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viernes, 1 de septiembre de 2017

Opiniones


                    Una de las mil consecuencias de la post-modernidad: nos impele a desconfiar de las grandes figuras de la historia (sólo adoramos sus citas, que utilizamos como estandarte, pértiga o ariete). En otros tiempos cuando uno no llegaba a captar las enseñanzas de algún personaje sobresaliente simplemente callaba y esperaba a tener la suficiente preparación y experiencia como para opinar. Ahora cualquiera siente que puede opinar sobre cualquier tema, por complejo que sea, en virtud de que todas las opiniones son válidas y respetables (¿respetables bajo qué código universal?). No nos confundamos. Todos los votos tienen la misma validez (eso es la grandeza de la democracia) pero no todas las opiniones la tienen. Los medios de comunicación no tienen clara esta idea cuando agitan ante nuestras narices utilizando a veces como estandarte, pértiga o ariete el tweet más estúpido y tripero que el último quelconque acaba de enviar a la red. 


viernes, 2 de diciembre de 2016

Juegos


                        Kant fue el primer pensador que estimó que el espacio y el tiempo se comportan como “formas sensibles de conocimiento”, abriendo así una puerta a la idea de que es nuestra mente la que crea tales categorías y que la razón debe, necesariamente, someterse a tales coordenadas para poder ponerse en práctica. En alguna ocasión anterior he sugerido ciertas asociaciones entre nuestra percepción espacio-temporal y nuestros sentidos, asignando la espacialidad al sentido de la vista y la temporalidad al sentido del oído. Así como desde el punto de vista de la Física el espacio, el tiempo, la materia y la energía forman una constelación indisociable, desde el punto de vista noético la estructura mental-racional también se mueve conjuntamente en las coordenadas de espacio y tiempo. Propongo un pequeño juego: imaginar un mundo en el que exista espacio pero no tiempo y viceversa. ¿Qué imagen perceptiva resulta de este experimento mental? El mundo sin tiempo nos dibuja una imagen visual inmóvil, congelada. Después de todo percibimos el tiempo como movimiento, ya sea un desplazamiento a través del espacio, ya sea un proceso biológico como el envejecimiento u otro tipo de proceso experiencial (la música). Es decir, todo aquello que nos remite a una evolución, que es la palabra más cercana al espíritu del tiempo. ¿Cómo nos aparece un mundo sin espacio? Tal constructo es aparentemente más difícil de imaginar. Un mundo sin espacio es necesariamente un mundo sin estímulos visuales; la imagen negra que percibe un invidente. Los estímulos permitidos serían entonces los aurales, olfactivos, las sensaciones físicas. Nos podemos preguntar si los procesos mental-racionales tales como la asociación, la deducción, la comparación son experienciales, participando así de la temporalidad, o se pueden llegar a situar más allá del tiempo, como hace nuestro inconsciente ¿Y los procesos de maduración, aceptación, comprensión?¡El juego da para mucho!

