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sábado, 8 de agosto de 2026

Convoluciones

 


         Recuerdo que en la época de mi primera juventud se planteaba una cuestión filosófica entonces candente que sostenía, a través de una especie de dualismo altamente excluyente, que lo cualitativo no puede surgir de lo cuantitativo. La afirmación se aplicaba especialmente en el contexto del proceso evolutivo desde los humanoides a los humanos. Aparentemente el aumento meramente cuantitativo del número de convoluciones cerebrales (se decía entonces) llevaba a un cambio cualitativo en la psique del sujeto. Era lo que algunos denominaban un emergente. Desde el punto de vista platónico este concepto era poco menos que una blasfemia (desde el punto de vista aristotélico las cosas no eran mucho mejores ya que para este autor el todo era la mera suma de las partes). La emergencia se entiende hoy en día como algo natural y la complejidad ocupa hoy un importante capítulo no sólo en el seno de las matemàticas, la física y la biología sino también en el de la filosofía. Una célula vegetal es un sistema vivo compuesto por moléculas que no lo están, aunque estructuradas bajo las leyes de la complejidad que posibilitan la emergencia. La confusión proviene, sin duda, del aferramiento a las ideas platónicas que, en mayor o menor medida, ha percolado el pensamiento occidental a lo largo de los siglos. Hoy preferimos considerar que lo cuantitativo y lo cualitativo son dos miradas diferentes que están relacionadas con lo que llamamos respectivamente objetivo y subjetivo. La mirada cuantificable y en tercera persona que utiliza la ciencia y la mirada sensible en primera persona no medible numéricamente. 

jueves, 8 de julio de 2021

Embuclamientos

 


Hoy ingresa en el memorable club de los centenarios en activo el sociólogo-filósofo Edgar Morin. Si bien Morin no es el padre de la complejidad, si que puede ser considerado el padre del pensamiento complejo. Su obra magna La Méthode (1977-2004) desarrolla el modelo de la complejidad en seis tomos a lo largo de la Gran Cadena del Ser, desde la materia (La Naturaleza de la Naturaleza) hasta el pensamiento moral (La Ética), pasando por la biología (La vida de la vida), el intelecto (El conocimiento del conocimiento) y la sociología (La humanidad de la Humanidad). El pensamiento complejo todavía no ha incidido suficientemente en nuestra cotidianeidad, en donde sigue habitando de forma persistente el modo de pensamiento analítico. El pensamiento complejo resulta de cerrar un bucle sobre sí mismo en cualquier consideración y alcanzar así esa región que, aun perteneciendo a un entorno objetivo, incluye de alguna manera las interacciones y feed-backs que cualquier caso consteliza a su alrededor. El resultado final de esta paradigmática es que el pensamiento ha avanzado más allá de una racionalidad clásica, cartesiana y analítica sin abandonar no obstante su rigurosidad. La sistematización de Morin cuenta con el apoyo de la Teoría de Sistemas, la Teoría del Caos, la Autopoiesis (cuyo padre, el biólogo chileno Humberto Maturana, falleció hace pocas semanas), la Cibernética, la Ecología, el modelo Gaia y todos aquellos modos que incluyen en sus presupuestos la idea de embuclamiento. Ello conlleva el cambio radical de considerar no las cosas (Parménides) sino las relaciones (Heráclito) como las entidades representativas de una estructura. El pensamiento complejo ha logrado que preguntas con un matiz plenamente dualista y que en otras épocas parecían corresponder a debates insoslayables resultaran irrelevantes. Una de tales preguntas se refiere al origen de la vida y a su carácter de accidente con probabilidad bajísima que tanto obsesionó a bioquímicos como Jacques Monod a principios de los setenta. Estos bioquímicos oponían sus ideas, que entonces se etiquetaban de materialistas, a otro tipo de creencias, ligadas a residuos religiosos y más asociadas con una idea de creacionismo o de plan concreto. Cuando cambiamos de decorado e introducimos la complejidad las dualidades materialismo/espiritualismo y azar/determinación quedan automáticamente disueltas, es decir, dejan de verse como generales y externas a nuestro pensamiento y pasan a ser ejemplos históricos de diferentes fases de pensamiento humano. Todavía en nuestros días una parte de la vieja guardia papal del cientifismo es incapaz de entender la naturaleza bajo el prisma de la complejidad. Así, por ejemplo, el bioquímico Richard Dawkins se ha pasado muchos años combatiendo el modelo Gaia de James Lovelock (quien, a propósito, hace ya casi dos años ingresó también en el club de centenarios en activo) bajo la sospecha de teleología oculta o plan previo -divino o no-, lo que parece indicar que es incapaz de entender el mundo en su complejidad matemático-físico-biológica y sigue empeñado en analizar fragmentos aislados de tal entramado. Morin ha dedicado, además, una parte importante de su carrera a las labores pedagógicas para hacer entender el concepto de complejidad al público general. Esperemos que su semilla siga floreciendo de manera creciente y que nos lleve a una trans-racionalidad que englobe e incluya la racionalidad clásica haciéndola un caso concreto de algo más rico en dimensiones.

