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sábado, 22 de febrero de 2025

Presagios

 


        En sus primeros años de vida,  este blog analizaba con la esperanza de que las cosas se arreglasen desde la perspectiva de una ampliación de conciencia, a través de una evolución paulatina hacia la complejidad. Lo que ahora tenemos ocasión de observar es que desde entonces hemos involucionado, y lo seguimos haciendo de manera acelerada, a estados crecientemente primitivos. La revuelta de la ignorancia militante; un mal que, en ausencia de un marco unificador, toma su relevo infectando a amplios segmentos de la población cual nefasta pandemia crece sin cesar. Las esperanzas de salir adelante sin tener que pasar por un doloroso revulsivo se desvanecen también de forma acelerada, y cada vez parece más difícil alejar de nosotros la catástrofe. Mientras una parte de la población se pregunta que cómo hemos podido llegar hasta aquí otra parte, si no más abundante sí más estrepitosa, sigue danzando orgiásticamente alrededor del volcán, sin apenas darse cuenta de que puede despertarlo en cualquier momento. Las causas (pertenezco al primer grupo) son, como siempre, complejas y multifactoriales, pero en última instancia se relacionan con los aspectos más miserables de la naturaleza humana. La falta de cultivo del cuerpo, el alma y la mente generan un malestar que, ciegamente, crece y degenera en un indiferenciado y estéril sustrato. El ciudadano medio actual ya no confía en un futuro mejor y, por ende, en una evolución personal conseguida a base de esfuerzo y dedicación. Prefiere procastinar con un smartphone entre los dedos mientras se entrega a cualquier nadería cuando menos  fútil y decididamente tóxica en muchas ocasiones. Cada vez se necesita más valor para permanecer mínimamente sereno sin perder por ello la conciencia de la situación. La sensación de no poder hacer nada por evitar el colapso (o recibir un castigo por intentarlo, cual moderno Laoconte) está íntimamente ligada a la transmisión virial del malestar y la ceguera. La terrible asunción de la falsa democracia -esa que se nos aparece en cada esquina en forma de (falso) cuestionario de satisfacción- confunde la igualdad de voto con la igualdad de opinión, haciendo romo cualquier intento de crecimiento y un árido desierto de lo que normalmente se entendía por  sabiduría. El conocimiento habla, la sabiduría calla, pero la largamente cultivada estupidez grita cada vez de forma más ensordecedora.

