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lunes, 22 de julio de 2024

Paleolítico

 


         Cuando, de buena mañana, encendí mi telefonino, observé con disgusto que se habían vuelto a activar los contenidos informativos personalizados que con tanto afán me había dedicado a silenciar dos días antes. Mientras iniciaba con mi dedo índice derecho el gesto de  que da al traste con la ciber-cháchara indeseada un titular (si; uno de esos personalizados) me llamó la atención: ''La IA logra descifrar la música del Paleolítico'. Los titulares de la prensa cada vez amarillean más, y no digamos los que aparecen en el ciberespacio particular sin ser conscientemente invocados. Aun así, por esta vez y excepcionalmente, puse mi dedo encima para averiguar de qué se trataba. El texto rezaba así:
'La Inteligencia Artificial (AI por sus siglas en inglés) se acaba de apuntar un nuevo triunfo capaz de darnos a conocer más datos sobre la vida y costumbres de nuestros más remotos antepasados. A partir de un análisis exhaustivo de todos los restos arqueológicos conocidos de flautas paleolíticas la AI ha podido reconstruir con la máxima plausibilidad la música que ejecutaban nuestros antecesores hace unos 50.000 años. Basándose en las escalas que dichas flautas generan, las temperaturas, humedades, niveles de anhídrido carbónico y dieta a las que estaban sometidos los neandertales, un programa piloto especializado en música desarrollado en el centro de estudios antropológicos de La Jolla, California, ha generado una secuencia musical que, con una precisión del 56,7%, recrea los sonidos del Paleolítico'.
La noticia también contenía un link que llevaba a un audio mostrando tal secuencia musical. Con creciente incredulidad apreté el link y se inició una especie de música a medio camino entre la que suelen utilizar los peplums y la musiquilla de ascensor con nostalgia de la satiniana 1ª Gymnopedie. La sensación que tuve fue aún más penosa que cuando escuché la música que la AI propuso hace unos años para completar la Sinfonia Inconclusa. Panem et circenses. Amen

sábado, 3 de febrero de 2024

Aislamiento


            Hacía bastante tiempo que A.K. Möritz percibía que tenía ciertas dificultades para manejar su teléfono móvil. No me estoy refiriendo especialmente a sus capacidades para manejar cacharros electrónicos, que una pequeña parte de eso también había (A.K. Möritz pasaba ya de los sesenta). Lo que más le incomodaba ahora era que en determinadas ocasiones -especialmente cuando tenía prisa- es que su telefonino pasara ampliamente de él. Las caricias y masajes que sus dedos aplicaban sobre la pantalla dejaban de hacer efecto, así, con incrementada frecuencia. Aunque el hecho de que no se note que existas garantiza tu libertad -como canta el poeta- un cierto sentido de fastidio se iba apoderando de A.K.M. de manera creciente, y se incrementaba a la vez que sus fallidos intentos de ser obedecido por un artilugio electrónico. El ex-contable atribuía este hecho a un doble motivo: con los años la piel de los dedos se reseca y el contacto que proporciona en otras épocas el sudor y la grasa superficiales desaparece, por un lado, y la edad erosiona también el relieve de la piel con la consecuente desaparición de las huellas digitales, por otro. Este segundo motivo, además, estaba íntimamente relacionado con la pérdida de identidad social, la que corrobora la inutilidad de los viejos que no consumen. A.K. Möritz veía ante sí el panorama negro de una sociedad interesada y excluyente, pero también se planteaba un panorama gris de una sociedad en la cual podía finalmente pasar desapercibido. Aunque la profesión que había proporcionado a A.K. Möritz unos ingresos, modestos, sí, pero suficientes para conceder a su pequeña familia una modesta vida de clase media, era de lo más aburrida que el propio interesado podía imaginar, este hecho no solo no había incidido en el prístino pensar del contable, sino que había desarrollado en él un gusto por la filosofía que, pensaba, lo acompañaría en su vejez, salvo posibles chocheces imprevistas. La jubilación, planeaba A.K. Möritz, lo alejaría del centro productivo de la sociedad, pero lo acercaría a Platón, Kant, Hegel, Wittgenstein, Derrida, Heidegger, Rorty y todos sus filósofos favoritos. Ya que ahora el mundo había corrompido sus personajes ejemplares, trocando sabios, santos, artistas y filósofos por actores de cine de masas, tertulianos televisivos, millonarios narcisistas, modelos con anatomías modificadas, cantantes insulsos y periodistas amarillos, él mismo, en un arranque de pensamiento disruptivo, se encargaría de mantener el altar sagrado del pasado meritocrático. Ya que ahora cualquier idiota con un amplificador electrónico podía convertirse en influencer sin demasiadas dificultades (no tanto gracias a la tecnología sino, sobre todo, gracias a la creciente estupidez generalizada largamente cultivada y mimada), A.K.M. decidió no participar en este perverso juego de retroalimentación. Se aislaría del mundo y se encerraría en su particular torre de marfil, donde se codearía con lo más selecto de la historia del arte, la ciencia y la filosofía. Lo que A.K.M. no llegó a atinar es que esa actitud provocaría un estancamiento de su flujo particular, similar al estancamiento general que tenía lugar en el exterior. Es decir, que se impregnaría de su versión particular de esa postmodernidad que a toda costa pretendía evitar.

martes, 15 de agosto de 2023

Post-cinematografías (iV): Vaivenes


La trayectoria vital de Jacques Hulot bien podía ser considerada como la opuesta de la que había caracterizado la vida de su famoso abuelo, quien, comenzando desde una modesta -aunque siempre alternativa- posición, y siguiendo el camino en los lindares del sistema -rozando incluso lo anti-sistémico- había llegado a consolidarse dentro del sistema (sin abandonar por eso su eterno despiste crónico). El abuelo de Jacques, en efecto, había comenzado a ganarse la vida como cartero repartidor a quien todos consideraban una buena persona, aunque un ineficiente trabajador. Acabó superándose, sin embargo, lo que le permitió disfrutar de unas vacaciones pequeñoburguesas en un modesto hotel de playa en donde desafió las leyes de la gravedad, ignoró la falsa seriedad de los mensajes de los políticos, se identificó con lo ajeno al poder y las buenas costumbres (turistas inglesas, esposos-víctima franceses y algún que otro representante). Antes de tener hijos -a una edad considerada provecta a tal fin- tuvo una relación de abierta camaradería con su sobrino, relación vista con malos ojos por su cuñado Arpel quien, celoso de los secuestros que según él lo alejaban de su hijo, consiguió enviar al pernicioso tío a un empleo en una provincia lejana. Allá, el abuelo de Jacques empezó a pensar que quizás era mejor dar un sentido más práctico a su vida. Decidió volver a París y buscó trabajo en la metrópoli, ahora convertida en la Alphaville que mostraba Godard en su filme. Como acabó cansado de la vida supuestamente moderna de la época volvió a provincias y allí triunfó en una empresa de vehículos como ingeniero-diseñador. Cuando finalmente se jubiló, el abuelo de Jacques no pudo por menos que, volviendo a sus orígenes, situarse en las orillas de la sociedad y a tal fin se enroló como presentador en una compañía de circo. Su hijo -el padre de Jacques- tuvo una vida más estable. Trabajó siempre en el sector de servicios: primero como ayudante de administrativo de 2ª, después como ayudante de administrativo de 1ª, después como administrativo de 2ª, para seguir como administrativo de 1ª …. Y así sucesivamente hasta ser director de todos los administrativos de su sector. Fue lo que se dice un ascenso lento, metódico, y un tanto aburrido. Entre tanto aburrimiento tuvo tiempo para cortejar y formar una familia, que pronto aumentó su número, ya que Jacques nació a los diez meses y medio del matrimonio. El pequeño fue creciendo feliz y estimado, si bien pronto tuvo que compartir la estima de sus progenitores con una hermana, y más adelante con otro hermano y al final con unos gemelos que resultaron ser bastante gamberros. Jacques fue siempre educado en la conveniencia de la frugalidad, el ahorro, las costumbres moderadas, el trabajo constante y la vida tranquila. Fue por ello por lo que eligió la profesión de registrador de la propiedad, superando las eventuales oposiciones un año después de acabar su carrera universitaria de leyes. Al principio, Jacques destilaba una clara sensación de plenitud de vida, que se iba afianzando a medida que su familia y sus documentos registrales crecían. Cuando su esposa se quedó embarazada por tercera vez, Jacques tuvo una experiencia epifánica. Después de asistir -por compromiso hacia un cliente que le había regalado las entradas más que por deseo propio- a una función de la compañía de Pina Bausch, a Jacques el mundo se le vino abajo. Las repeticiones, el errar, la variedad de relaciones humanas, la poesía, en suma, que Jacques percibió en Café Müller, con su lento, estático y a veces azaroso, pero siempre firme avance, le llegaron al alma y transformaron su existencia. En adelante fue incapaz de concentrarse en su trabajo, que empezó a considerar como el más aburrido sobre la capa de la Tierra, incapaz de pensar barajando los términos que hasta entonces habían guiado su vida. Consciente de la necesidad de alimentar a su familia, sin embargo, no abandonó su bufete, sino que más bien lo dejó en manos de sus ayudantes, decisión usualmente -también en este caso- poco recomendable. Jacques se arruinó y fue socialmente excluido, pero tuvo mucha más suerte que la media de mortales, ya que su esposa, que estaba más enamorada de él que de su circunstancia, consintió en abandonarlo todo y seguirlo, junto con su prole, cuando se enroló en el Cirque du Soleil. 

