Quien haya tenido la paciencia de seguirme hasta aquí en estos casi ocho
años (¡gracias!) se habrá más que percatado fácilmente de mis preferencias
vitales en los diversos campos que despiertan mi interés. O, mejor dicho, habrá
incluso sabido extraer la esencia común a todas ellas, independientemente de su
ámbito de aplicación. La idea básica que percola a lo largo de todo el blog es
la de evolución; ése sería
precisamente el término que utilizaría si tuviera que resumir las casi
quinientas entradas en una sola palabra. Evolución como proceso ampliador de las
usuales percepciones reificadoras, atomizadoras, de los simples mecanos
moleculares y que da paso a las percepciones de proceso. Proceso que va desde
la fábrica primigenia de las estrellas generatriz de la geosfera hasta la
organización prebiótica, el paso a la biosfera y su desarrollo con la creciente
complejización cibernética hasta la emergencia de la noosfera, de la conciencia,
que empieza por la percepción del yo (ese strangeloop tan particular y tan sólidamente asentado que impide, a su vez, el desarrollo
ulterior de la propia conciencia trans-personal) y sigue todavía su camino
hasta la conciencia de segundo orden (la conciencia de ser conscientes) y aun,
en contados casos, mucho más allá. También he insistido en el tema de la
evolución –tanto histórica-social como personal-piagetiana- de las estructuras
de conocimiento, desde la más arcaica hasta las transracionales, pasando por la
mágica, la mítica y la racional. Estas estructuras han afectado a la carga
cultural que cada época histórica ha generado, tanto en el campo de las
ciencias como en el de las artes y el del pensamiento. Mondes neufs, constructions ou démolitions, vous m’ donnez des visions,
reza un verso de una canción de Ch.Trenet, y nada más apropiado para
percatarnos de que, para poder avanzar en nuestra posición de conciencia, es
preciso saber en donde nos encontramos. Es decir, relativizar nuestras
coordenadas mentales y reconocer que estamos sometidos a unos paradigmas que
pueden evolucionar. Como la yoidad, que una vez instalada cuesta mucho de
superar (se trata de un bucle cibernético muy estable y que nos permite nada
menos que sobrevivir), la racionalidad, con su proyección externalizante de
toda perspectiva, proporciona un parecido estancamiento. No se trata de
abandonar la racionalidad (como tampoco se trata de abandonar la yoidad) sino
simplemente de confinarlas a un caso particular de un todo mucho más amplio. La
yoidad esclerotizada conduce a la otredad, zona en donde se tiende a acumular
todos los desechos (políticos, banqueros, seguidores del equipo contrario, es
decir, todos los “malos” de la película) mientras que la racionalidad
esclerotizada conduce a la más aberrante forma de fragmentación dualista en
cualquier ámbito del pensamiento, por simple que sea.
Vistas de página en total
miércoles, 13 de noviembre de 2013
sábado, 9 de noviembre de 2013
Burgueses
El público de los conciertos clásicos está envejeciendo a marchas forzadas,
en un proceso que parece exactamente el contrario del que se produjo hace unos
cuarenta años, cuando una generación joven pareció asaltar los auditorios y revitalizar
el fenómeno del hecho musical. Aunque buena parte del público que ahora
envejece perteneció a aquella generación parece que se cumple de nuevo la frase
picassiana de que las revoluciones nacen
de pie y mueren sentadas. Lo malo del caso es que a esta generación ya
aburguesada no parece seguir otra joven que la renueve y le cante la famosa
canción de Jacques Brel. Las ahora más que tímidas y mojigatas incursiones en
repertorios más o menos contemporáneos muestran, a modo de excusa, títulos como
“S XX para todos los públicos” y zarandajas por el estilo. ¿Por qué no analizar
las reticencias del público hacia este tipo de repertorio en vez de mostrar una
actitud de excusa rayana en la vergüenza? Lo primero que hay que asegurar al
público –al de hoy como al del S XVIII- es que no se le está tomando el pelo
cuando se interpretan obras que no entienden (bien, al menos cuando se le
presentan grandes obras de valor incuestionado). Lo segundo y más importante es
que el público perciba claramente que cuando asiste a un concierto lo hace,
generalmente, con una actitud muy dirigida, con unas estructuras mentales muy
definidas y con unas expectativas muy concretas. Todo cuanto no encaje con esta
actitud, estructuras y expectativas es automáticamente rechazado sin ninguna
otra consideración (o, pero aún, clasificado dentro del saco del “no-me-interesa”).