lunes, 30 de julio de 2018

Perfección



        En aquella calurosa mañana de verano en que, para mayor penuria, los sistemas de climatización fallaban de forma intermitente haciendo la atmósfera aún más pesada, el administrativo S.P.M. se veía incapaz de trabajar. En realidad S.P.M. no trabajaba demasiado en ninguna ocasión, independientemente del clima, pero normalmente no tenía conciencia de ello. Se engañaba a sí mismo con tanta facilidad que nadie hubiera dicho que ganó su posición gracias a toda una serie de pruebas interminables y dilatadas en el tiempo que aseguraban que tan preciado trofeo se convirtiera en un lujo al alcance de muy pocos ciudadanos del reino. ¿Y cuál era la etiología y el sentido profundo del puesto de trabajo que tan flamantemente ocupaba S.P.M.? Según él, su trabajo –además de extenuante- era absolutamente clave para la homeostasis social. S.P.M. se dedicaba fundamentalmente a cotejar y, en su caso, ajustar los requerimientos que debían aplicarse a las normas que regulaban el correcto funcionamiento de las medidas de contingencia que se ponían en marcha cuando el sistema oscilaba más de una séptima parte de la desviación standard calculada teóricamente para el cotejo de los requerimientos de satisfacción social. Un trabajo, como solía decir el propio S.P.M., excitante. Durante la primera época de su experiencia laboral S.P.M. tenía, en ocasiones, que improvisar sobre la marcha y adaptar su trabajo a cualquier casuística. Pero en los últimos años el departamento correspondiente (en su caso, el de bienestar social) había puesto en marcha unos procedimientos que actuaban como masterfiles capaces de protocolizar cualquier contingencia. Toda la realidad tenía que estar contenida en tal documento (casi) definitivo. La identificación de cualquier caso que se situara fuera de tal cartografía ponía inmediatamente en marcha un plan de actualización de los procedimientos. Este plan conllevaba la reunión apremiante (aunque no necesariamente urgente) de todo un grupo de funcionarios especializados que decidían así sobre el futuro de las futuras realidades (también decidían si tales realidades eran en realidad reales o no). A fin de llevar un control riguroso de los resultados de su trabajo, S.P.M. debía, como todos sus compañeros, generar mensualmente los correspondientes informes ISO.2-324 y además, los ISO.3-426 cada trimestre y los ISO.6-538 anualmente. Todo parecía controlado y S.P.M. podía descansar tranquilo porque su contribución a la sociedad le generaba suficiente paz de conciencia como para descansar plácidamente cada noche para así poder llegar, al día siguiente, fresco a su mesa de trabajo. Y no era para menos. El material que manejaba y generaba S.P.M. no solo modelaba cualquier aspecto de la sociedad sino que, además, devorava todo lo que no parecía poder contener al principio, que acababa así incorporado al particular universo en el que S.P.M. y tantos otros, de forma consciente o inconsciente, vivían. Curiosamente, sin embargo, esta especie de cajón de sastre que todo lo acababa conteniendo se iba pareciendo cada vez más a un agujero negro –o más bien a un agujero gris- que devoraba, cual moderno Saturno, a sus hijos, especialmente a aquellos más díscolos. De esta manera el sistema siempre aseguraba que todo su contenido quedase convenientemente catalogado, taxonomizado, aceptado y digerido. Tal contenido constituía su Corpus de La Verdad. La diversidad era analizada e incorporada. Y la divergencia se intentaba digerir previamente a la incorporación. Si la digestión no se hacía posible se ponía en marcha el programa-anatema que reducía la divergencia a la no-existencia. Tal sacrificio era necesario en pos de la continuidad. Sí, el piadoso S.P.M. constituía un pequeño pero importante eslabón de un sistema perversamente modélico.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Desconexiones


            Los adolescentes suelen reverenciar personajes y actitudes con ribetes de rebeldía que desafían al supuestamente inamovible mundo de los adultos (supuestamente maduros). Siempre ha sido así y no parece que la situación vaya a cambiar en poco tiempo. Las necesidades del marketing, que apetece del cliente adolescente porque tiene una gran capacidad de persuasión y una voluntad férrea para gastar dineros que no son suyos, han llegado a llevar tal reverencia a un ámbito mayor. Y el halo de maravilla que rodea el mundo de las drogas, de la delincuencia y la marginalidad no se entiende a no ser que consideremos globalemente a la sociedad en una especie de fase adolescente. Las drogas y la violencia no dejan de interesar al adulto porque éste pierda vigor juvenil o deje de “estar enrollado”. No le interesan porque antepone de forma consciente la salud y el diálogo. Alguien dijo, en un discurso parecido al anterior, que “las niñas buenas van al cielo pero las niñas malas van a cualquier parte” contando con un concepto muy pobre de “cielo” y un concepto muy impreciso de “cualquier parte”. Las drogas, la violencia, cualquier parte no son antónimos “interesantes” de salud, diálogo y cielo sino meros estados de “desconexión”. 

domingo, 7 de agosto de 2011

Otra vez...