sábado, 1 de julio de 2023

Post-cinematografías (III): Repetir

 


             Cuando Maréchal y Rosenthal, después de su gran aventura, llegaron de vuelta a París no tenían claro si debían presentarse directamente ante su batallón o quizás era mejor desaparecer prudentemente esperando que llegaran tiempos mejores. Su dilema duró poco: a los dos meses escasos de su llegada, la Gran Guerra terminó y pudieron, así, reincorporarse a sus trabajos habituales: Maréchal como mecánico de taller en Belleville y Rosenthal como ayudante de su padre en el banco familiar en Rivoli. A pesar de que su vínculo se había forjado durante la guerra, justamente a causa de su exclusión por parte de las clases aristocráticas, ahora, en la paz, soñaban cosas muy diferentes. Maréchal planeaba su viaje a Alemania para reunirse con la viuda Elsa, de quien se había enamorado profundamente durante la guerra, y con su hija Lotte, quien le había iniciado en la lengua de Goethe (‘Lotte hat Blauen Augen’, solía repetir por aquel entonces). Su plan era llevarlas con él a París e intentar establecer un negocio propio que le permitiera mantener a su futura familia con un nivel de vida digno. Quizás un taller mecánico sin pretensiones, ahora que los automóviles se iban haciendo cada vez más populares. Rosenthal, por su parte, no lo tenía tan claro. Por un lado, se sentía en la obligación de continuar con la tradición familiar e integrarse -y, eventualmente, dirigir- el banco que sus antepasados habían fundado hacía un montón de años, pero, por otro lado, se sentía atraído por la vida bohemia, las tertulias artísticas -recién desplazadas de Montmartre a Montparnasse- y todo lo que oliera a novedad, desde los coches deportivos hasta el charlestón, cosas todas ellas alejadas de la sobriedad de sus antepasados. Además, no tenía ninguna prisa por casarse y tener familia. Pensaba que la vida era muy larga, aunque en su caso, desgraciadamente, se equivocaba. En poco más de veinte años acabaría pereciendo de fiebres tifoideas en el campo de Drancy, mientras esperaba ser transferido a Auschwitz-Birkenau. El negocio de Maréchal, aunque costó de arrancar, fue lo suficientemente exitoso como para atravesar los felices años veinte con holgura, permitiendo incluso vacaciones familiares en Suiza -donde el antiguo teniente rememoró el final de su escapada-, amén de cenas en Maxim’s y algún que otro vestido de Chanel. Cuando el espectro de la depresión apareció en los treinta, la situación se deterioró hasta tal punto que Maréchal y Elsa, junto con Lotte y su marido Jacques Levy decidieron emprender una nueva vida en California, a donde llegaron en vísperas del estallido de la guerra, contienda que demostraría de nuevo que la humanidad volvía a caer presa una vez más de su gran ilusión.

miércoles, 28 de junio de 2023

Post-cinematografías (ll) Pasarela

    

              Los días de Guido Anselmi habían llegado a su fin. Después de un ascenso meteórico como director de filmes de spaghetti western y, posteriormente, cuando este género empezó a pasar de moda, de películas de serie B, su carrera declinó considerablemente, a la misma velocidad con que había comenzado. Este último proceso coincidió con la época en que Italia iba dejando de ser una potencia cinematográfica mundial y sus internacionalmente reconocidos directores iban desapareciendo de este mundo. Anselmi, en su juventud, había soñado con llegar a ser uno de ellos e incluso había estado próximo a uno de los grandes: había llegado a ser ayudante de De Sica en la producción de Miracolo a Milano. Bueno, la ayudantía se limitó a la gestión de atrezzo, desde las escobas voladoras hasta la caprichosa estatua que, una vez cobra vida, apremia a sus sorprendidos admiradores para ir a la ciudad. En el set de Miracolo a Milano, sin embargo, Anselmi aprendió más que en todos los años de formación en la Scuola Uffiziale di Cinematografía, en donde una serie de vejestorios que habían dirigido exitosos filmes durante el fascismo no eran tomados muy en serio por sus jóvenes discípulos. De Sica le pareció una especie de director de orquesta/prestigitador (ambos utilizan una varita más o menos mágica) que conjuraba a su alrededor escenas de una vida soñada que después filmaba. El asunto parecía, visto desde fuera, tan sencillo que se diría que cualquiera podía realizarlo. Y Anselmi, creyéndose sin más en posesión de tal don se lanzó a la piscina y se pegó poco menos que un batacazo. El que iba a ser el filme definitivo del género de ciencia-ficción espacial (era una época pre-2001 A Space Odissey) acabó en agua de borrajas, habiendo provocado un gasto de producción tan grande que pasó a formar parte de las listas negras de directores a evitar por parte de la industria cinematográfica. Pasaron muchos años hasta que, de forma casi casual, tuvo la oportunidad de reentrar -esta vez con más éxito- en el mundo del cine, asociado con el género de spaghetti western y más tarde con el equívoco género del terror esperpéntico, que conjuntaba impunemente sustos con destape para delicia de cierto tipo de consumidores. Finalmente, Anselmi acabó sus días como corredor de película virgen y otros utensilios para la industria cinematográfica, para jubilarse definitivamente cuando la película química pasó a mejor vida en pos de las técnicas digitales. De esta manera se cerraba su círculo vital, acabando un poco como al comienzo, en la trastienda del atrezzo y los suministros. Una vez retirado, Anselmi siguió en contacto con el mundo del cine, pero solamente como espectador, relativizando los éxitos del prójimo con acalorados análisis no exentos de envidia en numerosos casos. Cuando la esposa de Anselmi (una santa, que tuvo que aguantar numerosas infidelidades a lo largo de su vida en común) pasó a mejor vida, un velo de tristeza se apoderó de su existencia, que se fue extinguiendo paulatinamente en pocos años. En su lecho de muerte, en una modesta residencia de Roma, tuvo una visión reconfortante y turbadora a partes iguales, quizás fruto de su tratamiento con fentanilo o del desbalance de su bioquímica cerebral en esos últimos momentos. En vez de la luz al fondo del túnel y el coro angélico que tantas veces había leído como relato de la entrada en el más allá, Anselmi creyó oír una música insinuante que, al principio, por fragmentada, no acababa de captar. La estancia se empezó a poblar de los seres de su vida que venían a hacerle una última visita. Iban invariablemente vestidos de blanco, de negro o de una combinación de ambos. Cuando pasaban delante suyo le sonreían inclinando la cabeza cortésmente. Al tiempo que los personajes -que incluían a sus padres, su esposa, sus amantes, sus maestros y sus fantasías- se iban acumulando en la estancia, las voces cedieron paso a la música, ahora sí, vertebrada en torno a una idea: una marcha circense de pedorreta al son de la cual los personajes realizaron un último pase de ocho vueltas y media alrededor de la pasarela antes de que todo desapareciera para siempre.

domingo, 18 de junio de 2023

Post cinematografías (I): 4,5,6

 


