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domingo, 21 de mayo de 2023

Culto

 


                        Sólo con mencionar su nombre todos se arrodillan: el profano, el entendido, el aficionado, el profesional, el anticuado y el que está à la page. Inteligencia artificial. IA. AI (mejor). Como siempre, debo aclarar que no tengo nada en contra del progreso. Muy al contrario. Todo lo que represente un paso adelante (o, mejor dicho, un paso atrás con la finalidad de ver con más perspectiva) me resulta particularmente refrescante. Pero si lo único que hacemos es incorporar una nueva herramienta para seguir mirando lo mismo, el resultado es, invariablemente, falaz o inapropiado. Si no hacemos el esfuerzo de mirar con una perspectiva aumentada (y no sólo aumentada con la distancia sino sobre todo con el orden dimensional) acabamos creando un falso ídolo; un becerro de oro actualizado. La inteligencia artificial tiende a hacernos creer que sólo existe un paradigma válido al que llamamos realidad, mientras que, por otra parte, hace de espejito mágico con que satisfacer nuestro pobrecito irritado ego.  Desde este punto de vista, la AI es parte de la postmodernidad de la esfera tecnológico-científica. 


lunes, 13 de abril de 2020

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            Cada vez existen más escritos, libros, artículos (y algunos blogs como éste) que hablan de una nueva época, de una nueva cosmovisión. Aunque raramente tales propuestas desgranan o muestran lo esencial del asunto. Normal: todavía nos faltan elementos para describir aquello que está naciendo porque estos elementos nos serán proporcionados por la nueva visión. Si suponemos que podemos describirla con ayuda de elementos de los que disponemos antes de su nacimiento estamos cayendo en una falacia cognitiva. Esta falacia cognitiva podría incluirse dentro de aquellas tendencias que los filósofos de las últimas décadas califican de realismo (este término, por cierto, al igual que el de idealismo, ha significado cosas enormemente diferentes a lo largo de los siglos). Esta falacia adquiere por tanto la forma “existe algo fuera del espacio y del tiempo a lo que podemos acceder on demand para describir cualquier caso o situación que se nos presente en cualquier momento de la historia” (irónicamente, a esta forma de realismo en la Antigüedad se lo conocía como idealismo). Si podemos acceder en cualquier momento es que tenemos una visión sintética a-histórica y objetiva (lo que la ciencia supone tácitamente que utiliza en sus quehaceres). Esta idea va pareja a la tendencia que tenemos los humanos a proyectar fuera de nosotros cualquier contingencia a la que bautizamos con nombre y apellido mientras nos alienamos de ella. Cada época ha generado sus proyecciones, cuyos nombres han atravesado después por diferentes períodos históricos (así: Dios, Razón, Substancia, Fundamento). Una parte del trabajo a hacer en la nueva época será el de asumir las proyecciones, asumir las creencias y asumir la subjetividad (todas ellas siempre serán necesarias para nosotros como el aire que respiramos). Deberemos ascender un orden dimensional para que cuando miremos atrás veamos que nuestros asuntos últimos no eran más que un caso particular dentro de la nueva situación, que ha visto ampliado el orden de las cosas. Solamente cuando todas estas grandes estructuras se vayan asentando podrá cristalizar una nueva época. Pero quizás para llegar a ella se tenga que pasar por una importante involución que nos haga redescubrir nuestra naturaleza.

sábado, 2 de marzo de 2019

Correlaciones



                         En 2008 se publicó un ahora famoso artículo en el que se re-visita el aforismo de George Box –y de algunos estadísticos anteriores- que afirma que todos los modelos usados por la ciencia –desde la biología hasta la psicología, pasando por la sociología y la física– son falsos, aunque algunos son muy útiles. Esta idea se ha visto reforzada gracias a la actividad correlacionadora que ofrece el Big Data. Es decir, que el propio método científico a través del cual se generan hipótesis que luego se contrastan experimentalmente se ve cuestionado por la petagígica nube. Según las corporaciones de Big Data la generación de modelos ya no es necesaria. Los modelos siempre acaban fallando, al contrario que las correlaciones. ¿Quién dice que los filósofos no son ya necesarios? ¡Lo son más que nunca! Es evidente que se trata de un enunciado falaz, y no precisamente porque el método científico sea infalible sino porque la ausencia de modelo que reivindica el Big Data no es tal. Existe un modelo implícito que, por omnipresente y rutinario, ha acabado transparentando y está por este motivo epistemológicamente camuflado. La afirmación sobre los modelos presenta un notable isomorfismo con los enunciados básicos de la Postmodernidad: No existen verdades absolutas. No existen; pero el anunciado, por contenerse a sí mismo, se sitúa fuera de la lógica aristotélico-cartesiana: las conclusiones postmodernas son ciertas, pero no se pueden aplicar en absoluto dentro de un ámbito anterior (es decir, moderno). El hecho de querer hacer de una correlación estadística una verdad universal es como hacer una religión del enunciado Todas las religiones son falsas o pretender que los modelos científicos se transforman, a base de años, en dogmas de fe universales. Los modelos no son más que narrativas que van evolucionando y se adaptan así a las contingencias de cada momento histórico. Los modelos del día de hoy son los de la complejidad, que gran parte del mundo científico todavía no ha comprendido. Y esto que aplica al mundo de la ciencia aplica también al mundo de la espiritualidad y al mundo del arte. Hay que recelar siempre de los poseedores de la verdad absoluta, sean quienes sean. Aunque se trate de la hoy omnipresente y omnipotente petagígica nube.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Vicios


