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martes, 9 de marzo de 2021

Nueces

 


                     Una conocida canción de Charles Trenet se pregunta qué es lo que contiene una nuez. El poeta describe mil variopintos escenarios: llanuras, montes, valles, ríos, ejércitos de soldados con armaduras partiendo hacia la guerra, caballos del rey huyendo del viento, soles relucientes, el mar, veleros, escolares estropeando sus uniformes, abades en bicicleta, las fiestas del catorce de julio, monumentos engalanados, los ojos brillantes y la ropa al viento de la persona amada…La última estrofa se pregunta sobre el contenido de la nuez una vez abierta. Una vez cascada adiós muy buenas, -concluye la canción- porque la nuez ha sido ya descubierta. La filosofía que se desprende es obvia: la riqueza de la potencialidad no debe menospreciarse en favor de la concreción de la presencialidad. La presencia del misterio nos hace más ricos, receptivos y creativos. En la actualidad se tiende –ya lo he comentado muchas veces- a sobreexplicar cualquier asunto hasta la saciedad. Se tiene que masticar y digerir cualquier cuestión hasta que sólo contenga un mensaje inequívoco y –necesariamente- empobrecido. En el ámbito artístico esta actitud se traduce en la incrustación por doquier de notas castradoras realizadas desde un metaespacio que, por otro lado, se quiere eliminar (un enunciado más de la aporía de la Postmodernidad). Estoy a favor de la pedagogía cultural, pero la concibo como un instrumento de acercamiento, de incitación, de enriquecimiento más que una explicación infantil bidimensional limitante y cerrada. Un instrumento de salivación más que una infusión digestiva. El misterio alienta la psique de los rituales, del descubrimiento, del crecimiento y además deja siempre una rendija abierta a través de la cual evolucionar.

viernes, 27 de enero de 2017

Retorno


                    Hace muchos años visualicé por tv un imaginativo cortometraje en el cual una voz, fácilmente reconocible en aquel entonces –la del pintor Salvador Dalí- explicaba una historia épica con ribetes casi míticos a partir de unas imágenes muy difuminadas de manchas de colores ocre y verdoso que se iban desplazando muy lentamente por la pantalla. Había princesas, batallas, lagos y desiertos por donde algún personaje transitaba hasta dar la vuelta al mundo. Al final el encuadre retrocedía y mostraba al pintor con una pluma estilográfica en la mano, explicando que lo que se había visto no era más que una ampliación de la superficie del instrumento, debidamente oxidada por contacto con la orina del “divino Dalí”. Era un poco como observar un micromundo casi soñado dentro de otro mundo. Pero lo que más me impactó fue la percepción del gran viaje iniciático que está contenido en una pequeña superficie que se cierra sobre sí misma y que nos devuelve al punto de partida -con la experiencia, eso sí, de todo el viaje-. Un poco como sucede en la Odisea, La Divina Comedia o Flatland. Como una catarsis sin salir de casa. Aunque bien mirado, también la revelación a Edipo es un viaje de vuelta a casa; una casa más turbadora que la que había conocido al principio de su periplo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Fe