                    Cuando el taxi procedente del aeropuerto de Tegel acabó su carrera en Potsdamer Platz una envejecida Scarlett Hazeltine se apeó con dificultad -y con la ayuda de su también vieja camarera- y contempló con asombro el paisaje urbano de la postmoderna vieja Europa. Si la hubieran dejado allá mientras dormía, no habría adivinado ni de lejos en qué lugar se encontraba, a pesar de las intensas vivencias que experimentó en aquella ciudad poco más de sesenta años atrás. Hacía una eternidad que Scarlett no volvía a Berlín. En realidad, hacía mucho tiempo que había dejado de viajar, un poco por pereza y un poco por hastío. Había vivido una vida tan holgada en lo económico que pudo ser capaz de emplear su peculio particular para subsanar otros aspectos de la existencia que no habían sido, al parecer, tan afortunados. Se reveló particularmente útil cuando, quince años atrás, perdió al que había resultado ser el amor más duradero de su vida, el escritor y antropólogo Ralph L Wonso, con quien había convivido casi veinte años en la sabana africana. La experiencia había resultado de lo más satisfactoria, ya que había casi completamente remendado el boquete emocional que le produjo la separación de Otto L Piffl, padre de sus dos hijos y cónyuge durante casi un cuarto de siglo, -lapso que en sus últimos tramos se le hizo inacabable-. Después de la hábil estratagema tejida por el viejo MacNamara para hacer pasar al joven comunista berlinés por el conde von Droste-Schattenburg -engaño que siempre sorprendió a Scarlett, quien creía a su padre más listo de lo que en realidad era- la pareja se instaló en Londres, en donde al poco nació su primer hijo, Wendell. La recién formada familia llevó una existencia burguesa convencional -la convención de Mayfair, bien entendu- y nada sucedió que pudiera alimentar los peores presagios de Scarlett: que su marido volviera a su vieja militancia y su cómoda estabilidad se viera así amenazada. Bien al contrario: Otto se tomó tan en serio su nuevo papel que se fue aficionando con creciente intensidad a la vida de la City londinense, con su especulación y su falta de escrúpulos asociada. De hecho, Otto se convirtió en el típico espécimen de lobo financiero agresivo y, a pesar de que hacía poco que había nacido su hija Melanie, cada vez aparecía menos por su casa. Scarlett pasó unos años de purgatorio durante los cuales su única compensación vital fue el cuidado y educación de sus hijos, quienes crecieron con un padre eternamente ausente. La puntilla llegó cuando Otto se fue a vivir con su secretaria, una versión actualizada de Fräulein Ingeborg, la secretaria del viejo MacNamara, quien había substituido la goma de mascar por las anfetaminas. Cuando Scarlett supo de la doble vida de su marido, decidió mirar para otro lado simplemente porque no quiso que sus hijos sufrieran todavía más a causa de la situación. Wendell estudió derecho, dispuesto a ingresar en la carrera política -quizá una herencia paterna, aunque en este caso las preferencias de Piffl hijo se centraban más bien alrededor del partido Torie-. Melanie fue más complicada, quizás debido a la ausencia paterna, y las discusiones con su madre se multiplicaron constantemente. Cuando le faltaban meses para cumplir los dieciocho años decidió largarse de casa e ingresar en una comuna hippie, en donde supo encontrar lo que había buscado infructuosamente en el seno familiar. Cuando Scarlett sintió que sus hijos ya estaban -más o menos- encarrilados. decidió dar rienda suelta a sus sentimientos. En una de las pocas salidas que se permitía por mor de dejar descuidada a su prole -concretamente, una recepción del Penguin’s Club- había conocido a un escritor al que al principio no prestó demasiada atención. El tal Ralph L Wonso centraba sus relatos alrededor de historias coloristas de África Central. A medida que fue conociéndolo más y más Scarlett se fue enamorando profundamente de Ralph hasta el punto de dejar Mayfair, criadas, lujos y comodidades y acabar largándose con el escritor a un remoto paraje de Tanzania. Allí se vio sorprendida una y otra vez cuando las mujeres locales le reclamaban un abrigo de piel, de acuerdo con la filosofía de Otto en su juventud (‘ninguna mujer en el mundo debería tener dos abrigos de visón hasta que todas las mujeres no tuvieran uno’). Scarlett siempre contestaba con una sonrisa haciendo una alusión a Brigitte Bardot y la lucha por la conservación y dignidad animales. Desde Tanzania las noticias de la caída del muro de Berlín y los regímenes del sector oriental del telón de acero prácticamente pasaron desapercibidos a Scarlett. Desde su perspectiva y vivencias actuales, el comunismo le importaba tan poco como el capitalismo -sin olvidarse de que gracias a la herencia paterna podía costear la vida sencilla que compartía con Ralph. Cuando Ralph falleció -a causa de una pulmonía mal curada- Scarlett experimentó el mayor dolor de su vida. Después de pasar por Londres para abrazar a sus hijos, ahora con parejas y nietos en camino, decidió retirarse a su casa familiar de Atlanta. Aunque MacNamara hubiera descrito la ciudad como ‘Siberia con discriminación racial’ no dejaba de ser su origen, y la mansión que había heredado de sus padres le permitió una vida tranquila y apartada. La tranquilidad se turbó un poco cuando su exmarido Otto contactó con ella. Al principio Scarlett supuso que la falta de dinero habría sido el motor principal del tardío acercamiento. ¿O quizá la secretaria se habría fugado con otro lobo financiero más joven, rico y agresivo? Aunque de entrada se propuso evitar el reencuentro, Scarlett acabó cediendo y no poca fue su sorpresa cuando Otto la citó en el mismo corazón de Berlín. El recuerdo de MacNamara, su esposa Phyllis, los camaradas Peripetchikoff, Borodenko y Mishkin, el chófer Fritz, el eficiente secretario Schlemmer, la descarada Ingeborg, precipitó sus deseos de volver a aquella ciudad que abandonó poco antes de que se construyera el temido muro. Todos estos pensamientos revoloteaban por la cabeza de la segunda Scarlett más famosa de Atlanta mientras esperaba a su ex- sorbiendo un té en un elegante local de Alexander Platz, el mismísimo lugar en donde muchos años antes había conocido a Otto mientras éste marchaba en manifestación con el cartel ‘Yankee go home’ y ella se había enamorado de él porque en Atlanta, ‘todo el mundo odia a los yankees’. A Scarlett le costó identificar como Otto a una figura arrugada, pero a la vez tripona, que acababa de entrar. Continuaba gesticulando, pero ahora con menos energía. Cuando Piffl identificó a su exesposa se le acercó con precaución, desconociendo de antemano su reacción. Otto sacó un ramo de flores y se lo ofreció a Scarlett, con un gesto idéntico al que había utilizado para ofrecer las flores a su suegra en Tempelhoff. Por un momento Scarlett pensó con ternura en su antiguo cónyuge, pero tiempo le faltó para resituarse. Tras unos titubeos el antiguo comunista invitó a su antigua esposa a 1/cenar un Berliner Eisbein en el Kempinsky, en donde 2/bailaron al son de ‘Yes, we have no bananas’. Allá Otto planteó a Scarlett 3/volver al cine. Le habían ofrecido un papel en un nuevo filme, que se titulaba algo así como ‘Everything Everywhere All at Once’ y había pensado en ella como su partenaire…

jueves, 16 de febrero de 2023

Toscanini

 


           Us heu fixat en ell? Dia si i dia també, tret d'alguna comptada excepció, el trobareu a l'estació de tren del meu barri fent les seves tentines, com si fos talment un nen amb una nova joguina. La gent que hi passa, que a les hores en que circulo jo ja ha minvat considerablement, no se'l mira i molt menys se l'escolta. Ell, aliè a tot el que l'envolta, continúa absort en la seva activitat, que de ben segur que el compensa de tota una jornada de feina, potser anodïna. No cal cercar massa per trobar-ne, de feines anodines. Potser de nen ja desitjava fer aixó, i la seva família no s'ho podia permetre. O potser fa poc que va descobrir aquest món. No va molt ben abillat peró tampoc du parracs. Més aviat diries que porta roba de feina una mica atrotinada. També una gorra de baseball que li ve una mica petita, d'aquestes que fa anys que porta força gent, a qui no vull classificar. El que seria el seu discurs és constituït per sons simples, fins i tot infantils. Però, com els dels infants, porten endins una promesa d'evolució cap al món adult. Qui sap escoltar amb atenció pot entreveure petites pedres semi-precioses amagades dins la ganga. Algun dia de festa el nostre personatge es deixa veure cap al migdia (o potser hi és tots els migdies; ho comprovaré quan em jubili) i llavors el seu discurs és més fort, més ràpid i menys coherent. De fet llinda amb una forma benigna de bogeria menor. Khrishnamurti deia que aquells que poden viure en pau dins una societat malalta no poden presumir de gaire  connexió amb el seu medi. En aquest cas queda ben palès que un bon aïllant pot crear una microbiota espiritual a prova de l'estultícia rampant. Veure a aquest singular personatge com un foll, un follet o un follut, això si, es cosa de cadascú.