        La postmodernidad es la puerta de salida hacia el futuro pero no es el futuro porque la postmodernidad preclude el futuro. Jean Gebser, en su notable modelo evolutivo de la conciencia, utiliza la relación que cada época ha tenido con los parámetros espacio-temporales para caracterizarla. La evolución de los conceptos de espacio y tiempo atraviesa así por diversas fases de ascenso dialéctico. Gebser adscribe el principio del período integral con la integración del tiempo (cuyo concepto había sido inexistente, cíclico y lineal en los respectivos períodos mágico, mítico y racional) dentro en una forma de presente eterno. Gebser ilustra su modelo situando los primeros atisbos de integralidad a principios de S XX, con los ejemplos de integración del tiempo con el espacio (cubismo; relatividad restringida). En su propio modelo, Gebser describe las resistencias que ofrece cada fase evolutiva para dar paso a un nuevo estadio. Sitúo la postmodernidad en un nicho de resistencia por parte de la racionalidad que se niega a ser superada. La integración del tiempo por superación dialéctica (es decir, integradora) nos muestra así un vicio: la falacia de asistir al final del proceso evolutivo, donde toda la esfera de la historia se muestra ante nosotros para que dispongamos de todas las posibilidades. Como consecuencia de este vicio asistimos a una especie de neoplatonismo degradado desde el que proyectamos nuestros fantasmas en forma de (irracionales) racionalizaciones. El resultado final nos rebota como las ondas sonoras que quedan atrapados dentro de una esfera pulida. Hemos interrumpido el mecanismo que permite el ascenso dialéctico. La obstrucción resultante no es un equilibrio reconfortante sino una emergencia médica.

martes, 29 de julio de 2014

Destinos


                          Uno de los hechos que tradicionalmente más han apoyado la creencia en un destino inexorable es la repetición del mal fario en el caso de ciertos individuos y también de ciertas familias, como si de una persecución implacable por parte de las divinidades exigiendo venganza se tratara. La repetición de ciertas situaciones, reacciones, expresión de ideas es un hecho común. Los grandes creadores no han hecho otra cosa, a lo largo de sus más variopintas creaciones, que presentar una y otra vez un conjunto más o menos amplio de elementos de su muestrario. Cualquier hijo de vecino, de forma más o menos inconsciente, cae siempre bajo el influjo de determinadas constelaciones que lo impelen, de acuerdo con su psicología, a adoptar una y otra vez las mismas actitudes, a percibir los mismos fenómenos,  a buscar los mismos elementos para su vida. No en vano se ha dicho que durante la vida de un individuo se producen unos pocos hechos relevantes que se van repitiendo a lo largo de ésta. Cuando se trata de desgracias imprevistas y sin una causa psicológica aparente, como si de una especie de genes existenciales se tratara, es cuando el fenómeno de la simpatía de destinos se nos presenta como más misteriosa. Es peligroso analizar racionalmente estos temas que exigen un mayor abarcar sin caer en fijaciones preracionales o saltar entre estructuras cognitiva de distinto nivel evolutivo originando falacias cognitivas. La creencia común en que un acercamiento científico-objetivo es capaz de despejar cualquier duda, haciendo tests de doble ciego y eliminando cualquier rastro de subjetividad cae dentro de la más falsa de las subjetividades. El espacio objetivo propio del método científico existe, pero no contiene todas las posibilidades. La mente racional percibe un mundo que se comporta racionalmente de la misma manera que la mente mágica percibe un mundo que se comporta mágicamente y la mente mítica uno que se comporta míticamente. Estas estructuras mentales no son elegibles al libre albedrío. Cada una representa una evolución respecto a la anterior.

