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martes, 15 de diciembre de 2009
Der Fall Hindemith
Escucho por la radio que la obra de Paul Hindemith influenció poco en el mundo de la creación musical después de la II Guerra Mundial y que solamente con el advenimiento de la postmodernidad (¡otra vez el dichoso término!), con su recuperación de la posibilidad de los lenguajes tonales, hizo justicia al maestro de Frankfurt. Esta afirmación puede llevar al engaño. Por un lado, la vanguardia europea aparecida alrededor de la mitad de siglo prescindió de (casi) todo lo anterior. No solamente de Hindemith; también buena parte de Stravinsky, los Six, Berg, e incluso Schönberg fueron puestos en la picota. Y también una parte de la obra de Messiaen, que en ciertos aspectos actuó como catalizador (ó más bien, padrino) de esa generación. Pierre Boulez, el alumno avanzado de esa vanguardia, formó parte del grupo de espectadores que pateó el estreno parisino de la stravinskiana Symphony in Three Movements a finales de los cuarenta (aunque hace unos años la grabó para DGG, la edad siempre abre la mente); escribió un famoso, ácido y polémico obituario para el jefe de fila de la Escuela de Viena (Schönberg est mort) e incluso se permitió afirmar abiertamente que aborrecía las obras de su querido maestro Messiaen que empleaban las ondas Martenot en su orquestación. El desprecio para con la obra de la generación anterior es un hecho más que común a lo largo de la historia. En ocasiones unido a una valoración positiva hacia la obra de la generación anterior, la que despreciaron los inmediatos antecesores (esta situación, por otra parte, evoca fuertemente la actitud común que se da entre padres, hijos y nietos). Lo que resulta más infrecuente es que la generación de la vanguardia se sitúa, precisamente, en el límite de un período (la Modernidad) y que lo que venga después no siga construyendo de forma dialéctica sino que admita que el fin de la evolución de los lenguajes ya ha tenido lugar, que todo ya está construido y todo puede convivir ahistóricamente in secula seculorum. Muchos de los propagandistas de la postmodernidad musical apuntalan su buena nueva denostando a la vanguardia de los 50’ y olvidando que esa generación actuó, como las anteriores, si bien de manera más radical, de forma histórica. Volviendo al caso Hindemith (Der Fall Hindemith, éste fue precisamente el título de un escrito que el Kapellmeister Furtwängler publicó en los diarios de la época para defender al compositor frente a los ataques de las autoridades nazis), podemos asegurar que empleó en su música un lenguaje propio de su época, ayudando además con ella a configurarla. Tras unos comienzos primero academizantes y después, ya en los años veinte, bastante radicales, Hindemith encontró su lenguaje y su filón creativo durante los 30’-40’ para después, ciertamente, caer en un estilo caligráfico en donde se pierde, en general, el vigor anterior. Así como los compositores a los que hacía referencia en un post reciente y que empleaban ya entrado el S XX un lenguaje más propio del XIX sí que han necesitado una interrupción del fluir histórico como la postmodernidad para ser recuperados, a Hindemith no le hacía falta tal circunstancia. Gran parte de la música representativa de la primera mitad del S XX se escribió con un lenguaje para-tonal.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Siglas
Una indicación callejera con su correspondiente flecha me indica la dirección del IMPO y del CPO. En el trabajo me inundan de mails con la cabecera fyi y las apostillas tbd, afak y otras lindezas. Cuando navego por la red los aka y lol son cada vez más frecuentes... Las siglas no son otra cosa que códigos pero un mundo de siglas es mucho menos que un mundo de códigos. Acaba siendo un mundo monocodificado ó, lo que es lo mismo, un mundo plano. Globalización implica mezcla de lenguajes pero no reducción de conceptos y matices. No estoy en contra de la creación y empleo de barbarismos mientras conduzcan a conceptos nuevos. Lo que me sí me parece más pernicioso es el empleo indiscriminado de false friends ó palabras similares con significados diferentes según la lengua. El idioma castellano está repleto de false friends ingleses (asimismo sucede a la inversa) que en ocasiones tienen una relación de significado casi opuesto. Todo el mundo da por sentado que actually no significa lo mismo que actualmente y sin embargo, el uso de evidencia (“obviousness”) por evidence (“prueba”) o de crime (delito) por crimen es cada vez más generalizado. Los lugares comunes tomados como piezas sobre las que construir la historia no funcionan, por mucho que el capitalismo postindustrial insista en ello.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Instintos