Esta dinámica, evidentemente, representa la muerte por inanición del hecho
musical. Si a esto se le suma la consideración de la cultura como un hecho
social, idea siempre presente en los países del sur de Europa, tenemos como resultado
la atrofia irreversible. ¿Y cuál es la actitud mental del público medio que
asiste a un concierto? Pues la de estar abierto a escuchar algo dulce
(repertorio clásico), sentimental (repertorio romántico) o grandioso
(repertorio clásico o romántico). El repertorio barroco ha ido quedando con el
tiempo casi excluido de los programas de las orquestas sinfónicas y el
renacentista (que el gran público prácticamente desconoce) ha quedado más
especializado dentro del submundo llamado “música antigua” (que ya he discutido
en alguna ocasión). En ocasiones se utiliza el término “disonancia” para
analizar el fenómeno que estoy describiendo. No se trata de una cuestión de
disonancias, sea lo que sea a lo que se refiera este término un tanto
escurridizo. No se trata de disonancias sino de la ausencia del elemento
patético-sentimental que en demasiadas ocasiones llega a hacer deslizar en el
repertorio habitual obras que no están a su altura. No estoy automáticamente
condenando las obras que giran alrededor de dicho elemento, ni mucho menos
(ello equivaldría a condenar a Tchaikovsky, Puccini, Mahler y muchos otros
autores a los que admiro profundamente) sino más bien explorando las
posibilidades de ir más allá. El S XIX introdujo también otro elemento
distorsionador de la música el cual todavía padecemos. Se trata del intérprete
virtuosista, aquel que pone la exhibición personal de sus dotes circenses por
encima de la calidad de lo que nos está presentando. Este tipo de intérprete,
preferido y mimado por el gran público (con el espaldarazo de las
discográficas) siempre prefiere tocar piezas que parezcan mucho más difíciles
de ejecutar de lo que son en realidad, y evita sistemáticamente las que
resultan mucho más difíciles de lo que el público cree. Aún recuerdo la cara de
incredulidad de una señora alborozada tras la interpretación de la FantasiaImpromptu de Chopin cuando le confesé que la sonata de Mozart que había tocado
antes era mucho más difícil. Volviendo al tema que nos ocupa, las emociones que
despiertan en nosotros Debussy, Bartok, Messiaen y también Boulez, Ligeti o
Xenakis no encajan con los gustos del gran público (y quizás no lo harán nunca,
como anuncia Ortega y Gasset en La Deshumanización del Arte). No por las
disonancias sino por el contenido de sus obras, que va más allá de la
expresividad del sentimentalismo patético o incluso del expresionismo más
delirante. El gran público sigue prefiriendo, en general, la “disonante” Alpensinfonie al “suave” Après-midi d’un faune. Quizás, remedando
de nuevo a Ortega y Gasset, porque el campo del fauno es el que ve el poeta
mientras que el de la sinfonía es el que ve el buen burgués.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Emergencias
El pensamiento analítico que todavía hoy envuelve a gran número de colectivos –entre ellos buena parte del mundo científico- es el fruto conjunto de los modelos de Aristóteles (forma/substancia) y Decartes (materia/esencia). El modelo sistémico vino a reconocer lo que el pensamiento analítico había obviado durante siglos: las interacciones entre elementos de un sistema, que llegan a devenir una parte esencial del mismo. Y la noción de sistema frente a la de conjunto de partes va íntimamente ligada a la noción de proceso frente a la de objeto. Solamente cuando dejamos de pensar en términos de objetos y comenzamos a pensar en términos de procesos podemos alcanzar a ver el alcance del concepto de sistemas. Una noción extremadamente importante en la teoría de sistemas es la de emergencia. Cuando se alcanza un determinado nivel de organización aparece una propiedad que no estaba en ninguna de las partes constituyentes (las propiedades moleculares ausentes en los átomos constituyentes, la vida ausente en las moléculas constituyentes, el significado morfológico ausente en las letras constituyentes, etc). Esta emergencia se nos puede aparecer como un objeto irreducible al conjunto de objetos constituyentes porque la reificación del objeto ha conllevado una pérdida de información que reaparece en el sistema cuando tienen lugar las interacciones sistémicas. Un poco como sucede con un archivo informático que lleva sus footprints asociadas y que solamente se nos hacen presentes en la interacción con el hardware/software.
