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viernes, 11 de octubre de 2019

Nowhere - Nowhen



                        Los viajes aéreos añaden varias dimensiones interesantes respecto a otro tipo de viajes: el hecho de soslayar mapas físicos y políticos durante su trayectoria, por una parte, y el hecho de alcanzar suficiente velocidad como para cotejarse con la velocidad de rotación del planeta, por otra. El primer punto hace que el paisaje que acostumbramos a admirar, el de la superficie terrestre, sea substituido por el siempre electrizante paisaje de nubes, juegos de luces y colores, independientemente del hecho de sobrevolar mares, llanuras, ciudades o montañas. Las fronteras no llegan a desaparecer pero sí que quedan difuminadas debido al aplazamiento con que son invocadas. Durante el vuelo no se corresponden con las coordenadas reales. El aspecto temporal, especialmente notable cuando atravesamos varios husos horarios durante el trayecto, altera nuestro sentido habitual de la temporalidad, ligado normalmente a una posición horaria fija. En los paneles de nuestra aeronave podemos observar la hora a que se encuentran nuestro punto de partida y nuestro punto final. La hora a que se encuentra la astronave -si es que este concepto pueda ser de alguna utilidad- habría que calcularla en cada momento. De hecho son nuestros relojes biológicos los que arrastran la hora de nuestro origen y deben por tanto ser corregidos a la mayor brevedad posible en nuestro destino. Esta sensación de no tener coordenadas espacio-temporales fijas -de no estar en ningún lugar concreto a ninguna hora concreta- hace de los vuelos una rica experiencia capaz de ampliar nuestra conciencia perceptiva.

viernes, 18 de enero de 2019

Flotación



                        Para poder seguir a flote en este tiempo convulso que vivimos se hace absolutamente necesario un replanteamiento vital que vuelva a poner cierto orden en nuestro saber vivir. Eso se hace progresivamente más complicado a medida que las fuerzas descohesionadoras aumentan, pero debemos dejar de temer la pérdida de referentes y confiar en nuestras capacidades innatas, alejándonos de las visiones particulares y abrazando una del todo necesaria multidisciplinaridad.  A pesar de haber derribado los absolutos, cada vez nos aferramos más a ellos. Cada vez que generamos una dualidad no hacemos otra cosa que cerrar una compuerta que retiene el flujo. En nuestro universo no existen posiciones absolutas. Toda localización se basa en unas coordenadas espaciales relativas. Cuanto más ampliamente extendamos estas coordenadas tanto más estable será nuestra posición. De alguna forma nuestro origen de coordenadas más intuitivo somos cada uno de nosotros, ya que no dejamos de ser las ventanas con que miramos al mundo.

sábado, 21 de julio de 2018

Individuos


                       
                       De vez en cuando –en esos momentos que las filosofías orientales denominan de conexión- veo con pretendida claridad el aroma de las cosas (¿la “idea clara y distinta” de Descartes?). Es entonces cuando lo intento plasmar, de sopetón, por escrito, en términos racionales, y ya tenemos una nueva entrada en el blog. Quizá una simplista clasificación de las personas puede distinguir entre aquellas que quieren cambiar el mundo y aquellas que quieren entenderlo (la mayor parte, evidentemente, se reparte entre ambos cometidos). Los que quieren cambiarlo ya poseen un claro sistema de coordenadas dentro del cual cartografían la realidad. Los que quieren entenderlo se preguntan constantemente por la naturaleza de tal sistema de coordenadas. Los primeros poseen una cognición inmediata que les permite pasar a la acción sin más contemplaciones mientras que los segundos resultan más pasivos porque cuestionan las coordenadas a las que parecen verse sometidos. Mirado muy superficialmente parecería que buena parte de los científicos pertenecieran más al primer grupo mientras que los filósofos al segundo. Al menos los científicos dedicados a lo que Thomas Kuhn llamaba “ciencia normal”, es decir, los que descubren cosas dentro de una cartografía predeterminada. Los que inventan cartografías nuevas, evidentemente, pertenecerían más al segundo grupo, así como buena parte de los filósofos. La distinción se hace más importante en nuestros días, cuando un gran cambio, que afecta a nuestras cartografías, se está produciendo en nuestro mundo. Y este gran cambio es el paso de la racionalidad a la trans-racionalidad. Como en todo proceso de crecimiento, estamos atravesando una crisis inflamatoria que da lugar a una ultra-racionalización, y también una crisis existencial -a la que llamamos posmodernidad- que nos impide mirar hacia adelante. Las ciencias de la naturaleza hace mucho tiempo que parecen querer abrirse a la transmodernidad. Los enfoques holísticos de la mecánica cuántica, la ecología, la holografía, la teoría del caos, la cibernética, la fractalidad, los sistemas disipativos, la autopoiesis y el modelo Gaia dan debida cuenta de ello. También la filosofía hace un siglo (de Wittgenstein a Rorty) que debate sus límites –y más dos siglos que se pregunta sobre la posibilidad de que la mente no sea transparente (Kant)-. ¿A través de qué metaparadigma analizo yo el mundo? Pues a través de uno extrapolado de la Modernidad, con su correspondiente trans-Ilustración. ¡Soy absolutamente incapaz de creer que la evolución pueda parar por haber llegado a un punto final en que se han descubierto todos los secretos del mundo!