viernes, 23 de agosto de 2019

Involuciones


                  A través de las ya muchas entradas de este blog se pueden adivinar fácilmente mis preferencias por los paradigmas de tipo evolutivo. Evolución no es un término que denote una ideología particular ya que cada época y cada contexto han hecho un uso muy diferente del mismo. Se puede evolucionar gracias a un motor anterior que dirige el propio curso de la evolución, así como gracias a un atractor posterior que la induce. También se puede evolucionar al azar o de formas caóticas. Tanto los sistemas geológicos como los biológicos como los epistemológicos evolucionan. El tiempo es un elemento íntimamente ligado al de evolución. También se puede, evidentemente, evolucionar a lo largo de la otra "dimensión kantiana de la sensibilidad" , el espacio, aunque en este caso la evolución suele ser perfectamente "reversible". La evolución temporal puede contribuir al aumento de la complejidad. La complejidad o riqueza de un sistema abre su abanico de posibilidades. A medida que los organismos y las sociedades avanzan también lo hacen sus capacidades, que se amplían tanto para lo mejor como para lo peor. Este aumento de la complejidad tiene lugar cuando las circunstancias son favorables. Si las circunstancias no ayudan al proceso de desarrollo, se da el caso de que pueda tener lugar un proceso involutivo. Esto sucede cuando el o los sistemas se simplifican. A nivel biológico lo podemos observar con la desaparición de especies. A nivel gnoseológico ... ¿no lo estamos ya experimentando con la simplificación ideológica, la infantilización reinante y la recesión intelectual que nos rodea?

domingo, 23 de diciembre de 2018

Ser



                La vida y el mundo son magmas en los cuales podemos proyectar nuestras inclinaciones, preferencias, zonas ciegas, odios, temores, esperanzas, presagios, seguridades, tentativas, intereses, obligaciones, disgustos, alegrías, elucubraciones, realizaciones, carencias, subjetividades, idearios, mistificaciones, creaciones, estímulos, frustraciones, emociones, apuestas, querencias, vanidades, impudores, generosidades, pasiones, estupideces, …. La característica fundamental del mundo no es la de ser de tal o cual manera, sino la de ser. 

sábado, 23 de diciembre de 2017

Descontextualizaciones


                           Frente al arte profundamernte estructurado (es decir, el que posee un esqueleto que lo vertebra), y que el que posee una estructura más construida a pedazos dentro de un determinado contexto, el collage es una forma de descontextualización. El objetivo del collage no es otro que el de crear o resaltar una nueva relación entre los elementos descontextualizados. Una buscada invertebración vista, eso sí, desde una perspectiva que a fuerza de ser amplia llega a parecernos inexistente. Esa perspectiva es lo que en la postmodernidad tomamos como un telón de fondo absoluto. Las deconstrucciones no son más que collages de elementos desperspectivizados pegados sobre un espejismo al que llamamos realidad. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Segundo orden