Dentro del proceso desestructurativo que sufre la civilización (¿occidental?) en la actualidad, un hecho llama fuertemente la atención, especialmente a los que por edad han vivido aparentemente la situación opuesta. Se trata de la obsesión por la sexualidad. La sola mención de esta palabra, hace cincuenta años, era considerada ofensiva para muchos (y no sólo en lugares mojigatos como la España de la época). Hoy en día la extensa profusión del tema ha llegado a restarle, si más no, fuerza social. Evidentemente que la revolución sexual de los 60’ tuvo una importante influencia en la demolición del tabú. Pero el tabú no sólo se ha demolido, sino que sus residuos –y he aquí lo trágico- se han vulgarizado. No estoy hablando de relatividad moral ni cosas por el estilo. Simplemente intento relacionar el proceso deconstructivo actual con la citada obsesión. Algunos alegarán que esta obsesión siempre ha existido y que en ciertos momentos históricos se hallaba fuertemente reprimida. No voy a negar del todo esta percepción, pero puedo recordar que todos los momentos históricos han tenido sus mecanismos de compensación de las represiones, desde las bacanales romanas hasta las consultas de las damas de la alta burguesía de la Viena finisecular al Dr Freud. Otros hablarán de liberación de los instintos con objeto de compensar la creciente racionalidad, que además se tiende a utilizar como agente opresor. Eso creo que empieza a tener más sentido. Sin embargo, no debemos adscribir la sexualidad solamente al nivel instintivo, ó incluso primitivo. Se trata más bien de un fenómeno esencial que puede teñirse de muchos colores ó estratos de desarrollo. La sexualidad es una fuerza de la naturaleza que existe en el reino animal (e incluso en el vegetal) y que impele a una serie de eventos. Pero si sobrepasamos los estratos más primitivos (que no solamente incluyen la fecundación y reproducción sino también la organización familiar y tribal; y que conste que también me refiero a los animales inferiores) podemos acceder a estructuras situadas en otro nivel de desarrollo. La sexualidad responde también a un fuerte deseo creativo en cualquier ámbito; basta observar las formas genitales que aparecen en los cuadros de numerosos artistas (Miró) ó los cuadernos de dibujo que Fellini garabateaba durante la elaboración de un nuevo film. Leo en un portal de noticias que los varones humanos se fijan especialmente en las nalgas y los pechos femeninos debido a un tema de puro instinto reproductivo, y que los humanos son una especie animal más. Todo ello es evidente, pero difícilmente nadie negará que los humanos constituyen la especie animal más desarrollada del planeta y que, consecuentemente, además de los instintos, responden a drivers de naturaleza más desarrollada. Todas las religiones (desde el pudibundo judeocristianismo hasta el desinhibido hinduismo) han reconocido la relación entre la sexualidad y el misticismo. Detrás de lo que se ha llamado la petite morte se esconden los primeros atisbos de la superación del ego, la muerte del yo. Una vez más pretendo ilustrar cómo los más diversos ítems no están enclaustrados en conceptos dualistas sino por nuestra mente. El encorsetamiento desaparece con sólo invocar a una espiral de desarrollo, a un despliegue evolutivo.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Buenas personas
Cuando hablamos de alguien y no tenemos otra cosa que decir de él que algo así como que “es buena persona” solemos dar a la frase una connotación ligera ó fuertemente negativa. Este hecho nos debería hacer reflexionar sobre el valor que hoy en día otorgamos a la moralidad. Porque, pensándolo un poco, ser “buena persona” en los tiempos que corren es algo que roza el heroísmo. El número de personas de las nuevas generaciones que piensan que siendo “buena persona” no se llega a ninguna parte en este mundo sigue teniendo un peso importante. Todavía quedan bastantes vestigios, por tanto, de la famosa generación X, aquella que, siguiendo una ley generacional inexcusable, se rebeló contra la generación que le había precedido, la de los que querían cambiar el mundo de forma pacifista, con flores de todo tipo, incluidas las de adormidera, y se decantó hacia el supuestamente glamouroso universo yuppie. Muchos de los miembros de esta generación suelen distinguir continuamente entre lo que se aparta de la ley y lo que puede ser moralmente reprobable. Esto no deja de ser un mero juego de palabras. Porque lo que se supone que la ley debería reflejar no es otra cosa que un uso de códigos éticos intersubjetivos mínimos. Si alguna acción es legal pero moralmente dudosa, es señal inequívoca de que la ley no está bien configurada. Ya sé que hecha la ley, hecha la trampa. Solamente hay que remitirse a todos los casos de corrupción local con que los medios de comunicación nos han regalado en los últimos tiempos. Ante tanto robatorio nos escandalizamos, por eso, de manera un tanto superficial y aparente. En el subconsciente de muchos flota una admiración hacia la picardía y la trapisonda. Ello explicaría el por qué los italianos insisten en votar a un delincuente como primer ministro.