                        La desinformación sistemática es una forma de cultivar un poder tóxico. Hasta no hace demasiados años, buena parte de los médicos se guardaban muy mucho de explicar a sus pacientes sus procesos y razonamientos. Incluso excluían al paciente del acceso a sus propias pruebas, que retenían con el ánimo de retener así a un cliente asustado por sus salud y con un respeto ciego para con las batas blancas. Es evidente que una buena parte de la población muestra un grado de cultura digamos que mínimo y en este caso se hace más difícil dar explicaciones, pero nunca puede justificar la citada actitud. Los poderes religiosos tradicionalmente han hecho y básicamente siguen haciendo una cosa similar: cultivan el infantilismo de sus adeptos, quienes asustados por el futuro y con un respeto ciego para con las vestimentas religiosas siguen el juego fácilmente. Esta situación solamente se puede combatir con el cultivo personal, la educación. Considero la educación como una de las actividades humanas más complejas. Educar no consiste en explicar contenidos de forma plana, como programar un ordenador, sino que consiste en hacer ver a alguien cosas que éste no puede saber que existen. Desde este punto de vista, educar es acompañar en la maduración, revisándola y estimulándola. La maduración socialmente aceptada como tal concluye en la etapa de madurez media que presenta una sociedad, pero en realidad la maduración puede proseguir a través de etapas más avanzadas. En otras épocas, a la aceptación de trasuntos propios de una etapa madurativa todavía no alcanzada se la llamaba fe. Tal palabra ha caído hoy en desprestigio porque se asocia no tanto a la hipótesis de trabajo sobre etapas de mayor madurez o desarrollo sino a la propia situación inmadura o infantil desde la que habla el sujeto. Cuando uno no ha alcanzado suficiente madurez artística como para apreciar la obra de determinado autor no tiene más remedio que pensar que quizás algún día en el futuro sea capaz de hacerlo. Éste es el acto de fe, la hipótesis. Es más fructífero seguir esta metodología que lo que se hace habitualmente: negar la validez del autor y descalificarlo sin más. Este hecho solamente denota nuestros miedos hacia lo todavía no conocido.

sábado, 23 de octubre de 2010

Imágenes

                       







El pasado siglo XX, de por sí rico en imágenes, nos ha legado dos de ellas de alto contenido simbólico, dos instantáneas que han cambiado para siempre nuestra percepción del mundo. La primera de ellas se refiere al poder (auto)destructivo al que la humanidad ha accedido en tal época. Este poder se basa además en una recién descubierta nueva dimensión de la materia; nada menos que su percepción como energía concentrada. De alguna manera hemos visitado más de cerca la naturaleza íntima de la materia al tiempo que hemos atisbado una imagen del infierno; una nueva versión de Fausto y El Aprendiz de Brujo. La segunda imagen, en cierta manera, es complementaria de la primera. Una instantánea que contiene, en su interior, a toda la humanidad y su sistema planetario: la Vida, pero también nos presenta lo relativo de las dimensiones y la infinita pequeñez de nuestra Tierra en el Universo. Ambas imágenes dan pie a nuevas cosmovisiones que se pueden ampliar hasta límites inverosímiles: el agujero negro, concentración tal de materia que todo lo engulle, luz incluída –y que por tanto no podemos “ver” de forma convencional-, constituyendo una especie de ombligo entre nuestro mundo físico y una dimensión desconocida, y la posible imagen de nuestra galaxia, la Vía Láctea, captada desde otra galaxia –imagen que probablemente no pueda ser vista por humanos hasta dentro de unos cuantos millones de años, tiempo necesario para que dicha imagen efectúe el correspondiente viaje-. Mientras tanto, en nuestro pequeño mundo seguimos con nuestras grandes crisis.

miércoles, 7 de abril de 2010

Frenesí


Cada año que pasa nuestro imperante pero exhausto sistema socio-económico nos exige, en una especie de lucha contrarreloj contra su propia extinción, más esfuerzo, objetivos más ambiciosos, más sacrificios. Dejando de lado el hecho –también irrefutable- de que cada vez se maneja más gramática parda y que muchos de los grandes sacrificios que hoy se nos exigen hubieran parecido un camino de rosas al ciudadano medio de hace tan sólo setenta años, es evidente que esta dinámica tiene un límite al que nos acercamos más o menos frenéticamente. Los cambios en los sistemas sociales se pueden conseguir solamente de dos maneras: a la fuerza, cuando sucede un desastre y cada cual simplemente se agarra adonde puede, ó bien merced a unos cuantos que se alejan del comportamiento medio de la manada -a costa de verse rechazados por ella- y acaban creando un nuevo núcleo –una nueva estructura disipativa, en términos termodinámicos- que arrastra con el tiempo al grueso de la sociedad. Unámonos a los alternativos, por el bien de todos (¿con los partidarios del decrecimiento?).

