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miércoles, 28 de mayo de 2008

Integración de dualidades - 3


Podemos identificar toda una familia de dualidades que son usualmente adscritas a objetos externos a nosotros, al mundo que nos envuelve según el paradigma dualista cartesiano-newtoniano. La pareja causa/efecto se encuadra dentro de la constelación materia/espacio/tiempo y es precisamente el fruto de la percepción –clara y distinta, diría Descartes- de tales elementos considerados como entidades separadas. La integración de esta dualidad pasa por la ampliación del nivel físico de la conciencia. El etiquetaje de diversos eventos como parejas causa/efecto está íntimamente relacionado con la consideración del tiempo newtoniano/lineal, entidad que existe de forma independiente de los procesos. Cuando se substituye el concepto de objeto por el de proceso –y esto hace mucho tiempo que lo inició la ciencia ortodoxa-, la relación causal se debilita. Si cada proceso se halla asociado a una escala particular de tiempos –dependiente no tan sólo de la naturaleza de tal proceso sino también de su situación relativa, de acuerdo con la Relatividad Restringida-, la interacción de procesos difícilmente puede generar per se el concepto causalidad. La simpatía de fenómenos sin relación causal aparente ó sincronicidad junguiana constituye otra brecha en el edificio de la causalidad. Visto desde otro punto de vista, cabe recordar la descripción de William James de las causas del asesinato de Lincoln para que las parejas causa/efecto aparezcan como cortes espaciales hechos por la mente de un hiperespacio que contenga cualquier posible relación causal. En la integración de esta dualidad, cualquier evento es causa y efecto de cualquier otro. Pero para asumir este principio se necesita un alto grado de desapego; utilizado de forma irresponsable podría conducir a tesis destructivas. Un dualismo particularmente degustado en los ambientes científicos del S XX es el del determinismo/indeterminismo. También ha sido muy referenciado durante las crisis religiosas occidentales que han conducido a rupturas, como la reforma luterana. Más que una verdadera dualidad, la física se refiere a dos modelos en apariencia mutuamente excluyentes. La integración de la pareja causa/efecto revierte en la disolución del problema determinismo/indeterminismo. Ya las narraciones míticas que incluyen todas las religiones hacen referencia a este tema. El universo semítico, creado pero sin fin, y el no creado pero con final del budismo participan del universo en constante creación y destrucción del hinduismo. Las diversas hipótesis sobre el multiverso son el trasunto mental-racional de esta narración mítica: en un multiverso no existen ni la determinación ni azar tal como nuestra mente entiende tales términos.

viernes, 23 de mayo de 2008

Integración de dualidades - 2


Existen otras dualidades no menos difíciles de integrar. Efecto similar al que resulta de separar la luz de la sombra es el que experimentamos cuando nos separamos del mundo para estudiarlo. Es el problema de la subjetividad/objetividad. Claro que nuestra percepción se halla condicionada por nuestra mente: mente y mundo como entidades separadas son el resultado de una fragmentación. Conciencia sería el término que integraría ambos conceptos. La Física, la adelantada entre las ciencias naturales, la que hace cuatrocientos años recogió los primeros frutos del método científico, hace ya casi un siglo que empezó a abandonar esta dualidad. Las formulaciones de la mecánica cuántica no pueden ya ser consideradas, bajo la ortodoxia de la interpretación de Copenhague, como pertenecientes al mundo objetivo ni tampoco al subjetivo. Es la idea desarrollada con sumo éxito por Fritjof Capra en su Tao de la Física. La dualidad masculino/femenino parece resolverse más sencillamente: se equivale con la de espíritu/materia, sabiduría/método, cielo/tierra ó yang/yin. La vida, el arte, la iluminación, la esencia de todas las cosas nace de la unión de los opuestos, opuestos sin embargo interdependientes e intertransformantes. Como en el proceso de enantiodromía descrito por Jung: una cualidad, después de alcanzar su máxima intensidad, se transforma en su opuesta. De la anterior dualidad se deriva la que quizás aparece como de más difícil integración, la pareja vida/muerte. La única manera de asumirla consiste en el abandono de la usual percepción de nosotros mismos, de nuestro ego, como algo separado del resto de la totalidad. No en vano al orgasmo se le conoce como la petite morte: el sexo y la muerte siempre van de la mano, como en la Casa VIII del horóscopo, aunque la unión sexual también genera la vida. La disolución del yo psíquico y físico supone el renacimiento en la totalidad. Lo que las místicas orientales conocen como el Gran Vacío. Cuando la dualidad se logra integrar en un estado de conciencia superior y la rueda girando substituye al péndulo oscilando queda todavía algo para alcanzar el nirvana: situarse en el centro de la rueda, el punto que no gira, que se escapa al samsara budista. Si se reflexiona un poco sobre el origen de estas dualidades, se advierte que todas ellas están interrelacionadas y vuelven a ser diferentes facetas de un mismo trasunto.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Integración de dualidades - 1