martes, 17 de noviembre de 2009
Verdades
No debéis temer a la verdad; sólo la verdad os hará libres. Esta famosa cita de la carta de san Pablo a los Romanos, bien que en el siglo I no se había inventado aún la filosofía crítica, tiene un gran contenido autoreferencial. Y la verdad a la que hace referencia es, simple y llanamente, la verdad subjetiva ó intersubjetiva. Es una frase fuertemente asociada al desarrollo de la persona, una afirmación que invita al crecimiento, de aquellas que te ponen un espejo enfrente de tu rostro para que aumentes tu grado de conciencia. Un poco como la historia de Pinocchio, Pepito Grillo y la famosa nariz creciente. Pero claro, lo que no dice es que la verdad sea agradable a primera vista, como tampoco lo sea la libertad. Y en los circuitos mercantilistas lo que se vende no es libertad, sino todo lo contrario. Se vende todo tipo de pócimas para adormecer la conciencia y acceder con ello a una efímera sensación de bienestar que dura poco y además deja resaca, con lo que la pócima debe de ir aumentando cada vez más su potencia sedativa, hasta convertirse en estupefaciente que llegue a provocar una profunda escisión interna del ser. Puedo parecer estrechamente moralista pero me ciño simplemente a datos objetivos. Ya sé que el mundo, ahora como casi siempre, prefiere vivir engañado y feliz. Debe ser por eso que hoy día cualquier presentación, información, resumen ó actualización debe de contener altas dosis de (auto)engaño, so pena de no pasar censura previa. Lo que más me inquieta en estos casos es la naturaleza del supuesto receptor del engaño. A fuerza de querer engañar con menguante sentido de vergüenza o de disimulo nuestra meta natural no es otra que la del autoengaño. Y eso es más bien patético. El mundo engañado y feliz, a propósito , es el título de una agridulce cancioncilla de Mozart con texto de Christian Weise:
El rico necio, forrado de oro,
atrae las miradas de Celimena;
ella repudia al hombre honesto
y elige al chicharelo por marido.
Se celebra una fiesta suntuosa,
y pronto llega el arrepentimiento.
¡Si el mundo quiere ser engañado,
que sea engañado¡
Beate, que hace pocos días
era la reina de las cortesanas,
empezó a vestir de violeta,
y a adornar púlpitos y altares.
A juzgar por su apariencia,
muchos la tendrían por un ángel puro.
¡Si el mundo quiere ser engañado,
que sea engañado¡
Cuando beso mi Carolinilla
tiernamente le juro fidelidad eterna;
ella hace ver que ningún otro joven
conoce aparte de mí.
Una vez que Cloé me robó el corazón
Damis ocupó mi lugar.
