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viernes, 19 de febrero de 2016

Teenetes, o de la circularidad del mundo


                  Después de disfrutar de un opíparo banquete coronado con dosis variables de alkaseltzer y perbocaciones, nuestro peripatético grupo de dialogantes se aposentó en una sala vecina al atrio de villa Paprika con objeto de degustar lentamente el exquisito té lila que Primula –a la que su difunto esposo había dejado la vida solucionada tras su desaparición- importaba directamente de la Manchuria francófona. Teenetes tomó entonces la palabra: –“La vida es/deviene –como decíamos esta mañana-, y el conocimiento es circular; independientemente de la dimensión en que nos movamos. Si lo hacemos en una dimensión, es como una circunferencia, si en dos, como un círculo, si en tres, como una esfera, si en cuatro, una hiperesfera, y así sucesivamente. Los razonamientos siempre acaban dando la vuelta al espacio n-dimensional en que nos hallemos, y nos vienen a encontrar de nuevo. Es por eso que nuestro cometido evolutivo consiste en ir añadiendo nuevas dimensiones a nuestras apreciaciones una vez exploradas las dimensiones inferiores. Con ello aumentaremos siempre el orden de nuestro mundo, nuestro entorno y nuestros referentes. Cada orden dimensional, sin embargo, nos parecerá inconcluso y misterioso, y esa es una de las mayores grandezas de la vida. Nunca disiparemos el misterio porque a cada nuevo ascenso dimensional el mundo nos parecerá nuevo e inexplorado. Cuando nos apegamos a una dimensión sin promover el ascenso es cuando nos encontramos con racionalizaciones como el cientifismo –que nada tiene que ver con la auténtica ciencia-, reduccionismos como la postmodernidad –la cual, sin duda, no tiene en absoluto autoconciencia de su propia limitación-, e incluso cautividades en esferas mucho más primitivas –es decir, que pueden ser percibidas como patológicas- como la mítica y la mágica. –“Permíteme una puntuación, buen Teenetes, -interrumpió Olecrania, nunca del todo satisfecha con las visiones integrales- el caso es que tú todavía contemplas tu objeto, que en este caso es el propio conocimiento, con ojos de sujeto ¿o acaso el conocimiento se sitúa fuera de las hiperesferas de las que con tanta soltura hablas? –“Gentil Olecrania, sabes bien que considero que el propio conocimiento se ve sometido a la progresión que he descrito. Cuando el propio conocimiento se intenta situar fuera del esquema es cuando aparecen la narrativas. Te pondré un ejemplo. En el último mes le ha tocado un premio importante de la loteria española y otro de la catalana a la misma persona. Podemos pensar que la persona había comprado gran exceso de números de lotería, que  se trata de un golpe de suerte, de un capricho del destino, de la curvatura privilegiada de un campo mórfico, de una singularidad fractal, de una mera casualidad, de una influencia astral, de la presencia de un atractor caótico o de un regalo de los dioses. Todas y cada estas posibilidades corresponde a una narrativa (si: ¡todas!). Que cada cual elija la que más le aplique. Cada una se puede asociar a un estadio de evolución del pensamiento, a una dimensión de la famosa esfera…” –“Querido Teenetes, ¡esto huele ya a cuerno quemado! –intervino el joven Epistaxio-. Con todo tu montaje sofista lo único que aseguras es que, cualquiera que sea la situación, tú mismo tienes bien firmes las riendas de la argumentación; es decir, del poder. ¡Te dedicas simplemente a capturar todo el terreno imaginable con objeto de desarmar a tus adversarios! –“Serenate, oh exaltado Epistaxio, y pon un poco de cordura a tus –por otra parte bien necesarios- ardores juveniles” –contestó, con suavidad, Teenetes-. “Llevas razón: mis argumentaciones son inclusivas, pero también te equivocas: no es mi deseo participar en un torneo de argumentos y mucho menos en una lucha de poderes. En esto llevaba razón Olecrania: la inclusividad, la síntesis, la (¡siempre necesariamente inconclusa!) integralidad forman parte de mis debilidades intelectuales o, mejor dicho, de mis señas de identidad noológica. Piensa que siempre los mayores enemigos no son los que ostentan visiones o apetencias antagónicas o  complementarias, sino precisamente los que comparten las ansias de poder pero cada uno lo ve desde su propia perspectiva personal”. –No había apenas Teenetes acabado su frase cuando el recién incorporado Podialgio, que estaba en ese momento comiéndose con fruición una zalacca, comenzó a balbucir con fuerza mientras gesticulaba como un loco. Los presentes se quedaron estupefactos e inmóviles mientras la situación empeoraba por momentos. Solamente el joven Epistaxio tuvo la rapidez de reflejos para aplicar sobre su amigo la maniobra de Heimlich, cosa que lo liberó de una asfixia casi inmediata. –“Sé bienvenido de nuevo al mundo, goloso Podialgio, y agradece como es debido a tu joven amigo Epistaxio el que puedas seguir viendo salir el sol por las mañanas”, sentenció Olecrania. Apenas se hubo recuperado Podialgio de su aparatosa congestión, se dirigió así a su salvador: –“Amigo Epistaxio, estoy en intensa y duradera deuda contigo ya que, desengañaos todos, sabios Diaximenes, Dioscorides y Teenetes: la realidad se ve en primera persona; todas vuestras teorizaciones no son más que pálidos reflejos de la vida, que constantemente nos ofrece sus mil facetas para ser vividas, sentidas e incorporadas”. Los concurrentes se sumaron a la alegría de Podialgio y Epistaxio y esa misma crepúsculo se entregaron a una celebración báquica que duró hasta bien entrada la madrugada. 


