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martes, 3 de julio de 2018

Grisura




                    En el mundo de las ciencias físicas, químicas y biológicas se suele hacer una distinción entre dos perspectivas con las que considerar los objetos/procesos motivo de estudio. Se trata de la aproximación termodinámica y la aproximación cinética. El primer punto de vista considera estados (normalmente iniciales y finales) especialmente por lo que a situaciones energéticas se refiere mientras que el segundo considera procesos que tienen lugar en el tiempo. El paralelismo con las visiones filosóficas de un mundo objetual-pre-definido y un mundo procesual-por-construir es evidente. La visión termodinámica parte de una idealidad atemporal e inmutable (el mapa energético). Nuestra tarea consiste entonces básicamente en cartografiar cuidadosamente nuestra situación. La visión cinética construye una realidad temporal que cartografía nuestra situación con marcas breves que desaparecen como estelas en la mar, parafraseando a Machado. Evidentemente estas visiones se han enriquecido con la evolución de nuestro conocimiento y hoy en día la teoría del caos tiende un puente entre ambas aproximaciones. Las nuevas ciencias de la naturaleza nos muestran un camino evolutivo a seguir en otros ámbitos del pensamiento. Nuestra sociedad insiste hasta la médula en el tema de que el futuro está abierto y no hay que anticiparlo sino construir la realidad conforme ésta se desarrolla. Estoy de acuerdo con esta idea, siempre que nos situemos en un contexto amplio y realista (los intentos, insistentes también hasta la médula, de hacer creer a todo el mundo que es un genio y que con voluntad se puede hacer cualquier cosa tampoco son demasiado higiénicos mentalmente hablando y siempre responden a operaciones mercantilistas). Pero nuestra sociedad, en los ámbitos de acción más diversos, dicta unas intenciones y practica fuertemente las contrarias. El futuro está abierto pero el espacio mental está tan fuertemente cuadriculado que esta apertura corre el riesgo de colapsar. Hoy en día a cualquier profesional basado en la comunicación (desde los profesores hasta los periodistas, desde los gestores culturales hasta los servicios de atención al público) le vienen impuestas unas directrices normalmente generadas por un burócrata que se cree muy listo por haber leído –sin haber comprendido- cuatro libros representativos. Cuando un departamento de enseñanza insiste en la forma en que hay que enseñar a restar a los niños de 6-7 años (“nunca substrayendo, siempre ascendiendo de la cifra menor a la mayor”) o indicando de qué manera se debe deconstruir una pieza artística (“un cuadro es la suma de un marco, unos colores y una forma”) no hace más que cerrar el futuro por colapso del presente. Oremos para que la podredumbre de la modernidad (o sea, la postmodernidad) consiga un catártico efecto de lanzarnos hacia la trans-modernidad. Amén.

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