sábado, 12 de octubre de 2013
Operas XII - Don Giovanni
Don Giovanni ha sido considerada –junto con Tristan
und Isolde, Boris Godunov, Pelleas et Melisande y Wozzeck- como una de las óperas históricamente
más innovadoras y que han dado lugar a un nuevo desarrollo en el género. La
verdad es que cualquiera de estas cinco óperas se erige como una cima aislada
no solo dentro de la obra de los respectivos autores sino también en su
contexto histórico. Quizás su influencia ha sido efectiva a un nivel lo
suficientemente profundo como para resultar poco evidente. Desde ese punto de
vista virtualmente todas las óperas
tras Don Giovanni han bebido de ella;
todas las óperas tras Tristan han bebido de ella; y lo mismo
con las otras tres. Si comparamos Don Giovanni
con las otras dos óperas de Da Ponte-Mozart podemos hallar –junto con muchos
puntos comunes- algunas claras divergencias. La primera es el trasfondo no diré
trágico pero sí más grave del asunto (aunque comparte el epígrafe de “dramma
gioccoso” con Cosi fan Tutte, se
distingue de la “commedia per música” asignada a Le Nozze di Figaro). La mezcla de elementos de comedia y de
tragedia, mezcla común en el teatro musical de la época, sigue mostrándose en
nuestros días como un elemento vivo e interesante. El elemento trágico de la
ópera parece de esta manera adentrarse en una nueva época, un Noveau Règime. No tanto el Romanticismo
–por supuesto, nada del Sturm und Drang
tan caro a Goethe y Haydn- como el Existencialismo, el hombre como fenómeno y
como conciencia aparentemente completadas. Casi se podría decir, de forma
exagerada, que se trata de una ópera post-moderna avant la lèttre. Es en la escena del cementerio, y después de la
conversación con la estatua del Commendattore,
donde tenemos la clave del personaje protagonista. Aunque la razón le impide
creer lo que ha visto y oído, concede que la situación es extraña. El resto de
los personajes no nos puede dejar indiferentes: por la parte femenina una
digamos poco equilibrada Donna Elvira,
futura clienta del Dr Freud un siglo y pico más tarde, una altiva Donna Anna, prima hermana de Fiordiligi
y más defensora en el fondo de las apariencias que del honor, y una rústica
Zerlina, qui etait simple et trés sage, como
la Margot de Brassens, que se convertía en el foco de atención del pueblo
cuando daba de mamar a su protegido gatito. Las tres –cada cual a su manera-
atraídas por el encanto demoníaco del libertino –que consiste más en rebelión
que en verdadero sex-appeal- quien a su vez, como diríamos ahora, no se come un rosco en toda la ópera. El
resto de los personajes masculinos está menos dibujado: Leporello, el criado, es la copia cómica de su amo, mientras que el
más que pasivo Don Ottavio queda
siempre a la sombra de su prometida (tal como expresa en sus dos arias),
mientras que por su parte Massetto
puede ser también la contrapartida cómica de Don Ottavio. La estructura dramático-musical de la ópera también
resulta bastante original ya que consta de una multitud de números
relativamente cortos que no guardan, en muchos casos, lazos dramáticos entre sí.
