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viernes, 28 de agosto de 2009

Procesos


Hoy hace exactamente 57 años que se estrenó en Woodstock la famosa pieza de John Cage 4’33’’, que con los años ha llegado a ser la obra más significativa –y, con mucho, la más comentada y analizada- de su autor. La (no-)composición, escrita para cualquier solista ó conjunto vocal ó instrumental, consta de tres movimientos, para cada uno de los cuales la partitura muestra una única indicación: TACET. Como las telas en blanco de Robert Rauschenberg, concebidas en la misma época, 4’33’’ ilustra de forma categórica una nueva manera de concebir la obra artística, no ya como objeto sino como proceso. Y mientras que la serie de Rauschenberg nos muestra el espacio como generador de tal proceso, la obra de Cage hace lo propio con el tiempo. En el vacío espacial ó temporal se halla contenida toda la existencia, según los principios taoístas. El silencio propuesto por 4’33’’ es (a pesar de las explicaciones que el propio autor aporta sobre los ruidos accidentales que puedan tener lugar en el transcurso de la ejecución) atemporal, transmental. Es el silencio del zazen. De hecho, el título de la pieza resulta irónico porque alude al tiempo cronométrico. Es por eso que el comentario de Stravinsky tras el estreno (“esperemos que la siguiente obra no sea igual, pero más larga”) muestra cierta incomprensión acerca de la significación de la (no-)pieza. Las aproximaciones a la atemporalidad propuestas por el ruso todavía están inmersas en la temporalidad: la música como generadora del tiempo.

domingo, 23 de agosto de 2009

Sonrisas


Uno de los indicadores que considero más precisos a la hora de informar sobre una cultura (con un grado variable de localismo) es su arte religioso. Especialmente cuando se confrontan culturas locales con un alto grado de parentesco. Quizás porque en el arte religioso se da una proyección más honda de cada idiosincrasia particular, ó simplemente quizás debido a la primacía de este tipo de representación a lo largo de buena parte de la historia de los últimos mil años. Visitando museos e iglesias en España, Francia e Italia siempre he tenido la misma sensación. Frente a la misma tradición católica que ha dado lugar a un tipo de imaginería similar (y también de escenografía; muy felliniana según el propio autor de Amarcord), si comparamos las morfologías y expresiones de las representaciones en las diferentes áreas saltan a la vista las diferencias. Las Vírgenes y santos hispánicos son figuras enjutas –en algunos casos rozando la anorexia- e invariablemente ponen cara de sufrimiento, cuando no de terror. En claro contraste, las correspondientes figuras galas muestran faces regordetas y cara de complacencia, cuando no de franca alegría. A medio camino, las figuras italianas parecen estar siempre en plena representación teatral, o como mínimo, en un casting para una telenovela. Quizás en el caso de Italia se da una fuerte componente diferencial debido al gran empuje sufrido por las artes plásticas a partir del S. XIII que hace que las representaciones pictóricas y escultóricas estén fuertemente teñidas por la personalidad de su correspondiente autor. Es por eso que se hace difícil encontrar una figura que simbolice de forma colectiva el sentir de esa área, al revés que en el caso de Francia (el sonriente ángel de la catedral de Reims) ó de España (cualquiera de las dolientes figuras neobarrocas que se utilizan en las tradicionales celebraciones de Semana Santa). Quizás los ángeles de Francia rían más que los santos de España porque su actitud frente a la vida sea más positiva. Quizá porque tengan más la sensación de abundancia, o porque su dieta incluya más lácteos y vino, o simple y llanamente porque tengan la sensación de vivir en el mejor lugar del mundo. Ortega y Gasset ya hacía notar que las omelettes francesas parecían los brazos de una figura femenina de Rubens en comparación de la escuchimizada tortilla a la francesa española.

sábado, 15 de agosto de 2009

Cárceles


Hace poco oí una conversación sobre la conveniencia del castigo penitenciario asociada con la posibilidad de reinserción social. Este tema suele disparar encendidos encuentros entre tertulianos. El castigo se puede considerar desde infinidad de puntos de vista, desde al más primitivo que lo asocia a la venganza personal o social contra determinado individuo ó grupo (“ojo por ojo, diente por diente”) hasta el más evolucionado que lo considera un método forzado de crecimiento que puede funcionar de forma paralela a los castigos que se aplican –hoy día menos de lo que se debería- a los menores de edad y que están destinados al aprendizaje y manejo de las coordenadas vitales, pasando por el punto de vista intermedio y más práctico que considera que la privación de contacto de un individuo con la sociedad se hace necesaria en bien de la salud de ésta última (“segregación de las manzanas podridas de las sanas”). La consideración sobre qué punto de vista se adapta mejor a nuestro sentir va íntimamente ligada con nuestra consideración sobre la naturaleza del delito. Quien adscriba el delito a una capacidad limitada de conciencia sin duda adaptará el punto de vista pedagógico, o de crecimiento (evidentemente, existen casos cuya capacidad de crecimiento está severamente acotada). Quien no pueda liberarse de los conceptos cerrados buenos y malos, inocentes y culpables, víctimas y verdugos, adoptará la postura intermedia, mientras que el que quede cegado por los sentimientos y sea incapaz de establecer una distancia mínima que le permita siquiera una pequeña reflexión, abogará por la más primitiva de las soluciones. Aunque las afinidades electivas particulares pueden variar ampliamente en función de la implicación personal en cada caso.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Preguntas


Oigo por centésima vez en un film dirigido a los niños la eterna discusión entre los “menores” y las “personas mayores” acerca de la existencia de la magia. Los adultos aparecen en tales situaciones siempre dispuestos a chafar la guitarra de los pequeños asegurando que la magia no existe hasta que los hechos que se desarrollan a continuación demuestran lo contrario. Entonces los adultos “buenos” acaban dando la razón –limitadamente- a los menores y todos acaban muy amigos. El esquema puede parecer algo ñoño y de hecho lo es, aunque los esquemas alternativos postmodernistas en que los menores acaban deconstruyendo culturalmente el universo de los adultos para gran espanto de éstos se suelen quedar ahí y no ofrecen conclusiones ó, como se diría ahora, action points consistentes. Pero el punto de reflexión en este caso no viene dado tanto por la relación entre jóvenes y adultos cuanto por la eterna, ubicua y generalizada tendencia a proyectar en un espacio supuestamente “externo” todas nuestras teorizaciones, creencias, estructuras cognitivas, creaciones, fobias, miedos,…con la consecuente restricción severa de lo que representa nuestro yo particular. A la pregunta ¿existe X? siempre tendemos a convertir a X en un habitante de un mundo externo ajeno e independiente de nosotros. Y si es necesario, personalizamos a X. Es por eso que las respuestas a las preguntas: ¿existe la magia? ¿existe la relatividad general? ¿existe Dios? ¿existen los fantasmas? ¿existe el destino? ¿existen los OVNI? siempre deben de contextualizarse apropiadamente dentro de un marco de referencia. Todos los ítems citados existen en uno u otro espacio de conocimiento. No es que Santa Klaus no exista y la causalidad si; simplemente existen en algunos sistemas y no en otros. ¿Se deduce de ello que nosotros mismos creamos los espacios cognitivos con sus diferentes realidades? Sí y no. Digamos que accedemos a los diferentes espacios de forma progresivamente abarcante. El supuesto espacio externo ajeno e independiente no existe porque conforme ascendemos a través de los diferentes estados ampliamos efectivamente el grado de consciencia y nos damos cuenta de que “como adentro es afuera y como arriba es abajo”.