Los viajes
aéreos añaden varias dimensiones interesantes respecto a otro tipo de viajes:
el hecho de soslayar mapas físicos y políticos durante su trayectoria, por una
parte, y el hecho de alcanzar suficiente velocidad como para cotejarse con la
velocidad de rotación del planeta, por otra. El primer punto hace que el
paisaje que acostumbramos a admirar, el de la superficie terrestre, sea
substituido por el siempre electrizante paisaje de nubes, juegos de luces y
colores, independientemente del hecho de sobrevolar mares, llanuras, ciudades o
montañas. Las fronteras no llegan a desaparecer pero sí que quedan difuminadas
debido al aplazamiento con que son invocadas. Durante el vuelo no se
corresponden con las coordenadas reales. El aspecto temporal, especialmente notable
cuando atravesamos varios husos horarios durante el trayecto, altera nuestro
sentido habitual de la temporalidad, ligado normalmente a una posición horaria
fija. En los paneles de nuestra aeronave podemos observar la hora a que se
encuentran nuestro punto de partida y nuestro punto final. La hora a que se
encuentra la astronave -si es que este concepto pueda ser de alguna utilidad-
habría que calcularla en cada momento. De hecho son nuestros relojes biológicos
los que arrastran la hora de nuestro origen y deben por tanto ser corregidos a
la mayor brevedad posible en nuestro destino. Esta sensación de no tener
coordenadas espacio-temporales fijas -de no estar en ningún lugar concreto a
ninguna hora concreta- hace de los vuelos una rica experiencia capaz de ampliar nuestra
conciencia perceptiva.
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viernes, 11 de octubre de 2019
viernes, 18 de enero de 2019
Flotación
Para
poder seguir a flote en este tiempo convulso que vivimos se hace absolutamente
necesario un replanteamiento vital que vuelva a poner cierto orden en nuestro
saber vivir. Eso se hace progresivamente más complicado a medida que las
fuerzas descohesionadoras aumentan, pero debemos dejar de temer la pérdida de
referentes y confiar en nuestras capacidades innatas, alejándonos de las
visiones particulares y abrazando una del todo necesaria multidisciplinaridad. A pesar de haber derribado los absolutos, cada
vez nos aferramos más a ellos. Cada vez que generamos una dualidad no hacemos
otra cosa que cerrar una compuerta que retiene el flujo. En nuestro universo no
existen posiciones absolutas. Toda localización se basa en unas coordenadas
espaciales relativas. Cuanto más ampliamente extendamos estas coordenadas tanto
más estable será nuestra posición. De alguna forma nuestro origen de
coordenadas más intuitivo somos cada uno de nosotros, ya que no dejamos de ser
las ventanas con que miramos al mundo.
sábado, 21 de julio de 2018
Individuos
De vez en cuando –en esos momentos que
las filosofías orientales denominan de conexión- veo con pretendida claridad el
aroma de las cosas (¿la “idea clara y distinta” de Descartes?). Es entonces
cuando lo intento plasmar, de sopetón, por escrito, en términos racionales, y
ya tenemos una nueva entrada en el blog. Quizá una simplista clasificación de
las personas puede distinguir entre aquellas que quieren cambiar el mundo y
aquellas que quieren entenderlo (la mayor parte, evidentemente, se reparte
entre ambos cometidos). Los que quieren cambiarlo ya poseen un claro sistema de
coordenadas dentro del cual cartografían la realidad. Los que quieren
entenderlo se preguntan constantemente por la naturaleza de tal sistema de
coordenadas. Los primeros poseen una cognición inmediata que les permite pasar
a la acción sin más contemplaciones mientras que los segundos resultan más
pasivos porque cuestionan las coordenadas a las que parecen verse sometidos. Mirado
muy superficialmente parecería que buena parte de los científicos pertenecieran
más al primer grupo mientras que los filósofos al segundo. Al menos los
científicos dedicados a lo que Thomas Kuhn llamaba “ciencia normal”, es decir,
los que descubren cosas dentro de una cartografía predeterminada. Los que
inventan cartografías nuevas, evidentemente, pertenecerían más al segundo
grupo, así como buena parte de los filósofos. La distinción se hace más
importante en nuestros días, cuando un gran cambio, que afecta a nuestras
cartografías, se está produciendo en nuestro mundo. Y este gran cambio es el
paso de la racionalidad a la trans-racionalidad. Como en todo proceso de
crecimiento, estamos atravesando una crisis inflamatoria que da lugar a una
ultra-racionalización, y también una crisis existencial -a la que llamamos
posmodernidad- que nos impide mirar hacia adelante. Las ciencias de la
naturaleza hace mucho tiempo que parecen querer abrirse a la transmodernidad.
Los enfoques holísticos de la mecánica cuántica, la ecología, la holografía, la
teoría del caos, la cibernética, la fractalidad, los sistemas disipativos, la
autopoiesis y el modelo Gaia dan debida cuenta de ello. También la filosofía
hace un siglo (de Wittgenstein a Rorty) que debate sus límites –y más dos
siglos que se pregunta sobre la posibilidad de que la mente no sea transparente
(Kant)-. ¿A través de qué metaparadigma analizo yo el mundo? Pues a través de
uno extrapolado de la Modernidad, con su correspondiente trans-Ilustración.
¡Soy absolutamente incapaz de creer que la evolución pueda parar por haber
llegado a un punto final en que se han descubierto todos los secretos del
mundo!
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