El resultado –como sucede también con el verdiano Trovatore- produce una sensación de falta de unidad
espacio-temporal a la que, a la larga, el espectador se acostumbra e incluso
hace progresar la trama de forma efectiva. La propia obertura de la ópera –escrita
la noche antes del estreno- desemboca, sin concluir y tras una súbita y lejana
modulación, en el primer número. Si el S XVIII le quedaba corto a la ópera, la ópera
le quedaba corta al S XIX, que a pesar de considerarla como la mejor ópera de
su autor, suprimía eventualmente el conjunto final, ingenuamente considerado
como demasiado dieciochesco. La aparentemente más convencional moraleja final
todavía nos reserva grandes sorpresas, desde la atrevida mezcla de estilos
literarios que propone Da Ponte (‘resti
dunque quel briccon / Tra Proserpina e Pluton’) hasta el engaño musical del
fugato que se desvanece a cada momento en un finale alla italiana y que, en palabras de E.J. Dent, sirve para que el auditorio pueda ir a
cenar, edificado, pero no tanto como para olvidar que se ha divertido mucho.
martes, 24 de septiembre de 2013
Advertencias
El fenómeno del chivo expiatorio, que en alguna ocasión ya he tratado-, representa
un residuo de pensamiento mágico
presente y vivo en numerosas manifestaciones de la sociedad. Los residuos de
pensamiento mágico y mítico no son peligrosos (son incluso necesarios) si no se los mezcla con elementos
propios de estructuras más evolucionadas (como el integrismo islamista y las
bombas atómicas). El chivo expiatorio es el objeto “externo” sobre el que
proyectamos todo cuanto nos molesta, todo cuanto nos contamina. Una vez segregado
el “mal” de nosotros mismos no hay más que destruir al objeto sobre el que
hemos depositado nuestros contaminantes. Cuando observamos ciertos
comportamientos en los menores que no son nuestros nuestra mente genera automáticamente
la solución del chivo expiatorio: “la culpa la tienen los padres, que
consienten demasiado a los hijos”. Lo mismo sucede cuando vemos una persona
obesa: “la culpa la tiene esa persona, que no sabe hacer régimen y no quiere
hacer deporte”. Si observamos atentamente, nuestro comportamiento viene
generado por un deseo de alejar una idea prejuzgada de nuestra conciencia más
epidérmica. Dentro de poco tendré una revisión médica en mi centro de trabajo,
que consiste en un gran interrogatorio seguido de cuatro pruebas elementales. Cuando
me pregunten si bebo vino me guardaré mucho de contestar que, de vez en cuando,
tomo menos de un cuarto de vaso con las comidas porque automáticamente aparecerá
en mi ficha la apostilla “bebedor habitual”. Esto es todavía peor que nuestras
apreciaciones sobre niños y gente obesa, porque está “científicamente”
refrendado por una sociedad sumida en la demencia. La consecuencia del chivo
expiatorio está clara: frente a una dolencia futura, no seré atendido clínicamente
porque “me la habré buscado yo”. Curiosamente, ésta es la respuesta clásica de
los sanadores new age, o sea que los
extremos se vuelven a tocar. La cosa se puede hacer llegar hasta límites
orwellianos, con el consabido mapeado genético y la advertencia de las posibilidades
de desarrollar tal o cual dolencia. Pero tranquilos porque todo sistema que
pierde los drivers que lo mantienen
acaba desintegrándose. O, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Mudanzas
Intento
seguir, con una mezcla de curiosidad, estupor y horror, el presente y porvenir
de nuestra frenética y sin embargo balbuciente sociedad. Ciertamente, las
simplificaciones del lenguaje (en los
teléfonos móviles), de los conceptos (clichés por doquier), de las ideas
(tópicos largamente cultivados), de las estructuras (dualidades decretadas) son
útiles para hacer un cambio. Es como cuando se realiza una mudanza y se colocan
las pertenencias en cajas para su traslado. Durante la mudanza tenemos que
sobrevivir con lo puesto, pero albergamos la esperanza de recuperar lo que
guardamos y así continuar avanzando. Cuando se intenta continuar sin recuperar
la parte esencial de lo anterior se repiten los vicios y, lo que es peor, no se
evoluciona por falta de base. Nuestros conceptos-cliché de hoy día me recuerdan