                        ¿Por qué tan raras veces los humanos nos preguntamos sobre el pensar? De hecho, buena parte de la humanidad rara vez ejecuta la acción de pensar en primer orden, o sea que la de segundo –el pensar sobre el pensar- nunca se la ha planteado. Con la evolución y la creciente complejidad del mundo cada vez se tiende a pensar más en cosas aparentemente externas pero cada vez menos en nuestra aprehensión del mundo, que se da por hecha. Por eso los nuevos burócratas nos quieren hacer creer (y una gran parte ellos efectivamente cree) que el estudio de la filosofía se hace menos y menos relevante de cara a la gestión del conocimiento. Sinceramente creo que todo ello es un espejismo fruto complejo de varios factores: la invasión de la postmodernidad, la crisis de la filosofía como tal -que necesita un fuerte revulsivo- y la involución general de la sociedad que se va infantilizando progresivamente. Precisamente en esta época de crisis y cambio absoluto de referentes es cuando debemos ampliar nuestro concepto de filosofía tal y como poco a poco lo vamos haciendo con el estudio de las ciencias naturales (aunque esto último lo perciba realmente muy poca gente ya que el grueso de la población vive mentalmente 100 años atrás). Lo que es terrible, limitante y social y políticamente muy peligroso es suponer que el conocimiento científico es absoluto y no precisa de pensamiento de segundo orden, con lo que la filosofía se vuelve objeto de lujo superfluo. Hasta hace cincuenta años la universidad representaba un corpus sólido de conocimiento que exponía los paradigmas firmemente establecidos. Cada vez más las facultades no exponen conocimientos generales sino técnicas y prácticas aisladas alrededor de ellos porque tiende de forma inconsciente a considerar que estos conocimientos generales son verdades absolutas intocables. Los cambios de paradigma (sistemas complejos, holismos, teoría del caos, sistemas disipativos, gravedad cuántica,…) que han aparecido en las ciencias naturales en los últimos cincuenta años apenas han entrado en los temarios de las facultades, que siguen aferradas a dogmas como el modelo darwiniano de evolución, el determinismo feno-genotípico y otros casos célebres resultado del pensamiento analítico no-sistémico. De la misma manera que algunos de los dualismos clásicos en la historia de la ciencia (determinismo/indeterminismo; onda/corpúsculo; continuo/discontinuo; azar/necesidad) se han disuelto en la más moderna ciencia como resultado de aplicar pensamiento de segundo orden, así la filosofía debería iniciar un pensamiento de tercer orden que pudiera superar la racionalización que busca hacer de la racionalidad la explicación última de todo. En repetidas ocasiones un científico tan prominente como Stephen Hawking ha demostrado una cerrazón mental que avergonzaría a la mayoría de los grandes físicos de la historia cuando ha declarado que la filosofía está muerta y que es la ciencia la que debe contestar todo tipo de preguntas. Tanto él como su colega y amigo Roger Penrose hablan de la evolución del conocimiento científico como el de una verdad absoluta que evapora en su camino toda traza de incertidumbre sobre el mundo hasta llegar a una situación final de conocimiento absoluto. El modelo del conocimiento como algo ajeno a la mente humana que tanto he puesto en tela de juicio en este blog, vaya. Les diría que el conocimiento, como el propio universo, tiene una curvatura que decrece ante nuestros ojos a medida que abarcamos más superficie, de manera que cuanto más exploramos más nos percatamos de que la esfera cuya superficie perseguimos se agranda. En el límite, la curvatura se hace nula solo cuando hemos explorado una superficie infinita...

