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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Recapitulación

                           
                           Quien haya tenido la paciencia de seguirme hasta aquí en estos casi ocho años (¡gracias!) se habrá más que percatado fácilmente de mis preferencias vitales en los diversos campos que despiertan mi interés. O, mejor dicho, habrá incluso sabido extraer la esencia común a todas ellas, independientemente de su ámbito de aplicación. La idea básica que percola a lo largo de todo el blog es la de evolución; ése sería precisamente el término que utilizaría si tuviera que resumir las casi quinientas entradas en una sola palabra. Evolución como proceso ampliador de las usuales percepciones reificadoras, atomizadoras, de los simples mecanos moleculares y que da paso a las percepciones de proceso. Proceso que va desde la fábrica primigenia de las estrellas generatriz de la geosfera hasta la organización prebiótica, el paso a la biosfera y su desarrollo con la creciente complejización cibernética hasta la emergencia de la noosfera, de la conciencia, que empieza por la percepción del yo (ese strangeloop tan particular y tan sólidamente asentado que impide, a su vez, el desarrollo ulterior de la propia conciencia trans-personal) y sigue todavía su camino hasta la conciencia de segundo orden (la conciencia de ser conscientes) y aun, en contados casos, mucho más allá. También he insistido en el tema de la evolución –tanto histórica-social como personal-piagetiana- de las estructuras de conocimiento, desde la más arcaica hasta las transracionales, pasando por la mágica, la mítica y la racional. Estas estructuras han afectado a la carga cultural que cada época histórica ha generado, tanto en el campo de las ciencias como en el de las artes y el del pensamiento. Mondes neufs, constructions ou démolitions, vous m’ donnez des visions, reza un verso de una canción de Ch.Trenet, y nada más apropiado para percatarnos de que, para poder avanzar en nuestra posición de conciencia, es preciso saber en donde nos encontramos. Es decir, relativizar nuestras coordenadas mentales y reconocer que estamos sometidos a unos paradigmas que pueden evolucionar. Como la yoidad, que una vez instalada cuesta mucho de superar (se trata de un bucle cibernético muy estable y que nos permite nada menos que sobrevivir), la racionalidad, con su proyección externalizante de toda perspectiva, proporciona un parecido estancamiento. No se trata de abandonar la racionalidad (como tampoco se trata de abandonar la yoidad) sino simplemente de confinarlas a un caso particular de un todo mucho más amplio. La yoidad esclerotizada conduce a la otredad, zona en donde se tiende a acumular todos los desechos (políticos, banqueros, seguidores del equipo contrario, es decir, todos los “malos” de la película) mientras que la racionalidad esclerotizada conduce a la más aberrante forma de fragmentación dualista en cualquier ámbito del pensamiento, por simple que sea. 

martes, 9 de noviembre de 2010

Variaciones

La forma musical de las variaciones adquirió la mayoría de edad en el barroco, culminando en dicho período con las Variaciones Goldberg (o, como han sido llamadas, el Antiguo Testamento de la variación pianística). Durante el período clásico y preromántico esta forma llegó a su apogeo, de la mano de Beethoven (las Variaciones sobre un vals de Diabelli, el Nuevo Testamento de la variación pianística) y Schubert. Tanto la primera de dos obras citadas como el final de la sonata op 109 de Beethoven –otro bello ejemplo de variaciones- nos proponen un amplio recorrido acompañando las vicisitudes de un tema más o menos simple (vicisitudes ornamentales en el primer caso y estructurales en el segundo) que se va progresivamente complicando mientras se aleja del punto de partida. Una vez alcanzado el clímax (el quodlibet de las Goldberg y la variación de los trinos de la op. 109) en ambas composiciones aparece de nuevo el tema inicial de forma idéntica ó casi idéntica a como se había enunciado al principio. Sin embargo, la significación que entonces adquiere para nosotros nada tiene que ver con su exposición inicial. De alguna manera hemos viajado con el tema; lo hemos acompañado en sus peripecias a lo largo del viaje y ahora lo contemplamos con nuevos ojos, o mejor dicho, lo vivimos como parte de nuestra experiencia. Sería como un símil musical de las narraciones iniciáticas en las que el héroe –la proyección de nuestro yo-, tras superar una serie de pruebas de maduración, se acaba encontrando a sí mismo tras haber ampliado su experiencia. Al final, tenemos exactamente lo mismo que al principio, pero visto con ojos nuevos que solamente han aprendido a ver durante el viaje. Sabemos que Bach concedía mucha importancia al retorno final del tema en las interpretaciones de las Goldberg, y el propio Beethoven ampliaría esta experiencia en el final de su postrera sonata, la op 111. La función simbólica de la música es en todas estas muestras más que evidente.