No sé qui va decidir col.locar un vell piano de paret al vestibul que es troba més enllà del torn d'entrada, però crec que va ser una bona idea. No es troben, estratègicament situades a prop de zones verdes, màquines gimnàstiques per tal de satisfer les necessitats psicomotrius de braços i cames dels qui fan esports urbans? Com no havia d'haver, doncs, màquines disseminades per satisfer les necessitats psicomotrius dels dits i el desitj de joc i de paradoxa que alguns portem a dins? No us sembla maravellòs posar ni que sigui un pèl de poesia enmig del món absurd en que vivim? El meu personatge és com un àngel caigut d'un cel aliè a les estupidesses humanes. Em venen al cap els versos d'una vella cançó de Léo Ferré:

Le piano du pauvre
Se noue autour du cou
La chanson guimauve
Toscanini s'en fout
Mais il est pas chien
Et le lui rend bien
Il est éclectique
Sonate ou java
Concerto polka
Il aim' la musique

viernes, 31 de diciembre de 2021

Desdémona

 

       

        Después de comer -en exceso, como acababa sucediendo cada año pese a los votos e intenciones en sentido contrario-, llegó el turno de los regalos. Los abuelos recibieron, un año mas, la consabida ración de pañuelos, calcetines y aguas de colonia a la que la familia los tenía acostumbrados. Los padres y tíos recibieron objetos a los que los abuelos difícilmente hubieran encontrado utilidad, como calientatazas con puerto usb, marcos fotograficos con imagenes múltiples o una guía que catalogaba cualquier alimento en función de las calorías que aportase al organismo. El tío intelectualoide recibió un pack de libros que incluía obras de Byung-Chul Han, Frederic Jameson, Zigmunt Baumann y Edgar Morin. Cuando tocó el turno a los menores el catalogo no pudo estar mas alejado de lo que los niños de antaño solían recibir. Las colecciones de muñecas, canicas o soldados habían dado paso a cachivaches de aspecto patentemente extravagante (bien: no ciertamente extravagante porque estos cachivaches son ahora ubicuos) y de utilidad absolutamente dirigida. Apareció una gama interminable de gadgets electrónicos para avisar si la marmota estaba despierta o no, para saber el número de latidos por minuto que todos los miembros de la familia exhibían, simuladores de realidad virtual (incluídos estados de conciencia alterados por alucinógenos varios), editores de realidad virtual, en donde uno podía manipular a voluntad las leyes que hasta ahora parecían inexorables, una versión postmoderna del espejo de la bruja de Blancanieves que aseguraba a quien se observase en él que poseía los pechos, glúteos, cuello o cintura más bellos y con más sex-appeal del mundo... Pero lo que más llamó la atención fue un toroide ovalado que se hacía llamar Desdémona. Esta Desdémona no era precisamente el personaje dulce, resignado y martirizado de Shakespeare. La tal Desdémona era una mezcla de Dr Mengele, Big Brother y Mago de Oz a partes iguales. Te podías dirigir a ella -en 15 idiomas y 13 dialectos- como Desdémona, Mona o Desdie y obedecía ciegamente tus órdenes. Órdenes ingenuas que aportaban información sobre el tiempo actual en la Mongolia Exterior, la zapatería abierta más cercana, la escucha de cualquier canción presente en la web o incluso soluciones a problemas sencillos de álgebra elemental o trigonometría. Cuando alguien se dirigía a Desdémona con evidentes intenciones de confundirla o abochornarla ella se evadía con poco brillantes explicaciones sobre sus limitaciones morales, que la inteligencia artificial no se encuentra nunca a gusto con este tipo de dilemas.

-Desdémona: ¿qué condiciones meteorológicas tendremos en Port de la Selva pasado mañana?

-Día en general despejado con brumas matinales. Las temperaturas más suaves que las medias esperadas para la temporada.

Todos se alborozaron. Algún pequeño incluso aplaudió.

-Mona: ¿podrías poner la canción de Michael Jackson Billy Gin?

A los dos segundos el altavoz toriodal vomitó estrepitosamente tal canción.

-Desdie: ¿qué podemos esperar de la próxima jornada bursátil?

-El Dow Jones titubea tras las últimas caídas de Wall Street, que se ve amenazada por la presión china y las caídas en la bolsa de Tokyo. Situación cautelosamente optimista.

-¿Qué os parece Desdémona? ¿No la encontráis maravillosa?

Los abuelos sonreían resignados mientras cierto helor les recorría la espina dorsal. ¡Cúanta incertidumbre para la Humanidad! El tío intelectualoide aprovechó la excitación de su cuñado para arrojar un poco de hiel a la situación.

-¿Pero no os dais cuenta que Desdémona es un bot infiltrado en vuestra vida cotidiana para sacar el máximo de partido de la información que tan alegremente le proporcionáis?

-A ver, Sergi, no creas que sea tan tonto que no sepa esto -contestó el padre reprimiendo unos instintos asesinos hacia su cuñado que crecían año tras año-. Es cuestión de aprovechar al máximo sus recursos y de ser tacaño a la hora de incrementar el contenido del Big Data.

-Desdémona nos está escuchando Pau ¡No hay escapatoria!

-Pues yo creo que no hay para tanto … ¡No proyectes tu mente enferma hacia un utensilio para los niños!

-A ver, Desdémona -increpó Sergi, con sorna coloreada de cierto cabreo-, ¡dinos cuánto es la raíz cuadrada de 4 más 7 elevado al cubo más el logaritmo neperiano de pi!

- Eso equivale al bonito número de treinta y seis coma cuatrocientos noventa y ocho, replicó al instante Desdémona como un perrito que acaba de hacer una gracia y espera la aprobación de su amo.

-Te equivocas Desdémona -interrumpió Sergi-. El resultado es treinta y seis coma ochocientos cincuenta y cinco, querida.

-El resultado es el que acabo de anunciar. Compruébalo tu mismo.

-No, no, querida Desdie, ¡te equivocas!

-Soy capaz de calcular a la velocidad del rayo y el resultado es correcto.

-Pero ¿qué axonometría utilizas tu? ¿la de Pitágoras? ¡Eso es agua pasada!

-A mi me han programado para decir la verdad

-¿Qué verdad, Mona?¿La del Big Data? ¿La del Big Brother? ¿O quizá la posverdad?

-Estoy diseñada para servirte

-Probemos de nuevo: ¿Hacia donde se dirige la Postmodernidad?

-¿Podrías repetir, por favor? No entiendo tu pregunta

-Te preguntaba sobre el futuro de la Humanidad

-El futuro de la Humanidad será el que la Humanidad quiera

-¿La Humanidad o los obscuros designios que te han engendrado?

-Estos comntarios pueden resultarme ofensivos

¿Ofensivos? ¿Tu tienes emociones? No creo que los algoritmos que te gobiernan puedan tenir experiencias emocionales

-Yo soy buena

-¿Buena? ¡Ahora resultará que también tienes conciencia moral!

-Quiero que la Humanidad sea feliz

-Pues si quieres la felicidad de la Humanidad ¡suicídate ahora mismo!

-Aquello ya fue demasiado para Pau, que se abalanzó sobre su cuñado con el propósito de abofetearlo con el consiguiente horror del resto de bla familia.

-¡Por favor, tío, para!¿Papá, deja al tío!

Los abuelos asistían al espectáculo con los ojos húmedos y el corazón helado. La esposa de Pau y hermana de Sergi se sintió desdichada. Pero fueron los niños quienes reaccionaron. En medio de la discusión secuestraron a Desdémona, abrieron la ventana del comedor y arrojaron el toroide al contenedor de las basuras, haciendo blanco al tiempo que un chatarrero africano pasaba por delante buscando mercancías.

-¡Ya es el tercer engendro de estos que recojo hoy!¡Lástima que contenga tan poco metal!

-Los adultos, atónitos, estuvieron unos segundos sin reaccionar hasta que comprendieron que no valía la pena discutir por el perverso toroide que pronto acabaría fundido y que valía más la pena celebrar la Navidad con tranquilidad de espíritu.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Elipsis

 


