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jueves, 4 de marzo de 2010
Descubrimientos e invenciones
Normalmente efectuamos una clara distinción entre las acciones que verbalizamos como descubrir e inventar. Descubrimos hechos, fenómenos, objetos, características, espacios ó relaciones preexistentes, mientras que inventamos objetos, procesos ó narraciones que no existían previamente a nuestra intervención. Intuitivamente creemos que los ítems sujetos a descubrimiento ó a invención son muy diferentes entre sí, pero nos equivocamos, ya que por una parte la frontera entre ambas acciones se hace en ocasiones muy sutil y, por otra parte, la verdadera distinción en muchas ocasiones no es externa a nuestro pensamiento y la trazamos así nosotros mismos. Existe un trasfondo insidiosamente implícito en esta distinción, aparte del criterio temporal antes descrito. Y es una cosa tan obvia pero tan poco tenida en cuenta como la incesante modificación de nuestros puntos de vista. La acción de descubrir misma implica un cambio de punto de vista –es una de sus consecuencias más importantes-. La flatland actual tiene el vicio de hacer creer que la frontera entre el desconocimiento y el conocimiento consiste en una especie de panel que se va deslizando progresivamente hacia el lado del conocimiento hasta que el desconocimiento se hace nulo. Es el modelo del queso de bola, que se come hasta hacerlo desaparecer, y que resulta absolutamente insostenible. En el film Charade, de S. Donen, se ilustra este fenómeno de forma muy esclarecedora, ya que asistimos a una multitud de cambios de personalidad por parte de uno de sus protagonistas. A cada cambio, la perspectiva que se ofrece a otro de los personajes –que resulta proyectada sobre el espectador del film- varía consecuentemente. El ejemplo es, sin embargo, limitado, ya que las categorías inocente/culpable ó, más someramente, bueno/malo, resultan ser cerradas en un tipo de film como éste, cosa que no sucede en la realidad si se quiere llegar a mayores niveles de profundidad. Volviendo a los objetos de descubrimiento y de invención, solemos atribuir muchos de los jalones que enmarcan la historia de las ciencias de la naturaleza dentro del primer rango y las creaciones de la fantasía humana dentro del segundo rango. ¿Podemos descubrir un sistema filosófico, ó más bien lo inventamos? La respuesta no es fácil porque depende en grado sumo de la existencia de unos ejes de referencia. Cuanto más reconozcamos tales ejes, más carácter de descubrimiento tendrá nuestra acción. ¿Podemos inventar una teoría científica, ó más bien la descubrimos? La respuesta es similar al caso anterior; cuanto más dependa la teoría de un paradigma preestablecido, más cerca estaremos de un descubrimiento. Pero si la teoría configura un nuevo paradigma, nos acercaremos fuertemente a la invención. El hecho de que en el mundo de las ciencias naturales necesitemos una coherencia lógica interna y de que el objeto nos aparezca en nuestra percepción como externo crea la ilusión de decantar la acción siempre hacia el descubrimiento. ¿Y en el mundo de la creación artística y literaria? Parece que los objetos artísticos provengan de la invención humana. Pero no hablamos nunca de invención sino más bien de creación. ¿De donde está más cerca la acción de crear, de la de inventar ó bien la de descubrir? Parecería que de la primera, aunque el elemento más significativo del mundo del arte es el lenguaje, la forma. Entonces podríamos concluir lo mismo que anteriormente pero con los términos invertidos: las obras de arte que se enmarcan dentro de un lenguaje conocido (“normal” en términos kuhnianos) poseen una componente de descubrimiento mucho menor que las obras que “descubren” nuevos lenguajes (“revolucionarias” en términos kuhnianos). Pero un nuevo lenguaje ¿se descubre ó se inventa? Los lenguajes surgen de la necesidad ó, mejor dicho, están directamente acoplados con el decurso de la historia y sus imbricaciones. Beethoven, Shakespeare y Velázquez ¿inventaron sus obras ó descubrieron un lenguaje –el suyo propio- con el que canalizar su experiencia artística? Ya sé que los mundos del filosofía, el arte y la ciencia no son proclives a una simplística reducción, pero todos ellos son, al fin y al cabo, productos de la actividad humana.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Suicidas
