y socio-culturales que nos arropan, intuyéramos algo a nivel más fundamental. No voy ha hacer ninguna cábala sobre el origen ó significado de tales percepciones que como tales nos informan “como si”. Allá cada cual con sus referentes conscientes ó inconscientes. Otra cuestión mucho más profunda es la posibilidad de la existencia de percepción/experiencia a-referencial.

lunes, 18 de septiembre de 2006

Cualquier tiempo pasado fue mejor...


Existe en castellano una frase hecha que usualmente se recita sobre un trasfondo irónico: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La propia mente, no obstante, analiza la frase hecha y llega a la conclusión de que su enunciado no se sostiene en absoluto desde un punto de vista racional. Esta evocación del pasado en general, vivido ó no vivido, como un estado de beatitud al cual se ansía retornar, es típica de la estructura mítica de conciencia. Debido a que la conciencia mítica se sitúa en cierta manera fuera del tiempo, lo que psíquicamente ansiamos en realidad no es otra cosa que el escapar al “flujo del tiempo” (aunque tal concepto también es prisionero de otra estructura de conciencia, la racional). La estructura mítica de la conciencia no es más falsa ó verdadera que la racional; simplemente es menos evolucionada ó diferenciada. El Paraíso Perdido al que se puede retornar también está en la base de muchas religiones aparecidas en plena época de conciencia mítica. Lo más notable es que cuando evocamos hechos que nos han acaecido en épocas pretéritas de nuestra vida, también entonces tendemos a dejar que nuestra estructura mítica de conciencia canalice la operación. Por unos momentos anulamos la estructura racional y quedamos presa del encanto de Circe, lo que puede suponer cierta involución. Nuestra mente nos acostumbra a liberar rápidamente de tal encanto y ahí nos quedamos. Es decir, la estructura de conciencia más evolucionada que poseemos logra que las estructuras subyacentes lleguen a integrarse y “transparentar”. Pero el hecho en sí de la atracción hacia el pasado mítico puede no ser otra cosa que un sucedáneo, como apuntaba antes, de un deseo de superación de la conciencia del tiempo (del tiempo racional). Esta superación sólo se puede lograr por integración: llegar a observar el tiempo desde una posición situada más allá de él. Ello supone el llegar a hacer transparente la propia estructura racional. El nunc stans de los filósofos, por contraste con el nunc fluens. La eternidad vista no como el tiempo infinito sino como la cesación del tiempo. Algo así como lo que nos propone Olivier Messiaen en el Quatuor pour la Fin du Temps.

viernes, 8 de septiembre de 2006

Digitalización


Parece que la vieja pregunta que ya se hacían los más primitivos filósofos griegos acerca de la posible reducción de la calidad a la cantidad se halle ahora totalmente respondida. Los modelos sugeridos por la digitalización aparentemente así nos lo hacen ver. Estos modelos, partiendo del mundo de la informática, se han propagado bien lejos: no tan sólo se ha llegado a concebir el funcionamiento del cerebro como el de un ordenador sino que también se percibe el código genético como una gran reducción atomística de la información, que a través de determinados mecanismos se corresponde con los trasuntos observados macroscópicamente. Todo ello no es verdad ni es mentira; se trata simplemente de un modelo que configura fuertemente nuestras percepciones. Existen también modelos alternativos, por ejemplo los de tipo holístico, que sostienen que el genoma no se corresponde con una reducción atomística sino con una red sistémica. El modelo holonómico de Pribram también pertenecería a este tipo. Una vez más intuyo que la solución aparente del problema calidad/cantidad no pasa por la reducción de la una a la otra. Calidad y cantidad son dos conceptos característicos de un determinado estado evolutivo de la conciencia: el estado mental-racional. La mera reducción de un concepto al otro sufre del mismo error categórico que aparece cuando, por ejemplo, se contempla el concepto del destino –concepto que corresponde típicamente a la conciencia mítica- desde una perspectiva mental. La ampliación de conciencia, por tanto, como integradora de aparentes dualismos.