viernes, 29 de julio de 2016

Cromatismos

                          Es un viejo tópico afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas. Esa ciega adscripción a la razón antropoide es la que primero nos guió por el camino del conocimiento pero después nos ha dificultado históricamente el poder ver las cosas con mayor claridad. La antropomorfización ha tenido varias manifestaciones de muy  diferente índole: 1/ Nos ha hecho proyectar nuestras cargas simbólicas (dioses, fuerzas  antropomórficas) 2/ Nos ha condicionado los tamaños relativos espacio-temporales-energéticos (grande/pequeño; cerca/lejos; joven/viejo; frío/caliente,…) y 3/ nuestra propia conciencia nos ha situado en el centro espacio-temporal (somos el origen de coordenadas de nuestra propia percepción). Este tercer punto presenta una consecuencia muy interesante: nos está preferenciando una perspectiva concreta, como consecuencia directa de la subjetivación de la conciencia. Para un nivel pobremente diferenciado de conciencia –seres primitivos- el tiempo y el espacio no existen como aspectos objetivos: solamente existe la experiencia del aquí y ahora. Con la progresiva diferenciación de conciencia el espacio y el tiempo aparecen como elementos objetivos entre los que se mueven nuestras percepciones (Kant). Cuando evolucionamos todavía más volvemos a considerar el espacio y el tiempo como construcciones humanas, merecedoras de un grado variable de subjetivismo. El aquí y ahora vuelve, pero ahora con un grado de consciencia superior; hemos asimilado el espacio y el tiempo dentro de nuestra propia subjetividad. Cuando observamos en distacia, tanto espacial como temporal, las diferencias se encogen progresivamente, ofreciéndonos un efecto telescopio. Lo que aparece alrededor nuestro dispuesto en escala lineal se transforma, con la distancia, en escala logarítmica, hiperlogarítmica y así sucesivamente. Tendemos a clasificar las épocas anteriores a la nuestra dividiendo el tiempo en períodos crecientemente largos a medida que se alejan de nosotros. De igual manera, reconocemos “nuestro” espacio alrededor nuestro, tendiendo a alienar lo que se halla más allá de nuestras fronteras personales.  Así, el aperspectivismo y la transracionalidad tienen que ver con el descentramiento, con el ascenso dimensional. ¿Qué diferencia existe entonces entre la intersubjetividad y la objetividad? Se me ocurre un ejemplo ilustrativo. Sabemos que existen algunas especies animales que poseen un margen de percepción cromática –bien, de longitudes de onda lumínica, ya que el término cromático es absolutamente humano- mayor que el propio de los humanos. Nosotros hemos llegado a bautizar diferentes franjas del espectro visible (humano) con el nombre de los distintos colores. De esta manera podemos abstraer nuestras percepciones y hablar de “azulidad” o “verdez” como experiencias perceptivas “bastante” intersubjetivas. Un realista ingenuo diría que estas cualidades perceptivas aparentemente subjetivas se pueden objetivizar si hablamos de longitudes de onda en vez de colores. Entonces nos podemos preguntar sobre la experiencia subjetiva de “ver” longitudes de onda situadas fuera del espectro que es visible para nosotros. No podemos referenciar el tipo de experiencia cromática de un insecto como la abeja que ve la luz ultravioleta o una serpiente poseyendo detectores de luz infraroja. Podemos, a través de un artefacto, convertir las emisiones de luz ultravioleta o infraroja en luz visible (aquellas imágenes que nos muestran “como seria” el mundo visto por otras especies, pero esto no tiene nada que ver con la experiencia de “ver” luz ultravioleta o infraroja. Como los humanos no poseemos esta percepción no tenemos ni idea de como es tal experiencia.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Sabios


            
               En épocas no muy lejanas en las que todos conocíamos nuestras limitaciones era normal que otorgáramos un crédito a aquellos personajes –contemporáneos o históricos, próximos o lejanos- que mostraran un especial conocimiento o experiencia en algún campo del saber. Actualmente nuestros límites y nuestra ignorancia permanecen ocultos para gran parte de la ciudadanía. Han sido substituídos por el malentendido de que merced a un derecho a opinar y emitir juicios de conversación de café –que, evidentemente, todo el mundo posee- se conviertan en tesis y tengan el mismo valor que las reflexiones ponderadas, meditadas, fruto de la experiencia y la sabiduría en el sentido más precioso de este término. Sólo tomamos como referencia a los científicos en general, porque normalmente tratan de temas desconocidos para los no científicos y porque creemos, efectivamente, que su palabra representa un tipo de verdad absoluta dentro del paradigma materialista que todavía pesa mucho en nuestra sociedad.