jueves, 14 de octubre de 2010

Aprehensión

Una de las claves para poder aprender algo es ser conscientes de que todavía no poseemos la experiencia de lo que vamos a aprender. Si lo que aprendemos es una técnica, nos hará falta un cierto tiempo –que puede ir desde unos minutos hasta bastantes años- para adquirirla y manejarla con soltura. Casi todo el mundo es capaz de entender esto. Si lo que aprendemos es un concepto, también deberemos dejar que éste prenda en nosotros. Si el concepto está contenido en nuestra forma de pensar –es decir no es más, en el fondo, que una nueva estructura relacional- el proceso puede ser rápido (aunque para manejarlo con soltura haga falta, de nuevo, cierta rodadura). Pero si el concepto está más allá de nuestros esquemas habituales, o incluso más allá de nuestra estructura cognitiva, no nos queda más remedio, para avanzar en esa dirección, que hacer lo que los profesores de otrora llamaban “un acto de fe” y suponer que allá donde nosotros todavía no vemos nada hay algo a lo que quizá podamos acceder con un poco de tesón. Aquí toma su verdadera  significación el verbo “aprender” en el sentido de aprehender, o sea, el de llegar a conocer. Y esto sirve tanto para un concepto filosófico como para una obra de arte como para una cosmovisión física. Y esto ya hay mucha menos gente capaz de entenderlo. Cuando no hemos alcanzado el grado de madurez medio de nuestro entorno, en etapas infantiles, la velocidad habitual de crecimiento (físico, emocional, intelectual, moral) es tal que parece llevar de forma ineludible hacia un desarrollo. En etapas en las que se ha alcanzado el nivel medio de madurez parece que el deseo de avanzar un paso más cesa en numerosos casos, llegando a hacer creer al individuo que lo que está más allá de sus capacidades actuales es el producto de la fantasía de otros, lo que le lleva a mirarlo con indiferencia ó incluso con desdén, cuando la pulsión inconsciente parece amenazar su hubris. Un caso más de lo que hace poco tildaba de no dejar que las cosas fluyan.

domingo, 24 de mayo de 2009

Aprendices de brujo


El gran peligro que amenaza nuestro presente viene constituido por el creciente desequilibrio entre la evolución y el desarrollo tecnológicos por una parte y el grado de desarrollo cognitivo y madurez emocional de los individuos por la otra. Para que una civilización funcione correctamente es absolutamente preciso que todas las líneas de desarrollo avancen de manera armónica. Y la raíz del gran peligro estriba en la peligrosa –peligrosa a estas alturas, no en otras épocas- mentalidad moderna que da por sentada la absoluta independencia de ambos desarrollos. Esto mismo ya lo expresó Goethe en su conocido poema El aprendiz de brujo: la inmadurez y el conocimiento no son buenos aliados (el propio Goethe expresó en su Faust el pacto que hace posible tal divorcio). Cuando el poder –cualquier tipo de poder- se halla en manos de personajes con desarrollos detenidos a los ocho años el futuro de esta sociedad no es muy esperanzador. Por eso muchos sabios en la actualidad –y en cualquier otra época- giran la cabeza en otra dirección, prescindiendo de la dimensión social humana. Y ello también contribuye a empobrecerla.