Después de disfrutar de un opíparo banquete coronado con dosis variables de
alkaseltzer y perbocaciones, nuestro
peripatético grupo de dialogantes se aposentó en una sala vecina al atrio de
villa Paprika con objeto de degustar lentamente el exquisito té lila que
Primula –a la que su difunto esposo había dejado la vida solucionada tras su
desaparición- importaba directamente de la Manchuria francófona. Teenetes tomó
entonces la palabra: –“La vida es/deviene –como decíamos esta mañana-, y el
conocimiento es circular; independientemente de la dimensión en que nos
movamos. Si lo hacemos en una dimensión, es como una circunferencia, si en dos,
como un círculo, si en tres, como una esfera, si en cuatro, una hiperesfera, y
así sucesivamente. Los razonamientos siempre acaban dando la vuelta al espacio
n-dimensional en que nos hallemos, y nos vienen a encontrar de nuevo. Es por
eso que nuestro cometido evolutivo consiste en ir añadiendo nuevas dimensiones
a nuestras apreciaciones una vez exploradas las dimensiones inferiores. Con
ello aumentaremos siempre el orden de nuestro mundo, nuestro entorno y nuestros
referentes. Cada orden dimensional, sin embargo, nos parecerá inconcluso y
misterioso, y esa es una de las mayores grandezas de la vida. Nunca disiparemos
el misterio porque a cada nuevo ascenso dimensional el mundo nos parecerá nuevo
e inexplorado. Cuando nos apegamos a una dimensión sin promover el ascenso es
cuando nos encontramos con racionalizaciones como el cientifismo –que nada
tiene que ver con la auténtica ciencia-, reduccionismos como la postmodernidad
–la cual, sin duda, no tiene en absoluto autoconciencia de su propia limitación-,
e incluso cautividades en esferas mucho más primitivas –es decir, que pueden
ser percibidas como patológicas- como la mítica y la mágica. –“Permíteme una
puntuación, buen Teenetes, -interrumpió Olecrania, nunca del todo satisfecha
con las visiones integrales- el caso es que tú todavía contemplas tu objeto,
que en este caso es el propio conocimiento, con ojos de sujeto ¿o acaso el
conocimiento se sitúa fuera de las hiperesferas de las que con tanta soltura
hablas? –“Gentil Olecrania, sabes bien que considero que el propio conocimiento
se ve sometido a la progresión que he descrito. Cuando el propio conocimiento
se intenta situar fuera del esquema es cuando aparecen la narrativas. Te pondré
un ejemplo. En el último mes le ha tocado un premio importante de la loteria
española y otro de la catalana a la misma persona. Podemos pensar que la
persona había comprado gran exceso de números de lotería, que se trata de un golpe de suerte, de un
capricho del destino, de la curvatura privilegiada de un campo mórfico, de una
singularidad fractal, de una mera casualidad, de una influencia astral, de la
presencia de un atractor caótico o de un regalo de los dioses. Todas y cada
estas posibilidades corresponde a una narrativa (si: ¡todas!). Que cada cual
elija la que más le aplique. Cada una se puede asociar a un estadio de
evolución del pensamiento, a una dimensión de la famosa esfera…” –“Querido
Teenetes, ¡esto huele ya a cuerno quemado! –intervino el joven Epistaxio-. Con
todo tu montaje sofista lo único que aseguras es que, cualquiera que sea la
situación, tú mismo tienes bien firmes las riendas de la argumentación; es
decir, del poder. ¡Te dedicas simplemente a capturar todo el terreno imaginable
con objeto de desarmar a tus adversarios! –“Serenate, oh exaltado Epistaxio, y
pon un poco de cordura a tus –por otra parte bien necesarios- ardores
juveniles” –contestó, con suavidad, Teenetes-. “Llevas razón: mis argumentaciones
son inclusivas, pero también te equivocas: no es mi deseo participar en un
torneo de argumentos y mucho menos en una lucha de poderes. En esto llevaba
razón Olecrania: la inclusividad, la síntesis, la (¡siempre necesariamente
inconclusa!) integralidad forman parte de mis debilidades intelectuales o,
mejor dicho, de mis señas de identidad noológica. Piensa que siempre los
mayores enemigos no son los que ostentan visiones o apetencias antagónicas
o complementarias, sino precisamente los
que comparten las ansias de poder pero cada uno lo ve desde su propia
perspectiva personal”. –No había apenas Teenetes acabado su frase cuando el
recién incorporado Podialgio, que estaba en ese momento comiéndose con fruición
una zalacca, comenzó a balbucir con fuerza mientras gesticulaba como un loco.
Los presentes se quedaron estupefactos e inmóviles mientras la situación
empeoraba por momentos. Solamente el joven Epistaxio tuvo la rapidez de
reflejos para aplicar sobre su amigo la maniobra de Heimlich, cosa que lo
liberó de una asfixia casi inmediata. –“Sé bienvenido de nuevo al mundo, goloso
Podialgio, y agradece como es debido a tu joven amigo Epistaxio el que puedas
seguir viendo salir el sol por las mañanas”, sentenció Olecrania. Apenas se
hubo recuperado Podialgio de su aparatosa congestión, se dirigió así a su
salvador: –“Amigo Epistaxio, estoy en intensa y duradera deuda contigo ya que,
desengañaos todos, sabios Diaximenes, Dioscorides y Teenetes: la realidad se ve
en primera persona; todas vuestras teorizaciones no son más que pálidos
reflejos de la vida, que constantemente nos ofrece sus mil facetas para ser
vividas, sentidas e incorporadas”. Los concurrentes se sumaron a la alegría de
Podialgio y Epistaxio y esa misma crepúsculo se entregaron a una celebración
báquica que duró hasta bien entrada la madrugada.
