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sábado, 10 de mayo de 2025

Velas

 


         Última moda en conciertos 'pseudo-clásicos': el candlelight concert. El candlelight concert es el equivalente musical del libro de autoayuda o de la sesión de terapia new age . Yo, en principio, no tengo inconveniente en que convivan todas las tendencias, clases, niveles de exigencia, paladares, sensibilidades, estilos. Pero el problema aquí -¡y en tantos otros lugares!- es que la vulgaridad, el grado más bajo de exigencia, la ley del mínimo esfuerzo, la ley de los grandes números, la autocomplacencia, el cultivo insidioso del ego y la futilidad del usar y tirar están desplazando cada vez con más fuerza al cultivo del esfuerzo, la meritocracia, la alegria del alma, los valores clásicos, la búsqueda de sentido, la inteligencia. Los dirigentes dejan los temas culturales en manos de los supuestos expertos a quienes únicamente les preocupa 'estar al día'. Aunque este estar al día suponga lanzarse en brazos de todo lo que apuntaba. En la postmodernidad todos los puntos de vista tienen igual valor, el del sabio y el del cretino, el del exegeta y el del consumidor despistado, el del maestro y el del ignorante. Lo que constituye el mayor valor para la democracia constituye, en otro contexto, el mayor veneno para la vida cultural, parte integrante de la vida espiritual. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Perspectivas


                     Estoy leyendo –por imperativo laboral e intercalado entre otras cosas ciertamente más jugosas- un libro sobre mindfulness. Seguro que no es el peor libro que se ha publicado sobre el tema que entra en ese incierto apartado que las librerías dedican a “auto-ayuda”, “new age” o similares. Incluso diría que algún párrafo me ha parecido bien sintetizado y suficientemente aséptico. (No diré de qué libro se trata: está escrito por profesionales poco dudosos desde el punto de vista “ortodoxo”). Después de afirmar que la cultura oriental ha mantenido una postura diferente a la occidental y por eso considera al cuerpo tan importante como la mente para el equilibrio individual los autores lanzan un estentóreo: En los últimos años, los descubrimientos científicos apoyan la hipótesis oriental de la importancia del cuerpo en nuestro equilibrio. Es decir, que aceptamos la hipótesis oriental porque si la analizamos con el rasero más sagrado que posee la civilización occidental, sorprendentemente, obtenemos un resultado favorable para tal principio nacido fuera del cientificismo. Si consideramos que Oriente es el complemento dialéctico de Occidente y vice-versa, ¿no seria mucho mejor escribir: En los últimos años, los descubrimientos científicos coinciden con la tradición oriental …? Al menos sonaría menos etnocéntrico y condescendiente e incluiría a la ciencia dentro del conjunto de de la post-modernidad (de la cual la hacemos salir por miedo de sentirnos desnudos).