sábado, 25 de junio de 2016

Contingencias

                       
                         Hace 2300 años Aristóteles dijo que “todo efecto es precedido por una causa”, que “el todo es la suma de las partes” y que “O bien un enunciado o bien su negación son necesariamente ciertos”. Basta cerrar un bucle sobre un sistema o autorreferenciarlo para hacer que estas verdades supuestamente necesarias, absolutas  y generales se hagan contingentes, relativas y parciales. Así, las estrellas –un clásico sistema disipativo- mantienen vivo su horno de fusión nuclear porque las temperaturas en su interior son lo suficientemente elevadas, y lo son porque contienen un proceso de fusión nuclear. Una célula tiene una propiedad muy concreta –la vida- que no poseen sus partes, ya que las moléculas no están vivas. La vida es el resultado emergente de la complejidad. Al cretense de la paradoja, que afirma que todos los cretenses son unos mentirosos, no se le puede aplicar el principio del tercio excluso: su afirmación no es ni cierta ni falsa. Y es así, a través de la relativización de afirmaciones pletóricas,  como evoluciona el mundo y la historia va atravesando diferentes épocas. Y lo verdaderamente importante es que estas épocas se sucedan. El espejismo postmodernista del fin de la historia (versión Fukuyama o cualquier otra) es necesariamente falaz. Y esta falacia nos acompaña actualmente en todo momento. Este espejismo nos sitúa en un contexto de visión absoluta a-referencial para el que las diferentes visiones son constructos que se añaden sobre un fondo vacío. Y nosotros estamos continuamente empeñados en racionalizar al máximo el constructo nuestro de cada día. 

viernes, 17 de junio de 2016

Referencias


                      Siendo todavía adolescente recuerdo que el tema de la subjetividad de los referentes me obsesionaba (supongo que en referencia a la altruidad que tanto preocupa en esta época de la vida). A la intersubjetividad de referentes me he referido a lo largo del blog como “telones de fondo”. Una civilización floreciente dispone de unos telones de fondo bien instalados; tan firmes y bien sujetos se encuentran que se nos hacen virtualmente transparentes. Es más: el conjunto de referentes está orgánicamente dispuesto en paradigmas que a su vez cuelgan de lo que llamamos estructuras evolutivas de pensamiento. No nos hallamos en una situación tal como la que describo sino más bien en una época puente; al borde mismo no solo de una civilización y de sus paradigmas sino también de una estructura evolutiva de pensamiento. La única manera de poder observar esta situación es desapegándose de nuestra visión habitual y enriqueciéndola con sus complementariedades. A pesar de que hemos empezado a asimilar que no existen referentes absolutos parece que seguimos creyendo en ellos y actuamos en consecuencia. Por eso hemos abandonado la concepción de que los estudios humanísticos son importantes y los contemplamos como un lujo, lo mismo que el arte, mientras que seguimos creyendo a pies juntillas que la ciencia trata sobre verdades absolutas ¡Qué equivocados estamos! El resultado de este galimatías, de esta ceguera, está a la vista de todos. Hemos perdido el tejido orgánico de nuestros referentes que han permanecido así aislados y descarnados como piezas deconstruidas que pueden ser objeto de cualquier ordenación que se nos ocurra. El hecho de que hayamos descubierto, hacia el final de la Modernidad, la existencia de los telones de fondo que hasta entonces se nos transparentaban no significa que la organicidad, es decir, el conjunto de relaciones complejas entre referentes, deje de existir, siquiera en una nueva o alternativa disposición. La ceguera, además, se autoalimenta en una especie de bucle recursivo positivamente acoplado –o sea, desestabilizante-. Aun es hora de que oiga a algún líder de opinión de esos que tanto sacan la lengua a pasear que diga que nuestra sociedad padece una crisis compleja, de la que la crisis económica es tan solo una manifestación más, y que las crisis morales, de valores, de la intersubjetividad de referentes, de la maladie du temps, son tan o más significativas que aquélla. Seguimos usando tranquilamente dicotomías para calificar a las personas –en una especie de cuestionario Proust intersecular- que, fuera de su contexto, nada quieren decir. La mayor parte de tales descripciones duales no se refieren a supuestos trasuntos platónicos sino solamente a estadios históricos. Porque a pesar de que hayamos descubierto que no existen sistemas auto-referenciales (ni los sistemas axiomáticos como los matemáticos lo son, después del teorema de Gödel), siempre existe un meta-sistema –no referencial, por supuesto-, a quien referirse. Ese constante proceso de cambios en la meta-referenciación es lo que se nos aparece a lo largo de la evolución histórica. Cuando aparecen los dualismos descarnados debemos siempre invocar al espíritu de la hermenéutica, que no deja de ser un meta-sistema sobre el que analizar un concepto de forma diacrónica, es decir, introduciendo una componente temporal referenciante.

