Nuestro mundo se acaba por muchas razones. O, mejor, debido a una razón multifactorial. Parece que hayamos alcanzado una coyuntura particularmente maléfica que tira de nosotros hacia un abismo inquietante. En estas circunstancias es común preguntarse que cómo hemos podido llegar hasta aqui. Las causas nunca operan de manera quirúrgica, más bien se hallan embucladas entre sí y, muy significativamente, con sus propias consecuencias. Ya la invocación de la simple pareja causa-consecuencia denota un corte epistemológico de un todo pluridimensional. Más bien hablaría por una parte de desequilibrio entre pujanza tecnológica y evolución psíquica que se embucla, por otra parte, con la ceguera -aparentementd querida- hacia cualquier tipo de sistema de valores que vertebre la vida de la comunidad y le permita (en conjunto y para cada individuo) evolucionar. En vez de esa necesaria vertebración asistimos, defendemos y celebramos el triunfo del mercantilismo. Solo contamos, primero índices de audiencia, después likes y después lo que venga detrás. La idea de que un paradigma social, cultural, moral o de la índole que sea genera valores que se tienen que alimentar con esfuerzo es mayoritariamente rechazada por mor de elitismo, clasismo y otros -ismos pronunciados con evidente ligereza. La vida conlleva un esfuerzo (desde las vidas aparentemente más activas que generan logros sociales evidentes hasta las aparentemente más pasivas que no parecen generarlos), esfuerzo que en la actualidad se quiere evitar a toda costa. Y esta celebración involucionista se traduce en una especie de batalla entre cultura, valores, justicia, por un lado y ignorancia militante, fuerza bruta e irresponsabilidad por el otro. Hace una semana que la locura encendió la pira y ahora nos hallamos embarcados en un viaje incierto pero históricamente significativo. Es el desgraciado destino de la humanidad: volver a tropezar una y otra vez con la misma piedra.