viernes, 24 de febrero de 2017

Verticalidad


                  Decidí pasar aquella absurda tarde de forma alternativa. Como una hoja mecida por el viento. Sin juzgar ni clasificar. Llevaba demasiado tiempo intentando –la mayor parte de las veces, de forma infructuosa- guiar, planificar, calcular, anticipar, prever, actuar. Todo lo que los inciertos profetas del New Age dicen que es malo. Ellos afirman contundentemente -en libros que se venden como rosquillas- que no hay que hacer todas estas cosas sino expresar libremente los sentimientos, cantar, bailar, tocarse y dejar de una vez por todas de controlar. Vivir el ahora. Eso es lo bueno. Como yo creo que mucho de lo bueno es malo y que Platón veranea en Éfeso, tierra de Heráclito, decidí no seguir la ruta A ni la ruta alternativa no-A. Existen muchas otras posibilidades. Así que después de comer frugalmente emprendí la vía hacia mi experiencia iniciática. Me acerqué a unos grandes almacenes, que a esa hora no se hallaban especialmente concurridos –me gusta almorzar pronto- y me dirigí directo hacia el ascensor. Era un ascensor acogedor, adornado con una suave iluminación difusa y moquetas en sus paredes.  Este detalle hacía que, de no ser por la leve musiquilla que se escapaba por un disimulado altavoz, tu sentido auditivo tuviera una extraña sensación de “señal sonora negativa” –eso era lo que sucedía entre pieza y pieza de la leve musiquilla-. Digo entre pieza y pieza por el tema de la cesación de sonido, no porque las diversas (¿piezas?) se caracterizaran precisamente por su variedad. De todas maneras este ir hacia ninguna parte de la música (aunque cualquier otra parte del espacio musical probablemente me habría satisfecho más) encajaba perfectamente con la naturaleza de la experiencia que ahora iniciaba. Sin pensarlo dos veces, pulsé el primer botón con que mi dedo índice se encontró y las puertas del ascensor se cerraron. A partir de aquel momento me dejé llevar por los acontecimientos, sin valorarlos, juzgarlos, clasificarlos; pero tampoco bailé ni canté ni pensé en tocar a nadie. El aparato se elevó unos cuantos pisos por encima de la planta y la puerta se abrió. La música de la planta correspondiente (¿informática? ¿lencería? ¿cosmética?) se mezcló con la que llevaba incorporada mi nuevo vehículo. La mezcla no hizo variar el resultado final, que seguía sonando cual musiquette impertérrita. Toda la música que sonaba en el edificio estaba cuidadosamente seleccionada de forma que las tonalidades siempre coincidieran y no provocaran en el presunto cliente ningún deseo consciente o inconsciente de abandonar el edificio. Como en la nueva planta no entró nadie (¿quizás algún cliente impaciente había abandonado la espera del ascensor?) la puerta se volvió a cerrar y el aparato se quedó estacionado allá mismo. Procuré respirar de forma suave para no enrarecer la atmósfera. Aunque esta posibilidad me parecía remota hubiera dado al traste con mi velada, caso de llegar a producirse. No hubo pasado ni un minuto cuando la caja suspendida volvió a ponerse en marcha a lo largo de su ruta vertical. De nuevo ascendente. Cuando se abrió la puerta, probablemente en la cafetería, dado el sonido de repiqueteo de vasos y máquinas de café mezclado con cierto griterío controlado, entraron en mi compartimento dos individuos. Llevaban maletín e iban vestidos con trajes, que lucían de forma desaliñada, detalle que ligaba con el descuido que mostraban sus zapatos, mal abrochados y largamente alejados de cualquier contacto con el betún, al que parecían haber ya olvidado. Iban hablando de sus cosas, por lo que apenas me saludaron. Su conversación mezclaba temas laborales y temas de chismorreo (también laboral; sí). En el preciso momento en que empezaba a elaborar una interpretación, a la que inexorablemente hubiera seguido un juicio, aborté cualquier intento de intromisión, que hubiera dado al traste con los objetivos de mi experiencia. Observé más detalladamente. Uno de los individuos era bajo y con aspecto de haber sido rubio en su niñez, ya que todavía mostraba mechones de cabello dorado en medio de una gama cromática que iba desde el castaño oscuro hasta el blanco. Hablaba de forma vehemente, muy seguro de sí mismo.
-Lo que te digo, hombre! En las evaluaciones por objetivos de este año exigen dibujar una curva de Gauss de manera que ya puedes ir apañándotelas para que tus mindundis no protesten.
-Me tendré que ir aplicando el cuento yo también. Mi jefe no tiene piedad. Es capaz de cortar cabezas solo por ascender.