sábado, 20 de junio de 2015

Pre-diseño

                               Los emoticonos han invadido nuestra cotidianidad y van incrementando su cuota de espacio con asombrosa celeridad. Tanto es así que ya están apareciendo relatos de autores clásicos traducidos a su particular lenguaje. El campo de la semántica, después de haber sido objeto de un concienzudo y prolongado análisis por el estructuralismo (de Saussure a McLuhan, pasando por Lacan) parece un tanto olvidado o fragmentado. Los emoticonos expresan emociones pero las codifican y así las hacen tolerables para nuestro mundo. Nuestra sociedad no expresa emociones que fluyan desde nuestro interior. Más bien tiene un panel de mandos con botones y cada botón corresponde (codifica y lanza) una supuesta emoción pre-diseñada o predefinida. Y esto no son, en términos clásicos, las emociones, que son constelizaciones complejas. Nuestra mitología de la razón nos ha llegado a hacer ciegos respecto a la complejidad del mundo y como resultado la razón se ha reificado y ha dejado de ser una estructura con poderes autocríticos. Ludwig Wittgenstein, padre simbólico de la filosofía analítica, sufrió una evolución a lo largo de su vida intelectual que lo llevó desde los rigores del Tractatus Logico-Philosophicus hasta el reconocimiento del pensamiento complejo y la riqueza no axiomatizable del lenguaje en su último período. Diríase que nosotros, en pleno acuerdo con las tesis de Baudrillard, estemos haciendo el viaje en dirección contraria, si bien nuestra meta no parece tan cristalina como la famosa obra de Wittgenstein. Nuestra meta, por ahora, es la hiperrealidad. Queriendo huir a toda costa de la subjetividad regresamos a ella de forma aumentada. 

sábado, 3 de enero de 2015

Finalismos


                   
           Desde hace más de una década el epígrafe “misión” luce en las más variadas empresas, desde caterings hasta transportes pasando por industrias, universidades, funerarias o apestosos canales privados de tv (donde exhibición escandalosa y memez galopante son también ampliamente justificadas de esta escasamente sutil manera). Todas ellas tienen una misión o, mejor dicho, se ven en la apremiante obligación de exponer su misión, que siempre resulta de lo más esperado y convencional (a pesar de que todas han hecho un buen desembolso a la parasitaria compañía generadora de “misiones”). Es curioso: la necesidad de una teleología ha sido una constante en la historia de occidente. De hecho, lo ha sido tanto la necesidad de buscar una finalidad como la de negarla, en una estéril dicotomía que todavía actualmente sigue debatiéndose en las arenas de la ciencia. El modelo darwiniano, desde sus orígenes, ha sido evaluado en cuanto a la supuesta falta de finalidad en su concepto de evolución y, curiosamente, el debate sigue hoy en dia en algunos sectores no tan irrelevantes de la sociedad americana. Digo curiosamente porque aparentemente nadie –ni los unos ni los otros- se ha molestado en considerar un modelo evolutivo más actualizado, conteniendo la teoría de sistemas y las matemáticas del caos, en donde “loops” de acoplo negativo y atractores extraños cumplen una función que debería de fascinar y abrir la mente tanto a un bando como al otro. Incluso en Europa, un escéptico un tanto histriónico como Richard Dawkins se ha permitido burlarse públicamente de la hipótesis Gaia en pos de una supuesta teleología que el modelo de James Lovelock nunca ha contenido. Los relatos míticos, en donde los personajes simbolizan diversos aspectos de la psique humana y las fuerzas del bien y del mal libran sus perpetuas batallas, abundan en teleologías. La finalidad, a fin de cuentas, representa, como la causalidad, una simple perspectiva que forma parte de un todo complejo que se embucla en sucesivas holoarquias. En nuestra relación con este todo complejo resulta mucho más operativo hablar de significación que de finalidad. Significación es un término proveniente de la psicología, pero no tan personal o privado como nos podría parecer de entrada. Recordemos que la significación es el cordón umbilical entre mente y phisis que sostiene el concepto junguiano de sincronicidad. Esta simple modificación nos ofrece la posibilidad de participar de tal complejo en vez de objetivizar algo tan rico, polifocal y multifinalitario.