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miércoles, 4 de febrero de 2015

Otoño


                          
                           Aquella fresca mañana de otoño avanzado haría de nuevo disfrutar simultáneamente del cálido sol y de la atmósfera seca a los pocos jubilados que cada día seco y soleado se reunian en los venerables bancos de la plaza mayor para evocar historias pasadas, para cotejar historias presentes y para conjurar historias futuras. Era la época del año que mejor inspiraba a Pablo, el huérfano de Marx y Lenin, a quien se le hacía particularmente difícil pensar fuera del paradigma del materialismo histórico. Hay que decir que Pablo, a pesar del discurso un tanto radical que toda la vida había exhibido, era un buenazo de veras a quien la existencia no había tratado con demasiada amabilidad. El eterno contrapunto de Pablo –en el sentido más bachiano del término- era Ernesto. Ernesto era, hablando en plata, un fiel representante de lo que vulgarmente se llama un tocacojones. Siempre estaba al acecho de cualquier idea que sus compañeros lanzaran al aire para arrojarse encima y machacarla esgrimiendo el más fútil de los argumentos. Aun cuando en ocasiones tuviera razón –que la tenía, a veces, como todo el mundo-, su manera de defenderla lo hacía el blanco perfecto del malhumor periódico sobre el cual el grupo de amigos proyectaba sus dolencias y achaques cotidianos. Guillermo, el hombre práctico, era quien ocupaba el lugar del pacificador, poniendo en ocasiones coto a los desmesurados aspavientos de Ernesto y los apasionados rugidos de Pablo. Guillermo, quien, en aras de la practicidad, se había casado tres veces, era el mejor amigo del soltero Ernesto y el divorciado Pablo. Los tres jubilados, a fuerza de haberse encontrado en la plaza durante un significativo período de tiempo, habían reforzado sus lazos de camaradería hasta un punto que bien podía rozar lo que usualmente llamamos amistad. En ocasiones se sumaba al grupo un cuarto parroquiano, José Antonio. José Antonio hacía las veces de d’Artagnan, habida cuenta de que la gente del pueblo, un tanto socarronamente, había bautizado al grupo como “los tres mosqueteros”. José Antonio era un poco más joven que sus correligionarios. Su situación laboral, de hecho, era la de prejubilación, aunque su carácter inquieto no le permitía demasiados momentos de dedicación a las especulaciones, evocaciones, cotejos y conjeturas a las que sus compañeros se entregaban con tanto abandono. Tras su retiro como funcionario en un departamento de investigación biofísica estatal, había encontrado tiempo para dedicarse al estudio y a la reflexión sobre los temas que más le interesaban, como la historia de la ciencia, del arte y del pensamiento. Juan Antonio se relacionaba tanto con jóvenes a los que casi triplicaba en edad como con gente mayor que él. De todos extraía consejos (que luego, evidentemente, no seguía), reflexiones y necesidades. José Antonio tenía, por tanto, intereses muy diversos y una mente abierta. Y justamente aquella mañana de otoño avanzado hizo coincidir a los cuatro personajes en su centro de operaciones de la plaza mayor. Después de la habitual sesión de evocaciones, cotejos y conjuras, José Antonio subió el tono de la reunión entrando en el turno de las especulaciones.
“–Si la evolución parece que acaba haciendo progresar un sistema –y en eso de progresar habría que definir el término, de manera que todos entendiéramos lo mismo-, por qué en estos momentos la sociedad parece involucionar a marchas forzadas?”. Para Pablo la respuesta estaba clara: el capitalismo salvaje nos estaba llevando a la ruina. Ernesto, aunque en el fondo pensaba de forma similar, se dejó llevar por su rol de forma natural y corrió a desmentir a Pablo:
“-El capitalismo salvaje era la contrapartida del socialismo salvaje. Después de la caída de la URSS no queda ni lo que se entendía entonces por socialismo ni por    capitalismo.” Guillermo añadió un enfoque más amplio de la cuestión:
“-El problema es de orden moral: con el capitalismo salvaje y con el socialismo salvaje el clima moral era mucho más elevado que ahora. La crisis global ha hecho rebajar el umbral de lo moralmente reprobable hasta mínimos históricos.” Juan Antonio asentía a todas las observaciones de sus amigos. Su perspectiva era aún más amplia:
“-En los momentos de crisis todos los referentes se hacen borrosos. No solamente los sistemas socioeconómicos; también las consideraciones morales, la percepción de los hechos del pasado, la visión del mundo a todos los niveles. Las cosmovisiones aparecen y se renuevan con una gran explosión que barre gran parte de lo anterior”.
Para Juan Antonio el quid de la cuestión era mantener la conciencia de la comunidad lo más lúcida posible para afrontar el cambio que ya estaba ocurriendo. Y esto solamente se podría lograr a través del conocimiento, de la cultura, de la experiencia. Juan Antonio había actualizado el famoso principio de Hermes Trismegisto, convirtiendo el “como arriba es abajo” a un más post-cartesiano “como afuera es adentro”.
En estos coloquios iban Juan Antonio y sus mosqueteros cuando una nube de polvo apareció en el horizonte. Era tan espesa que diríase producida por un fenómeno natural de consecuencias graves, como un terremoto o un ciclón. Nuestros protagonistas se quedaron boquiabiertos de sorpresa y petrificados cuando se apercibieron de lo que acontecía.

