Sigo leyendo a Byung-Chul Han. Y me
sigue pareciendo un sintetizador excepcional de nuestro momento histórico.
También me sigue pareciendo que todas sus reflexiones parecen encaminadas a
concluir que estamos en un momento particularmente malo de la historia y, por
consiguiente, lo mejor que podríamos hacer es frenar, poner la marcha atrás y
salir de este callejón (¿sin salida?) para ir a otro sitio (¿nuestro pasado?).
Supongo que Han nos incita a reflexionar, rebelarnos contra el estado de cosas
y abrazar una filosofía a-temporal (todavía no he leído su libro sobre la
filosofía Zen, pero puedo casi anticipar esta posibilidad). Me gustaría más que
Han fuera capaz de un ascenso dialéctico y abogase por un Zen del futuro, con
elementos de la cultura occidental de la que por otra parte él es buen
conocedor. ¡Cuántas veces he oído –y contrareplicado- manifestar la creencia de
que la filosofía de Oriente no sirve para arreglar el mundo porque debido a su
pasividad lo deja invariante! Esta idea es absolutamente occidental. Desde
Oriente se puede argüir con idéntica facilidad que la filosofía de Occidente no
hace más que crear necesidades e ilusiones. Me parece absolutamente necesario
que la filosofía de nuestro tiempo y del futuro próximo supere esta dialéctica.
Las culturas oriental y occidental hace ya mucho tiempo que se encontraron y su
fusión es un necesario proceso de lógica histórica. A este respecto acabo de
leer también a Giles Lipovetsky, quien hace diez años analizaba los males pero
también los aspectos positivos de nuestra época. Me pregunto si tales aspectos
siguen siendo hoy en día vigentes. Para mi el problema más serio que presenta
la visión postmoderna es la falta de historicidad, la falta de dialéctica y de
sentido evolutivo. Aplicada al mundo artístico, la postmodernidad precluye la
existencia de vanguardias: todo ha sido ya dicho -todo ha sido descubierto- y
lo único que nos cabe producir son combinaciones de elementos que se encuentran
en la historia. Éste es el gran subproducto que la falta de grandes narrativas
o de metanarrativas acarrea. Leo en la entrada catalana de la Viquipèdia (¡en
la Wikipedia en castellano el artículo en cuestión ni existe!) que la postmodernidad consiste en una visión liberadora
del mundo, una visión sin los trasfondos paternalistas-sexistas-capitalistas
propias de la modernidad, que propugna la libertad personal, la subjetividad
individual y la revolución artística (¿!). Recomiendo la entrada de la
Wikipedia inglesa para ahondar de forma seria sobre esta cuestión.
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viernes, 4 de mayo de 2018
miércoles, 25 de abril de 2018
Zombies
Cuando inicié el blog, hace poco más
de doce años, la conciencia de estupor todavía podía hacerse sentir de forma
más o menos directa. Durante este lapso, y con aceleración sostenida, nuestras
zonas ciegas han ido creciendo por lo que hace a los más diversos panoramas que
se alzan ante nuestros ojos. Y en aquellos casos en los que la ceguera no es
aún total nos aqueja algo todavía más dramático: el bloqueo y la inacción. Como
en la sala ecoica de Teufelsberg nuestras quejas, lamentos, ideas o intentos de
observar comprehendiendo y elaborando son inmediatamente engullidos por el
sistema y acaban formando parte de esa masa transparente –nuestro gran agujero
gris- que parece contenerlo todo. Ese gran agujero se alimenta, evidentemente,
no solamente de nuestros detritus físicos y mentales sino –y sobretodo- de
nuestro progresiva pérdida de contacto con la riqueza de lo real. Se alimenta
de nuestra ignorancia, que tiende a crecer de forma ilimitada. Nuestra gran
ignorancia es la ignorancia del especialista. Un gran conjunto de especialistas
en las más diversas competencias es infinitamente más ignorante que un
individuo con capacidad de síntesis y de experiencia. Cada vez nos creemos más
conocedores de “la parte del conocimiento que aún no conocemos”, y eso nos
cierra las fronteras hacia nuevas dimensiones
del conocimiento. No es un trabalenguas. Cada vez acotamos más el futuro porque
lo queremos encasquetar en esa absurda y ridícula racionalización que nos
acompaña ya en todos y cada uno de nuestros ámbitos de acción y relación. Ya
dice Morin que el peor enemigo de la razón es precisamente la racionalización.