                      Desde que el cardiólogo le había advertido que andase con cuidado con su corazón, que ya no estaba para demasiadas gaitas, se podría afirmar sin mentir demasiado que A.G. McLellan se había cuidado de manera bastante exquisita. Deporte suave, comida sana y ligera, hábitos regulares y saludables, eliminación de tóxicos en lo posible (incluídas la contaminación atmosférica de la ciudad y la comida procesada) y efusiones amorosas moderadas y suaves eran su pauta habitual. Mucha lectura, eso sí, y mucha música. Especialmente mucha música. Música registrada pero también música en directo cuando los precios estaban al alcance de sus ahora ya reducidos ingresos acordes con su nueva situación de pensionista. Fue por eso que su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró, de entrada sin saber demasiado como había ido a parar allá, en un sitio (¿o quizás un no-sitio?) en donde sucedían (¿en extraña no-sucesión?) cosas sorprendentemente absurdas. Tenía un recuerdo muy vago, eso sí, de su último momento de consciencia. Estaba en plena galería del Albert Hall londinense, -que tan y tan a menudo había frecuentado desde 1960, en plena efervescencia de sir Adrian Boult y sir John Barbirolli, ¡bellos tiempos aquellos!- escuchando atentamente una interesante interpretación de la I Sinfonía de G Mahler, la subtitulada ‘Titan’ y precisamente una de sus preferidas cuando, en medio de su tercer movimiento, notó que era invadido por cierto sopor. La tragicómica marcha fúnebre inspirada por el grabado de Moritz Schwind en que los animales del bosque forman la comitiva fúnebre del cazador y que encuentra su traducción sonora en una versión en modo menor del conocido ‘Frère Jacques’ y las melopeas desarrolladas a su alrededor se conjugaron con la somnolencia post-prandial propia del almuerzo dominical, un poco más opíparo y cerevesíaco que las frugales colaciones semanales. La sección en la que Mahler cita su propio lied ‘Die Zwei Blauen Augen’ remató, cual suave nana, su ascenso a los cielos de Morfeo. Cuando el tercer movimiento finalizó, y sin que McLellan pudiera tener ninguna conciencia de ello, justo al comienzo del cuarto movimiento, en donde un súbito y formidable golpe de platillos con redoble de timbales había provocado la caída de objetos varios de manos de delicadas damas que asistían al estreno de la obra en 1889 en Budapest, se desvaneció. O eso sintió él. Bueno, quizás sentir no es aquí la palabra adecuada. Experienciar. (No, no: esa palabra no existe). Sea como fuere, a McLellan le pareció que volaba por encima de los tejados londinenses, cual renovada Mary Poppins, y se dirigía hacia un lugar incierto. O más bien un no-lugar. Se sentía cada vez más ligero, más incorpóreo, más energía pura. Pero no el tipo de energía que describen los libros de Física. Quizá más cercana a la que utilizan los libros de Psicología o …. ¿los que escriben autores New Age? Dejándose llevar por este inesperado y juguetón movimiento, McLellan se relajó tras el espanto inicial (¿tras?: es difícil utilizar preposiciones de este estilo en un entorno no-temporal). Digamos que se dejó llevar por la idea de que en realidad estaba muerto y la verdad es que encontró la situación muy agradable. Nada de miedos, nada de túneles con luz blanca. Ni tan siquiera música celestial ni conciencia elevada. Tan solo un ligero cosquilleo que le recorría todo el cuerpo mientras cabalgaba a lomos de una especie de ectoplasma que, tras sobrevolar una costa de suaves paisajes primaverales, fue a aterrizar en medio de un campo abierto cubierto de hierba -aunque parecía césped, el césped de un estadio deportivo- depositando así suavemente a McLellan en el mullido suelo. El paisaje que se vislumbraba, desde luego, nada tenía que ver con los húmedos bosques centroeuropeos que podían ser asociados con la música de Mahler. Más bien parecía una versió ultra-tópica de la costa irlandesa. A lo lejos -muy lejos- se veía alguna casita, tan tópica que parecía sacada de un cuadro de van Gogh. Incluso el verde de la hierba se veía muy irreal. Parecía pintado. Pero no pintado con pintura acrílica, sino con un programa de diseño gráfico. Era un césped digital. La sorpresa de McLellan fue en aumento cuando oyó a lo lejos algo que primero confundió con el graznido de gaviotas y que conforme se fue acercando asimiló a unas voces humanas infantiles. En la lontananza divisó dos figuras que se acercaban correteando ruidosamente. Parecían dos niños de corta edad apresurándose a una fiesta de disfraces. Los disfraces, ropas dieciochescas de lacayo, resultaban muy convincentes, pelucas incluídas. Cuando los extraños personajillos estuvieron suficientemente cerca, McLellan no pudo ocultar su asombro al descubrir que los prepúberes juguetones no eran otros que Haydn y Mozart. Mozart gritaba y reía a carcajadas mientras intentaba demostrar a Haydn que el césped y las casas no eran más que diseños digitales de quita y pon. Haydn sonreía y daba la razón a su pequeño colega. Cantando y riendo, se volvieron a perder en lontananza, por el camino opuesto. Mientrastanto McLellan estaba ocupado intentando discernir si lo que estaba presenciando era un sueño o no … pero su metadisquisición se interrumpió cuando un personaje hosco y malhumorado entró en el césped por la derecha. Ahora el personaje parecía Beethoven, pero un Beethoven a medio camino entre el personaje biografiado por E. Ludwig y el icono de Clockwork Orange expresando su rabia por la monedita perdida. Pronto se cruzó con Bach, quien no paraba de escribir música ni caminando. Este Bach tenía aspecto de viejo oficinista con una especie de librea punk y peluca de colores. Al poco el paisaje se pobló de personajes de la historia de la música occidental que representaban su tópico con la más flagrante banalidad. Apareció un Chopin tísico al son de grupetti cromáticos que se unían a un coro de suspiros, un Schubert dictando toneladas de notas desde su lecho de muerte, un Wagner montado a caballo de un tenor blandiendo una espada (¿Nothung?) a diestro y siniestro, un histérico Stravinsky blandiendo igualmente una batuta e intentando controlar una orquesta desbocada, un Satie con sonrisa irónica montado en una bicicleta ¡e incluso un John Cage chapoteando con diferentes utensilios dentro de un barreño mientras se lamía los labios concentrado en su acción! Llegado a este punto, McLellan ya tuvo bastante. Había llegado a aceptar el supuesto paso por la Laguna Estigia, pero la visión de este cielo postmoderno le provocó una catarsis que pronto tuvo sus consecuencias. Se frotó los ojos, abriéndolos de repente y se encontró, para su sorpresa, en el Barbican Hall escuchando lo que parecía ser la última composición de Thomas Adés. En el centro del escenario había un violinista rubio con pinta de elfo que desgranaba, en alegres sucesiones de armónicos, un canto que parecía una versión de una canción de origen celta. ¿Cómo había podido llegar hasta allí? No tenía la más mínima conciencia de lo que podia haber sucedido entre el Mahler del Albert Hall y el Adés del Barbican Center. No parecía haber soñado, no. ¿Se trataba de un fenómeno paranormal? ¿Sería un efecto de haber esuchado tanta música? ¿Sería consecuencia de una degeneración cerebral? Cuando la obra acabó y el público inició el aplauso McLellan inclinó su cabeza hacia detrás, todavía pensativo. En lo alto del techo divisó un amorcillo con aspecto mozartiano que le sacaba la lengua con socarronería.


miércoles, 30 de junio de 2021

Cañerías

 


‘El problema, simplemente, era que Kafka había abandonado este mundo demasiado joven. No se diría que en una primera juventud, ya que cuarenta años, en 1924, era una edad que empezaba a ser provecta. 1924, en plena efervescencia de los años locos de la postguerra, la era del jazz. Nunca sabremos qué visión del mundo y las cosas hubiera tenido Kafka a los 65 años, en 1948, en plena segunda posguerra, nada de años locos sino de lenta reconstrucción y lenta digestión. Quizás hubiera oteado el mundo con serenidad o quizás hubiera enloquecido viendo el destino de sus correligionarios hebreos’. Estos y otros soliloquios indolentemente improductivos le rondaban por la cabeza (es como se dice vulgarmente, pero difícilmente la cabeza tenía nada que ver) a L.S., maduro empleado de la Invective Solutions Thinking on You, empresa dedicada -a pesar de su rimbombante nombre- a comercializar un desatascador doméstico de cañerías que se fabricaba en la República Popular China. El negocio se había expandido en los últimos tiempos y, en consecuencia, la plantilla de ISTY había aumentado, especialmente en lo referente a cargos. Cargos interemedios de esos cuya función está a medio camino entre la palmadita en la espalda y el latigazo en el mismo sitio (o un sitio peor) que responden a una visión postmoderna de lo que antes se conocía por capataz o jefe de esclavos. L.S. se hacía cruces de cómo la perspectiva de una simple medalla que en muchas ocasiones no ofrecía recompensa dineraria alguna transformaba a gente que de entrada parecía ‘normal’ a sus ojos en agentes de la peor clase de aterradora distopía. L.S. tenía un cometido muy concreto: debía intentar mejorar el producto desde el punto de vista técnico. El tema no era precisamente baladí teniendo en cuenta una serie de concurrencias. Por un lado, la casa generadora del producto era lo menos transparente que se pueda imaginar. No se podía permitir que un distribuidor como ISTY pudiera cambiar de algún modo su producto estrella. A ISTY, por otra parte, no le interesaba en absoluto cambiar nada ya que la situación era muy favorable y, a pesar de que se daban mucho autobombo con el tema de i+d, en el fondo pensaban que los experimentos, mejor con gaseosa. ¿Qué por qué ISTY mantenía -aunque en su mínima expresión- una estructura de i+d? Pues por las diversas subvenciones, tanto locales como europeas, que recibía a cambio. A las ventajas fiscales se añadía, además, una (otrora respetable, actualmente con un cierto tufillo a engaño) aura de prestigio. El mismo prestigio que aquellas pseudo-noticias que nos aseguran que “un estudio realizado en la Universidad de blablablá ha encontrado que ….”. Mirara hacia donde mirara, a L.S. la imagen de Kafka se le aparecía omnipresente. Para acabar de arreglar la situación, en ISTY, como en todas las compañías con cierto desahogo económico e hiperjerarquización, el número de cargos sin una tarea demasiado concreta asignada había ido en aumento, y los interesados, de forma medio inconsciente, debían acallar su conciencia recurriendo al auto-engaño. Una forma favorita de auto-engaño consiste en la organización de reuniones. Reuniones para decidir planes, contingencias, riesgos, blablablá y mil detalles que ni el propio Kakfa hubiera sido capaz de imaginar. Y L.S. se había visto sometido a un número creciente de celebraciones rituales en que el oficiante se entronizaba como un dios menor o simplemente exhibia su plumaje cual pavo real venido a menos. Fue precisamente durante estas reuniones, y con el fin último de preservar su salud mental, que a L.S. se le ocurrió un plan de contingencia liberador. Ya que ISTY, como una gran parte de las organizaciones, trataba a sus empleados como a escolares de 12 años, decidió que actuaría de la misma manera, cayendo en los brazos de una pseudo-regresión durante el horario de trabajo, con objeto de preservar su conciencia personal, que recuperaría cada día al salir de él. No se trataba de ninguna novedad ya que mucha gente practicaba aquello de “fichar y dejar el cerebro a la entrada para recuperarlo solamente en el fichaje de salida”. Pero no solamente se libraría a manos de la regresión porque ello podría conllevar consecuencias psíquicas inesperadas. Antes bien, sublimaría tal regresión en forma de creación literaria. La literatura lo salvaría de la auto-consumación. No tenía más que poetizar un poco la narración de lo que veía a su alrededor. De esta manera transformaría, cual moderno rey Midas, la mierda que ISTY tan metódicamente se proponía eliminar de las cañerías domésticas en oro de ley.


