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lunes, 28 de febrero de 2011

Dinero


                        La naturaleza de nuestra relación con el dinero retrata nuestra pertenencia a una cultura, condición, ideología y tipología psicológica. Hay quien ve en el dinero básicamente un bien que resume el fruto del trabajo humano y a la vez representa un potencial para procurar mejoras a la sociedad. Es la visión calvinista. La visión católica, por el contrario, más dada a expansiones y coups d’efect teatrales rebaja el vil metal a la categoría de la mundanidad y del pecado. Curiosamente, al situar el dinero en la lista de instrumentos del diablo, hace su pertenencia más morbosa y, por tanto, más apetecible. El dinero al servicio del poder y la escenografía podría ser un lema del Vaticano desde hace bastantes siglos. Las filosofías orientales, especialmente el taoísmo y el budismo, otorgan a la posesión material una categoría muy diferente, la de espejismo ó ilusión dentro de la gran ilusión del Maya, el mundo de las formas manifiestas. He utilizado tipologías religiosas como indicativas de las diferentes visiones porque estas tipologías han delimitado claramente, a la vez que definido, las diferentes culturas y subculturas. Evidentemente que hay excepciones: maharajás en la India y Franciscos de Asís en Europa. ¿La visión sintética de todo ello? Pues que el dinero no da la felicidad sino más bien el enunciado anticomplementario: la falta de dinero provoca infelicidad. Una buena parte de los millonarios sienten perpetuamente el síndrome de la falta de suficiente dinero y ello los hace comparativamente más  infelices al lado de quien posee mucho menos pero no siente tal necesidad. El dinero como paliativo de los dos peores males de este mundo: la ignorancia y el miedo.

viernes, 27 de julio de 2007

El relojero suizo


¿Quiere que la próxima escucha de los Valses Nobles y Sentimentales, el Concierto en Sol ó L'Enfant et les Sortilèges le generen cierto grado de amargura? El resumen que transcribo está sacado de un número del año 2001 del rotativo The Guardian. Es una investigación periodística que intenta relacionar dos hechos: la casa-museo Ravel en Montfort-l'Amaury se está viniendo abajo por falta de inversión, y Boléro sigue siendo una de las piezas de música sinfónica más ejecutadas (se calcula que cada 15 minutos, en algún lugar del planeta, en su forma original ó en cualquier arreglo, está generando derechos de autor). Transcribo:

Cuando Maurice Ravel falleció en 1937, tras una operación cerebral realizada in extremis con objeto de mejorar la enfermedad degenerativa que le impedía seguir componiendo, dejó todas sus pertenencias y derechos a su único hermano Edouard, quien convirtió la casa de Montfort-l’Amaury que había ocupado durante tantos años el maestro en un museo. Todo fue tal como se había previsto hasta que en 1954 Edouard y su esposa sufrieron un grave accidente de automóvil. Como necesitaban ayuda en sus quehaceres diarios, contrataron a una pareja, formada por Jeanne Taverne, enfermera de 48 años, y su marido Alexandre Taverne, que hacía de chofer. Cuando la esposa de Edouard, dos años más tarde, falleció, la pareja se instaló en el domicilio. En 1957 Edouard Ravel hizo un viaje a París para conmemorar el 20º aniversario del fallecimiento de su hermano y, para la satisfacción general, anunció su intención de ceder el 80 % de los derechos del compositor a la ciudad de París, con la idea de poner en marcha algo así como un Premio Nobel de la música.
Pero de vuelta a casa, por razones harto sospechosas, declaró a Jeanne Taverne como su única heredera. No le pudieron hacer cambiar de parecer ni siquiera las súplicas del propietario de Durand, principal editorial de la música de Ravel.
Mientras tanto, el director de la SACEM (la sociedad de autores francesa), Jean-Jacques Lemoine, observaba de cerca estas maquinaciones. Sabía perfectamente el valor de Ravel, que era entonces el autor que más ingresos generaba en toda la institución. Eduard murió en 1960, dejando tras él una amarga batalla legal entre los Taverne y los parientes suizos de Ravel (el padre de Maurice y Edouard era de origen suizo). Durante el tiempo que duró el proceso (unos 10 años) Lemoine, astutamente, congeló todos los ingresos a favor de Ravel. Cuando en 1970 el más alto tribunal de apelación de Francia dictó a favor de Alexandre Taverne (Jeanne había muerto en 1964), el antiguo chofer recogió la bonita suma de 3,6 millones de libras esterlinas. Pero la cosa no acaba aquí. En aquella época, más o menos, Lemoine renunció inesperadamente a su puesto en la SACEM para fundar un gabinete privado. Su primer cliente no fue otro que Alexander Taverne. No satisfechos con los ingresos percibidos, Taverne y Lemoine intentaron pescar también una parte substancial de los derechos del editor. Llevaron al propietario de Durand Editions, René Dommange, a los tribunales, pidiéndole que reescribiera sus contratos originales con Ravel, que otorgaban en la mayoría de los casos el 75 % de los derechos al editor en vez del acostumbrado 33 %. Dommange, que contaba entonces ochenta y tantos años de edad, no se sintió con fuerzas para luchar y cedió con facilidad. Cuando Taverne, que por entonces se había casado de nuevo, tuvo en sus manos todos los contratos originales, los reescribió junto con Lemoine y ambos se dividieron los derechos de autor debidos a grabaciones. Lemoine creó una compañía (Arima: Agencia Internacional de Management de Derechos de Autor) expresamente para tal fin. De forma todavía no explicada, en 1972, Alexandre y Georgette Taverne cedieron una parte de sus derechos a Arima. En la actualidad, los supervivientes de la familia Taverne, Georgette y su hija, declararon en 2000 a Le Point que no habían recibido un céntimo de los derechos de Ravel desde hacía mucho tiempo. Según ellas, es Lemoine –ahora por encima de 90 años y residiendo en Mónaco- el único perceptor de las millonarias rentas (que solo en los últimos 25 años se sitúan alrededor de los 30 millones de libras esterlinas), aunque esta afirmación es contestada por el propietario hasta 1982 de Durand Editions, Jean_Manuel Scarano, quien afirma que las Taverne se siguen beneficiando generosamente del talento de Ravel. Arima tiene su base en Gibraltar –más tarde, en las British Virgin Islands-, y son propietarias 3 compañías (Dunsmoor Ltd., Greenford Holdings y Anglo Swiss Directors Ltd, sobre las cuales nadie parece saber nada.