Esa ciudad de las recetas simplificadas, de los clichés de la cultura de masas,
de los Selections of the Thinkers Digest
en la que cada vez más gente habita es la ciudad de los zombies, el peor escenario que Kafka podía diseñar.
miércoles, 11 de abril de 2018
Cardinales
A fuerza de tanto repetir que vivimos
en una sociedad abocada al precipicio de la incomprensión, la ignorancia, la
imbecilidad, la ignominia y la inmolación me lo acabé creyendo. Y mis
subsiguientes pensamientos y acciones, claro está, fueron absolutamente
coloreados y matizadas por tal creencia. Y cada vez que pisaba el freno y
miraba hacia el retrovisor, con ánimo de comparar lo que tenía delante y lo que
tenía detrás, caía presa de esa inconmensurabilidad gnoseológica a la que tan
finamente llaman paradigm shift. Y no
solo no lograba encontrar un metaespacio desde donde visualizar simultánea y
nítidamente las dos zonas sino que cada vez la trampa epistemológica se cerraba
más y más en torno a mi mente y oprimía con más fuerza mi fuente de inspiración,
que parecía secarse por momentos. Así fue como llegue a la conclusión de que
debía acudir a un gurú inspiracional, un maestro místico o algún hábil
charlatán que volviera a enderezar mi entendimiento so pena de caer en una especie
de decadencia senil prematura. Pero… ¿Dónde buscar tal gurú? ¿Debía mirar hacia
adelante, hacia atrás, hacia los lados o hacia arriba? Si miraba hacia atrás mi
selectiva aprecición encontraba a viejos maestros cuyas enseñanzas parecían en
su momento eternas pero la aplicación de las cuales parecía en el momento
actual fuera de contexto. Si miraba no tan hacia atrás me topaba con mis
predecesores directos: progenitores, maestros, ex-compañeros y ex-profesores el
recuerdo de los cuales no hacía más que aumentar mi sensación de vértigo y
tristeza por la pérdida de un tiempo pasado que, una vez más, parecía
simplemente mejor. Como siempre he
tratado de evitar esta sensación de refugio virtual que ciertamente apacigua a
la corta pero que enloquece a la larga, miré a los lados. El problema era ahora
muy diferente. El torbellino frenético al que estamos estructuralemente
sometidos precluye el paisaje lateral. Sus vórtices voraces literalmente
engullen toda nuestra perspectiva lateral o externa. No existen exteriores.
Todo parece englobado por el torbellino. Si lo que quería era ganar una posible
metaperspectiva no iba por buen camino, así que decidí mirar hacia delante. En
esa dirección se podían observar gurús de todo tipo, algunos con pretensiones
visionarias, otros más puramente folklóricos, muchos iluminados, también
bastantes chiflados (la conjunción incluída), mercachifles, algunos finos
analistas y muchos, muchos mamarrachos. Y, evidentemente, algunos que no podía
clasificar fácilmente pero que podían caer en uno cualquiera de los grupos anteriores. Mi
intención última para con este grupo no era sin embargo la clasificación sino
el hallazgo de puentes de comunicación con el pasado que me permitieran conocer
mejor el futuro. El establecimiento de metapuentes, vaya. Por mucha ruptura
epistemológica que hubiera pensaba que, alejándose lo suficiente, la tal grieta
podría necesariamente permitir la creación de tales metapuentes. Pero ahí, ay,
me engañaba sin saberlo. Porque las situaciones, los metapuentes, las
epistemologías y demás tanto se nos pueden presentar como objetos que como
procesos. Como la luz. Y a medida que me alejaba de la grieta epistemológica
con objeto de hallar la conexión natural que la cerrara me encontraba más con
una dinámica, con un sistema en evolución que con un objeto de dimensión
espacial. Decidí una vez más cambiar de dirección y oteé hacia arriba, quizás
buscando un deus ex machina que de
repente iluminara la situación, clarificándola. Me imaginaba un espectáculo
poético-circense a medio camino entre la revelación divina y el juego
mistificador del prestidigitador. Mirando hacia esa dirección, sin embargo, me
pasaba una cosa diferente a las experiencias anteriores. Tan pronto veía una
multitud de sombras difusas que parecían quererme decir algo como una imagen
más nítida pero inexpresiva como en muchas ocasiones no veía absolutamente
nada. Al cabo me percaté de que esa dirección era en realidad una subrogada de
otra dirección que no procede de la espacialización. Cuando miraba hacia arriba
salía en realidad de la esfera del tiempo espacializado y entraba en la esfera
de la interioridad des-temporalizada. Cuando miraba hacia arriba miraba, en
realidad, hacia mi interior. Y allá había de todo –o no había nada, dependiendo
de mi estado, mi receptividad y mis expectativas-. Fue así como, con mucho
esfuerzo, logré construir una narrativa que podía recoger o, mejor dicho, contener todos los puntos de referencia
que necesitaba para esbozar un modelo. Mi modelo, que no debía enfrentarse a
otros modelos, sino abrazarlos.