cada vez más los experimentos realizados con primates, algunos de los cuales
logran aprender un código de signos de manera relativamente sencilla. ¿Por qué
se insiste en colocar una foto de Einstein al lado de los anuncios de los tests
de inteligencia? (¿qué miden exactamente los tests de inteligencia?). ¿No sería
mejor intentar explicar de manera sencilla cuál fue el significado de los
logros de Einstein? Lo mismo sucede con Marilyn Monroe, Hitler, Che Guevara y
otros signos icónicos. Lo peor de esta dinámica de cajas estancas es que frena
toda evolución, porque elimina cualquier conciencia sobre la presencia,
significado y posibilidad de evolución de las estructuras de conocimiento. Y
equipara las posibilidades de conocer algo nuevo a las de encontrar algún
objeto nuevo (de cualquier tamaño) confinado en un espacio definido (de
cualquier tamaño), cuando el modo más radical de avanzar en cualquier área de
conocimiento pasa por ver lo mismo de siempre de una manera nueva. Es difícil de ver cuando se está inmerso en ella,
pero la racionalidad no es un modo absoluto de conocimiento, como no lo eran
tampoco la magia o el mito. Representa un avance enorme respecto a estas
estructuras, pero no un punto final. La pregunta constantemente planteada en
los filmes infantiles sobre si la magia existe o no está absolutamente mal
formulada y se puede aplicar igual a la racionalidad: tanto una como la otra no
son más que formas de ver el mundo.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Operas XI - L'Amour des Trois Oranges
L’Amour des Trois Oranges, con su descarnada mirada irónica sobre las situaciones que la propia obra
va generando, bien podría representar el primer ejemplo –avant la lettre- de ópera postmoderna. Su estreno en Chicago en
1921 la sitúa lejos del estallido de la postmodernidad, pero cerca –temporal,
que no espacialmente- del inicio de la generación neoclásica, con su repentina
atracción hacia la Commedia dell’Arte
y el teatro y la música dieciochescos. De hecho, la sinfonía nº 1 de
Prokofiev, la famosa Sinfonía Clásica (1917) ya representó
una primera muestra de neoclasicismo con su forma de pastiche haydiniano
–sorprendentemente cocido en el San Petersburgo de la Revolución-. La fuente
para el libreto de Oranges fue la
célebre pieza de Carlo Gozzi, autor ya de por sí próximo a las visiones
irónicas y paródicas, con mezclas de drama y comedia bastante indigestas en su
época (otra pieza de Gozzi sería la fuente del Turandot pucciniano). El propio compositor, autor asimismo del
libreto, introduciría en su ópera más elementos distanciadores, como el
prólogo, que viene a justificar el elemento surrealista, y en donde asistimos a
una disputa entre partidarios de la tragedia, el drama, la comedia y la farsa
que es interrumpida por el grupo coral que ulteriormente comentará toda la obra
anunciando que se representará una obra de un género nuevo, llamado El amor de las tres naranjas. El origen
de la propia obra de Gozzi se halla en un cuento infantil que, como tal,
proviene de la constelación del mito. O sea que la tarea de Prokofiev tuvo
mucho que ver con la des-mitificación, acción que se puede abordar fácilmente
desde la perspectiva de la ironía. Cuando en el tercer acto de la obra, que
pasa en un desierto, y tras haber abierto el sirviente Truffaldino las dos
primeras naranjas y haber perecido de sed las respectivas princesas cautivas,
el príncipe, desconocedor del hecho, abre la tercera naranja, se respira el
drama, pero es inmediatamente ridiculizado cuando, en plena agonía de la
princesa, aparece un personaje del coro con un cubo lleno de agua. La misma
desacralización se observa cuando el mago Chelio invoca al demonio Farfarello,
que no logra hacer su aparición cuando un acorde de la orquesta invita a ello,
y solo aparece tras un innumerable numero de llamadas. Cuando Farfarello le
pregunta si es un mago de verdad o uno de teatro Chelio responde, de
forma natural, que es un mago de teatro pero también uno de verdad, lo cual hace
que la metaacción se cruce con la acción y los respectivos planos se curven
sugestivamente. Sin embargo, no toda la obra es irónica. La alegría del coro
