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jueves, 17 de septiembre de 2009

IQ


Últimamente nos hemos visto inundados de ciber-invitaciones para realizar sencillos tests que revelan de forma automática nuestro coeficiente de inteligencia, el célebre IQ. A menudo tales invitaciones van acompañadas de confusas referencias a algún personaje histórico, el 90 % de los casos al Sr. Einstein. Nunca he accedido a tales invitaciones, pero me temo (como buen señor de mediana edad) que deben de ocultar algún mensaje comercial disfrazado con uno de los anzuelos que más presas captan en la actualidad: el cultivo del ego. Presumo que el resultado es que te conceden un IQ a medio camino entre el Austrolopithecus y Einstein y te ofrecen a cambio una nueva invitación para que consumas –ahora sí, pagando- algún bien fútil. Tu orgullo ha sido complacido y el bolsillo del anunciante también. Entonces cabe preguntarse que quién triunfa en nuestra sociedad, el más inteligente ó el más listo (o, en determinadas áreas, el más listillo). Una vez más el mercantilismo explotando clichés. No se te invita a que realices un test para determinar tu grado de felicidad porque esta operación quizás te haría reflexionar demasiado y en estos nuestros tiempos el reflexionar y el consumir son tareas bastante incompatibles. Tampoco sobre tu grado de listeza porque los que de verdad son listos ya han aprendido a no perder el tiempo en tales zarandajas. Y, evidentemente, mucho menos sobre tu grado de sabiduría, en el dudoso supuesto de que se pudiera diseñar un test a tal efecto. Si por algo ha pasado Einstein a la historia ese algo fue el resultado de una improbable combinación de inteligencia, sabiduría, capacidad de síntesis, potencial creativo y, por que no, también algo de listeza.

viernes, 19 de enero de 2007

Títulos

Es sobremanera común, en el mundo de la empresa –y también en otros-, en estos agitados días que nos toca vivir, encontrarnos con gran diseminación de títulos, reales ó ficticios, otorgados ó inventados, casi siempre rimbombantes y, por supuesto, en idioma inglés. Tienen la misión poco clara de actuar como bálsamo contra los ataques dirigidos, ya sea consciente ó inconscientemente, desde adentro ó desde el exterior, contra el ego, ese animalillo que tan fácilmente nubla nuestra conciencia. La misión es poco clara porque en vez de sanar al ego, lo que hacen es aliviar momentáneamente sus dolores. No lo transforman sucesivamente en amor propio y después en autoestima. Muy al contrario, al anestesiar al animalillo, éste se desarrolla con mayor libertad porque no hinca sus garras en la conciencia. Cuando el efecto de la anestesia se evapora –lo cual sucede progresivamente con más facilidad-, el dolor es mayor porque la distancia entre la conciencia y el inconsciente se ha agrandado. Si cultivamos directamente la autoestima, lo cual no es tarea fácil porque el esfuerzo precisa de una madurez que a primera vista resulta menos atractiva, tenemos al ego controlado no con anestésicos sino por transformación, por suplantación, como la rana que se transforma en príncipe. Basta un beso de amor.