¡Si todo el mundo debe ser engañado,
yo también seré engañado¡
martes, 10 de noviembre de 2009
Uniformidad
Una de las cosas que más me aterra de nuestro presente es su aparente uniformidad. En realidad el mundo siempre se nos presenta como multiforme, dependiendo no solamente del grado de percepción de cada uno sino especialmente de la amplitud de sus referentes (experiencia) y de la madurez de sus apreciaciones (conciencia). Todo esto no es tenido en cuenta normalmente a la hora de emitir juicios, ya que estamos absolutamente obcecados por una especie de realismo ingenuo que se da sin más por supuesto y que nos hace creer que somos transparentes en nuestras apreciaciones y directos en nuestras percepciones. El mundo de la ciencia –que por otra parte respeto y al cual de alguna manera también pertenezco- tiene una parte de la culpa en el fomento de esta suposición tácita. En la actualidad se toma por científico todo lo que proviene de algún tipo de experiencia, con datos contrastados y referencias. Pero esto es solamente una parte del trabajo científico; la parte que podríamos tildar de “tirar del hilo” y que Kuhn denominó con más o menos acierto “ciencia normal”. Lo que este autor denominara “ciencia revolucionaria” está en la misma base del edificio y consiste nada menos que en dar a luz (en el sentido socrático) nuevos paradigmas, nuevas mentalidades. El mundo de las ciencias naturales nunca ha llegado a tomar del todo en serio esta línea de pensamiento (que deriva directamente de Koyré y Bachelard, por cierto) y quizá por ello que el campo de las humanidades no solamente lo adoptó sino que lo interpretó a su gusto y manera, dando un barniz de postmodernidad al conjunto con el que el propio autor nunca llegó a estar de acuerdo. La tendencia a aceptar únicamente la parte material, física, externa, como único elemento constitutivo de una nunca discutida realidad objetiva e independiente con la consecuente relegación del resto a la zona equívoca de la subjetividad hace el resto.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Die Mauer
Se celebra estos días el vigésimo aniversario de un hecho que resume y simboliza el fin de toda una constelación de situaciones, mentalidades y acontecimientos que envolvieron al mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El muro de Berlín era la guerra fría, la tensión entre dos bloques, el telón de acero, la política del terror. Pero cuando todos los elementos estuvieron en su justo punto de cocción, bastó una pequeña revolución de terciopelo para que todo el entramado tan férreamente mantenido durante tanto tiempo se viniera abajo en un santiamén. ¿La razón? El cambio de mentalidad, sin duda. Buena parte de los giros globales en la historia tienen este origen. El cambio de mentalidad, sin embargo, es un proceso lento, que requiere su tiempo, sus batallas y sus mártires tardíamente comprendidos. No es simplemente una cuestión de medición de fuerza bruta, como muchos historiadores de otras épocas querían creer. Las nuevas mentalidades suelen ser más avanzadas que las antiguas (aunque la historia demuestra que también existen peligrosos recovecos que después deben de ser dolorosamente retrocedidos). Y por más avanzadas, además de más convenientes y adaptadas, entiendo un grado de evolución de conciencia que afecte a todos los parámetros de una época. Por mucho que el señor Amenábar se deleite con Hypatia y quiera contraponer el refinamiento del paganismo con la barbarie del cristianismo (en una especie de imposible dualidad atemporal llena de clichés, y que procede directamente de la literatura de los últimos 200 años), ésta última mentalidad representaba en el S IV la visión más evolucionada, que tendía a admitir una especie de relación nueva entre toda la humanidad más allá de la tribu, a la vez que tomaba conciencia de las limitaciones morales de la esclavitud. Como el lampedusiano Príncipe de Salina reconociendo que la historia había pasado página y el feudalismo se había agotado. El problema tiene lugar cuando asignamos a una mentalidad la etiqueta estática simple de buena ó mala. Porque el quid de la cuestión está en la evolución y conveniencia de cada una de ellas a lo largo de la historia.
