Desde principios de 2026 han proliferado en progresión geométrica los canales de YouTube generados con este nuestro inefable totem al que llamamos IA. Al principio -y me estoy refiriendo a canales con contenido crítico centrado alrededor de sistemas de pensamiento de figuras ilustres (del campo de las ciencias naturales o la filosofía, pongamos por caso), se podía detectar la intervención de la IA a través de algunas referencias que chirriaban (en el caso de que conocieras mínimamente al autor sobre el que versaban). Actualmente se dan canales de este tipo cuyos contenidos no chirrían (el único indicio de IA lo muestra el frenético ritmo de aparición de nuevos videos). Hoy, sin embargo, no voy a hablar de la IA. En uno de estos canales he sido expuesto recientemente a un video sobre la Relatividad Restringida que me parece digno de mención. Lo digo porque, en la mayoría de los casos, cuando se divulga sobre este tema, se acaba hablando de paradojas que resultan, lógicamente, de contrastar nuestra percepción convencional (Clásica) con las consecuencias del modelo relativista. Estas explicaciones, lejos de dar un aroma del paradigma que pretenden ilustrar, más bien refuerzan nuestro paradigma clásico añadiendo un condimento que, según a menudo explican, sólo tiene relevancia cuando consideramos grandes distancias y velocidades enormes. De esta manera no se produce el cambio de mentalidad y el oyente se queda atascado en su posición antigua. Como cuando se discute largamente sobre el Big Bang y después alguien pregunta sobre qué había cinco minutos antes. Una vez más: la evolución del pensamiento -del conocimiento, de la conciencia- no puede darse por la mera inclusión de nuevos contenidos, sino por la verdadera modificación de nuestra manera de pensar. Y esto aplica también, sin duda, a nuestra vida más prosaica.
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miércoles, 28 de octubre de 2026
lunes, 30 de noviembre de 2020
Posverdades
Nuestra época –o mejor decir, dado su carácter aparentemente transitorio, nuestra pseudo-época - se puede caracterizar a través de muy variados enfoques y cada enfoque, por supuesto, dependerá de la perspectiva y referentes del observador, elementos que pueden ser ideosincráticos pero también cambiar con la edad o las circunstancias …. Comienzo así, a la postmoderna, para ilustrar este afán tan de nuestros días por incorporar y cartografiar cada elemento del discurso evitando siempre la imagen de un paradigma unificador. La Edad Moderna ha acabado su andadura reconociendo que no existe un nivel fundamental. Sí que existen –y de hecho ciencia, arte y filosofía los han utilizado- paradigmas que suponen evolución respecto a los anteriores paradigmas todavía considerados niveles fundamentales. Si algo repele a la Postmodernidad es la evolución, jactándose así de haber llegado al fin de la historia. Como que se ha perdido el nivel fundamental pero se cree tácitamente en un supuesto nivel fundamental neutro sobre el que dar infinitas puntualizaciones para explicar cualquier cosa se asume que cualquier proposición puede ser válida si se la etiqueta debidamente. Estamos tan llenos de estas inútiles etiquetas que ya nos cuesta respirar libremente. A las generaciones que todavía hemos tenido oportunidad de vivir bajo los valores de la Modernidad buena parte de las actuaciones del dia a dia de la Postmodernidad se nos antojan esencialmente falsas. Para mucha gente de mi generación éste es el epíteto omnipresente: falsedad. Como los humanos tenemos una gran capacidad de adaptación y muy pocos escrúpulos, si lo que toca es generar consignas falsas –falsas porque a pesar de estar basadas en observaciones aparentemente objetivas se convierten en papel mojado ya antes de nacer- pues se hace la comedia y listos. Una pequeña corrupción de tal creencia nos lleva de lleno al tan actual tema de la llamada posverdad. Porque una cosa es que se piense que no existe una verdad absoluta y otro muy diferente es que cualquier afirmación pueda ser verdadera. Las diferentes verdades, por muy socialmente construídas que sean, necesitan de un sedimento y de una evolución. Cualquier verdad nace –a partir de verdades anteriores que fermentan dando lugar a algo nuevo-, configura toda una civilización o todo un paradigma, se desarrolla y muere para ser substituída por otra verdad. Las verdades que un embustero con pocos escrúpulos se inventa sobre el terreno no son verdades. Son posverdades, o sea, caprichos infantiles que, como en el caso de los niños, simplemente aspiran a alcanzar o mantener un determinado poder. Hace pocos días asistí virtualmente a una conferencia sobre “la historia de la verdad y la posverdad” impartida por un filósofo local. El ponente refirió el concepto de posverdad a la subjetividad y las emociones, ciñiéndolo a la postmodernidad y evitando las acepciones del empleo vulgar del término con sus evidentes conexiones con términos populares como el de “fake news”. Cuando le envié por el chat una cuestión referida a la conexión entre la evolución de los términos “verdad” y “realidad” tal como se ha ido redefiniendo en el último siglo por el último Wittgenstein, Heidegger o Rorty me doy cuenta de que no me entiende. Responde que las verdades de las ciencias hipotético-deductivas no tienen nada que ver con las emociones y que el último Wittgenstein se acercaba mucho a una especie de visión mística de la realidad. Creo que uno de los dos no ha entendido nada (¿yo??) aunque bien puede ser que nuestras distintas emociones den cabida a formas múltiples de (post)-verdades. Se non e vero é ben trovato!