lunes, 5 de enero de 2015

2015



            La suite pianística de Modest P. Moussorgsky Cuadros de una Exposición constituye, a mi parecer (no soy original en esto), una de las piezas clave de la segunda mitad del S XIX. Su singularidad aplica a los más diversos ángulos desde los que se considere la obra. En primer lugar, su falta de ascendentes pianísticos. No podríamos encontrar una obra más alejada, desde el punto de vista instrumental, de la corriente centroeuropea en la que bebieron en el XIX los compositores para el piano, y no solo los centroeuropeos (y a pesar de ello la obra es absolutamente pianística, como gran pianista que era su autor). Desde el punto de vista del oyente neófito la obra parece más bien una extraordinaria reducción pianística de una de las tantas versiones orquestales a las que ha dado lugar. Si rastreamos la historia de su composición, parece que Cuadros se compuso de forma muy rápida, casi febrilmente (algunas fuentes citan tres semanas como período compositivo: junio de 1874). Acerca de su naturaleza programática y su relación con las pinturas de Viktor Hartmann que se expusieron a raíz de su prematuro fallecimiento también es curioso apuntar que los pocos cuadros que se conservan (5 obras; alguna de las cuales no pasa de esbozo) no guardan una relación “cuantitativa” directa con su traducción musical. Es evidente que los cuadros de Hartmann simplemente catalizaron la creación de una obra musical de mucha más envergadura. A pesar de ello, el aspecto literario-pictórico cuenta, y mucho, a la hora de acercar esta obra al gran público (Cuadros forma parte del reducido y selecto número de obras musicales capaces de interesar a todo tipo de públicos, desde el más naïf hasta el más entendido). La obra, de la que no existen pruebas de que se interpretase públicamente en vida del compositor, sufrió de un azaroso periplo. Editada, como otras piezas de su autor, bajo los auspicios de su amigo y colega del “grupo de los cinco” Rimsky-Korsakov (que siempre apreció las dotes de Moussorgski pero difícilmente creyó que en realidad fuera el más dotado, con mucho, de todos ellos) disfrutó, desde el principio y a causa de su propia naturaleza, de múltiples orquestaciones (existen unas 27 orquestaciones registradas además de unos 50 arreglos totales o parciales para otras formaciones, en los más diversos estilos, pasando por el jazz y el rock). La presentación “por la puerta grande” en Occidente tuvo lugar en 1922, en la famosa orquestación de M. Ravel, encargada por S.Koussevitzky (quien retuvo los derechos de ejecución durante años) e interpretada en París en una gala de los Ballets Russes de Diaghilev. El propio Diaghilev se había encargado de presentar por vez primera la música de Moussorgsky en la Cité-Lumière anteriormente -Boris Godunov, en 1908-, hecho que influyó grandemente en la evolución musical de principios del S XX a través de Debussy, Ravel y posteriormente Messiaen y otros compositores. Cuadros llegó, por tanto, tras la muerte de Debussy; casi se podría decir con ironía que su influencia precedió a su estreno. Los dos elementos musicales más llamativos del estilo de Moussorgski (melodías de acordes y sucesión de acordes separados por un tritono) constituyen los polos alrededor de los cuales bascula el carácter de la obra. El primer elemento (el “polo angélico”) viene representado por los fragmentos intermedios (Promenades) que separan los diversos movimientos, culminando en el último cuadro, La Gran Puerta de Kiev, donde el tema adquiere un carácter grandioso. El segundo (el “polo demónico”), de novedoso contenido armónico, viene representado por las atmósferas tétricas (Gnomus, Catacombae, Baba-Yaga) e incluso solemenes (Campanas en el fragmento final). No me resisto a celebrar el año nuevo con mis queridos lectores recomendando las más diversas versiones de esta gran obra: la original pianística en una más que notable versión  exenta de divismo pianístico, la orquestación de Ravel, la muy demandante reducción guitarrística, la improbable versión organística, la primera y muy celebrada en su tiempo versión pop, la más que exótica versión para dos arpas, una versión para percusión, dos fragmentos con aire jazzístico, etc, etc, etc….