jueves, 29 de octubre de 2009
Agarraderos

Cuando uno se siente enfermo, ya sea física ó mentalmente (y especialmente en este último caso, aunque en la mayor parte de las ocasiones las enfermedades poseen un grado variable de cada uno de las dos componentes), asume, consciente ó inconscientemente, con facilidad ó con esfuerzo, que su situación es más ó menos temporal (evidentemente no hablo de situaciones crónicas, que van más bien por el camino de la aceptación). Es decir, que la pérdida de paisaje vital, referentes, y otros elementos es pasajera y que, tras el evento, se recuperarán, o, mejor aún, saldrán renovados después de algún tipo de crecimiento y evolución. Idéntica situación acaece con la sociedad. Las épocas de crecimiento son difíciles porque toda la energía se encuentra concentrada en el cambio propiamente dicho y queda poca de ella disponible para satisfacer las contingencias del día a día. Estoy describiendo una vez más la condición de la vida postmoderna. Si, de acuerdo con el sentimiento común, lo único que podemos sentenciar es que la estructura subyacente ha desaparecido, estamos haciendo referencia al sistema de coordenadas previo, al de la modernidad. Durante las etapas de crecimiento, paralelamente a la noción de supervivencia que explicaba antes, cabe plantearse que, por mucho que las verdades absolutas hayan desaparecido, el grado de relatividad de las verdades relativas sigue ahí. Y tal escala de grado de relatividades es la que debe de actuar como guía en esta situación. El auge del cientifismo se debe en gran parte a que este tipo de conocimiento parece poder ocupar el lugar de lo que en otras épocas se tomaban por verdades absolutas (existe otro componente más directo: el poder de todo tipo que puede llegar a generar). No nos engañemos: las verdades absolutas no pueden existir en nuestra estructura cognitiva tardo-racional. Una vez más somos nosotros quienes configuramos las certezas: cuanto más absoluta queremos que sea una verdad más la alejamos de nosotros, y ahí el error. Un viejo refrán americano reza que no puedes conocer totalmente a alguien hasta que no has calzado sus zapatos. Es una metáfora, pero muy elocuente.
sábado, 24 de octubre de 2009
Babel

Me he repetido bastante en recientes ocasiones haciendo referencia a los lenguajes de la postmodernidad y su Babel particular en donde más que falta de entendimiento, lo que ha deparado es ignorancia y conocimiento selectivos ó dirigidos. El origen de esta situación, también lo que recalcado, es una situación de cambio. También recuerdo haber hablado hace más tiempo sobre la vigencia de los diferentes y sucesivos lenguajes durante los correspondientes períodos históricos, constituyendo, además, una de sus claves configurativas. Lo cual no quiere decir que las obras maestras plasmadas en ese lenguaje no sigan hablando a lo largo de la historia cuando ese lenguaje ya no resulta el más apropiado para decir cosas nuevas. A lo largo de los últimos quinientos años de la historia de la música podemos asistir a un elevado número de casos en que un creador que ha formado parte activa e incluso destacada del grupo en un determinado período no ha sido capaz de seguir a sus coetáneos ó al menos de disponer de recursos para seguir creando. No me estoy refiriendo a los casos de “decaimiento de inspiración” ó de “repetición caligráfica”, o mucho menos de limitación de recursos. Existe también el caso de los maestros que, en épocas tardías de su carrera creativa, llegan a desarrollar un lenguaje propio algo apartado del curso de lo venidero, algo así como un “venidero imaginario” que resulta innovador, pero exclusivamente desarrollado para uso personal (Beethoven es el ejemplo clásico); si bien en estos casos existe un lenguaje de períodos anteriores con mucha influencia posterior (¡Beethoven de nuevo!). Rossini, coetáneo de Beethoven, compositor dotado y extensamente apreciado en su época, se retiró a efectos prácticos de la composición a los 37 años (murió a los 76), después de haber escrito su Guillaume Tell. ¿El motivo real? Pues sin duda el hecho de que el nuevo lenguaje operístico romántico le era absolutamente ajeno. El resto de su producción consistió mayoritariamente en piezas religiosas ó de cámara que durante muchos años no se tomaron demasiado en serio (personalmente creo que el Agnus Dei de su Petite Messe Solennelle no llegó a ocupar su puesto propio hasta