sábado, 12 de octubre de 2013

Operas XII - Don Giovanni

 
                     Don Giovanni ha sido considerada –junto con Tristan und Isolde, Boris Godunov, Pelleas et Melisande y Wozzeck- como una de las óperas históricamente más innovadoras y que han dado lugar a un nuevo desarrollo en el género. La verdad es que cualquiera de estas cinco óperas se erige como una cima aislada no solo dentro de la obra de los respectivos autores sino también en su contexto histórico. Quizás su influencia ha sido efectiva a un nivel lo suficientemente profundo como para resultar poco evidente. Desde ese punto de vista virtualmente todas las óperas tras Don Giovanni han bebido de ella; todas las óperas tras Tristan han bebido de ella; y lo mismo con las otras tres. Si comparamos Don Giovanni con las otras dos óperas de Da Ponte-Mozart podemos hallar –junto con muchos puntos comunes- algunas claras divergencias. La primera es el trasfondo no diré trágico pero sí más grave del asunto (aunque comparte el epígrafe de “dramma gioccoso” con Cosi fan Tutte, se distingue de la “commedia per música” asignada a Le Nozze di Figaro). La mezcla de elementos de comedia y de tragedia, mezcla común en el teatro musical de la época, sigue mostrándose en nuestros días como un elemento vivo e interesante. El elemento trágico de la ópera parece de esta manera adentrarse en una nueva época, un Noveau Règime. No tanto el Romanticismo –por supuesto, nada del Sturm und Drang tan caro a Goethe y Haydn- como el Existencialismo, el hombre como fenómeno y como conciencia aparentemente completadas. Casi se podría decir, de forma exagerada, que se trata de una ópera post-moderna avant la lèttre. Es en la escena del cementerio, y después de la conversación con la estatua del Commendattore, donde tenemos la clave del personaje protagonista. Aunque la razón le impide creer lo que ha visto y oído, concede que la situación es extraña. El resto de los personajes no nos puede dejar indiferentes: por la parte femenina una digamos poco equilibrada Donna Elvira, futura clienta del Dr Freud un siglo y pico más tarde, una altiva Donna Anna, prima hermana de Fiordiligi y más defensora en el fondo de las apariencias que del honor, y una rústica Zerlina, qui etait simple et trés sage, como la Margot de Brassens, que se convertía en el foco de atención del pueblo cuando daba de mamar a su protegido gatito. Las tres –cada cual a su manera- atraídas por el encanto demoníaco del libertino –que consiste más en rebelión que en verdadero sex-appeal- quien a su vez, como diríamos ahora, no se come un rosco en toda la ópera. El resto de los personajes masculinos está menos dibujado: Leporello, el criado, es la copia cómica de su amo, mientras que el más que pasivo Don Ottavio queda siempre a la sombra de su prometida (tal como expresa en sus dos arias), mientras que por su parte Massetto puede ser también la contrapartida cómica de Don Ottavio. La estructura dramático-musical de la ópera también resulta bastante original ya que consta de una multitud de números relativamente cortos que no guardan, en muchos casos, lazos dramáticos entre sí. El resultado –como sucede también con el verdiano Trovatore- produce una sensación de falta de unidad espacio-temporal a la que, a la larga, el espectador se acostumbra e incluso hace progresar la trama de forma efectiva. La propia obertura de la ópera –escrita la noche antes del estreno- desemboca, sin concluir y tras una súbita y lejana modulación, en el primer número. Si el S XVIII le quedaba corto a la ópera, la ópera le quedaba corta al S XIX, que a pesar de considerarla como la mejor ópera de su autor, suprimía eventualmente el conjunto final, ingenuamente considerado como demasiado dieciochesco. La aparentemente más convencional moraleja final todavía nos reserva grandes sorpresas, desde la atrevida mezcla de estilos literarios que propone Da Ponte (‘resti dunque quel briccon / Tra Proserpina e Pluton’) hasta el engaño musical del fugato que se desvanece a cada momento en un finale alla italiana y que, en palabras de E.J. Dent, sirve para que el auditorio pueda ir a cenar, edificado, pero no tanto como para olvidar que se ha divertido mucho.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Valoración

Cuando un individuo ó una sociedad miran hacia su pasado y creen verlo de color de rosa en relación a su presente está jugando una parte importante en la apreciación el olvido selectivo, el escapismo regresivo y aspectos mentales-culturales todavía más inconscientes, como la mitología occidental del paraíso perdido. Si subimos un nivel el grado de consciencia de la apreciación y constatamos, pruebas en mano, que quizá no estemos siendo justos y que infraestimamos tanto los aspectos negativos del pasado como los positivos del presente, aún así se nos presenta una diferencia: en el pasado no valorábamos tanto las situaciones; las vivíamos sin tanta prosa y punto. El hecho de efectuar de forma creciente tal valoración puede estar unido a la edad, tanto personal como social. Con la edad hay más historia y menos horizonte. Dicho de otro modo; en el pasado, aun viviendo situaciones difíciles, se tenía menos necesidad de psicofármacos –de hecho, no hubo demasiada necesidad de inventarlos hasta pasada la II Guerra Mundial-. Evidentemente no juzgo los tiempos sino que –como buen INTP- intento percibir, desentrañar, encuadrar (que son parte de mi forma de entenderlos). Muy probablemente la vida muelle y narcisista que envuelve a buena parte de nuestra sociedad es la responsable nuestra bajísima tolerancia a la frustración.