miércoles, 17 de febrero de 2010
Efemérides
Las efemérides, los obituarios y el parte meteorológico –temas ya discutidos aquí en alguna ocasión- constituyen en la actualidad una parte importante de las noticias del día. Hoy se celebra el 410 aniversario del (asesinato/ejecución/ajusticiamiento, el verbo elegido denota finalmente el punto de vista de cada uno) de Giordano Bruno. Bruno fue un sabio que propugnó la teoría copernicana yendo aún más allá, ya que consideraba el universo como infinito, la tierra acéntrica dentro de tal universo (dos afirmaciones que ahora me parecen bastante inconmensurables, en el sentido kuhniano del término) y el sol como una estrella más de entre todas las que se observan, amén de realizar numerosos estudios matemáticos, espaciales y de lenguaje. Bruno también sostuvo puntos de vista personales sobre temas religiosos que le llevaron a ser excomulgado primero por los luteranos y posteriormente a ser juzgado y condenado a muerte por la Inquisición. Ante los hechos que hoy se conmemoran solemos adoptar el punto de vista fácil que considera la evolución del conocimiento y nos hacemos cruces de cómo aquellos sátrapas podían eliminar de forma tan radical a un gran intelectual, que si estaba adelantado a su tiempo, que si la religión es el polo opuesto de la ciencia, etc. etc. Yo lo veo de otro modo mucho más crudo: la historia de la intolerancia, del poder y la conveniencia. Y todo eso sigue ahí, evidentemente con ropajes nuevos (la quema de herejes resultaría hoy políticamente incorrecta). Parecería que actualmente se puede opinar cualquier cosa y todo cabe en nuestra chillona pluralidad; que hoy día nadie se asusta de nada. Mentira. Lo que sucede es que la ideología dominante se ha hecho tan liviana que ha llegado a transparentar, y las discrepancias se toleran si no tocan lo fundamental: el frenesí del consumo. Pero tampoco hay que confundirse: las hogueras ejemplares han cedido, pero las misteriosas desapariciones y los asesinos a sueldo siguen ahí.
jueves, 11 de febrero de 2010
Indigo children
Leo en algún lugar un escrito sobre un tema que hace años que coletea y creo que constituye un ejemplo bastante claro de la falacia pre-trans que suele acompañar a muchas de las manifestaciones de los movimientos New age. Se trata del fenómeno de los niños índigo. Estos niños encarnan supuestamente una nueva etapa evolutiva en la historia del desarrollo de la conciencia. Es por ello que no encajan en absoluto en su entorno, poseen un comportamiento autista –ya que supuestamente se comunican transverbalmente- y no creen en la autoridad de padres y educadores. Por mi parte estoy convencido de que la humanidad está sufriendo –como todo el universo, por su parte- un desarrollo desde el origen y que además dicho desarrollo se puede objetivizar como discontinuo y proceder de tal modo por saltos cuánticos. No tengo demasiados problemas para admitir que algunos de los niños de hoy puedan llegar a alcanzar un elevado grado de evolución de conciencia en el futuro. Lo que sí me resulta más sospechoso es que dichos niños nazcan ya con una parte siquiera de dicha evolución ya desarrollada. Porque el desarrollo infantil parte del punto cero de conciencia, del punto en que se hallaban nuestros más primitivos ancestros (Piaget y la mayor parte de la psicología al uso dixerunt). Conforme la historia se desarrolla y diferencia, el camino a seguir desde el nacimiento hasta la madurez también se agranda y, evidentemente, aunque un humano y un chimpancé partan de un punto similar, podemos reconocer fácilmente que, en el primer caso, la esperanza de desarrollo es muy superior que en el segundo por un puro problema genético. Volviendo al tema inicial, gran parte de las supuestas cualidades transconvencionales