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viernes, 22 de abril de 2016

Procrastinación

         Inspecciono el artilugio electrónico que utilizo para estar conectado con mi actividad profesional por pura procrastinación. Quizás porque nos hemos acostumbrado a hacer bailar los dedos sobre teclados virtuales -bien; en mi caso también sobre teclados reales- . Y me encuentro con una sorpresa: una aplicación que es capaz de registrar datos morfológicos, médicos y de actividad ofrece también la posibilidad de ir apuntando cada encuentro sexual que tiene el interesado, clasificándolo según el grado de protección utilizado. De momento no preguntan ni por la naturaleza del partner ni por el grado de satisfacción alcanzado, pero todo se andará. Pienso en una versión electrónica del catálogo que Leporello, servil criado de Don Giovanni, recita a una de sus catalogadas. Está en boca de todos la progresiva pérdida de intimidad y el creciente grado de control que los aparatos del poder ejercen sobre los ciudadanos. No lo voy a discutir. Pero si lo voy a contextualizar. La creciente complejidad que suele acompañar a la evolución elabora sus ramificaciones en todas direcciones. Se habla mucho de pérdida de libertades pero se hace desde un punto de vista teórico o con pocos fundamentos históricos. Hoy en dia hay a la vez más libertad y más control que en tiempos pasados. Una cosa no quita la otra si atendemos cuidadosamente al grado de complejización del sistema. Muchos dirán que la simplicidad del pasado más o menos remoto es mucho más apetecible que la complejidad ulterior. Se trata, sin duda, de seguidores del falaz "cualquier tiempo pasado fue mejor". El desarrollo y la complejidad implican un salto simultáneo hacia lo mejor y hacia lo peor. El verdadero problema no se halla en la evolución o complejización sino en el desequilibrio generado dentro de esa evolución. Cuando evolucionan los conocimientos técnicos lo tienen que hacer de la mano de los conocimientos humanos que a su vez lo tienen que hacer junto con los conocimientos morales que a su vez se hermanan con los conocimientos filosóficos que retroalimentan a los conocimientos científicos que nutren a los conocimientos técnicos, en una especie de schnitzleriana ronda de complejidades. Si se produce una desarmonia en tal hermanamiento natural es cuando aparece el desajuste. Como el poder atómico en manos de fundamentalistas o las redes sociales en manos de nihilistas morales. Después de escribir esto voy a marcar un hito en mi contador de actividad sexual (con la etiqueta "sin protección", claro). Porque también hay que saber rebelarse y engañar al gran hermano, naturalmente.

domingo, 24 de mayo de 2009

Aprendices de brujo


El gran peligro que amenaza nuestro presente viene constituido por el creciente desequilibrio entre la evolución y el desarrollo tecnológicos por una parte y el grado de desarrollo cognitivo y madurez emocional de los individuos por la otra. Para que una civilización funcione correctamente es absolutamente preciso que todas las líneas de desarrollo avancen de manera armónica. Y la raíz del gran peligro estriba en la peligrosa –peligrosa a estas alturas, no en otras épocas- mentalidad moderna que da por sentada la absoluta independencia de ambos desarrollos. Esto mismo ya lo expresó Goethe en su conocido poema El aprendiz de brujo: la inmadurez y el conocimiento no son buenos aliados (el propio Goethe expresó en su Faust el pacto que hace posible tal divorcio). Cuando el poder –cualquier tipo de poder- se halla en manos de personajes con desarrollos detenidos a los ocho años el futuro de esta sociedad no es muy esperanzador. Por eso muchos sabios en la actualidad –y en cualquier otra época- giran la cabeza en otra dirección, prescindiendo de la dimensión social humana. Y ello también contribuye a empobrecerla.