martes, 20 de marzo de 2018
Aromas
Después de una
ausencia impropia de este espacio (¿crisis de crecimiento?) vuelvo no con
energías renovadas sino con una sensación de irrealidad creciente. Cada vez me
resulta más difícil -quizá en realidad más fácil pero más penoso- el realizar
la cartografía de nuestro momento histórico. Es por eso que busco
desesperadamente a alguien con ideas claras sobre el tema. Siempre he
considerado que hay gente en el mundo a quien escuchar atentamente -lo único
que sucede es que hay que saber encontrarlos e identificarlos-. En un intento de capturar las esencias
de nuestro momento a través de pensadores que describan la postmodernidad pero
no se queden atrapados en ella –es decir, que crean que la postmodernidad en realidad
no es un terreno objetivo absoluto- he llegado a Byung-Chul Han, autor de una
plétora de pequeños ensayos que en estos momentos reclaman cierto éxito
editorial. Debido a mi interés sobre cuanto tenga que ver con la temporalidad
he comenzado leyendo “El aroma del tiempo”. Me ha parecido una sugerente
descripción de uno de los aspectos que configuran la crisis de la Modernidad
lleno de fértiles ideas y derivaciones. He continuado con “La expulsión de lo
distinto”, que todavía me ha gustado más, hasta el punto de releer algunas
frases un instante después de haberlas leído, como si saboreando un aroma con el que
resuenas extensivamente. Sin embargo, Han no va más allá para poner en contexto
qué significa esta crisis y hacia donde se dirige (que en el fondo es lo que yo
quería encontrar en los libros). Diríase que el autor se lamenta sobre un
pasado perdido que conviene re-encontrar para bien de nuestra salud general. En
el volumen sobre el tiempo durante unos breves pasajes parece querer esbozar el
posible sentido y evolución de todo ello, pero se queda en el intento. Aun así
sigo con muchas ganas de visitar otras obras de este autor. Merece la pena, lo aseguro.
viernes, 19 de enero de 2018
Persexides, o De Stultitia Mundi
-¿Por qué crees tú, Persexides, que
los humanos se sienten tan atraídos por todo aquello que, por otra parte,
consideran más bien poco ejemplar, por no decir francamente pernicioso?
-Buena pregunta, ¡oh sagaz Taquifilaxo! Para
establecer una respuesta satisfactoria que se adecue honorablemente a tus
inquietudes debemos, empero, establecer unos marcos previos que delimiten
nuestras perspectivas.
-Dices bien, Persexides amado.
-Debemos, en primer lugar y con
urgencia, definir los términos 'poco ejemplar' y 'pernicioso'. Podemos
convenir, por simplificar, que representan cualidades ambas que nos aparecen
como negativas. ¿Por qué nos aparecen así? Diría que reflejan en nuestra alma
aquello que se opone a la cualidad natural de Bueno, como un orangután refleja
lo que se opone a la cualidad de Bello o las palabras de algunas mujeres se
oponen a lo que entendemos por Verdadero. ¿No es así, o buen Taquifilaxo, como
el alma refleja de manera clara la naturaleza de las cosas?