Cuando la conversación empezaba a hacer cierto efecto –no deseado- sobre mi conciencia el ascensor se paró y los hombres trajados descendieron de él. Entró un grupo de tres mujeres de mediana edad. Iban vestidas de manera ostentosa, pero de alguna manera su indumentaria no armonizaba del todo con su fenotipo. Hablaban todas a la vez y apenas se entendía lo que decían. Cazando palabras al vuelo adiviné que el tema que las ocupaba era la estética. No la Estética a la que Aristóteles o Kant habían dedicado una no desdeñable parte de su vida, no. Hablaban de otra estética más mundana. Y no precisamente aplicada sobre las partes visibles de su anatomía. Más bien sobre partes más íntimas. Contuve de nuevo mis ideaciones, mis opiniones y mis sarcasmos. Me costó pero lo conseguí (bueno, para ello tuve que recitar mentalmente un trozo e la tabla de multiplicar; concretamente la del siete). Cuando por fin bajaron las alegres comadres de mi segundo grupo me sentí aliviado. Aliviado y renovado. La tabla del siete había surtido su efecto. Me dispuse a respirar lentamente mientras esperaba mi nuevo servicio, pero de nuevo apenas tuve tiempo libre. El ascensor se movió, otra vez en ruta hacia abajo (curiosamente me estaba empezando a acostumbrar a mi unidimensional ruta). Cuando se abrieron las puertas entró un adolescente junto con una mujer de más edad. El quinceañero se veía sensiblemente azorado por estar siendo acompañado por su madre.
-¡Te comprarás unos pantalones que parezcan nuevos y basta!
-Ya sabes que yo quiero los gastados y agujereados…
-Cuando te independices usa la ropa que quieras, pero mientras vivas con nosotros….
Las últimas palabras se disiparon por el corredor de la planta en la que se había depositado mi nave, y casi se fusionaron con un griterío de chicas que se aproximaban corriendo al ascensor.
-¡Cójelo tía, y pon una pierna para que no se cierre la puerta!
Un numeroso y creciente grupo de teenagers fue replegándose dentro del elevador, que pronto se quedó pequeño para albergar tamaño tropel. Mi cuerpo fue aplastándose contra una de las paredes, y pronto quedé aprisionado. Era igual. No me apeaba en ninguna planta. Ya saldrían en un momento u otro. Cerré los ojos y me concentré en una imagen de espacio abierto luminoso hasta que el tiempo se detuvo y ya no percibí el entorno como algo ajeno, molesto o inquietante. Cuando bajó el grupo noté que tenía ganas de orinar. Más ganas cuanto más pensaba que no debía hacerlo. Pronto me encontré con un dilema y para solventarlo se me ocurrió que si y solo si en mi próxima parada veía una indicación sobre las restrooms saldría unos instantes de mi cueva para vaciar mi vejiga. Después vino la pausa mayor que había conocido en todo el experimento. El ascensor estuvo por lo menos diez minutos sin moverse. Hasta llegué a pensar que se había estropeado. Cuando por fin lo hizo noté que la presión sobre mi vejiga aumentaba. ¡La de cosas a que se agarra la mente! Al abrirse las puertas esta vez tuve una sorpresa ya que entró un individuo con un aspecto turbador. Lucía una gabardina raída de esas que hacen las delicias de los consumidores de novela negra americana. Es más, se hubiera dicho que llevaba algo escondido dentro de la gabardina, ya que su mano derecha parecía hacer una especie de acrobacia para mantener erguido un bulto desconocido. Cuando el individuo notó que lo miraba (no percibió mi desinterés) frunció el ceño y pareció iniciar una mueca a medio camino entre la sonrisa irónica y la amenaza. Por suerte en ese momento el ascensor se paró en la planta baja y el tipo salió corriendo. Si llevaba mercancía robada, pobre diablo, no tardaría en sonar la alarma en la salida. Aunque quizás fuera más listo y habría logrado desactivar la fuente magnética de seguridad. No lo supe nunca pues al punto mi nave volvió a activarse. Esta vez voló hasta el último piso en donde un numeroso grupo de orientales lo ocupó, no sin antes realizar las rituales reverencias hacia mí. De uno en uno. Me pareció un acto maravilloso y atemporal. Como un eterno saludo que siempre es el mismo y a la vez siempre se renueva. Cuando al fin logramos partir el ascensor, demasiado sobrecargado, se paró entre dos pisos. Con unos veintitantos pares de pulmones gastando el oxígeno de su interior. Los orientales, por suerte, y haciendo gala de su trasfondo cultural, se mostraron imperturbables. Como parecía que tuvieran ciertas dificultades con el idioma local, finalmente fui yo quien se acercó al timbre de seguridad para pedir ayuda. Una voz metálica y sin alma me guió en las operaciones de desbloqueo, Después de innumerables intentos –repletos de problemas semióticos- logré por fin desbloquear el ascensor, que se puso en marcha hasta la siguiente planta. Al llegar, mis compañeros de bloqueo se despidieron con una reverencia más afectuosa que la de entrada. Incluso algunos de ellos se dirigieron a mí para agradecerme el acto. Bueno, esto último lo supongo porque no entendí ni una sola palabra. Cuando el grupo oriental se hubo esfumado dejó ver un técnico de mantenimiento que entró a hacer algunas comprobaciones.
-A qué planta se dirige usted? –preguntó, para mi desazón, aquel antipático individuo.
-Uhhhh…bueno, la verdad es que no lo tengo claro….
-Pero ¿qué sección busca usted?¿qué quiere usted comprar, vaya?
-Pues la verdaaaad….es que….no quiero comprar nada…
-Ya, como mucha gente, ¡que solo viene aquí a pasear!
-Pues si, eso es.
-Pero debe ir usted a alguna planta…
-Pues verá usted: no. Estoy haciendo un experimento psicosocial que…
-¡Vaya! ¡Ya tenemos a un sabihondo que nos viene a analizar!
-No, oiga: precisamente he venido a no analizar nada de lo que vea.
-Pues mire que es usted raro…enfin, aquí parece que todo está en orden.