de los niños índigo mucho me temo que derivan de una mala interpretación por parte de los adultos. Lo que para mí no hace sino reflejar la decadencia de un período (y esto, visto desde una perspectiva lo suficientemente lejana, es bueno, ya que permite el nacimiento de uno nuevo) se toma como prueba fehaciente de progreso. Los padres de los supuestos niños índigo prefieren pensar que su hijo es diferente a que esté expresando el malestar de una época: una nueva forma de manifestación de narcisismo. Conviene distinguir entre la rebeldía permanente del monje zen y la rebeldía del revolucionario, que normalmente se acaba en seco el día que consigue hacerse con el poder.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Flujo
Cualquier buen actor, músico, deportista, locutor, bailarín, profesor ó piloto aéreo sabe perfectamente que durante el ejercicio de su profesión (durante su performance, diríamos) no puede –no debe- establecer una metaposición que lo lleve a observarse a sí mismo de forma objetiva ó externa, so pena de una interrupción en el flujo de la acción con el consecuente “accidente” ulterior. Solamente cuando uno se implica en primera persona es cuando el resultado que se obtiene (visto desde tercera persona) tiene un valor subjetivo real. Me gustaría reflexionar sobre la posibilidad de que el panorama descrito no solamente tuviera su aplicación en las tareas performativas enumeradas anteriormente sino que se extendiera también hasta otros ámbitos del quehacer humano. Creo que se trata de una cuestión de suma importancia en lo que se refiere al estudio de la consciencia. Lo primero que se me ocurre es que algunas de las tareas descritas al principio (actor, deportista, profesor) forman en realidad parte del quehacer diario de cualquier persona independientemente de su oficio ó profesión. La mente, nos lo enseñan las sabidurías y disciplinas orientales, juega muy malas pasadas y tiene una innegable tendencia a proyectarse fuera del aquí y ahora que resultan cruciales en los asuntos que expongo (y en la inmensa mayoría de los que les son subsidiarios). Es interesante observar que las tareas enumeradas al principio tienen en común el empleo de una forma ú otra de la psicomotricidad. Las tareas puramente intelectuales ó puramente mecánicas (de éstas últimas existen muy pocas que los humanos puedan practicar, salvo las resultantes de las afecciones neurológicas de mayor ó menor gravedad) no requieren de tales prevenciones. Otros factores que influyen en estas tareas son la presencia de un público potencial ó de una necesaria demarcación temporal. Si la acción en cuestión no precisa de una determinada cadencia ó ritmo muy concretos se ve aparentemente menos afectada por la aparición de metaespacios mentales, a no ser que nos sintamos observados, en cuyo caso puede darse de nuevo la tentación de interrumpir el flujo natural con la consiguiente impresión de falsedad que se imprime inconscientemente en nuestra pequeña performance. Hablamos en ocasiones de la “gente que se escucha a sí misma” como un símil para personas con un distinguido sentido del ego ó que pierden su discurso en pos de una exhibición. ¿Qué decir entonces de una actividad como la meditación? La meditación no posee en principio una componente psicomotriz pero sí se ve afectada por la aparición de (meta)espacios mentales, que inhiben al punto la presencia de posibles espacios transmentales. Ahora bien, la meditación es más bien una actividad trans-mental (sin componentes intelectual ni mecánica) que también requiere un flujo, no asociado éste a la tarea performativa (a diferencia de las actividades psicomotrices) sino más bien a la superación de direcciones mentales. Durante la meditación el meditador pretende diluir su propia yoidad para aparecer como un proceso que es parte y a la vez constituye un todo con el mundo. Esta ‘desobjetualización’ de sí mismo nada tiene que ver con la subjetividad de los románticos; más bien estaría emparentada con el ‘flujo’ asociado con las actividades performativas a las que aludía al principio.