-No podrías hablar mejor y más claro, gentil
Persexides. Prosigue ya sin dilaciones con tu acertada disquisición.
-Si el reflejo en el alma de aquello
que nos parece poco ejemplar o francamente pernicioso se opone a lo Bueno y a
pesar de ello nos seguimos sintiendo atraídos hacia ello, se deduce que nuestra
atracción ya no sigue el reflejo de lo Bueno sino que viene mediada por una
falta de conciencia que es como una niebla que provoca una desorientación en
nuestro entendimiento.
-¿Y cual sería entonces, ponderado Persexides,
el origen de tal niebla?
-La niebla nos recuerda, amigo Taquifilaxo,
que nuestra naturaleza es francamente terrenal y que debemos recorrer un largo
y en ocasiones penoso camino de purificación hasta lograr la plena conciencia
de nuestros errores y limitaciones. Hubo una época en que los dioses poblaban
algunas zonas de la Tierra y por aquel entonces todo estaba claro y no había
lugar para dudas. Hoy en día los dioses se han retirado a sus aposentos del
Olimpo y su influencia sobre los humanos se lleva a cabo de modo caprichoso y
aleatorio, ya que siguen conservando su dignidad y potestad.
-Pero tal dignidad caprichosa ya no se
correspondería con su naturaleza divina ¿no es así sagaz Persexides?
-En efecto, recto Taquifilaxo. Antes
de que los humanos hayan podido siquiera acercarse a su necesaria purificación,
los dioses del Olimpo se han humanizado.
-¿Estamos, pues, del todo desamparados
de los recursos de la divinidad, consejero Persexides?
-Así es, buen amigo Taquifilaxo. Estos
pobres dioses nuestros del Olimpo han perecido ya en nuestra conciencia, y
hasta que una nueva época, un nuevo paradigma y unas nuevas creencias no
conciban unas nuevas deidades no podremos afirmar con conocimiento de causa que
las cosas vuelvan a estar claras en nuestra conciencia.
-¿Afirmas con eso, singular
Persexides, que nuestra conciencia depende de nuestros dioses?
-Más bien que nuestros dioses dependen
de nuestra conciencia, Taquifilaxo amado. Cuando nuestra conciencia recupere su
límpido rostro capaz de reflejar de nuevo la naturaleza verdadera de las cosas
seremos capaces de volver a establecer un marco que ordene y oriente
adecuadamente nuestras perspectivas.
-¿Seremos capaces entonces de responder
a mi pregunta original?
-A pesar de que nuestra conciencia
renovada será entonces capaz de detectar más finamente las máculas en el
reflejo de lo Bueno me temo que la pregunta seguirá activa y abierta. Debo
reconocer, Taquifilaxo, que este vino que tan dedicadamente producen tus viñas
no hace más que mejorar, si cabe aun, cada año que pasa…
-Bebamos, pues, ¡oh Persexides! a la
salud de los humanos y sus locuras
-Bebamos, pues.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Música Tiempo Ciencia
"Le phénomène de la musique nous
est donné à la seule fin d'instituer un ordre dans les choses, y compris et
surtout un ordre entre l'homme et le temps". Esta célebre frase de chroniques de ma vie de Stravinsky
define de manera cristalina la componente temporal del arte musical. El tipo de temporalidad define muy característicamente cada etapa de la
historia de la música. Cuando observamos el pasado con el fin de analizarlo el
efecto telescopio se hace notar de manera que las épocas más remotas parecen
amontonarse, como las galaxias más alejadas de nosotros. En el caso del arte
sonoro, además, existe una dificultad añadida. Excepto a través de imágenes de
tañedores o alguna teorización matemática como las escalas griegas, no tenemos
ni idea de como sonaban las músicas de la Antigüedad. Si que sabemos que los
antiguos griegos otorgaban poder moral a la música y características anímicas a
cada una de las escalas modales. De ahí se puede deducir que en su psicología
se apreciaban una suerte de temporalidades diversas ligadas a las diferentes
armonías. Muchas músicas de raiz étnica que supuestamente no han variado
demasiado durante miles de años se basan en patrones repetitivos (las
poliritmias africanas) o armónicamente neutros (la música gamelan de Bali) que
les confieren -al menos desde la perspectiva del oído occidental- un importante
grado de a-temporalidad. El primer desarrollo significativo de la aventura
musical del occidente medieval fue la incorporación de las escalas modales
griegas en un tipo de composición que -por vez primera- ha llegado hasta nosotros: el canto
gregoriano. La característica primera que desde nuestra perspectiva apreciamos