El operario se retiró con un intento descortés de saludo. En aquel momento recordé mi vejiga llena y al punto las ganas de orinar desbordaron mis parámetros. Salí y, cosa notable, hallé un wc casi al lado del ascensor. Después de aliviarme volví a mi pequeña estancia, pero en aquel momento estaba de servicio. Me sentí extrañamente excluido. Una vez pulsado el botón un grupo de gente formó una cola a mi lado. Parecían satisfechos con las compras que habían realizado. Uno de ellos, que llevaba un periódico en la mano, comenzó a comentar las noticias del día. El tono se hizo progresivamente más alarmista hasta que, quizás por miedo, la conversación volvió de nuevo a versar sobre las maravillosas compras recién realizadas. Cuando apareció mi vehículo todos se precipitaron puerta adentro y de nuevo me hallé en movimiento. Cuando, de forma casi maquinal, miré mi reloj, no pude dar crédito a lo que veía: era ya la hora de cerrar el establecimiento! El tiempo había quedado suspendido durante aquella tarde alternativa. Mientras abandonaba el recinto pensé como podría pasar la tarde siguiente: ¿flotando?¿mirando las nubes? La almohada lo decidiría.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sanadores



A lo largo de mi vida me he relacionado con numerosos practicantes de la medicina New Age: sanadores, naturópatas, homeópatas, cosas más folklóricas…Una gran mayoría de ellos están en posesión de la verdad absoluta y son adeptos de una religión que combina sin pudor irracionalidad con avidez monetaria. Debo advertir (¡o quizás no haga ya falta a estas alturas!) que siempre he estado muy interesado en las vías alternativas, en la heterodoxia y en las visiones amplias que tengan suficiente enjundia como para ir más allá de la en ocasiones miope y acomodaticia ortodoxia. Pero pretender que esta operación se pueda hacer sin esfuerzo y a gusto del sacerdote-sanador, eso todavía es peor que la miopía y la mediocridad. Un elevado porcentaje de los sanadores New Age otorga al paciente la culpabilidad de su dolencia. Si uno sufre de la vista es que tiene un corazón tan duro que no quiere ver el mundo; si uno sufre de la piel es que tiene una rabia contenida y una visión negativa que le impide la sanación; si uno tiene cáncer es porque no ama lo suficiente….No es difícil ver una relación con los procesos de caza de brujas que organizaban las fuerzas vivas en el S XVI. Cuando los miembros de estas sectas pretenden explicar sus a menudo gratuitas apreciaciones en términos científicos –rationale incluído- es precisamente cuando aparecen como más patéticos (en numerosas ocasiones apelan a la mecánica cuántica, algo sobre lo que no tienen la más remota idea). No tengo ningún prejuicio que me impida creer que existen aproximaciones al mundo de la sanación diferentes de las occidentales, heterodoxas ó incluso increíbles. Lo que a estas alturas ya no creo en absoluto es que tales aproximaciones nazcan en una zona prerracional y a gusto personal del que las inventa o adapta a su –normalmente perturbada- personalidad. Muchos de estos charlatanes acaban confesando que ellos mismos han estado enfermos porque alguien –o sea, ellos mismos- les ha hecho mucho daño emocional. Por eso han acabado tan resentidos e invariablemente amenazan a sus atemorizados pacientes que si no siguen sus instrucciones al pie de la letra irán de mal en peor (extra ecclesiam nulla salus). Después indican el precio de la consulta rápidamente y en voz baja, quitando hierro al asunto, que suele consistir en una importante suma de dinero (negro). Por eso alguien (¿Woody Allen?) dijo que cuando alguien te habla de forma exclusiva de Dios o de salud ya puedes preparar el bolsillo.