Ya lo he dicho aquí en numerosísimas ocasiones: tenemos una tendencia enfermiza hacia la proyección en el “exterior” de todos nuestros trasuntos internos. Ya sea en forma de conceptos, agentes, deidades, normas, panfletos, ángeles y demonios. El místico, contrariamente al concepto vulgar de este término, no es el bobalicón que vive en un anhelado mundo ideal producto de su (buena) fe, sino el que vive plenamente en el mundo presente, el que integra y transparenta todos los filtros que desdibujan cotidianamente nuestras percepciones. Exterior es el mundo material del dualismo cartesiano, pero también exterior la noción histórica de Dios. Exteriores los conceptos de Bien y Mal, que siempre queremos separar para dejar únicamente el primero eliminando el segundo (que es como querer eliminar una sombra). Exteriores las normas de buen funcionamiento de la sociedad (¿expresión de nostalgia por un pasado coherente?): simplemente hay que seguir los dictados cuidadosamente cartografiados y llegaremos a la perfección. Y en muchas ocasiones incluso llegamos a proyectar nuestros contenidos sobre objetos naturales reales (como hacían nuestros antepasados en épocas mágicas y míticas con rayos, volcanes y ciclones) ó potenciales (nuestra obsesión actual por la posible colisión de un meteorito sobre la superficie terrestre). Las localizaciones “interior/exterior” son solamente el fruto de una dualidad; un puro espejismo. Simplemente nuestra mente crea una diferencia en base a unas percepciones y unos hábitos. Exterior e Interior se corresponden de la misma manera que arriba y abajo, que diría Hermes Trismegisto.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Sueños

Desde épocas remotas ha llamado la atención de la humanidad el tema de las posibles funciones e interpretaciones de los sueños. Así en épocas mágicas, en que los sueños representaban el lenguaje por el que los dioses se comunicaban con algunos representantes destacados de la tribu para enviar buenos ó malos presagios, pasando por las interpretaciones mentales que los diversos modelos de la psicología profunda fueron ofreciendo hasta llegar a nuestros días, cuando todo se pretende explicar exclusivamente a través del cientifismo. Y al atender exclusivamente a las idas y venidas de neurotransmisores, activación de zonas cerebrales y afectaciones orgánicas nos estamos perdiendo gran parte del asunto. Si el soñante siente que un sueño lo afecta particularmente será porque tiene un significado para él, significado expresado en lenguaje simbólico pero traducible por el interesado con mayor ó menor dificultad al lenguaje de la racionalidad. Si a eso lo quieres llamar augurio, energía compensatoria, liberación de instinto ó epifenómeno debido a la acción de la serotonina sobre las áreas temporales del cerebro, se trata únicamente de un problema cultural. Significativamente, tanto los dioses como la serotonina son agentes de la Otredad. El niño siempre busca la culpabilidad de sus actos en objetos externos –animados ó inanimados-, cosa por otro lado necesaria y deseable dentro del proceso normal de desarrollo. La maduración significa entre otras cosas la asunción del yo para lo bueno pero también para lo malo. La diferencia entre los dioses y la serotonina es que la segunda tiene lo que llamamos existencia objetiva, mientras que los primeros representan la otredad subjetiva. Una vez hemos madurado lo suficiente como para darnos cuenta de que todo está dentro de nosotros también nos damos cuenta de que nosotros, el ego, no deja de ser también una proyección. Pero… ¿no estaba hablando de sueños?

miércoles, 24 de febrero de 2010

Suicidas


                    Si algo queda absolutamente vivo del pensamiento de Parménides no posee los ribetes ontológicos con que se adorna usualmente la filosofía de este autor, sino más bien se refiere a la dualidad de segundo orden que podemos establecer entre el camino del desarrollo, el que conduce a alguna parte, y el de la regresión, el que no conduce a ningún lugar sino más bien a la autodestrucción (en el sentido de no-progresión más que en un sentido mítico de aniquilación). El acto regresivo más radical que se puede dar, el suicidio, es directamente autodestructivo y sigue constituyendo un motivo de rechazo por parte de la sociedad, especialmente por sus estratos más evolucionados. Los estratos que viven en épocas míticas, sin embargo, llegan a apoyar tal proceder e incluso incitan a sus hijos a realizarlo en pos de un mundo mejor. Pienso en los fanatismos religiosos de todo tipo, desde las madres de los yihaddistas suicidas hasta la madre de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, instando a su hijo a que realizara tal acción, aun a riesgo de perder su vida. El problema mayor de las regresiones es su elevado poder infectivo-expansivo. Las promesas que ofrecen de entrada los procesos regresivos parecen lo suficientemente atractivas como para dejarse seducir fácilmente por ellas. Si tales promesas van además dirigidas hacia un fin supuestamente liberador ó trascendente, como en los casos mencionados, es cuando más peligrosas se hacen las regresiones.