en esta música es su homofonía, que ahora valoramos por su pureza y
recogimiento, pero esa es una visión desde nuestra posición post-tonal. A lo
largo de los siglos X-XIII el gregoriano incorporó una aparente segunda voz,
que normalmente era una linea melodico-ritmica paralela, situado a una quinta
de distancia, complementada con una octava, en un procedimiento que se denominó
organum. No es casual la elección de
la octava y la quinta. Éstos son los intervalos a que aparecen los dos primeros
armónicos de una nota dada. El organum hace resonar en nosotros en primer lugar
el sonido de la quinta desnuda (el bajo inmutable que sostiene la melodia de
las gaitas o las zanfoñas), con su arcaísmo inconfundible. Más aun, el
movimiento paralelo de las quintas (¡rigurosamente prohibido por la armonía
clásica cinco siglos después!) evoca un estatismo y una circularidad que
-repito, a nuestros oidos post-tonales- nos situa en una zona arcaica de
temporalidad restringida. Esta temporalidad "bisarmónica" se
correspondería con la pintura gótica (que a pesar de añadir muchos elementos
ornamentales a la pintura románica permanece esencialmente
"bidimensional"). Aqui podemos hacer un interesante símil evolutivo
entre música y pintura. La música se desarrolla esencialmente en el tiempo
físico de la misma manera que la pintura lo hace en la bidimensionalidad
espacial. Pero de alguna manera la música construye alrededor suyo una nueva
temporalidad psicológica mientras que la pintura hace lo mismo con la
espacialidad. A lo largo de la Baja Edad Media se fueron apilando elementos
sobre el edificio musical. El llamado ArsNova incorporó, ya en el S XIV, unas líneas claramente polifónicas que
fueron evolucionando hasta que apareció un nuevo emergente: la tonalidad, al
igual que en pintura habia aparecido la tercera dimensión de la mano de la
perspectiva. La tonalidad, ligada a la tridimensionalidad pictórica y a la
Modernidad en general, se inscribe dentro de la gran revolución cognitiva que
supuso la llegada del Renacimiento. Perspectiva, tonalidad, renacimiento,
método científico se constituyen en la misma época: la Modernidad. El primer
desarrollo de la Modernidad, desde el Renacimiento hasta la Ilustración,
incluye la carrera hacia la primacía de la Razón, desde sus aspectos
filosóficos (Decartes) hasta los de las Ciencias Naturales (Newton). En música
este desarrollo corresponde al paso desde la polifonía renacentista hasta la
música barroca. El asentamiento de la tonalidad y sus repercusiones técnicas
(invención de la escala temperada) se ven así impelidos hacia la idea de la
“maquina celeste” que da a la música barroca su característica temporalidad
motora en la que el propio tiempo ha sido espacializado. El universo de la
polifonía renacentista festejaba la hipótesis heliocentrista con complejas
poliritmias; la fuerza motora de la música barroca basaba sus danzables ritmos
en los mismos patrones de mecanismo de relojería con que Newton había descrito
la mecánica celeste. El triunfo de la Razón, sin embargo, significó también su
limitación. Y en el relativamente breve período de tiempo que conocemos como la
Ilustración, durante el que la primacía de la razón giró hasta convertirse en
su opuesta –su negación: el Romanticismo- la historia de la música occidental conoció uno
de sus más ricos y fructíferos momentos. Tanto es así que hoy en día lo
conocemos como el Clasicismo musical. A los ritmos y motóricas barrocas se
suman, en delicado equilibrio, emociones que no niegan la razón, pero sí
equilibran su modo mecánico. La tonalidad –el perspectivismo- se ve así
reforzada con la utilización del bajo Alberti. Es la época relevante para la
siguiente nota que aparece en la serie armónica: la tercera mayor. Es curioso que, en el período final de sus
carreras creativas, los mayores compositores de este período recurrieran al
elemento constructivista más riguroso del pasado período del Barroco. Con la
irrupción del Romanticismo el elemento constructivo se debilita en pos del
expresivo y a lo largo del XIX la armonía se hace más compleja, incorporando
sucesivas notas de la serie armónica. A la reversibilidad de la música barroca
y la mecánica clásica se le opone la irreversibilidad de la música romántica y
su correlato físico: la termodinámica clásica. El tiempo viene representado por
una flecha que no admite marcha atrás. El universo de Copérnico, Galileo,
Newton se ve relegado a una proyección ideal. El universo de Clausius.