viernes, 29 de julio de 2011

Romanticismos

                        La parte más negativa de las posiciones comunes es su carácter insidioso. No se notan. Te encuentras sumergido en un caldo social y cultural hacia el que tus percepciones, a fuerza de contacto, han perdido ya su sensibilidad. En una conversación reciente, y al comentario de mi interlocutor –para nada proveniente del campo de las ciencias “objetivas”, debo recalcar-, de que la bioquímica determinaba tales y cuales comportamientos, alegué que sí, que la bioquímica era el correlato “externo” del asunto. Entonces mi interlocutor me miró con cara rara, como si estuviera frente a un habitante del pleistoceno con sospechosos ribetes vagamente “a-científicos”, “irracionales”, “ocultistas” o, peor aún, “religiosizantes”. Al cabo de un momento, en un nuevo comentario, mostró su solución mágica frente a la imposibilidad de conjuntar una visión chata del mundo como la que había abrazado hacía un instante con el mundo interior no reconocido por el contexto social-cultural predominante: el romanticismo. El romanticismo como posición desesperada, como regresión a los supuestos orígenes prístinos, vírgenes, ante la imposibilidad de evolución en la dirección aparentemente única que nos plantea nuestro entorno más visible, nuestra posición común (aunque mucho menos común de lo que muchos creen). ¿Tanto cuesta ver que los pensamientos, el dolor (físico ó emocional), la felicidad, el goce estético, la compasión y otras mil cosas son experiencias personales que tienen sus correlatos “externos” observables, pero subjetivas (ó intersubjetivas) y vividas únicamente en primera persona? (y que todo ello no tiene nada que ver con la supuesta irracionalidad ú ocultismo, términos todos ellos que hacen solamente referencia a otra posición común, otro cliché). Respecto a la des-integración involutiva romántica, acabo de leer una cita de Michel Focault que viene como anillo al dedo: Creo que hay una tendencia fácil y generalizada que debemos combatir: la de designar como nuestro primer enemigo aquello que acaba de ocurrir, como si siempre fuera la peor forma de opresión de la que nos tenemos que liberar. Esta simple actitud implica una serie de peligrosas consecuencias: primera, una tendencia a buscar una forma barata de arcaísmo o una antigua forma imaginaria de felicidad que la gente, de hecho, nunca tuvo. En este odio al presente hay una peligrosa tendencia a invocar un pasado totalemente mítico. Gran parte de los movimientos del New Age, dicho sea de paso, caen dentro de esta descripción.


jueves, 11 de febrero de 2010

Indigo children

Leo en algún lugar un escrito sobre un tema que hace años que coletea y creo que constituye un ejemplo bastante claro de la falacia pre-trans que suele acompañar a muchas de las manifestaciones de los movimientos New age. Se trata del fenómeno de los niños índigo. Estos niños encarnan supuestamente una nueva etapa evolutiva en la historia del desarrollo de la conciencia. Es por ello que no encajan en absoluto en su entorno, poseen un comportamiento autista –ya que supuestamente se comunican transverbalmente- y no creen en la autoridad de padres y educadores. Por mi parte estoy convencido de que la humanidad está sufriendo –como todo el universo, por su parte- un desarrollo desde el origen y que además dicho desarrollo se puede objetivizar como discontinuo y proceder de tal modo por saltos cuánticos. No tengo demasiados problemas para admitir que algunos de los niños de hoy puedan llegar a alcanzar un elevado grado de evolución de conciencia en el futuro. Lo que sí me resulta más sospechoso es que dichos niños nazcan ya con una parte siquiera de dicha evolución ya desarrollada. Porque el desarrollo infantil parte del punto cero de conciencia, del punto en que se hallaban nuestros más primitivos ancestros (Piaget y la mayor parte de la psicología al uso dixerunt). Conforme la historia se desarrolla y diferencia, el camino a seguir desde el nacimiento hasta la madurez también se agranda y, evidentemente, aunque un humano y un chimpancé partan de un punto similar, podemos reconocer fácilmente que, en el primer caso, la esperanza de desarrollo es muy superior que en el segundo por un puro problema genético. Volviendo al tema inicial, gran parte de las supuestas cualidades transconvencionales de los niños índigo mucho me temo que derivan de una mala interpretación por parte de los adultos. Lo que para mí no hace sino reflejar la decadencia de un período (y esto, visto desde una perspectiva lo suficientemente lejana, es bueno, ya que permite el nacimiento de uno nuevo) se toma como prueba fehaciente de progreso. Los padres de los supuestos niños índigo prefieren pensar que su hijo es diferente a que esté expresando el malestar de una época: una nueva forma de manifestación de narcisismo. Conviene distinguir entre la rebeldía permanente del monje zen y la rebeldía del revolucionario, que normalmente se acaba en seco el día que consigue hacerse con el poder.