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miércoles, 29 de septiembre de 2021

Dialéctica

 


Durante el período que conocíamos como Edad Moderna, o Modernidad como le llamamos ahora, la evolución del pensamiento ha estado tipificado por el conocido proceso dialéctico: cualquier tesis genera su antítesis y, unidas, dan lugar no a un gris compromiso argumentativo sino a una nueva tesis más evolucionada a través de la cual se contempla el mundo de una nueva manera hasta que a su vez una nueva antítesis es generada y así sucesivamente. El filósofo GWF Hegel fue quien renovó el concepto, que los antiguos griegos adscribían no tanto a una evolución como a la lógica, a una búsqueda de la verdad por reducción al absurdo de las tesis “falsas”.  También a lo largo de estos cinco siglos de Modernidad se ha dado una oscilación entre dos maneras de ver y de estar en el mundo; los modos que F Nieztsche etiquetó como “apolíneo” y “dionisíaco”, cuya alternancia generó las épocas que llamamos “clásicas” y “románticas”, respectivamente. Tal puntual periodicidad evolutiva se ha visto truncada con el advenimiento de la Post Modernidad. Ahora las tesis difícilmente generan antítesis porque tendemos a considerarlas en continuo proceso de perfeccionamiento asintótico. Son tesis estériles y planas porque ya no contemplan la riqueza, complejidad y pluralidad del mundo sino tan sólo un cadáver racionalizado. La dialéctica ya no funciona y la evolución se ha detenido. Cuando la presión sea lo suficientemente grande las vías se desembozarán y después deberemos evaluar los daños. Como el caso del volcán.

viernes, 4 de mayo de 2018

Substantia



            Sigo leyendo a Byung-Chul Han. Y me sigue pareciendo un sintetizador excepcional de nuestro momento histórico. También me sigue pareciendo que todas sus reflexiones parecen encaminadas a concluir que estamos en un momento particularmente malo de la historia y, por consiguiente, lo mejor que podríamos hacer es frenar, poner la marcha atrás y salir de este callejón (¿sin salida?) para ir a otro sitio (¿nuestro pasado?). Supongo que Han nos incita a reflexionar, rebelarnos contra el estado de cosas y abrazar una filosofía a-temporal (todavía no he leído su libro sobre la filosofía Zen, pero puedo casi anticipar esta posibilidad). Me gustaría más que Han fuera capaz de un ascenso dialéctico y abogase por un Zen del futuro, con elementos de la cultura occidental de la que por otra parte él es buen conocedor. ¡Cuántas veces he oído –y contrareplicado- manifestar la creencia de que la filosofía de Oriente no sirve para arreglar el mundo porque debido a su pasividad lo deja invariante! Esta idea es absolutamente occidental. Desde Oriente se puede argüir con idéntica facilidad que la filosofía de Occidente no hace más que crear necesidades e ilusiones. Me parece absolutamente necesario que la filosofía de nuestro tiempo y del futuro próximo supere esta dialéctica. Las culturas oriental y occidental hace ya mucho tiempo que se encontraron y su fusión es un necesario proceso de lógica histórica. A este respecto acabo de leer también a Giles Lipovetsky, quien hace diez años analizaba los males pero también los aspectos positivos de nuestra época. Me pregunto si tales aspectos siguen siendo hoy en día vigentes. Para mi el problema más serio que presenta la visión postmoderna es la falta de historicidad, la falta de dialéctica y de sentido evolutivo. Aplicada al mundo artístico, la postmodernidad precluye la existencia de vanguardias: todo ha sido ya dicho -todo ha sido descubierto- y lo único que nos cabe producir son combinaciones de elementos que se encuentran en la historia. Éste es el gran subproducto que la falta de grandes narrativas o de metanarrativas acarrea. Leo en la entrada catalana de la Viquipèdia (¡en la Wikipedia en castellano el artículo en cuestión ni existe!) que la postmodernidad consiste en una visión liberadora del mundo, una visión sin los trasfondos paternalistas-sexistas-capitalistas propias de la modernidad, que propugna la libertad personal, la subjetividad individual y la revolución artística (¿!). Recomiendo la entrada de la Wikipedia inglesa para ahondar de forma seria sobre esta cuestión.

