El conocido y temido “horror vacui”
encuentra su correspondiente cuota de participación en varios campos del
terreno artístico. La indecisión ante la página o la tela en blanco, como símbolo
del bloqueo mental que en ocasiones preludia (y ordena la mente para) el acto
creativo es un tema harto tratado por filósofos y poetas. El horror al vacío,
una vez superado el período inicial de la creación, es cuidadosamente
transferido a la propia creación. Así, pintores y grabadores del Renacimiento
en adelante muestran esta característica en grado variable: desde los paisajes
de “relleno” que equilibran y a la vez hacen destacar a las figuras principales
hasta los abigarrados cuadros de Jean Duvet. A pesar de la gran conquista de
los espacios pictóricos diáfanos a mitad del S XX el arte actual sigue
conteniendo una parte de horror al vacío (graffiti!). En música el vacío está
representado por el silencio. Se hace difícil pensar en el silencio musical
durante el Renacimiento y especialmente el Barroco (algunos recitativos especialmente
expresivos de Monteverdi usan de ellos). Durante el Clasicismo el silencio es
frecuentemente utilizado en sentido cómico. Una frase bruscamente interrumpida
es seguida por un silencio durante el que se pide al oyente que adivine lo que
viene a continuación (Haydn y Beethoven eran verdaderos adeptos de este
esquema). El silencio desaparece de nuevo en la música del S XIX para dar paso
a la “melodía infinita”, ejemplo muy ilustrativo del “horror vacui”. Con la
vuelta al clasicismo el S XX vuelve a hacer un hueco al silencio musical, que
hace su carta de aparición plena a partir de mediados de siglo con compositores
como John Cage y Morton Feldman. Aunque el horror vacui siga estando presente
en la música minimalista. También aparece en las ejecuciones de los malos intérpretes,
quienes sienten pánico de dejar de emitir sonidos y prefieren apilarlos como un
montón de chatarra. Una vez más Oriente, complemento dialéctico de Occidente,
ha mostrado más transigencia con el vacío. Es más: su paraíso, el Nirvana, es
la mejor versión psicológica del “amor vacui” que conozco.