domingo, 13 de febrero de 2011

Consejos


El consejo bienintencionado es un arma de doble filo. Ante un dilema o una situación compleja, cuando alguien se siente perdido y pide consejo a alguien de su confianza en muchas ocasiones acaba obrando de forma opuesta a la que se le había aconsejado. Ello se debe, sin duda, a que el valor del consejo no es otro que el de provocar una catarsis, de desembozar una situación de falta de flujo. Y la catarsis la debe de experimentar necesariamente el aconsejado, quien ya ha experimentado el nudo de la situación compleja. En ocasiones el aconsejador basa su consejo en el intento de abrir los ojos del aconsejado a una realidad que se le escapa o no acierta a captar con un grado suficiente de integridad. Pero el aconsejado rara vez abre los ojos porque aunque lo haga, su realidad puede ser muy diferente a la del bienintencionado aconsejador. Decía Satie: “haz lo contrario de lo que he hecho yo: no hagas caso a nadie”. Cuando alguien mayor que tú en experiencia, edad o grado jerárquico te intenta hacer ver el mundo a través de sus ojos lo debes de respetar (especialmente, en el primer caso, algo menos en el segundo y mucho menos en el tercero) y sacar un provecho de su privilegiada situación relativa, pero de ningún modo debes de dejar de oír tu voz interna, tu intuición, que seguirá contigo por una buena parte de tu vida. Eso sí, debes de educar y hacer madurar en grado sumo tu intuición, tu voz interna y tu conciencia en general, porque en caso contrario puedes llegar a estadios regresivos con suma facilidad (y encima confundirlos con signos de madurez, tal es el poder seductor de las regresiones).

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Colecciones


Quien más quien menos, todo el mundo se dedica a coleccionar algo. Además de los que normalmente son clasificados como coleccionistas, quienes suelen basar su afición en el deseo de completitud de un conjunto cerrado (sellos, monedas, chapas, insectos, minerales, grabaciones de Charles Trenet) ó una categoría concreta (plumas estilográficas, miniaturas, arte precolombino, discos de jazz) también tenemos a los coleccionistas de recuerdos, afición que se acrecienta con la edad y la experiencia, los coleccionistas de dinero, que son quizás los que menos tiempo tienen para gozar con su colección (colección aburrida por repetitiva y a la que en muchos casos no se le presta atención), los coleccionistas, por último, de experiencias que, en el fondo, somos todos, aunque muchos solamente quieran coleccionar algunos ítems de tal colección, y ahorrarse el resto. Las colecciones forman parte del espacio propio interior al que aludía hace poco, pero quizás representan en este caso un impedimento al flujo natural. Es como si construyéramos un dique que retuviera todo aquello con lo que de alguna manera nos identificamos dejando pasar el resto. Siempre es bueno agarrarse a algo que forma parte de nosotros, aunque quizás seleccionando siempre la mínima cantidad de peso. Como en aquella pregunta estúpida de los libros, los discos y las islas desiertas.

martes, 9 de noviembre de 2010

Variaciones

La forma musical de las variaciones adquirió la mayoría de edad en el barroco, culminando en dicho período con las Variaciones Goldberg (o, como han sido llamadas, el Antiguo Testamento de la variación pianística). Durante el período clásico y preromántico esta forma llegó a su apogeo, de la mano de Beethoven (las Variaciones sobre un vals de Diabelli, el Nuevo Testamento de la variación pianística) y Schubert. Tanto la primera de dos obras citadas como el final de la sonata op 109 de Beethoven –otro bello ejemplo de variaciones- nos proponen un amplio recorrido acompañando las vicisitudes de un tema más o menos simple (vicisitudes ornamentales en el primer caso y estructurales en el segundo) que se va progresivamente complicando mientras se aleja del punto de partida. Una vez alcanzado el clímax (el quodlibet de las Goldberg y la variación de los trinos de la op. 109) en ambas composiciones aparece de nuevo el tema inicial de forma idéntica ó casi idéntica a como se había enunciado al principio. Sin embargo, la significación que entonces adquiere para nosotros nada tiene que ver con su exposición inicial. De alguna manera hemos viajado con el tema; lo hemos acompañado en sus peripecias a lo largo del viaje y ahora lo contemplamos con nuevos ojos, o mejor dicho, lo vivimos como parte de nuestra experiencia. Sería como un símil musical de las narraciones iniciáticas en las que el héroe –la proyección de nuestro yo-, tras superar una serie de pruebas de maduración, se acaba encontrando a sí mismo tras haber ampliado su experiencia. Al final, tenemos exactamente lo mismo que al principio, pero visto con ojos nuevos que solamente han aprendido a ver durante el viaje. Sabemos que Bach concedía mucha importancia al retorno final del tema en las interpretaciones de las Goldberg, y el propio Beethoven ampliaría esta experiencia en el final de su postrera sonata, la op 111. La función simbólica de la música es en todas estas muestras más que evidente.