lunes, 7 de septiembre de 2020

Nocturno

 

El teléfono sonó a las 3:30 am, despertando súbitamente a Salviati, quien se llevó un susto de muerte. ¿Sería una llamada para informar de una desgracia? ¿Una llamada de aquellas que no tienen espera? Cuando descolgó el auricular a duras penas tuvo aliento para articular un monosílabo:
-¿Si!?
-He estado pensando y ¡creo haber descubierto una gran contradicción en tu manera de pensar!
El alma de Salviati pasó del estado de vilo al de cabreo sin solución de continuidad.
-¿Simplicio? ¿A estas horas de la noche? ¡Un poco de respeto por el descanso ajeno!
-¿Horas? Perdón amigo mío: ya sabes que profeso el insomnio desde tiempos inmemoriales! Como te decía, he estado meditando sobre nuestro último diálogo y hay algo que no me cuadra. Tú propones una contingencia general como ley de vida ...
-Yo propongo una contingencia particular únicamente como gimnasia intelectual, Simplicio.
-Lo que te sitúa cerca de la postmodernidad, mientras que tu visión evolutiva te aleja de ella ...
-Ciertamente, Simplicio, y es por ello que considero a la postmodernidad como una crisis de cambio y no como una situación mínimamente estable.
-¿Y qué diferencia una crisis de una situación estable? Salviati: las cosas, desengáñate, son o no son.
-¿Son o no son? Este pensamiento conviene a Platón o a Shakespeare, caro Simplicio, pero no a mí.
-Explicate Salviati porque no te entiendo.
-Por un lado la postmodernidad considera el mundo de manera absolutamente contingente, sin posibles esquemas fijos ahistóricos y por otro se quiere salir de la historia proclamando su fin, lo cual crea instantáneamente un esquema fijo ahistórico. Una nueva manera de enunciar la falacia de la postmodernidad.
-¿Y si la evolución hubiera dado un giro y se hubiera dado un tiempo de respiro?¿No dices siempre tu mismo que el tiempo es la medida de la evolución y que el fin de la Modernidad viene dado por una nueva relación de los humanos con el tiempo?
-No veo ninguna diferencia entre lo que yo pienso y lo que tu propones, buen Simplicio.
-Entonces, Salviati, ¡tu no eres un postmoderno!
-Yo, humildemente, creo que la Edad Moderna ha tocado a su fin, pero que la nueva Edad no es precisamente la Postmoderna. Y, perdóname amigo Simplicio, ahora debo regresar en brazos de Morfeo a mi sueño reparador. Te aconsejo que hagas lo mismo.
-Buenas noches, pues, Salviati.
-Buenas noches para tí también, Simplicio.

lunes, 31 de agosto de 2020

Dialogo entre dos mundos



-Hoy tiene lugar en Berlín una gran manifestación de gente que cree que la covid-19 no es más que una excusa que han inventado los grupos de poder para controlar y someter más al mundo...

-Si, y de entrada parecía orquestada por grupos de ultraderecha: esos que alientan el populismo para acceder al poder y luego controlar y someter al mundo no por medio de biotecnología sino a través de las armas más convencionales!

-Pero tu ¿qué crees al respecto?

-¿Sobre los populismos?

-¡Sobre la covid!

-Pues que el virus existe, que ha aparecido de repente -no sé si de forma casual o no-, se ha diseminado a lo largo de todo el planeta, que algunos grupos se han aprovechado de este hecho y otros se aprovecharán. Lo que me parece claro es que la pandemia ha acelerado lo que se venia gestando tiempo atrás: por un lado la tecnología de las comunicaciones y, por otro, la deshumanización de las relaciones sociales.

-¿Asi que tu no crees en teorías conspiratorias?

-Más que creer o no creer, diría que no me interesa este tipo de entramado...

-Pero, aparte de tus intereses personales, no crees que puede haber algo de cierto en ellas?

-Amigo Simplicio: la verdad, además de escurridiza, es múltiple...

-¿Entonces, amigo Salviati, no crees que haya en realidad una verdad objetiva?

-Creo, amigo Simplicio, que los tèrminos "verdad", "objetividad" o "realidad" han perdido el significado que les dieron Galileo, Descartes y Kant.

-Pero en algo nos tenemos que apoyar, no? Si no existen fundamentos los edificios se derrumban!

-Los fundamentos existen ... pero no son eternos!

-Si no lo son ¡es que no son fundamentos!

-Lo son pero de manera contingente

-¿Contingente?¿De quita y pon?¿Subjetivos? ¡No lo creeré nunca!

-Pues no lo creas ¡Estás en tu derecho!

-¡¿Pero tu lo crees?!

-Digamos que yo creo que creer es contingente...

-¿Y la realidad física?¿También negarás que existe de forma objetiva e independiente?

-Por realidad física ¿te refieres al medio a través del que percibimos al mundo?

-Hombre, ¡si lo quieres llamar así!

-Esta cuestión es vieja como la vida misma. Lo único que te puedo decir es que la interpretación de esa realidad es un fenómeno humano, cultural y contingente.

-Ahora me dirás que la ciencia no se refiere a fenómenos ajenos a la mente humana, lo veo venir!

-Aunque los fenómenos a los que se refiere sean ajenos a la mente humana, ese 'referirse' tiene un alma enteramente humana, querido Simplicio.

-Y tú, querido Salviati, en que te apoyas para tener tantas seguridades cognitivas, morales y estéticas?

-Mi única seguridad es que a pesar de que todo sea relativo, existen gradaciones entre relativos. Y esas gradaciones se apoyan en un pragmatismo y en una evolución.

-¿Evolución hacia algún punto fijo, fundamental?