Helmholtz y Boltzmann ha dejado de ser eterno. Tiene final: la muerte
entrópica, la dispersión. El Universo ya no es así un eterno juego de billar
sino un happening con final programado, como un espectáculo de fuegos
artificiales. Los sucesivos replanteamientos de la tonalidad que conducen
lentamente hacia su disolución dan debida cuenta de ello. La música se hace
entonces vegetal. Con Tristan und Isolde
la temporalidad de la música se hace inabarcable. El oyente espera una
resolución armónica que nunca acaba de llegar. El elemento rítmico de la época
complementa al tejido armónico en perpetuo movimiento y a duras penas tiene un
papel en la psicología de la percepción temporal. La tonalidad acaba, a
principios del XX, por desaparecer del todo en la tradición centroeuropea,
dando paso al expresionismo, mientras que por otro lado, se reconstituye en la
tradición franco-rusa a partir del nuevo orden armónico que sigue la línea
Moussorgsky-Debussy-Stravinsky. En el primer caso la percepción temporal se sitúa
en una zona deformada en donde se aplican lupas y espejos concavoconvexos a la
percepción cotidiana, como en la pintura expresionista. En el segundo la
percepción de la temporalidad se sitúa en una zona a-temporal que resulta del
interrumpido movimiento armónico. Las teorías relativistas de 1905 y 1915
presentan de nuevo el correlato físico de la época: en ellas el tiempo queda
integrado como una parte más de la estructura, apelando así al sentido “eterno”
de las cosas. En contraste con la inestabilidad armónica y la deriva rítmica
del expresionismo, el impresionismo y postimpresionismo muestran una
neutralidad armónica y ritmos obstinados capaces de de suspender nuestra
percepción del fluir del tiempo. Cuando las posturas expresionista y neoclásica convergen después de la II Guerra Mundial un nuevo universo ha nacido. En él
los fenómenos disipativos, los atractores caóticos y los bucles de
retroalimentación sustentan un todo que está en constante proceso de nacimiento
y muerte. La música post-serial elabora esta nueva visión en forma de magma
sonoro estático en constante movimiento, música de fases –como en el
minimalismo- o sonidos electrónicos con su nuevo cosmos rítmico y armónico que
poco tiene que ver con todo lo anterior. A pesar de que a partir de los 70 la postmodernidad
irrumpe con su promesa no-evolucionista de haber descubierto todo lo
descubrible y representar toda posibilidad como una combinación de elementos ya descubiertos, la evolución sigue y con ella el desarrollo de la temporalidad.
Gran parte de nuestra insatisfacción actual está relacionada con la no
aceptación de este reto y la estéril asunción de la gratuita transparencia de
nuestra conciencia.
sábado, 23 de diciembre de 2017
Descontextualizaciones
Frente al arte profundamernte estructurado (es decir, el que posee un esqueleto que lo vertebra), y que el que posee una estructura más construida a pedazos dentro de un determinado contexto, el collage es una forma de descontextualización. El objetivo del collage no es otro que el de crear o resaltar una nueva relación entre los elementos descontextualizados. Una buscada invertebración vista, eso sí, desde una perspectiva que a fuerza de ser amplia llega a parecernos inexistente. Esa perspectiva es lo que en la postmodernidad tomamos como un telón de fondo absoluto. Las deconstrucciones no son más que collages de elementos desperspectivizados pegados sobre un espejismo al que llamamos realidad.