martes, 10 de febrero de 2009

Simpatía


Todos hemos experimentado la sensación de ganas de orinar al oír el repiqueteo del agua cayendo, por ejemplo cuando llueve. El estímulo que provoca la relajación del correspondiente esfínter es enteramente auditivo pero el fenómeno mantiene un trasfondo que un humano primitivo calificaría de “mágico” y un humano más evolucionado de “experiencial”. Una vez más, es como si se estableciera una resonancia entre el movimiento de ambos líquidos. Hoy día los neurofisiólogos, profesionales a los que con mucha (demasiada?) frecuencia se toma por referencia en el campo de la mente, parece que se han puesto (bastante) de acuerdo en afirmar que entre las mentes de individuos que se hallan en situación de empatía se establece una resonancia que de alguna manera las comunica. Lo que no acaban de explicarse estos señores son los misteriosos intercambios de información que parece que se tendrían que dar entre los elementos individuales de una bandada de pájaros o un banco de peces cuando todos cambian súbitamente de dirección. Ya he hablado de la resonancia que unifica a una orquesta “bien afinada” independientemente de los esfuerzos del director. En todos estos casos no estaríamos tanto ante una cuestión de estímulo-respuesta como ante una forma de resonancia (en la orquesta, a diferencia de las agrupaciones de animales, los movimientos sincronizados de los arcos de las cuerdas sí que serían reflejo de un estímulo-respuesta más que una resonancia). En el caso del movimiento de líquidos la resonancia se referiría más a simpatía de naturalezas que a formación de sistemas, tal como sucede con las frecuencias de resonancia entre cuerdas simpáticas, sopranos y copas de vidrio ó puentes y pelotones militares. Aunque estos ejemplos, a diferencia del caso del pipí, -y del fenómeno estudiado y descrito por Pavlov- no precisan de ningún tipo de fenómeno experiencial (o sea, que involucre a la conciencia).

sábado, 2 de febrero de 2008

Profundidad


Soy consciente de que la palabra profundidad –utilizada con conmovedora asiduidad por los románticos para designar cosas que a las generaciones posteriores les parecían muy superficiales- denota grado de intensidad unidireccional, y en una dirección muy clara: hacia un supuesto centro, concepto antagónico con los postulados de la postmodernidad. Ya no existe centro hacia el que converjan las incursiones. La asunción, sin embargo, de que todas ellas son independientes e inconmensurables ha acabado por conducir a la situación contraria: la del achatamiento de cualquier manifestación. Las grandes realizaciones humanas en los campos del arte, la filosofía y la ciencia se caracterizan por su multidimensionalidad, la riqueza de interpretaciones que generan, la variedad de puntos de interacción que ofrecen, la permanencia de su discurso dentro de la variabilidad temporal, entre otras grandezas. La relación que podemos tener con ellas, por tanto, oscila dentro de unos límites muy anchos en cuanto a grado, intensidad y... profundidad. Una obra musical, por ejemplo, se puede abordar bajo un prisma de menor o mayor experiencia auditiva, con una menor ó mayor experiencia de la vida, con más ó menos ganas de descubrir el secreto de su estructura ó el oculto mecanismo que la cohesiona. En cada caso nos devolverá, cual sutil espejo, nuestra imagen, nuestras expectativas, nuestra circunstancia, nuestro modo de percibir. Y algo parecido a lo que muestran las obras del campo de lo bello sucede con las que provienen de los campos de lo cierto y lo bueno. Poner una etiqueta a las grandes realizaciones humanas y asignarles una cualidad concreta o un “nivel común para la cultura general del hombre de la calle” resulta absolutamente falso y limitativo. Es lo mismo que estamos haciendo con todas las manifestaciones de la vida: calificarlas, achatarlas y deducir incesantemente consecuencias que solo podemos achacar a nuestra propia miopía.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Lazos profundos