que Fellini lo utilizó como imagen sonora en los primeros minutos de su E la nave va...). A comienzos del S XX a muchos compositores les pasó lo contrario de lo que a Rossini, es decir, no llegaron a poder librarse del lenguaje propio del romanticismo tardío. Grandes autores como Rachmaninov, heredero de la gran tradición rusa del XIX y Sibelius, gran impulsor de la música y el sentimiento nacional finlandeses, vieron mermada su carrera ulterior por esa razón (hecho en ambos casos dolorosamente reconocido por los propios autores). Incluso compositores que en su momento tuvieron nuevas cosas que decir se vieron después relegados al rincón de los trastos viejos (Strauss). Cuando el kaiser Guillermo II le echó en cara a Stravinsky (a raíz de la presentación en 1912 en Berlín de L’Oiseaux de Feu y Petrouchka por parte de los Ballets Russes) que la música era demasiado ruidosa (tal como explica deliciosamente el propio autor) estaba hablando de un lenguaje nuevo, de un estilo (la música de Salome y Elektra es muchísimo más ruidosa, pero podía llegar a encajar con el oído imperial). ¿A qué vienen todas estas disquisiciones? Estoy leyendo uno de los libros de música más publicitados de los últimos años, The rest is noise (escuchando al S XX a través de su música) de Alex Ross. El libro está escrito como un best-seller, con sus grandezas y sus miserias, con aquel estilo americano franco pero serio de crítica que Deems Taylor puso en boga en los años treinta. Cada uno de nosotros tenemos nuestros particulares gustos personales, pero creo que dedicar a Sibelius 25 páginas del libro mientras que los espacios dedicados a Bartok, Hindemith, Honegger ó Ginastera se hallen ó muy desperdigados ó incluso inexistentes me parece una muestra más del particular Babel de que hablaba al principio. Con todos los respetos para Sibelius y su actual redescubrimiento. Tampoco haré como el siempre agresivo Th. Adorno que decía que si la música de Sibelius era buena, este hecho invalidaba toda la historia de la música, de Bach a Schönberg. Siempre hay que relativizar.
martes, 6 de octubre de 2009
Quejas Improductivas

Nadie es profeta en su tierra, reza el dicho popular. Cuando la tierra en cuestión es España la afirmación cobra un tamaño descomunal. En España somos expertos en quejas improductivas, deporte que practicamos desde hace muchos siglos, al contrario que nuestros envidiados vecinos galos. Por eso las ideas de la Revolución Francesa llegaron tarde aquí y se desarrollaron mal (ó quizás todavía no han llegado del todo). Pero el tema del estado cortijil con gobernantes de izquierdas que viven 150 años atrás y gobernantes de derechas que viven 500 años atrás no es el de este post. Hablaba antes de reconocimientos. Para poder reconocer, sin embargo, es preciso primero conocer. Y aquí no se reconoce a nadie que antes no haya reconocido el mundo. Y aún así, en algunas ocasiones se desconoce absolutamente todo lo que se aparte de la cultura popular ó el deporte (con todos mis respetos para ambas actividades). El pasado 25 de septiembre falleció en su ciudad natal la mayor exponente del pianismo en España (y una de las mayores en el mundo) de la segunda mitad del S XX, Alicia de Larrocha. Los medios españoles apenas le dedicaron los espacios mínimos de rigor. Aparentemente, todo el interés “musical” del momento estaba centrado en la trama de los ladronicios de Félix Millet y su Fundació Palau de la Musica-Orfeó Català. Los políticos asistieron a los actos fúnebres con aspecto de no saber muy bien a quién honraban (se dió la explicación de que lo hacían así porque la finada poseía la Creu de Sant Jordi -como el propio Félix Millet-). El New York Times, sin embargo, dedicó a la pianista fallecida toda una página de su edición del día 26, así como The Guardian y otros importantes rotativos internacionales. La noticia también apareció en la versión inglesa de varios portales de Internet (las versiones españolas siguen más interesadas en el tamaño de las tetas de ciertas artistas y temas similares). Aunque a muchos ciudadanos españoles (y a la mayoría de los políticos entre ellos) les parezca mentira, la música todavía cuenta en muchos rincones del mundo. En nuestras latitudes se sigue considerando un divertimento menor que sirve de excusa para el encuentro de los elementos de la llamada “sociedad civil”. Lamentable.
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