Las dualidades resultan de la comprensión incompleta ó fragmentada de una realidad de un orden superior. Y nunca se pueden resolver: solamente se pueden disolver por integración. Para acceder a tal integración/disolución se precisa, sin embargo, de cierta renuncia (o lo que en occidente llamamos renuncia). Un ejemplo cotidiano lo hallamos en la integración de emigrantes en la cultura occidental. Cuando hablamos de “adaptación a nuestra tradición” no hablamos de integración sino de “conversión” –como en las colonizaciones occidentales de otrora-. Cuando hablamos de “respeto mutuo”, aunque tal actitud sea sin duda más evolucionada que la anterior, tampoco hablamos de integración de culturas porque todavía nos situamos en una fase postmoderna. La dualidad continúa existiendo, bien que relativizada. La relativización es el único camino mental que tenemos para poder ascender un peldaño en nuestra percepción. Solamente en el momento en que desaparezca “lo nuestro” y “lo vuestro”(me refiero no solamente a la cultura sino al territorio), con la consiguiente renuncia por ambas partes, tiene lugar la integración efectiva, que da lugar a algo nuevo de un orden más evolucionado y que permite el ascenso a realidades superiores. El ejemplo aludido se refiere a un hecho sociocultural, más sencillo de describir. Cuando las dualidades afectan al centro de nuestra conciencia se hacen crecientemente más difíciles de manejar conforme la integración exige una mayor ascesis ó renuncia. Una dualidad históricamente difícil de manejar –en Occidente- es la del problema Bien/Mal. Cuanto más nos esforzamos en separar estos términos más subrepticia se hace la presencia del término opuesto. El Paraíso Terrenal bíblico, a pesar de todo, contenía la serpiente. Cuando los estudiosos occidentales han ido mirando más hacia Oriente han dado con la clave para la integración. Así, Jung, tras constatar que la sombra es el necesario resultado de la proyección de la luz sobre un objeto, llega incluso a afirmar que la Trinidad cristiana es una cuaternidad truncada que omite la figura del mal entre sus elementos. Estoy hablando de Oriente no como término meliorativo de una dualidad, sino como el complemento que falta a Occidente para asumir la ascensión dialéctica. Visto desde el punto de vista oriental, la situación es exactamente la contraria. La percepción común quiere ver la occidentalización de Oriente, pero ignora la igualmente frenética –aunque menos aparente- orientalización de Occidente. Se trata, sin duda, de una visión fragmentada, como la de un Fukuyama (“el final de la historia”), que solamente considera un darvinismo simplista como motor de la evolución histórica.

domingo, 18 de mayo de 2008

Paname


Estos días leo en la prensa diversas reseñas de esas que las bases de datos generan automáticamente y que hacen referencia a conmemoraciones. El Mayo francés, en este caso, es digerido con ayuda de unos pocos lugares comunes, alguna reflexión actual de alguno de sus protagonistas y dos declaraciones de dirigentes contemporáneos. Una de las grandezas de Francia es que constantemente se está reinventando a sí misma (no recuerdo de quién es esta frase, pero la encuentro sumamente acertada). Cualquier campesino allá es un intelectual y cualquier conard callejero un poeta. Lo mejor del caso es que a Francia no le faltan ni intelectuales ni poetas. Aunque en ocasiones se haya sobreestimado a Gounod, Massenet, Lamartine ó Poussin, la verdad es que no han faltado los Chopin, Debussy, Baudelaire ó Cezánne. Las revoluciones, en ese país, han generado más literatura que en cualquier otro. La alianza del racionalismo en materia intelectual –artística incluida- con el amor por los placeres de la vida ha dado lugar a toda una cultura de características muy definidas. Sigue habiendo todo tipo de opiniones respecto al sentido de las contestaciones del 68: principio de una era; final de una era; libertad; impotencia; reto…Como en el caso de la Resistencia gaullista, gran parte del hecho en sí forma ya parte de la leyenda ó incluso del mito colectivo. Lo que más se recuerda de Mayo del 68, sin embargo, son los eslóganes: de nuevo, literatura. Tal como, parafraseando la famosa frase del film Casablanca, repite –en un contexto radicalmente diferente- un filme de Woody Allen, “siempre nos quedará París…”