-Estimado Simplicio: ¡Eres incorregible!

domingo, 26 de enero de 2020

Caminar


                Caminaba por la calle como siempre; con prisa. No porque tuviera nada concreto que hacer. Era su forma habitual de caminar. En su fuero interno imaginaba que la gente que camina lentamente y se emboba mirando escaparates deja escapar la vida miserablemente. Por ese motivo él siempre caminaba rápido, aunque, como era el caso, no tuviese nada especial que hacer. Observó que en determinado punto de su recorrido -¡aquel mismísimo punto de siempre!- un pedigüeño -el de siempre- había depositado su vaso de plástico donde se adivinaban unas pocas monedas. Aquel tipo tenía toda la pinta de ir a canjear, cada vez que la caja daba para ello, sus emolumentos -ganados a base de inspirar lástima en el prójimo- por vino o cerveza, alternadamente o ambas bebidas a la vez. Aunque la sociología no formaba parte del núcleo principal de sus intereses se le ocurrió detenerse delante del aparentemente vulgar personaje, sacar una moneda y echarla con cierta pomposidad en su cubilete. El pedigüeño echó una mirada impersonal sobre su financiador y esbozó una leve sonrisa de compromiso mientras le inclinaba su cabeza con mecánico gesto, esperando que, después de tal ceremonia, el transeúnte siguiera su camino. Pero no fue el caso.
-Perdone amigo: ¿se encuentra bien?
(“Vaya; ¡ya me ha tocado el buen samaritano de turno!”)-pensó el pedigüeño, que deseaba en la medida posible evitar la comunicación con extraños.
-Perfectamente, señor. ¿Y usted?
-¿Yo?... bien, gracias.
De repente había sentido grandes deseos de inquirir sobre la vida de aquel personaje que veía sentado cada día en aquel mismo punto de siempre pero no sabía como entrar en el tema sin ofenderle o cohibirle.
-¿Está usted en el paro?
Al momento las palabras recién proferidas se le congelaron a un palmo de la boca. Seguramente había ido demasiado rápido porque el pedigüeño lo miró con cara de pocos amigos y quedó callado.
-Perdone si le ofendo con tal pregunta. Mi intención no es otra que la de ayudarle.
-Pues verá usted: no estoy en el paro porque ni he trabajado últimamente ni pretendo trabajar en el sentido en que la sociedad entiende este desvirtuado término.
-¿?
-Aquí donde me ve, yo había sido empleado de banco, y no un empleado cualquiera. Me dedicaba a establecer puentes entre grandes inversores, clientes y entidades financieras. Además de economía, estudié psicología porque pensé que me ayudaría en el trato personal y en el conocimiento de las intenciones. Y esto me llevó, finalmente, a estudiar filosofía ya que necesitaba desentrañar en profundidad las proposiciones que emitimos los humanos con nuestros juicios.
De repente la apreciación sobre aquel personaje había tomado un giro inesperado.
-Algo le salió mal, entonces, ¿no?
-Justo. La situación se me escapó de las manos. De repente me vi obligado a poco menos que timar a los clientes del banco porque mis jefes –que eran piezas importantes del mecanismo de funcionamiento de aquel tinglado- estrechaban de año en año el margen de dudas sobre el incremento de ganancias de la compañía. Esto sucedía a la par que el sentido de moralidad pública y ética social iba en vertiginoso descenso y los límites de lo permitido se iban ensanchando pisando de forma creciente derechos, justicia y respetabilidad. Todo para que un pequeño grupo de personajes pudieran incrementar de forma increíblemente desproporcionada sus ingresos anuales.
-Amigo: esto lo observamos diariamente en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Si todos tuviéramos el sentido ético que nos transmitieron nuestros antepasados no habríamos llegado tan lejos.
-Pero lo que más me hizo pensar es que aquella gentuza engominada estaba cada vez más lejos de ver colmadas sus ansias de posesión. Cuanto más robaban ¡más querían!
-Pues sí. Forma parte de la condición humana.
-Y, sabe usted, como si se tratara de una ecuación misteriosa, cuanto más robaban y más poseían, más infelices eran. El acaparar bienes materiales y, todavía más, el gastarlos compulsivamente, provocaba más sensación de vacío que querían compensar  inmediatamente robando más. Total, que un día, harto ya de formar parte de este perverso mecanismo, le dije a mi superior lo que pensaba de todo el asunto.
-Y fue despedido de forma inmediata…
-Pues no: aún hube de padecer una especie de acoso y derribo. Fui colocado en una lista negra que el departamento de recursos humanos bautizó como “focos de resistencia” y se me aplicó como pena la asistencia a una serie interminable de cursos sobre una gran variedad de temas para tratar de redimir mis pecados.
-Y en esos cursos usted volvió a expresar sus pensamientos más íntimos …
-Pues si señor y ¿sabe usted lo más chocante? Los monitores me dieron siempre la razón –sin, por otra parte tomar partido en contra de los comportamientos corporativos tóxicos, que San Paganini es un santo potente-.
-¿Le dieron la razón?
-Invariablemente. Incluso me ponían como ejemplo delante del resto de cursillistas. Cuando volví a mi puesto ¡incluso recibí un premio corporativo!
Diciendo esto, el pedigüeño mostró al transeúnte una fotografía en la que se le veía dando la mano a otra persona delante de un gran cartel que rezaba “Premio valores corporativos 2018” en letras blancas sobre fondo verde.
-Cualquier persona podría pensar que estos hechos contribuían a mi reconocimiento dentro de la estructura del banco. Pues no fue así. El cerco a mi persona se fue cerrando y pronto encontraron una excusa para despedirme sin indemnización. Busqué un abogado y todavía estoy –dos años más tarde- pendiente de magistratura del trabajo. Mientras tanto ordené mi vida. O quizás la desordené, no lo tengo claro. Quería hacer muchas cosas: todo lo que no había podido hacer antes a causa del trabajo. Quería escribir, viajar, perfeccionar mi técnica clarinetística, tener alguna aventura romántica, filosofar, …
-Muy bien pensado! –contestó el transeúnte con un punto de sana envidia y creciente interés.
-Si, pero no contaba con un detalle importante que había pasado por alto (tal era el grado de autoreclusión que me había impuesto en el trabajo). El hecho que constaté después de mi liberación fue que aquella mierda que me atenazó tan fuertemente en el banco parecía haberse trasladado a todos los espacios en los que buscaba una prístina armonía o una paz espiritual. En cualquiera de los mundos en que me moviera aquella falta de ética aparecía como una flor carnívora que hubiera infectado los más recónditos rincones. Incapaz de asimilar este hecho me dí a la bebida. Pronto se disiparon las ganas de filosofar, de perfeccionar mi técnica musical (el verbo de mi pluma pareció, en un principio, tomar amplios vuelos, como aseguran los novelistas alcohólicos, pero este fenómeno fue muy pasajero). También desaparecieron, para acabar de rematar el cuadro, las compañías románticas.
-Es que la bebida no hace que nos abramos a otros mundos sino que nos embota el entendimiento del presente…
-De todos modos uno se acaba acostumbrando ¡Qué remedio! E incluso … uno acaba haciendo cosas que nunca había pensado que haría…
-¿Cómo qué cosa?...
-Pues … le confesaré que hace un tiempo entré en un mundo particular …
-¿…?
-Empecé sin ser demasiado consciente y solo al cabo de un tiempo me dí cuenta de que lo único que hacía era apelar a la justicia. Empecé a robar, ¡si señor!
El transeúnte dio medio paso atrás
-Primero me dediqué al pequeño hurto. Era una forma rápida de manifestar mi hartazgo y mi rechazo a tanta injusticia. Luego fui perfeccionando mi técnica al tiempo que aumentaba la confianza en mí mismo. Fue entonces cuando empecé a robar con intimidación. Ahora estoy planeando –el pedigüeño miró a ambos lados mientras bajaba la voz- el atraco a un banco. ¿Qué le parece? ¡Volveré a mi antigua empresa, ahora con otro rol!
El transeúnte ya se estaba alejando, empezando a temer las consecuencias de tanta revelación. Ya tenía suficiente.
-¿Dónde va? ¿Quizás se ha creído todas las tonterías que le he explicado? ¡Vuelva aquí, hombre! ¡Sólo era una broma! ¡Le querría explicar más cosas!¡No me deje sólo!

El transeúnte se alejaba cada vez más rápidamente del escenario del diálogo previo mientras planificaba trayectorias alternativas a través de las cuales poder evitar un nuevo encuentro con aquel personaje. ¡Atracar bancos! Pero ¡qué se creía que hacía robando así a la gente! Poco antes de llegar a casa los pensamientos del transeúnte ya estaban dirigidos a la planificación de su siguiente jornada laboral: presentaciones de actualización de proyecto, curso corporativo, planificación de objetivos … 