sábado, 25 de noviembre de 2017
Vacío
El conocido y temido “horror vacui”
encuentra su correspondiente cuota de participación en varios campos del
terreno artístico. La indecisión ante la página o la tela en blanco, como símbolo
del bloqueo mental que en ocasiones preludia (y ordena la mente para) el acto
creativo es un tema harto tratado por filósofos y poetas. El horror al vacío,
una vez superado el período inicial de la creación, es cuidadosamente
transferido a la propia creación. Así, pintores y grabadores del Renacimiento
en adelante muestran esta característica en grado variable: desde los paisajes
de “relleno” que equilibran y a la vez hacen destacar a las figuras principales
hasta los abigarrados cuadros de Jean Duvet. A pesar de la gran conquista de
los espacios pictóricos diáfanos a mitad del S XX el arte actual sigue
conteniendo una parte de horror al vacío (graffiti!). En música el vacío está
representado por el silencio. Se hace difícil pensar en el silencio musical
durante el Renacimiento y especialmente el Barroco (algunos recitativos especialmente
expresivos de Monteverdi usan de ellos). Durante el Clasicismo el silencio es
frecuentemente utilizado en sentido cómico. Una frase bruscamente interrumpida
es seguida por un silencio durante el que se pide al oyente que adivine lo que
viene a continuación (Haydn y Beethoven eran verdaderos adeptos de este
esquema). El silencio desaparece de nuevo en la música del S XIX para dar paso
a la “melodía infinita”, ejemplo muy ilustrativo del “horror vacui”. Con la
vuelta al clasicismo el S XX vuelve a hacer un hueco al silencio musical, que
hace su carta de aparición plena a partir de mediados de siglo con compositores
como John Cage y Morton Feldman. Aunque el horror vacui siga estando presente
en la música minimalista. También aparece en las ejecuciones de los malos intérpretes,
quienes sienten pánico de dejar de emitir sonidos y prefieren apilarlos como un
montón de chatarra. Una vez más Oriente, complemento dialéctico de Occidente,
ha mostrado más transigencia con el vacío. Es más: su paraíso, el Nirvana, es
la mejor versión psicológica del “amor vacui” que conozco.
sábado, 11 de noviembre de 2017
Significación histórica
A medida que el tiempo pasa y la
crisis catalana se asienta nuestra perspectiva se va modificando y, en cierto
modo, se amplía. Recuerdo que Edgar Morin explica que uno de sus profesores
universitarios más admirados clasificaba los períodos históricos según la
visión que tenían en cuanto a la significación histórica que atribuían a la
Revolución Francesa. Al hallarnos sumergidos dentro de la presente coyuntura se
hace difícil analizarla con cierta perspectiva pero siempre es útil –y, cuando
menos, muy higiénico- tomar la distancia necesaria para ello. Los hechos
acaecidos el pasado mes de octubre representaron la culminación de un proceso
largamente gestado que se remonta, cuando menos, a una suma de eventos
acumulados durante los últimos diez años y que han deteriorado
significativamente las relaciones entre
Catalunya y el Estado Español (no voy a enumerarlas; para eso ya están los
comentaristas políticos). Remontándonos más atrás podemos observar un resquemor
derivado de la pérdida de las leyes propias tras la Guerra de Sucesión más o
menos históricamente mantenido pero sobrellevado (con períodos llenos de
altibajos). Hasta aquí estoy describiendo un proceso que ha ido oscilando entre
la falta de entendimiento, la falta de identificación con matices fuertemente
políticos apareciendo a ratos y motivos puramente tribales (la famosa
“pertenencia” y “no-pertenencia” que tantas pasiones desata). El eterno dilema,
agudizado, que ha vuelto a crecer. Pero en los últimos días el tema se ha
extendido y amenaza con desbordar la cuestión puramente tribal, a pesar de que
muchos de sus protagonistas sean absolutamente inconscientes de ello. El
blindaje del stato-quo que muestra el
ejecutivo y gran parte del mapa político español ha sido reflejado cual
perfecto eco por las organizaciones políticas de la comunidad europea, que
prefieren no dar demasiada relevancia al caso por temor a verse salpicadas. La
crisis económica, aspecto evidente pero no único de la crisis global que
padecemos, ha socavado el proyecto europeo –así como la crisis moral ha
socavado el generoso proyecto inicial de Internet o la crisis de conocimiento
ha socavado la creciente conciencia ecológica de las civilizaciones
tecnocratizadas- ha sido en gran parte la responsable del parón al proyecto
europeo. La “revolución catalana” puede transformarse en el inicio de una nueva
visión europea que supere los conceptos renacentistas/románticos de estado y
abra una nueva perspectiva de organización política en el continente. No soy
ingenuo: esto no es tarea de un mes, un año y ni siquiera una década. La
recesión ha derivado el proyecto europeo hacia la tribalización, el populismo y
el auge de actitudes que nos recuerdan peligrosamente un pasado no tan lejano
(aunque las acusaciones mutuas de “nazi” y “fascista” que tan fácilmente salen
de ambos bandos puedan hacer creer que se ha elevado estos calificativos a
categorías no-temporales). Este posible germen de cambio político global da una
bocanada de aire fresco al presente conflicto y sugiere una posible salida (de
momento, solamente a nivel mental) del presente y estéril enroque.