sábado, 23 de septiembre de 2017
Compartimentación
Se nos ha repetido hasta la saciedad que en nuestro mundo actual es imposible tener un amplio conocimiento global y es precisamente por eso por lo que nuestro conocimiento está compartimentado. Tenemos especialistas para cualquier cosa aislada. Y ésa es precisamente la cuestión: las cosas aisladas no nos permiten tener una visión de conjunto. Y las grandes revoluciones en el conocimiento no vienen por cosas aisladas sino por la sistematización de todas ellas. Los hombres del Renacimiento no eran especialistas pero tenían una nueva visión de la complejidad del mundo. Nuestro conocimiento es más extenso que el del Renacimiento pero sobre todo más complejo. La extensión se afronta con especialistas pero la complejidad requiere necesariamente generalistas. Porque la extensión aislada no provoca saltos cualitativos en el conocimiento sino acumulación cuantitativa. Para renovar los odres del conocimiento –sus estructuras: sus matrices sensibles- se hacen necesarias personas que, sin ser los mejores especialistas en nada, sepan qué es el saber y sus posibilidades en cada momento histórico.
lunes, 31 de julio de 2017
Reacción
viernes, 27 de enero de 2017
Retorno
Hace muchos años visualicé por tv un imaginativo cortometraje en el cual una voz, fácilmente reconocible en aquel entonces –la del pintor Salvador Dalí- explicaba una historia épica con ribetes casi míticos a partir de unas imágenes muy difuminadas de manchas de colores ocre y verdoso que se iban desplazando muy lentamente por la pantalla. Había princesas, batallas, lagos y desiertos por donde algún personaje transitaba hasta dar la vuelta al mundo. Al final el encuadre retrocedía y mostraba al pintor con una pluma estilográfica en la mano, explicando que lo que se había visto no era más que una ampliación de la superficie del instrumento, debidamente oxidada por contacto con la orina del “divino Dalí”. Era un poco como observar un micromundo casi soñado dentro de otro mundo. Pero lo que más me impactó fue la percepción del gran viaje iniciático que está contenido en una pequeña superficie que se cierra sobre sí misma y que nos devuelve al punto de partida -con la experiencia, eso sí, de todo el viaje-. Un poco como sucede en la Odisea, La Divina Comedia o Flatland. Como una catarsis sin salir de casa. Aunque bien mirado, también la revelación a Edipo es un viaje de vuelta a casa; una casa más turbadora que la que había conocido al principio de su periplo.