jueves, 22 de marzo de 2012

Rationale

           
Cada día con más frecuencia los medios de comunicación nos regalan con artículos y entrevistas en los que nos dejan caer explicaciones científicas de hechos que la sabiduría tradicional ya conocía con mucha anterioridad. Desde el cerebro del corazón al corazón del cerebro, desde las ondas armonizadoras del corazón hasta la interconexión de las mentes. Y parece que, con el nihil obstat del rationale científico, nos estén validando la certeza de tales conocimientos. Hoy he leído en esas temibles pantallas de información masiva en el metro que una serie de estudios científicos concluían que una dieta rica en frutos secos y pescado daba lugar a una agilidad mental más elevada, y después apostillaban con el rationale de los ácidos omega insaturados. Es curioso que se pida y celebre el tal rationale y en cambio no se pongan en duda los métodos empleados en el estudio ni su estadística (la verdad es que un ensayo clínico evaluando el efecto de potentes fármacos sobre cosas mucho más fácilmente mesurables tiene una enjundia y una dificultad lo suficientemente grandes como para que se desconfíe soberanamente de la noticia…). Está muy bien –y es lo normal y deseable- que exista una armonía entre la ciencia y otros tipos de conocimiento que tratan de los mismos temas pero con un punto de vista diferente. La ciencia trata los temas desde un punto de vista objetivo, de tercera persona, y halla así los correlatos objetivables, de tercera persona, respecto a temas que solamente se conocían en primera persona, a través de la experiencia subjetiva, que no es menos válida que la anterior sino que supone otro punto de vista. El problema lo tenemos cuando mezclamos puntos de vista ó también cuando lo hacemos con grados de evolución cognitiva. Así, los trasuntos mágicos se deben de juzgar desde un punto de vista mágico, y lo mismo sucede con los míticos y los mental-racionales. Cometemos el error cuando juzgamos trasuntos míticos con ojos mental-racionales (igual que sucedería al contrario). Y ése es precisamenmte el problema del cientifismo: que lo juzga todo desde el punto de vista objetivo y desde el grado de evolución cognitiva mental-racional. Es entonces cuando surgen las falacias, que también aparecen cuando efectuamos un paso en falso con cosas aparentemente tan bien estructuradas como las matemáticas. Aunque lo parezca, no trato de imponer un punto de vista personal. Trato más bien de abrir el punto de vista habitual, insidioso por omnipresente.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Falacias

            Gran parte de las contraposiciones e incluso dicotomías que nos aparecen como insolubles –estoy hablando de procesos mentales- se pueden reducir sin demasiada dificultad a los términos de una falsa comparación, es decir, una falacia. Durante años he oído decir (como quien descubre una verdad terrible) que los niños son, en realidad, unos seres malévolos. Los niños no son todavía adultos, por lo que no han sufrido toda la evolución moral propia de éstos. En todo caso, los seres malévolos puros que aparecen en los cuentos de hadas serían las proyecciones de la parte no evolucionada de los niños. Y la maldad que aparece en los adultos –Sócrates dixit- tiene mucho de inmadurez mal resuelta. Todos los asuntos de tipo El-Vaticano-contra-La-Ciencia (que últimamente han aumentado considerablemente en cuantía) se basan en criterios que proceden de niveles evolutivos diferentes (azul-contra-naranja según el modelo de Beck-Cowan) y ninguno de ellos capaz de superar la conciencia de segundo orden, es decir, la autoconciencia. El mundo de la ciencia se mueve dentro de unas estructuras de conocimiento más evolucionadas de lo que lo suele hacer el Vaticano pero tales estructuras también tienen sus límites, que dicho nivel naranja suele ignorar, tendiendo a pensar que lo abarcan todo. De ahí que el método científico sea una herramienta indispensable para juzgar los fenómenos vistos desde el nivel naranja. Este juicio nos inferirá un grado de certeza (read-out característico de la estructura racional). Si pretendemos validar un hecho observable que cae fuera de los paradigmas de nuestra ciencia bajo el punto de vista científico (recurriendo, evidentemente, a la estadística) caeremos en la falacia que describía al principio. Cuando aplicamos la estadística a la astrología, al efecto placebo ó a cualquiera de los siete experimentos de Sheldrake incurriremos en este error.

viernes, 29 de junio de 2007

Caridad


Retomando el final del hilo del anterior post, hay un tema que parece bastante relacionado con el de la igualdad por nacimiento –al menos, parece tener su origen también en la Ilustración- y es la de la conveniencia de la substitución de la idea de caridad por la de justicia social. Los que proclaman tal conveniencia dicen hallar bajo el epíteto caridad unas connotaciones demasiado teñidas de beatería, de deber ó de gracia más que de derecho y absolutamente dirigidas ó dirigibles. Algo de razón tienen. Pero el hecho es que, una vez más, se está cometiendo un error categorial al comparar ó excluir mutuamente dos conceptos muy diferentes. La caridad –que, ciertamente, está en la base de la mayor parte de las tradiciones religiosas no primitivas- supone un acto creativo volitivo realizado de forma personal ó colectiva y que consiste en la participación en mayor ó menor grado en un karma ajeno. La caridad supone, por tanto, una siquiera parcial identificación y también una renuncia. Pero esta identificación no es la de la bolsa amniótica, el caos primigenio ó la unión mágica. Es la identificación mental ó transmental. Por eso las tradiciones religiosas más modernas (taoísmo, budismo, cristianismo e islamismo) son las que más hablan de caridad (o compasión, término análogo), cada una coloreada por su entorno correspondiente. Podría pensarse también, hablando de manera alternativa, que la justicia social es el trasunto despersonalizado de la caridad, de la misma manera que las normas de seguridad lo son de la precaución ó las normas de convivencia lo son del civismo. Frente a una desgracia la justicia social podrá asegurar económicamente la situación –o incluso anímicamente, con asistencia psicológica, otra forma despersonalizada de acción-, pero la única manera de compartir, consolar, amar y dar esperanzas pasa por el ejercicio de la caridad.