¿A que después de leer esto, la música del que Stravinsky apelara el relojero suizo suena más tristemente?

martes, 7 de marzo de 2006

Manipulación


La maquinaria de manipular –iba a decir “alienar”, pero la palabra me parece ya un poco apolillada- de que disponen ahora los poderes fácticos no tiene nada que ver con la de hace veinticinco años. Digamos que ahora, como en muchos otros aspectos de la sociedad, se manipula industrialmente. Hace treinta años, todas las fuerzas de un régimen dictatorial no eran suficientes para frenar unas inquietudes crecientes. Se trataba de una manipulación artesanal (aunque de baja calidad). Pero lo más efectivo de la actual manipulación es la transmisión de descrédito a todos los niveles hacia los outsiders del sistema. Si uno intenta una discusión dialéctica sobre la falsedad de los productos derivados del mercantilismo –lo cual es un trabajo inútil-, cuando todos los elementos de discusión parecen estar claros, siempre se da la reflexión final de que “los productos del mercantilismo serán una puta mierda, pero dan mucho dinero”, quedando así justificada la miseria. Sólo se puede vencer a la manipulación con educación, generación de inquietudes, presentación de alternativas, emergencia libre de estructuras y respeto profundo por las personas y cosas.
Si intentamos un análisis más profundo de la situación podemos caer fácilmente en la cuenta de que el Big Brother no es una otredad; es una parte de nosotros mismos que ha tomado cuerpo y que debe ser observado e integrado (o, en terminología freudiana, sublimado).

lunes, 6 de marzo de 2006

Coordenadas


Una de les grandes diferencias de mentalidad entre el mundo latino y el norteuropeo –y, por extensión, el anglosajón- es la actitud frente al dinero. La mayor parte de la gente de ambas culturas lo desea, pero mientras el nórdico (“protestante”) sitúa los bienes materiales en la categoría de “cosas buenas en sí”, el latino, quizás en algunos aspectos más cercano a cierta tradición ancestral (y también con el sentido de culpabilidad más desarrollado), los sitúa en una categoría de cosas más cercanas al mal que al bien. Entonces, para el latino, la codicia se transforma en un pecado mucho más morboso – y por tanto, mucho más apetecible-. Otra faceta de esta misma diferencia está constituida por la conciencia de grupo. En el norte, es sabido, existe mucha más conciencia cívica que en el sur. Ello está ampliamente relacionado con la conciencia de posesión: el bien común en el sur se sitúa en una rara esfera más allá de las cosas que forman parte del yo. Una vez vi a un anciano cabreado porque habían enganchado en la pared de su casa un discreto cartel anunciando la venta de un piso cercano. Lo cogió y, tal cual, lo tiró al suelo. La pared de su casa constituía para él parte de sus posesiones; el suelo de delante de su casa, no. Para muchos de los vecinos de mi casa, la escalera no constituye una parte de su casa, no les incumbe. La evolución de la conciencia consiste en considerar que tu casa se prolonga más allá de tu piso; más allá de tu edificio, de tu ciudad, de tu país. La perspectiva mundicéntrica pasa por la ampliación previa de conciencia. ¿Por qué, entonces, en el sur de Europa nos empeñamos en vivir agolpados en ciudades, mientras que en el norte prefieren hacerlo de forma más aislada? Posiblemente por una cuestión compensatoria: lo que en el sur falta de civismo, sobra de solidaridad. Yo soy del norte, pero del norte de África.