Durante las fechas navideñas he tenido ocasión de reunirme de nuevo –como cada dos años- con viejos compañeros de secundaria, con los que compartimos, hace entre treinta y tantos y cuarenta y pocos años, tantas horas de nuestra vida. Y la sensación mágica se ha repetido. Las experiencias vividas en las épocas tempranas de la vida dejan una huella profunda, quizás porque en tales épocas una hora de vida representa una parte importante de toda la experiencia y, por tanto, el tiempo aparece como detenido. Y el reencuentro, sobre todo a partir de ciertas edades en las que ya no hay tanto que demostrar a los demás –aunque, en ocasiones, sí todavía a uno mismo-, propicia no la regresión sino la calurosa y confortable seguridad del hecho vivido y asimilado. Curiosamente, muchas de las acciones llevadas a cabo en esas épocas –viajes, creación artística ó literaria,...- siguen siendo consideradas por sus protagonistas como hechos muy importantes en sus vidas, independientemente de las ulteriores realizaciones. Y es que, por encima de diferencias en cuanto a modelos vitales, biografías e intereses, la experiencia compartida en época tierna crea unos casi imperceptibles pero profundos y duraderos lazos.

lunes, 14 de mayo de 2007

Identificaciones


Nuestros gustos y disgustos dependen en gran medida de nuestro grado de identificación con el objeto en cuestión. Ya sea consciente ó inconsciente, superficial ó profunda, una parte de identificación siempre es necesaria para que algo nos llame la atención. Tanto para los gustos como para los disgustos. Entre lo que nos gusta especialmente y lo que nos disgusta especialmente no existe tanta diferencia como entre lo que nos gusta y lo que nos es indiferente. El término identificación, sin embargo, puede dar pie a muy diversas interpretaciones. Desde el mecanístico acoplamiento a una matriz predeterminada hasta la resonancia por similitud ó categoría. El objeto con el cual identificarse puede tener también la más variada naturaleza. Desde un personaje real ó de ficción hasta una idea, pasando por una obra de arte, una disciplina ó un estilo de hacer. Todas las identificaciones, asumidas ó inconscientes, como de costumbre, nos hablan de nosotros, a modo de espejo. También tiñen nuestro quehacer de modo que se convierten en compañeras de nuestra vida ó incluso en metas de ella. Algunos incluso pierden la vida por ellas. Los procesos de identificación (y de desidentificación) tienen lugar a lo largo de toda nuestra existencia de forma más ó menos consciente. Como si se abrieran y cerraran ventanas a paisajes nuevos ó lejanamente conocidos. Muchos grandes personajes cuyas intuiciones han guiado la historia nos refieren su hallazgo como la súbita percepción de algo que siempre había estado allá y que, de repente, se había hecho mentalmente presente. En ocasiones las desidentificaciones adoptan la forma de transformación a otro plano más elevado de existencia. Es lo que en el modelo freudiano se conocen como sublimaciones. En la mayor parte de las ocasiones las identificaciones aparecen constelizadas, de manera que cada núcleo principal se ve rodeado de otros grupúsculos que, en ocasiones, también albergan un nuevo estrato de elementos, de forma orgánica. Ello permite que, en caso de apertura ó cerrazón de una ventana de identificación con un determinado paisaje, todos los elementos de la constelización sufran la misma suerte y que, de repente, entendamos y aun aplaudamos a un personaje de ficción que antes nos repelía, o bien al revés. Dependiendo del tipo de trayectoria de cada uno, conforme avanza el camino de la vida, el número y/ó grado de identificaciones crece ó bien decrece. La identificación total y la desidentificación total con el cosmos, una vez más, tienen mucho en común.