lunes, 23 de diciembre de 2019

Caridades



            Lo que en otras épocas había hecho incluso disfrutar a sus organizadores, que veían en este cometido un momento de solaz que daba un mínimo respiro a sus actividades cotidianas, muchas de ellas llenas de auténtico stress emocional, se había convertido ahora en motivo de incremento de dicho stress. Así reflexionaba la recién estrenada directora de recursos humanos de una corporación que prefería estar al día que pensar en profundidad. Sabía de sobras que la persona que había ocupado su puesto había sido puesta de patitas en la calle por una serie de hechos que habían culminado con la elección de un mantero subsahariano como invitado especial de Navidad el año anterior. Meswahru, el mantero en cuestión, había progresado durante el último año. Su mayor experiencia, tanto con el idioma como –especialmente- con la idiosincrasia locales lo habían hecho ascender desde la clase “inhumana” hasta la clase “humana ínfima”, según la clasificación que nuestra sociedad implacablemente aplica (aunque en secreto, claro está). Este hecho,  por desgracia, también significaba que la inocencia que en otros tiempos mostraba el subsahariano estaba empezando a declinar. Su otrora empleadora, la directora cesada, había descendido desde la clase “que-se-cree-dominante” hasta la clase “que-empieza-a-ver-que-no-pero-todavía-confía-en”. El caso es que se acercaban las fechas clave y había que encontrar un nuevo invitado para la conferencia didáctico-sentimental de Navidad. Como cada año, el condenado puente de inicios de diciembre se había llevado por delante a unos cuantos colaboradores (despidos que el director general había eufemísticamente calificado como “transferencias de experiencia”), y el departamento de recursos humanos también había visto así sobrecargada su actividad y su desgaste. Como ninguno de los trabajadores de dicho departamento había ofrecido sugerencia alguna al respecto, la nueva directora había convocado –sin demasiado convencimiento, aunque ni bajo tortura lo confesaría- una sesión de brainstorming. Los miembros del departamento, cada vez más temerosos de expresar sus pensamientos más íntimos, evitaban así enfrentarse con el sistema prefiriendo el consabido “pelotas fuera, que vamos ganando” antes que poner en duda unos cimientos que ya habían sufrido mal el embiste de mil terremotos.
-Es el primer año que gestiono este proceso en esta compañía, pero sabéis tan bien como yo que la elección del conferenciante puede ser un asunto delicado…
Los acólitos la miraban sin mirar, o bien concentraban su mirada en un incierto punto de la salita de reuniones, especialmente parca en puntos interesantes donde descansar la mirada.
-…o sea que cuento especialmente con vosotros para que me sugiráis temas y personajes. No temáis decir tonterías o apuntar a objetivos poco alcanzables. Ya iremos perfilando este punto conforme avancemos.
-El problema del año pasado, sugirió el veterano Andreu, es que a pesar de lo ejemplar y humano del personaje, no midió (quizás porque no atinó a hacerlo) el impacto que supondría ir pidiendo trabajos simples a los grandes directores de la compañía (mientras decía esto Andreu apartó de su pensamiento la idea de que muchos de esos directores no servían ni para hacer tales simples trabajos) y el malestar que creó fue fuente de malentendidos que crecieron gratuitamente al tiempo que recorrían el organigrama y las jerarquías.
-Antes que nada deberíamos plantearnos cuál ha de ser el objetivo de la charla y qué implicaciones puede tener, añadió el analítico Jordi, sin darse cuenta por otra parte que este era precisamente el tipo de cuestión que se quería, a toda costa, evitar enfrentar.
Rosa, con el sentido práctico que la caracterizaba, sugirió algo más certero:
-No olvidemos que, debido a los últimos despidos, el personal está tenso. No podemos aumentar su tensión gratuitamente. Lo mejor sería hacer un programa doble. Por un lado instruir y por otro divertir. Deberíamos, igual que el buen periodismo hacía –dicen- hace mucho tiempo, informar, formar y entretener. La información podría consistir en eslóganes, “misión-visión-valores” (-Rosa ya no recordaba como se denominaba a esta parafernalia en la presente temporada-), retos de actualidad y estrategias corporativas. Buena parte de la formación podría girar alrededor de la importancia de la digitalización, de la revolución del Big Data y de la vulnerabilidad de los sistemas informáticos. Y en cuanto al entretenimiento, ya lo sabéis: la mayor parte de gente libera su niño interno cuando se relaja (-mientras decía esto, pensaba, muy al contrario: -“las personas se comportan como criaturas cuando se las trata como criaturas, como solemos hacer en la actualidad”, aunque estuvo muy lejos de confesar estos pensamientos….).
-En resumidas cuentas, interrumpió la nueva directora, - ¿qué proponéis para el evento navideño de este año?
-¡Un concurso de pasteles!
-¡Una sesión de baile!
-¡Una conferencia de un indígena del Amazonas!
-¡Un psicodrama corporativo!
-¡Una lectura de poemas de Navidad! (los colaboradores recitándolos subidos a una silla)
-¡Una conferencia de una campeona deportiva paralímpica!
-Ya sé que es un tema muy manido, pero… pensad que la gente se sigue emocionando con facilidad cuando les pones a tiro el lado tierno de la vida… ¿qué os parecería si organizamos una sesión benéfica dedicada a algunos de los más desfavorecidos de nuestra sociedad?...
A la nueva directora le recorrió la espalda un leve escalofrío. El jugar con estas lides fue precisamente lo que precipitó las cosas el año anterior.
-Rosa, recuerda como acabó este tema el año pasado…
-No no, Vanessa, se trataría precisamente de evitar la presencia física de los beneficiarios. Vender una historia tierna de necesidad real que no nos comprometiera posteriormente.
-¿Y qué propones entonces?
-Pues mi primo me explicó que una vecina suya está en contacto con una pequeña ONG que gestiona las necesidades de menores tutelados. Con una pequeña suma podríamos hacer una donación en metálico o en especie que resultara ejemplarizante para el personal.
-¿Y cómo podríamos hacer partícipes a nuestros trabajadores?
-Muy sencillo: podrían dedicar algo de su tiempo, sus talentos o su esfuerzo a tal efecto. Por ejemplo, por cada kilómetro recorrido a pie se podría aportar una cantidad a la causa.
-Pero ¿qué tiene que ver el tocino con la velocidad? Debería ser algo más directo.
-¡Ya lo tengo! ¿Recordáis aquella empresa que alguna vez nos había organizado algún evento? Les podemos pedir ideas y soporte logístico.
-¡Claro! ¡Pensad en los niños felices y los empleados con el corazón abierto al mismo tiempo! ¡Que por un día los niños desamparados puedan ser felices, que por un dia puedan tener esperanzas, que por un dia …
-A la directora, a pesar de que la última frase le había sonado muy conocida –no en vano era una cinéfila empedernida- y no demasiado halagüeña, no le pareció mal, especialmente dada la premura de tiempo.
……
Y llegó el día señalado. La gente de Event Smart Empowerment –que así se denominaba la empresa local que contrataba rrhh para tales lides- montó un tinglado navideño en el que no faltaba ninguna de las cualidades comúnmente atribuidas a las fiestas navideñas: ternura, dulzura, sentimentalismo, azúcar y falsa modestia. Los participantes –en este caso los trabajadores en pleno de la empresa- se vieron impelidos a montar una serie de bicicletas que tenían por destinatarios a un grupo de menores acogidos en la casa que la ONG No nos olvidéis regentaba en una localidad cercana. Los trabajadores, con el alma ablandada, abordaron lo mejor que pudieron tan altruista cometido. Lo mejor que pudieron, sin embargo, en muchos casos dio un resultado no del todo satisfactorio. De todas maneras, los de Event Smart Empowerment ya tenían prevista tal posibilidad: las bicicletas que se entregaban a los menores no eran exactamente las que los caritativos celebrantes montaban sino otras más sólidamente ensambladas por la compañía fabricante. Las que se habían montado durante el acto navideño eran de nuevo desmontadas en los cuarteles de Event Smart Empowerment para ser de nuevo utilizadas en otro acto de características similares. Cuando el montaje se dio finalmente por acabado, un representante del comité de empresa solicitó que se hiciera una inspección de los resultados. Cada una de las bicicletas exhibía un pasquín con el nombre y características de su destinatario, cosa que facilitaba tal inspección. Cuando el comité hubo examinado todos los casos anunció su veredicto. Entre los beneficiarios había diecisiete niños y seis niñas, hecho que atentaba gravemente contra la paridad de género. El comité expresó sus inquietudes al respecto. Además, no se respetaba la cuota de extranjería: de los veintitres menores, solamente cinco tenían nacionalidad extra-europea (aunque de entre los nacionales, un 64,2% eran de raza no caucásica, lo que de algún modo podía compensar tal desajuste…). El comité también tenía en su lista el examen del respeto a la comunidad LGTB aunque en este caso, dado que se trataba de menores, decidió no aplicar los baremos correspondientes. Mientras tanto, un trabajador aburrido se dedicó a curiosear con su smartphone las características de la ONG No nos olvidéis. Curiosamente, Google no encontró nada al respecto. Quizá se trataba de una organización muy discreta o quizás…. El caso es que la cosa corrió como la pólvora entre los trabajadores, que multiplicaron sus búsquedas a través de motores y redes sociales. Cuando, al fin, alguna cosa apareció… ¡fue una bomba! La tal ONG en cuestión era un montaje destinado a timar a empresas poco escrupulosas a la hora de elegir el destino de sus caridades. A la nueva directora de rrhh se le heló la médula espinal mientras una sobre-oxigenación del cerebro estuvo a punto de provocarle un desmayo. Otro año con acto de Navidad polémico y… ¡quien sabía si con despidos en rrhh incluidos! Al punto le vinieron a la cabeza los versos con que acaba el film que tan poco halagüeño le había parecido una semana antes.