miércoles, 24 de mayo de 2006

Advaita


Debido a las influencias de la cosmovisión oficial y ortodoxa, tendente a la percepción “chata” del mundo, muy a menudo caemos en la trampa de situar los objetos de nuestro raciocinio alineados junto a dualismos enfrentados. Concebimos polos opuestos –el blanco y el negro- y después situamos, en muchas ocasiones de forma puramente mecánica, nuestros objetos en la caja blanca ó en la negra. Haciendo ya un esfuerzo mayor, a veces establecemos un continuo entre el blanco y el negro y logramos matizar toda una escala de grises. Entonces solemos decir que el mundo real no es ni blanco ni negro, sino una combinación de ambos. Hemos utilizado los polos opuestos como entidades irreales cuya combinación ofrece toda la gama cromática de los objetos reales. Es como la historia del caballero que vuelve de las Cruzadas y, habiendo visto por primera vez a un rinoceronte, lo describe a su esposa como una mezcla de unicornio y quimera. Estableciendo este continuo, que nos hace ver el mundo de forma un poco más completa que la que en el modelo de las cajas estancas quedaba reflejado no eludimos, sin embargo, el dualismo primigenio. El proceso evolutivo de la conciencia, ya sea ésta referida a nuestras percepciones físicas, mentales ó de otra índole, no tiene lugar por matización progresiva dentro de la línea que une a los polos de un dualismo. El cambio real de estadio de conciencia se da solamente cuando nos percatamos de que existe una perspectiva privilegiada bajo la cual los opuestos no son más que epimanifestaciones de un único fenómeno en una dimensión de orden superior. El símil visual del segmento que resulta de la proyección de la rueda que gira es muy adecuado. Lo que en una perspectiva de orden unidimensional aparece como una polaridad entre los extremos del segmento resulta, contemplado desde una perspectiva bidimensional, en un movimiento giratorio circular en el que no existen polaridades. La ascensión a una dimensión de un orden superior es lo que constituye la esencia de la evolución real. Las matizaciones son muy útiles para cartografiar con más precisión el territorio conocido pero no para descubrir nuevos mundos.

jueves, 2 de marzo de 2006

Proyecciones


Funcionamos a base de proyecciones psicológicas. Cada experiencia vital supone el final de una proyección (por integración del conflicto) y la ascensión a un nivel superior de conciencia. Cada ascensión representa un paso adelante en el camino de la ascesis intelectual pero a la vez comporta una pérdida de inocencia. Los procesos vitales nos alejan y a la vez nos acercan al paraíso (¿ó nos alejan de un paraíso pre- para acercarnos a otro paraíso post-? -me estoy refiriendo a un espacio a medio camino entre el universo einsteniano y el de Alice in Wonderland-). Las proyecciones más superficiales –las que envuelven pero no van más allá del yo consciente- son las que se integran más fácilmente a medida que viajamos desde el yo hacia lo otro, abriendo nuestra mente a perspectivas más amplias. Entonces aquello que tanto nos había preocupado, que tanta carga psíquica había ocupado, al integrarse en nosotros parece desvanecerse dejando espacio para nuevos contenidos, en un nuevo nivel de síntesis entre el yo y lo otro, entre lo racional y lo irracional, entre psique y conocimiento. Acercándose a lo otro observamos que ciertos parámetros de los cuales nos creíamos –para bien ó para mal-, los únicos depositarios, están ampliamente compartidos, mientras que, por el contrario, existen otros, que suponíamos –proyectábamos- urbi et orbe, que quedan más circunscritos a nuestro yo de lo que imaginábamos. Un poco como describe J. Piaget para la evolución de la ley moral individual: pasamos de concebir una ley moral rígida a una ley más flexible y finalmente reconocemos una ley moral diferente para cada individuo.