viernes, 16 de febrero de 2007

Justificación


En ocasiones se me ha reprochado el hecho de ser demasiado pedante en cuanto a la visión de la vida que plasmo en el blog. O quizá demasiado teorizante, poco flexible, un poco como el que mira mucho al horizonte pero poco a su alrededor. Quizá no les falte razón a tales críticas. Lo único que puedo aducir en mi defensa es que escribo las reflexiones con toda la honestidad de que soy capaz, y que salen de un estrato muy mío que necesita, de alguna manera, expresarse. Muchos me dirán que la vida es básicamente una experiencia, y que lo demás son historias. Esto se me aparece como fundamentalmente cierto, pero estoy firmemente convencido de que las experiencias mentales también son experiencias, aunque de otro orden que las vitales. Mis primeros contactos con la música de Stravinsky ó los filmes de Fellini, hace treinta y tantos años, me dijeron mucho más sobre el mundo y sobre mí mismo que muchos otros eventos vividos que no he llegado nunca a comprender ó valorar en su posible extensión. Quizás sea un individuo tendiente a la misantropía ó poco evolucionado desde el punto de vista de la integración social. Tant pis. Lo que también creo que encierra un grado de verdad muy alto es que los otros no pueden vivir por ti, aunque sus experiencias te puedan ayudar. Porque tu vida no es diferente de las vidas de los demás; se trata simplemente del mismo hecho visto desde un punto de vista subjetivo, en primera persona. Y el punto de vista subjetivo depende de tu perspectiva vital, de tu profundidad de conciencia y de tus referentes. Los acontecimientos que te envuelven no hacen más que precipitar las experiencias, te abren los ojos de golpe a la percepción subjetiva. Como el colgado del Tarot de Marsella, bailo la giga boca abajo.

lunes, 22 de enero de 2007

Horizontes

Cuando se es joven, si la suerte no te ha jugado una mala pasada en tus edades tempranas, predomina la esperanza porque todavía eres una potencialidad. El panorama que se te ofrece en el horizonte es muy ancho y crees poderlo abarcar todo con facilidad. Pero eso no deja de ser una ilusión. Conforme vas efectuando tu camino por la vida el panorama se va reduciendo considerablemente (otra ilusión; ésta vez más amarga). En progresión geométrica. Paradójicamente, sin embargo, el campo de experiencia que dejas atrás en el tiempo (si tal consideración “espacial” del tiempo se puede todavía sostener) llena de alguna manera la aparente reducción del panorama. Forma parte del camino de la vida. A la belleza del horizonte interminable ha de seguir, de forma natural, la belleza de la efectualidad realizada. Pero no tanto como un camino que no hay y que sólo se hace al andar sino como una transformación que se realiza en mayor ó menor grado. Conforme la transformación tiene lugar se nos abren nuevos horizontes, antes impensables. En la antigua India, la vida se dividía en tres segmentos; la edad de 0 a 20 años correspondía al aprendizaje, entre los 20 y los 40 era la época de la reproducción y la lucha por el pan con que sustentar a ascendentes y descendentes. A partir de los 40 años comenzaba la época en que se debía cultivar la filosofía; la edad de la sabiduría que podía alimentar a la nueva generación. De esta manera se cerraba un ciclo de eterna recurrencia. Una ilustración más de la diferencia entre Oriente y Occidente. Aunque cada vez somos más conscientes de tales diferencias, por lo que las vamos limando de forma inconsciente. Al andar no se hace camino; se hace accesible una mayor proporción de integralidad.

lunes, 3 de abril de 2006

Experiencia


Cuando leemos un libro que nos complace especialmente no adquirimos experiencia como tal, pero sí que resonamos con su contenido; se nos activa toda una serie de conocimientos que ya parecían estar latentes en nosotros. Gracias a la persona que ha sabido conceptualizar y poner en términos de lenguaje una idea, la hemos recordado ó actualizado. Sucede algo parecido cuando aprehendemos una obra artística con la que podemos identificarnos en un alto grado. Quizá el descubrimiento de la obra de un gran creador nos puede abrir un mundo nuevo que configure todo un campo de experiencias. En este caso no se trata de una simple conceptualización que utiliza el lenguaje, sino de algo más: este lenguaje está escrito sobre un soporte directamente perceptible por nuestros sentidos. La unión de carne y espíritu que conlleva la obra artística puede dar lugar a toda una profunda experiencia situada más allá de la conceptualización. En ciertos contextos, se considera a la música como una forma de meditación.