sábado, 21 de octubre de 2017
Respuesta
Me doy perfecta cuenta de que mi
reciente respuesta a mi más asiduo lector –o, cuando menos, comentarista- es
muy pobre y escueta. Hablo de la posible inclusión de la ciencia en el ámbito
de la post-modernidad. Durante siglos la Historia de la Ciencia –nuestra ciencia
como tal empieza con el Renacimiento- dio por sentado que nuestros afanes
investigadores perseguían básicamente el estudio de la realidad (en este caso física). Una realidad teñida de forma
absolutamente inconsciente por el Zeitgeist
de la Modernidad, claro está. En suma: una realidad externa e independiente de
nosotros y perfectamente cognoscible en su totalidad. Una realidad que
requeriría solamente ser descubierta.
Cada nuevo descubrimiento, por tanto, iría desvelando una capa más de tal
realidad hasta hacerla transparente. En ese momento conoceríamos toda la realidad. Este proceso sugiere
un avance acumulativo en el
conocimiento. Toda vez que, de acuerdo con el modelo popperiano, una teoría o
modelo puede ser falseado en cualquier momento y eso lo desacredita y elimina
de la ruta acumulativa hacia el conocimiento absoluto de la realidad de la
Modernidad. En el S XX y más aún en la post-modernidad nuestra visión de la
realidad se ha modificado rotundamente. Nuestra realidad ya no es una roca
externa, cognoscible en su totalidad o independiente de nuestros puntos de
vista. El modus operandi del avance
en el conocimiento científico estaría entonces descrito por las epistemologías
de Koyré, Bachelard y Kuhn, quien introduce el concepto de paradigma dentro de la historia de la ciencia. Los paradigmas, cual
zeitgeist que representan, tiñen
todos los elementos que constelizan de su color de forma que los conceptos que
se manejan en su interior dependen más de la red estructural propia que de un
sistema independiente que reflejara cual espejo fidelísimo la propia
naturaleza. La epistemología de Kuhn fue sistemáticamente ignorada dentro del
mundo de las ciencias de la naturaleza y excesivamente dogmatizada dentro del
mundo de las ciencias humanas. Si la interpretamos a la luz de un modelo
evolutivo lo que nos dice la sucesión de paradigmas no está ya relacionado con
un simple cambio psicológico como pretendía Popper sino como una mirada
consecuentemente más y más ampliada que reduce el paradigma anterior a un caso
particular del más general paradigma presente. Esta visión ya no es ni
acumulativa ni paradigmática sino que participa de ambas aproximaciones.
Nuestra percepción de las cosas nos hace elaborar constructos que van
modificando nuestra mentalidad y con ello nuestra percepción. Nuestro
conocimiento de la(s) realidad(es) transmodernas modifica constantemente
nuestra percepción del miundo y su(s) realidad(es). Es por eso que nuestra(s)
realidad(es) ya no son descubiertas sino inventadas.
Eso puede sonar incluso como una herejía
si nos mantenemos en el concepto moderno de realidad que describía antes. No sé
si me ha llegado a explicar tan claramente como se merece mi atento y paciente
comentarista.
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