martes, 17 de noviembre de 2009

Verdades


No debéis temer a la verdad; sólo la verdad os hará libres. Esta famosa cita de la carta de san Pablo a los Romanos, bien que en el siglo I no se había inventado aún la filosofía crítica, tiene un gran contenido autoreferencial. Y la verdad a la que hace referencia es, simple y llanamente, la verdad subjetiva ó intersubjetiva. Es una frase fuertemente asociada al desarrollo de la persona, una afirmación que invita al crecimiento, de aquellas que te ponen un espejo enfrente de tu rostro para que aumentes tu grado de conciencia. Un poco como la historia de Pinocchio, Pepito Grillo y la famosa nariz creciente. Pero claro, lo que no dice es que la verdad sea agradable a primera vista, como tampoco lo sea la libertad. Y en los circuitos mercantilistas lo que se vende no es libertad, sino todo lo contrario. Se vende todo tipo de pócimas para adormecer la conciencia y acceder con ello a una efímera sensación de bienestar que dura poco y además deja resaca, con lo que la pócima debe de ir aumentando cada vez más su potencia sedativa, hasta convertirse en estupefaciente que llegue a provocar una profunda escisión interna del ser. Puedo parecer estrechamente moralista pero me ciño simplemente a datos objetivos. Ya sé que el mundo, ahora como casi siempre, prefiere vivir engañado y feliz. Debe ser por eso que hoy día cualquier presentación, información, resumen ó actualización debe de contener altas dosis de (auto)engaño, so pena de no pasar censura previa. Lo que más me inquieta en estos casos es la naturaleza del supuesto receptor del engaño. A fuerza de querer engañar con menguante sentido de vergüenza o de disimulo nuestra meta natural no es otra que la del autoengaño. Y eso es más bien patético. El mundo engañado y feliz, a propósito , es el título de una agridulce cancioncilla de Mozart con texto de Christian Weise:


El rico necio, forrado de oro,
atrae las miradas de Celimena;
ella repudia al hombre honesto
y elige al chicharelo por marido.
Se celebra una fiesta suntuosa,
y pronto llega el arrepentimiento.
¡Si el mundo quiere ser engañado,
que sea engañado¡

Beate, que hace pocos días
era la reina de las cortesanas,
empezó a vestir de violeta,
y a adornar púlpitos y altares.
A juzgar por su apariencia,
muchos la tendrían por un ángel puro.
¡Si el mundo quiere ser engañado,
que sea engañado¡

Cuando beso mi Carolinilla
tiernamente le juro fidelidad eterna;
ella hace ver que ningún otro joven
conoce aparte de mí.
Una vez que Cloé me robó el corazón
Damis ocupó mi lugar.
¡Si todo el mundo debe ser engañado,
yo también seré engañado¡

viernes, 24 de febrero de 2006

Escapar



En su segundo filme -mi amigo Jaume diría tercero- I vitelloni (la película favorita de S. Kubrik), Fellini nos describe las vidas fútiles y autocomplacientes de unos señoritos de provincia que siempre están diciendo lo que querrían hacer y algún día harán, aunque en realidad no hacen nada más de lo que les impone su condición inicial. Solamente uno entre ellos, Moraldo, de todos ellos el que menos habla de hacer –hacer en gran medida pasa por marcharse de aquel pueblo asfixiante- acaba yéndose de verdad y librándose de la pesadilla de la amargura que siempre acompaña la acción de revolcarse entre la mierda. Una vez más muchos de nosotros nos podemos identificar –aunque sea parcialmente- con esta situación. El pueblo –un Rimini muy diferente al representado años más tarde en Amarcord- constituye nuestro entorno físico, mental y moral tal y como lo vemos desde dentro. La acción de Moraldo significa la liberación, el crecimiento, la valentía de afrontar la vida. No simplemente el deseo de conocer –el intelectualoide Leopoldo también tiene ciertas inquietudes, que sólo lo conducen a reforzar su sentimiento de frustración- sino la realización de tal deseo. El conjunto se puede interpretar a un nivel puramente mental; la riqueza de la obra felliniana permite innombrables lecturas, muchas de las cuales llegan muy adentro del alma humana.