domingo, 11 de septiembre de 2016
Segundo orden
lunes, 28 de diciembre de 2015
Ignorancia
Algo que siempre ha provocado en mí un profundo malestar es la apología de la ignorancia. El trasfondo inconsciente de esta actitud es de sobras conocido. Ya viene expresada en la fábula del zorro y las uvas, cuya primera versión data de Esopo (el cual seguramente la recogió de más atrás). En vez de elaborar nuestras limitaciones nos defendemos atacando lo que más o menos conscientemente asumimos que nos supera. En nuestra triste actualidad, por eso, la ignorancia no se oculta sino que se reivindica. La reivindica el que la padece debido al rechazo inconsciente de la situación, pero especialmente el que saca partido de tal padecimiento. Cualquier sugerencia acerca de la gestión positiva de la ignorancia acaba invariablemente con los consabidos “atentados contra la libertad individual”, “inexistencia de metanarrativas y por tanto en el fondo inexistencia de conocimiento o falta de conocimiento” -a no ser que nos refiramos al famoso suelo común que se mueve libremente a libre albedrío- o similares actitudes de la postmodernidad. Los hacedores profesionales de la política –o sea, aquellos que detentan abiertamente cargos políticos, que en realidad son sicarios del poder real- también forman parte del grupo interesado en fomentar la ignorancia. El cultivo sistemático de la memez de las masas da como resultado su mayor sumisión por pura alineación de pensamiento. La ignorancia es, por tanto, un estado positivamente acoplado consigo mismo, es decir, que se automultiplica. La riqueza de una colectividad no viene medida por el número de Ferrari que posee ni por lo que gasta en electrónica sino sobretodo por la diversidad, complejidad y profundidad de sus mecanismos cognitivos. Alrededor de ellos se articula todo el gasto económico público y particular. No es más rico ni el que más gana ni el que más gasta sino el que más sabiamente distribuye los recursos. No dejemos que los diferentes poderes nos acaben haciendo pensar que el realismo ingenuo es la única filosofía posible. Una pincelada más: la ignorancia no se mide ni con tests de inteligencia ni con informes pisa. Se puede medir auscultando las audiencias televisivas, el consumo de libros o la complejidad de referentes de una sociedad.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Desorden
lunes, 3 de diciembre de 2012
Fe
miércoles, 20 de junio de 2012
Mentiras
No hay mayor mentira que una verdad antigua, dice el refrán. Puede parecer herético, pero las verdades también evolucionan, se despliegan e incluso cambian abiertamente. Las verdades antiguas que siguen vigentes lo son porque se renuevan constantemente y es por ello que son actuales a pesar de su edad. Como le pasa a la música de J.S. Bach ó a la poesía de Petrarca. En Occidente, desde Parménides, tendemos a identificar las verdades como objetos y no como procesos. Normalmente no tenemos problemas en admitir que las verdades que atañen a usos y costumbres, modas, dogmas, puedan cambiar. En cambio, tendemos a creer que las verdades científicas son una conquista inmutable y perpetuamente actualizada. No es cierto. Las verdades de la ciencia, como cualquier otra verdad, pueden envejecer y ser substituídas por nuevas verdades. No es que las antiguas verdades pasen a ser mentiras; simplemente no se adecúan al paradigma actualizado y su grado de “verdad” disminuye. Muchas de las que se toman en la actualidad como verdades absolutas de la ciencia no son más que dogmas implícitamente aceptados no muy diferentes de los que los poderes religiosos sostenían hace pocos siglos. El hecho de que la ciencia natural estudie fenómenos externos e intersubjetivos sostiene la creencia en sus supuestas verdades absolutas, mientras que se ignora que el estudio científico de la naturaleza sigue siendo una actividad puramente humana.
viernes, 16 de diciembre de 2011
Colonización
martes, 18 de octubre de 2011
Fórmulas
La concisa expresión simbólica que conocemos por el nombre de fórmula representa per se uno de los mayores logros de la Era de la Razón. La fórmula es la matriz que expresa una razón más o menos compleja, y que resume un modelo, lo define, o bien sigue a una serie deducciones desde tal modelo. El problema surge cuando asignamos un valor absoluto a la expresión. Entonces solamente tenemos que introducir las variables que queramos, y la fórmula nos dará cualquier solución. Igual que cuando los niños utilizan las fórmulas a boleo para solucionar los problemas en los exámenes. Detrás de toda fórmula anida un lenguaje y una ideología, y ello es cada vez más ignorado en nuestro mundo que supuestamente refleja la naturaleza como un espejo. De esta idea nace el adjetivo formulario –la fórmula como cliché-. La formulariedad conviene mucho a esta sociedad con pocas ganas de aprender que observamos cada día en nuestros entornos.
sábado, 29 de mayo de 2010
Referencias
miércoles, 5 de agosto de 2009
Preguntas