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viernes, 19 de febrero de 2016
sábado, 12 de octubre de 2013
Operas XII - Don Giovanni
Don Giovanni ha sido considerada –junto con Tristan
und Isolde, Boris Godunov, Pelleas et Melisande y Wozzeck- como una de las óperas históricamente
más innovadoras y que han dado lugar a un nuevo desarrollo en el género. La
verdad es que cualquiera de estas cinco óperas se erige como una cima aislada
no solo dentro de la obra de los respectivos autores sino también en su
contexto histórico. Quizás su influencia ha sido efectiva a un nivel lo
suficientemente profundo como para resultar poco evidente. Desde ese punto de
vista virtualmente todas las óperas
tras Don Giovanni han bebido de ella;
todas las óperas tras Tristan han bebido de ella; y lo mismo
con las otras tres. Si comparamos Don Giovanni
con las otras dos óperas de Da Ponte-Mozart podemos hallar –junto con muchos
puntos comunes- algunas claras divergencias. La primera es el trasfondo no diré
trágico pero sí más grave del asunto (aunque comparte el epígrafe de “dramma
gioccoso” con Cosi fan Tutte, se
distingue de la “commedia per música” asignada a Le Nozze di Figaro). La mezcla de elementos de comedia y de
tragedia, mezcla común en el teatro musical de la época, sigue mostrándose en
nuestros días como un elemento vivo e interesante. El elemento trágico de la
ópera parece de esta manera adentrarse en una nueva época, un Noveau Règime. No tanto el Romanticismo
–por supuesto, nada del Sturm und Drang
tan caro a Goethe y Haydn- como el Existencialismo, el hombre como fenómeno y
como conciencia aparentemente completadas. Casi se podría decir, de forma
exagerada, que se trata de una ópera post-moderna avant la lèttre. Es en la escena del cementerio, y después de la
conversación con la estatua del Commendattore,
donde tenemos la clave del personaje protagonista. Aunque la razón le impide
creer lo que ha visto y oído, concede que la situación es extraña. El resto de
los personajes no nos puede dejar indiferentes: por la parte femenina una
digamos poco equilibrada Donna Elvira,
futura clienta del Dr Freud un siglo y pico más tarde, una altiva Donna Anna, prima hermana de Fiordiligi
y más defensora en el fondo de las apariencias que del honor, y una rústica
Zerlina, qui etait simple et trés sage, como
la Margot de Brassens, que se convertía en el foco de atención del pueblo
cuando daba de mamar a su protegido gatito. Las tres –cada cual a su manera-
atraídas por el encanto demoníaco del libertino –que consiste más en rebelión
que en verdadero sex-appeal- quien a su vez, como diríamos ahora, no se come un rosco en toda la ópera. El
resto de los personajes masculinos está menos dibujado: Leporello, el criado, es la copia cómica de su amo, mientras que el
más que pasivo Don Ottavio queda
siempre a la sombra de su prometida (tal como expresa en sus dos arias),
mientras que por su parte Massetto
puede ser también la contrapartida cómica de Don Ottavio. La estructura dramático-musical de la ópera también
resulta bastante original ya que consta de una multitud de números
relativamente cortos que no guardan, en muchos casos, lazos dramáticos entre sí.
El resultado –como sucede también con el verdiano Trovatore- produce una sensación de falta de unidad
espacio-temporal a la que, a la larga, el espectador se acostumbra e incluso
hace progresar la trama de forma efectiva. La propia obertura de la ópera –escrita
la noche antes del estreno- desemboca, sin concluir y tras una súbita y lejana
modulación, en el primer número. Si el S XVIII le quedaba corto a la ópera, la ópera
le quedaba corta al S XIX, que a pesar de considerarla como la mejor ópera de
su autor, suprimía eventualmente el conjunto final, ingenuamente considerado
como demasiado dieciochesco. La aparentemente más convencional moraleja final
todavía nos reserva grandes sorpresas, desde la atrevida mezcla de estilos
literarios que propone Da Ponte (‘resti
dunque quel briccon / Tra Proserpina e Pluton’) hasta el engaño musical del
fugato que se desvanece a cada momento en un finale alla italiana y que, en palabras de E.J. Dent, sirve para que el auditorio pueda ir a
cenar, edificado, pero no tanto como para olvidar que se ha divertido mucho.
sábado, 19 de diciembre de 2009
Valoración
Cuando un individuo ó una sociedad miran hacia su pasado y creen verlo de color de rosa en relación a su presente está jugando una parte importante en la apreciación el olvido selectivo, el escapismo regresivo y aspectos mentales-culturales todavía más inconscientes, como la mitología occidental del paraíso perdido. Si subimos un nivel el grado de consciencia de la apreciación y constatamos, pruebas en mano, que quizá no estemos siendo justos y que infraestimamos tanto los aspectos negativos del pasado como los positivos del presente, aún así se nos presenta una diferencia: en el pasado no valorábamos tanto las situaciones; las vivíamos sin tanta prosa y punto. El hecho de efectuar de forma creciente tal valoración puede estar unido a la edad, tanto personal como social. Con la edad hay más historia y menos horizonte. Dicho de otro modo; en el pasado, aun viviendo situaciones difíciles, se tenía menos necesidad de psicofármacos –de hecho, no hubo demasiada necesidad de inventarlos hasta pasada la II Guerra Mundial-. Evidentemente no juzgo los tiempos sino que –como buen INTP- intento percibir, desentrañar, encuadrar (que son parte de mi forma de entenderlos). Muy probablemente la vida muelle y narcisista que envuelve a buena parte de nuestra sociedad es la responsable nuestra bajísima tolerancia a la frustración.
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