martes, 6 de enero de 2009

Falsedad


El período navideño suscita no pocas reflexiones en torno a uno de aquellos temas básicos que subyacen en lo más profundo de la sociedad humana: la falsedad. ¿Por qué nos seguimos dejando engañar por las apariencias, aun sabiendo que no son más que eso, meros montajes cada vez más férreamente y menos sutilmente orquestados? No voy a dudar de la buena fe de la gran masa de la población (aunque este argumento no deja de ser falaz porque la gran masa con buena fe está llena de elementos con más mala que buena fe), pero constato que una buena parte de la sociedad prefiere vivir en la –falsa- inocencia a abrir los ojos e intentar ver un poco más allá. Sospechamos fuertemente que para que nosotros podamos conseguir determinados bienes han tenido que pasar cosas reprobables a nuestros ojos pero que preferimos ignorar. El famoso tema del conocimiento y la ampliación de conciencia son experiencias que, como todo crecimiento, duelen. Duelen pero conducen a espacios y experiencias de mayor calibre. Hoy día muchos menores que ya no están en edad de creer en la existencia de Santa Klaus ó los Reyes Magos confiesan abiertamente que prefieren seguir creyendo en ellos. Evidentemente que siempre hay que creer en algo para mantener un mínimo equilibrio psíquico, pero es importante que ese algo vaya creciendo y evolucionando con la edad. Quizás los adultos se enternezcan al contemplar a los niños en Navidad porque evocan con nostalgia épocas pretéritas de su vida, pero en buena parte de los casos no es más que un descanso del frenesí que nos ronda durante todo el resto del año. Es como las treguas que –antaño y hoy día- realizan facciones beligerantes el día de Navidad. Si se puede parar la carnicería un día, ¿por qué no pararla el resto del año? Aunque tanto la tregua como la carnicería responden a impulsos atávicos a los que nunca solemos preguntar por su nombre y apellido.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Pies en polvorosa


El modelo de empresa que sigue imperando en la actualidad en estos andurriales se sigue pareciendo peligrosamente al que se describe en el film de Ermanno Olmi Il Posto (1961). En él acompañamos a Domenico, un joven aspirante a la inserción en el mundo laboral, en sus entrevistas, contratación y desenvolvimiento en lo que es en aquel entorno espaciotemporal considerada como una gran empresa. Y asistimos así a un desfile de personajes y situaciones de lo más estrambótico (pero que se corresponden de forma inquietante con la cruda realidad): una serie de oficinistas que se pelean –en una clara alusión regresiva a la escuela primaria- por estar situados el primero de la fila (con su mesa-pupitre enfrente de la del jefe-maestro de escuela); la antigüedad es un mérito que se valora por encima de otros en la aspiración a avanzar en la fila. Mientras tanto, el jefe-maestro reparte –si sus subordinados se han portado bien- unas preciadas bombillas que por lo visto duran poco y se hacen sobre todo necesarias en las últimas filas, más obscuras. Domenico también asiste a una especie de bedel sarcástico y resabiado que tiene veleidades de psicólogo y demora su asistencia a los jefes que lo solicitan, asegurándole de que lo que quieren son únicamente caprichos ó cafés. El joven es muy introvertido y bastante tímido. Aparentemente no analiza las situaciones ni discute sobre lo que ve. Únicamente, eso sí, observa atentamente y va tomando nota.
El aspecto externo de la empresa actual, evidentemente, ha evolucionado mucho en 45 años. Los métodos utilizados, sin embargo –el cultivo del ego, la valoración del grado de afección por encima del grado de profesionalidad, el programa de visualización de la vida a través de los ojos del pensamiento único (recordemos la más que lúgubre escena de la fiesta para empleados en el film)-, no han cambiado demasiado. Quizás estén relacionados con aspectos más profundos y duraderos, que atañen a la propia naturaleza humana. Al final del film, un expresivo primer plano del rostro de Domenico resulta particularmente turbador. Con su característica introspección, el personaje parece estar asumiendo que su primer cometido en la vida, en aquel momento, es hacer todo lo posible para poder poner definitivamente los pies en polvorosa.