posterior a la risa del príncipe destila veracidad, así como la escena final. ¿El
símbolo de toda la ópera? La ultrafamosa marcha, que condensa alegría, ironía,
veracidad, sarcasmo, magia, truculencia y surrealismo en dos escasos minutos.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Lenguas
Las diversas lenguas forman parte de las diversas weltanschauung y, como ellas mismas, se agrupan en familias
estructuradas. El aprender una lengua que nos es ajena por nacimiento ofrece una gran oportunidad para ampliar no
sólo nuestro campo de conocimiento, sino también, y muy especialmente, nuestra
estructura de pensamiento. Es por ello que la traducción entre lenguas ofrece
una dificultad especial resultante de esta irreductibilidad (o, en términos
kuhnianos, inconmensurabilidad). Cuando desconocemos una lengua o, simplemente,
ignoramos una posible traducción, sin embargo, caemos en el extremo de dejarnos
dominar por una estructura mental mítica que nos impele a otorgar un prestigio
especial a lo que se sale de nuestra visión habitual. Hace ya unos cuantos años
que la elección del nombre de los hijos sufre de este fenómeno cuyas raíces
míticas se basan también en el cine y la televisión más comerciales, medios de
comunicación míticos par excellence. Así,
hace treinta años Vanessa hacía furor, y también Jonathan, Jessica y Jennifer
(nombres escogidos, además, por progenitores que no sabían pronunciar el sonido
“dʒə”). Hoy en día la situación es todavía más peregrina: se
utilizan combinaciones de nombre+apellido de actores populares de Hollywood
como nombre de pila del neonato. A toda esta variante de esplendor mítico se le
da ahora un nombre muy concreto: glamour.
Existe otra variante de prestigio mítico por mala traducción. Se trata de las
malas traducciones de términos, en ocasiones debida al fenómeno del false friend. Esta modalidad es
utilizada por grupos culturalmente más avanzados ya que incluye términos
técnicos. Numerosos científicos de habla hispana buscan evidencias más que pruebas,
ignorando que el significado en castellano de este término sería más cercano al
término inglés obviousness. Algunos
términos incluyen malas traducciones de ida y vuelta, como singlete, mala traducción del inglés singlet que a su vez procede del término latin singularis y que en castellano se denomina singulete. Volviendo a los apellidos; aunque éstos no sean
traducibles en muchas ocasiones expresan objetos u oficios. Si traducimos
Johann Strauss como Juan Ramos o Elizabeth Taylor como Isabel Sastre observamos
cierta pérdida de glamour que es directamente proporcional al grado de componente
mítico en nuestro pensamiento.
domingo, 18 de agosto de 2013
Operas X - Rigoletto
La etiología
de la ópera no coincide con la de otros géneros, quizás debido a la
colaboración entre numerosas disciplinas, que hace que en ocasiones surja un
sinergismo adicional que resulte en un plus comparado con su simple suma aritmética.
Un poco como la noción de emergencia
en la teoría de sistemas. Un argumento absurdo mas un texto simplista mas una
música ramplona puede dar lugar a una obra maestra. Es éste el caso de Rigoletto. ¿Por qué? Porque el conjunto
ahonda psicológicamente en la raíz de la relación padre/hija, siendo la música
cómplice directa de tal caracterización. Rigoletto
forma, junto con La Traviata e Il Trovatore (que trata de la
complementaria relación madre-hijo), la famosa trilogía de la época intermedia
de Verdi. Las tres óperas se caracterizan por la simplicidad de su aproximación
pero a la vez por el acierto de sus propuestas. La fuente de la obra la constituye un mediocre drama del mediocre Victor Hugo, Le Roi s'amuse. Al igual que la Rebecca de Hitchkock, basada en la novela romántica de Daphne du Maurier, la ópera de Verdi transfigura totalmente el original. El ritmo está especialmente
bien concebido, culminando en el último acto donde una serie de efectos
musicales (el coro a bocca chiusa imitando
el viento) ligan la acción externa con la acción interna en la psicología de
los personajes. Verdi fue un operista de la psicología, igual que Puccini lo
fue del ambiente. ¿El último ingrediente de la fórmula?: su más que calculada
reducción a lo esencial.