martes, 26 de enero de 2010
Plasticidad
El descubrimiento de la “autoplasticidad” del cerebro humano es uno de los más significativos y de mayor alcance que las biociencias nos han ofrecido en estos últimos tiempos. No se trata de un simple descubrimiento porque de hecho está modificando de forma radical el pensamiento ortodoxo que enmarca tales ciencias. O sea que responde a la lúcida afirmación heideggeriana de que nuestra búsqueda de la verdad nos lleva no al hallazgo de simples contenidos nuevos sino más bien a la modificación de nuestro pensamiento. El hecho de que la estructura sináptica neuronal pueda ser modificada por el entorno debilita el paradigma cartesiano-newtoniano, la separación dualista entre res externa y res cogitans, sugiriéndonos que la materia es la contrapartida externa de los procesos internos y no una entidad separada, es decir, replanteando la dualidad estructura-función como una pareja complementaria de abordajes. También nos recuerda que no somos una entidad separada de la naturaleza sino que formamos parte de ella.
miércoles, 20 de enero de 2010
Divos
Normalmente asociamos la palabra ópera con todo un mundo peculiar en donde divas y divos se mueven a su antojo en medio de un ambiente kitsch, falso y demodé. Esa es la imagen externa del asunto (y, de paso, el cliché que los medios nos ofrecen). Realmente la mayoría de tales divas y divos no tienen mucho que ofrecer salvo la pura exhibición, y buena parte del repertorio –que el público específico de tal espectáculo sigue reclamando religiosamente- no tiene mayor interés que las soap operas ó telenovelas contemporáneas. Acabo de leer el decálogo de Eusebio Ruvalcaba en el que este autor manifiesta su repulsión por la ópera contraponiéndolo a su amor ilimitado por la música de cámara. Hombre, en el repertorio de la música de cámara, como en el de la ópera, también hay obras flojas. Lo que sucede es que el público no las está reclamando continuamente. Quizás en el mundo de la ópera ha jugado un papel (demasiado) importante el intérprete, que ha llegado así a desvirtuar el sentido de la obra. La ópera –ya lo he escrito en alguna ocasión- es un género dramático en el que el tempo y la expresividad vienen pautados por la música. Ésta es una definición muy amplia, ya que también incluiría la danza y otras disciplinas, pero muy contrapuesta a la visión común que concede el protagonismo al canto y, en todo caso, considera cuando más al espectáculo como una mera suma de disciplinas. En alguna ocasión he leído que en el S XX el lugar que ocupaba la ópera ha sido desplazado por el cine. Eso creo que es fundamentalmente cierto si exceptuamos las obras maestras (de la ópera y del cine). O sea que ciñamos la afirmación al mero espectáculo de pasatiempo de masas. Porque la afirmación sin la acotación que acabo de hacer tendría tan poco sentido como la de que en el S XX el cine ha desplazado al teatro. El cine y el teatro son géneros muy diferentes y que además se han influenciado mutuamente a lo largo de los últimos cien años. El cine es como el teatro un género chronique y dramático, pero cerrado, como las artes plásticas, en contraposición al teatro, abierto a la interpretación. En la ópera la música actúa como fijador y, por tanto, limita y dirige el sentido de la pieza (a pesar de las incursiones cada vez más atrevidas de los metteurs en scène, fauna que actualmente ha desplazado a los cantantes en las funciones de divos). Así, la forma dramática de Boris Godunov (frescos épicos), La Bohème (cuadros intimistas), Pelléas et Mélisande (acción simbolista), Wozzeck (cortas y numerosas escenas cinematográficas) o Einstein on the beach (acción sin objetivos) viene altamente condicionada por la música y el conjunto llega a constituir todo un weltanschauung. El decálogo de Ruvalcaba también me sugiere que existen por lo menos tres tipos de compositores. Los arquitectos, de pensamiento formal-abstracto, como Bach, Haydn, Beethoven, Brahms ó Boulez (que no están a gusto en el teatro); los ingenieros, de pensamiento dramático-diacrónico, como Haendel, Mozart, Wagner, Verdi ó Strauss (que piensan teatralmente aunque escriban una obra no teatral); y los poetas, que se escapan de ambas clasificaciones, como Schubert, Chopin, Debussy, Mompou ó Feldman (que escriben pequeñas piezas sin necesidad aparente de arquitectura ni ingeniería). Aunque la mayor parte de compositores mezclan los tres tipos (Monteverdi, Purcell, Mendelsohn, Schumann, Mahler, Schönberg, Bartók, Stravinsky, Hindemith, Messiaen, Berio….). Espero poder desarrollar más adelante ésta última idea.