viernes, 9 de mayo de 2008

Instantes poéticos


Cuando, siguiendo el acostumbrado movimiento pendular que marca el devenir histórico, el concepto de música del futuro fue substituido por el de música del presente, la invisibilidad de la orquesta por la incorporación del concepto de la música como fenómeno físico y la ópera por el ballet, se accedió a un mundo representativo en el que los instrumentistas y cantantes asumieron un importante rol visual. El gesto musical –del que hoy en día tanto se habla- se incorporó así al fenómeno del hacer y el escuchar –en definitiva, de resonar con- la música. Así, en sus piezas teatrales L’Histoire du Soldat y Les Noces, Stravinsky marca claramente que la orquesta debe de ocupar un lugar en el escenario, junto con los actores y los bailarines, incorporándose a la historia representada como un actor (de tipo muy interesante) más. En el plano de la música de concierto, aunque muy diferente al de la música escénica, el valor visual también es importante. Cuando, por ejemplo, en el movimiento final de la beethoveniana IX Sinfonía, el coro se pone en pie antes de cantar aprovechando el fortissimo orquestal al reiniciarse el tema de la introducción, el efecto visual se añade al acústico, dando una perspectiva ampliada a la percepción y un mayor relieve a la siempre sorpresiva entrada del bajo. La ejecución de secuencias virtuosas por parte de instrumentistas que habitualmente necesitan de movimientos amplios –como pianistas ó percusionistas- siempre ha sido del agrado del gran público, buscando aquí una componente circense muy efectiva –naturalmente, siempre que vaya acompañada del correspondiente interés musical, cosa que no siempre tiene lugar-. Este efecto se maximiza en el caso de los happenings musicales, en donde la componente de destreza añade un valor especial, teñido de poesía, al puro hecho musical, como en esas filmaciones de los años 20 en que bailarines ó camareros evolucionan sobre las alas de un aeroplano en pleno vuelo.

viernes, 2 de mayo de 2008

Linealidad histórica?

Una cuestión largamente debatida hace referencia a la ligazón entre los creadores y el resto de la sociedad a lo largo de la historia, es decir, a la relación entre los avanzados y el pelotón. Aunque la obra de dichos creadores contribuya, a la corta o a la larga, al devenir del conocimiento comunitario, es también en parte el fruto de una semilla que llevaba implícito dicho devenir. La cuestión está muy relacionada con el fenómeno de las influencias entre creadores. Cuando hablo de creadores me refiero, cada uno en su nivel, tanto a artistas como pensadores ó científicos. Una parte de la actividad creadora se basa en las conquistas previas, sea para desarrollarlas ó bien para criticarlas. Pero es curioso observar que en numerosas ocasiones –y esto se hace más patente en el caso de los artistas- el corpus creador de un individuo destacado se divide en tres períodos: el inicial, que afianza lo que viene a continuación, el central, que constituye el alma de la creación, y un postrer período que va más allá del central y que en ocasiones parece incluso contradecirlo. Solamente el período central parece ejercer una influencia capaz de crear una continuidad histórica (o de dar la sensación de hacerlo). Bajo este punto de vista, está claro que la beethoveniana Sonata Appassionata, el shakespeariano A Midsummer Night’s Dream ó el mozartiano Don Giovanni ejercerían mucha más influencia en los creadores sucesivos que las respectivas Sonata op 110, The Tempest ó Die Zauberflöte. Estos últimos períodos creadores parecen reservados a desarrollos situados más allá del devenir histórico lineal. Se diría entonces que los autores crean para sí mismos (independientemente del éxito que consiguieran las obras en su nacimiento público). Se han situado en una isla personal e intransferible que difícilmente pueden llegar a habitar sus sucesores.