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viernes, 7 de marzo de 2014

Quiralidad


                     
                     La quiralidad es la propiedad por la cual un objeto no es superponible  con su imagen en el espejo. Cualquier objeto que carezca de un plano de simetría, por tanto, es quiral. La palabra procede del griego chiros (mano), parte de la anatomía que presenta dicha propiedad. Si la imagen en el espejo representa la polaridad de los simbolismos, que en el mundo físico resultan en ocasiones compensados (el caso de las manos: derecha masculina-activa/izquierda:femenina-pasiva), los objetos quirales “desaparejados” simbolizan parejas truncadas, un miembro de las cuales existe en el mundo físico y el otro en el mundo especular. El reconocimiento de la quiralidad precisa de una interacción quiral, bien sea física, química o involucre además la conciencia. Vistos desde una perspectiva tridimensional, los objetos bidimensionales no aparecen quirales porque se les puede “dar la vuelta” alrededor del plano en donde habitan. Homólogamente, los objetos quirales en tres dimensiones dejan de serlo si se los considera desde una perspectiva tetradimensional. Obviamente no podemos “ver” directamente objetos en cuatro dimensiones, pero sí sus proyecciones dinámicas –igual que las proyecciones dinámicas de los objetos tridimensionales se pueden representar en un espacio bidimensional-. Esta operación (que además se puede llevar ad infinitum a lo largo de cualquier n-dimensión superior) acaba haciendo coincidir a las parejas enantioméricas. Toda esta disquisición no es más que una forma geométrica de representar la síntesis/disolución de dualidades que siempre tiene lugar en cuanto se asciende el orden dimensional. Debo de confesar aquí, para mi estupor, que esta conclusión no la tenía clara al comenzar este escrito, y que sólo se ha ido revelando a lo largo de su escritura.

domingo, 24 de marzo de 2013

Garabatos

                        Mientras hablamos por teléfono –a la manera antigua, sentados y mínimamente aislados- pero también mientras esperamos que el ordenador nos de una respuesta y también cuando estamos mentalmente enfrascados en un proceso inventivo o creativo, se dispara en nosotros cierta forma simple de escritura automática y empezamos a embadurnar la hoja de papel más cercana con formas más o menos reconocibles. Después las rellenamos y a partir de aquí las formas sufren una deriva considerable hacia puertos inconscientes. Cuando, tiempo después de haber sido dibujadas, observamos tales figuras, éstas resuenan en nosotros de forma extraña: a veces creemos reconocer y adscribir sus formas; si no es así, jugamos con ellas tal como hacemos con la forma de las nubes, donde cada uno ve una borrosa imagen de su inconsciente. Fellini adornaba sus cuadernos de bosquejos con dibujos de amplias formas femeninas mostrando grandes pechos y muslos. Miró incluía a menudo formas genitales en sus cuadros. Eran formas menos automáticas de sublimar los instintos primarios a través de la creación artística.