sábado, 9 de enero de 2010
Apertura
Parece una contradicción el hecho de que la misma ciudad que se erigió hace más de medio siglo como campeona del europeísmo y sustentadora de un proyecto transestatal, es decir que apostó por la apertura hacia, diríamos, un holón de orden superior, sea incapaz de manejarse adecuadamente con un holón de orden inferior. Me refiero a los problemas nacionalistas en Bélgica. Jaques Brel –uno de los belgas más gloriosos del último siglo- dijo una vez que si él fuera el rey obligaría a todos los flamencos a pasar 6 meses al año en Valonia y a todos los valones el mismo tiempo en Flandes. No creo que ésta fuera una actitud puramente jacobina ni de exaltación nacionalista pro-belga. Se trataba más bien de un intento de abrir la mente y superar los recelos. Los nacionalismos pueden –y deben- de tener su lugar en una futura Europa transestatal, lo que se ha venido en llamar la Europa de las regiones. Lo que no creo que sea tan positivo desde una posición evolutiva son los viejos nacionalismos excluyentes; los que se definen en términos de negaciones varias, incluida la de interdependencia, y que suelen acabar recurriendo a regresiones míticas (el nazismo como caso más extremo). Pertenezco a una generación para la cual la integración española en la Unión Europea en 1986 supuso un hito realmente histórico: la posible solución de muchos problemas endémicos gracias a un “simple” proceso de dilución. El tiempo ha demostrado la limitación de tales expectativas, aunque el proceso sigue abierto y es de esperar que algún día acabe conduciendo a una unión política de facto y a la superación del viejo concepto moderno de estado.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Mezcolanza
En estos días navideños siempre parece ponerse más en evidencia la mezcolanza de elementos míticos mal sedimentados, la fijación al tópico más casposo y el sentido comercial salvaje que constituyen nuestros polos estéticos, mentales y morales. Mezcolanza extrañamente inestable y explosiva, además, por reunir de forma íntima elementos regresivos y escapistas. Todo sustentado en un falso sentimentalismo de grandes almacenes. Perdón: sé que me repito demasiado... Bon voyage!
sábado, 19 de diciembre de 2009
Valoración
Cuando un individuo ó una sociedad miran hacia su pasado y creen verlo de color de rosa en relación a su presente está jugando una parte importante en la apreciación el olvido selectivo, el escapismo regresivo y aspectos mentales-culturales todavía más inconscientes, como la mitología occidental del paraíso perdido. Si subimos un nivel el grado de consciencia de la apreciación y constatamos, pruebas en mano, que quizá no estemos siendo justos y que infraestimamos tanto los aspectos negativos del pasado como los positivos del presente, aún así se nos presenta una diferencia: en el pasado no valorábamos tanto las situaciones; las vivíamos sin tanta prosa y punto. El hecho de efectuar de forma creciente tal valoración puede estar unido a la edad, tanto personal como social. Con la edad hay más historia y menos horizonte. Dicho de otro modo; en el pasado, aun viviendo situaciones difíciles, se tenía menos necesidad de psicofármacos –de hecho, no hubo demasiada necesidad de inventarlos hasta pasada la II Guerra Mundial-. Evidentemente no juzgo los tiempos sino que –como buen INTP- intento percibir, desentrañar, encuadrar (que son parte de mi forma de entenderlos). Muy probablemente la vida muelle y narcisista que envuelve a buena parte de nuestra sociedad es la responsable nuestra bajísima tolerancia a la frustración.
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