martes, 6 de agosto de 2013
Operas IX - Le Grand Macabre
La ópera como género estuvo en boga entre la aristocracia durante el
barroco y más tarde, durante el XIX, pasó a formar parte del mundo burgués (atravesando
un período intermedio ambivalente representado por el clasicismo vienés). A
finales del XIX la ópera era un género genuinamente popular, como los coros
obreros y el género folletinesco. Después de la Belle Epoque, sin embargo, la
ópera declina. La aristocracia y la burguesía más sofisticada conciben el
ballet, la plasticidad musical, como algo más excitante que la ópera, el drama
musical. Las clases populares y las vanguardias encuentran un nuevo género que
les puede ir como anillo al dedo: el cinematógrafo. La ópera, por tanto, sufre
un cierto declinar después de la I Guerra Mundial. Y no es que los grandes
compositores abandonen totalmente el género; simplemente la demanda disminuye,
los precios se encarecen y la producción baja (aún así aparecen algunas obras
maestras como Wozzeck). La situación
no cambió fundamentalmente tras la II Guerra Mundial. El abismo entre la
producción de vanguardia y el viejo público en constante demanda del viejo
repertorio se agrandó todavía más. Es por eso que cuando un compositor de la
generación de la vanguardia se decidió a escribir una ópera sintiese ante todo
los deseos de tildarla de anti-ópera,
anatemizando así los efectos del citado abismo. Y lo cierto es que Le Grand Macabre no es una anti-ópera,
como sí lo podían ser Opera de Luciano Berio, Staatstheater
de Mauricio Kagel o algunas de las primeras óperas minimalistas (y quizás lo
sería más tarde el monumental ciclo Licht
de Stockhausen). El propio compositor aduce que, tras considerar que no se podría
escribir otra anti-ópera después del gran happening
de Kagel, enfocaría su obra como una anti-anti-ópera, es decir, que recogiera
simultáneamente una mirada irónica sobre la tradición operística y a la vez
sobre la crítica anti-operística. Este planteamiento esencialmente
postmodernista, sin embargo, en ocasiones cede y da paso a una ópera en el
sentido tradicional del término, empezando con el preludio, una especie de
homenaje irónico a la toccata que abre el monteverdiano L’Orfeo, esta vez interpretada por un grupo de bocinas de automóvil.
Un gran compositor como Ligeti, sin embargo, logra que dicho preludio, por
cochambroso –justo como nuestra época- que quiera parecer, tenga una prestancia
que ya no nos abandonará a lo largo de toda la obra. El autor ha tildado esta ópera
como su ‘segundo requiem’ en el sentido de que completa, esta vez bajo un
prisma sarcástico, su famoso Requiem de 1965. La intención de ambas piezas, sin
embargo, las hace herederas de las danzas de la muerte medievales. En aquel
caso se trataba de una advertencia: sic transit gloria mundi, la muerte como
igualadora social. Ahora se trata de anatemizar el miedo a la muerte riéndose
de ella. En la ópera, al igual que en la pieza de Ghelderode en que está
basada, la muerte se muere y con ella el miedo a la propia muerte. El
apocalipsis ‘de bolsillo’ está mostrado con todos los elementos de nuestro
presente, desde el miedo a los meteoritos hasta las discusiones estériles de
los políticos, pasando por la banalización de la sexualidad, los aparatos
policiales represores (y autoenloquecidos!) y los caprichos del poder. Solo la
pareja de amantes, ajena en gran parte a la situación, se yergue por encima del
caos e incluso conduce a todos los personajes hasta la moraleja final. Si en
ella no se nos abre el paraíso de la misma manera que en los finales
mozartianos sí, al menos, nos libera de la asfixia de nuestros tiempos. El tema general de esta ópera bien podría ser el de la resiliencia, experiencia nada ajena a la vida de su autor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