¡¡FELIZ 2015!!

sábado, 3 de enero de 2015

Finalismos


                   
           Desde hace más de una década el epígrafe “misión” luce en las más variadas empresas, desde caterings hasta transportes pasando por industrias, universidades, funerarias o apestosos canales privados de tv (donde exhibición escandalosa y memez galopante son también ampliamente justificadas de esta escasamente sutil manera). Todas ellas tienen una misión o, mejor dicho, se ven en la apremiante obligación de exponer su misión, que siempre resulta de lo más esperado y convencional (a pesar de que todas han hecho un buen desembolso a la parasitaria compañía generadora de “misiones”). Es curioso: la necesidad de una teleología ha sido una constante en la historia de occidente. De hecho, lo ha sido tanto la necesidad de buscar una finalidad como la de negarla, en una estéril dicotomía que todavía actualmente sigue debatiéndose en las arenas de la ciencia. El modelo darwiniano, desde sus orígenes, ha sido evaluado en cuanto a la supuesta falta de finalidad en su concepto de evolución y, curiosamente, el debate sigue hoy en dia en algunos sectores no tan irrelevantes de la sociedad americana. Digo curiosamente porque aparentemente nadie –ni los unos ni los otros- se ha molestado en considerar un modelo evolutivo más actualizado, conteniendo la teoría de sistemas y las matemáticas del caos, en donde “loops” de acoplo negativo y atractores extraños cumplen una función que debería de fascinar y abrir la mente tanto a un bando como al otro. Incluso en Europa, un escéptico un tanto histriónico como Richard Dawkins se ha permitido burlarse públicamente de la hipótesis Gaia en pos de una supuesta teleología que el modelo de James Lovelock nunca ha contenido. Los relatos míticos, en donde los personajes simbolizan diversos aspectos de la psique humana y las fuerzas del bien y del mal libran sus perpetuas batallas, abundan en teleologías. La finalidad, a fin de cuentas, representa, como la causalidad, una simple perspectiva que forma parte de un todo complejo que se embucla en sucesivas holoarquias. En nuestra relación con este todo complejo resulta mucho más operativo hablar de significación que de finalidad. Significación es un término proveniente de la psicología, pero no tan personal o privado como nos podría parecer de entrada. Recordemos que la significación es el cordón umbilical entre mente y phisis que sostiene el concepto junguiano de sincronicidad. Esta simple modificación nos ofrece la posibilidad de participar de tal complejo en vez de objetivizar algo tan rico, polifocal y multifinalitario.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Sabios


            
               En épocas no muy lejanas en las que todos conocíamos nuestras limitaciones era normal que otorgáramos un crédito a aquellos personajes –contemporáneos o históricos, próximos o lejanos- que mostraran un especial conocimiento o experiencia en algún campo del saber. Actualmente nuestros límites y nuestra ignorancia permanecen ocultos para gran parte de la ciudadanía. Han sido substituídos por el malentendido de que merced a un derecho a opinar y emitir juicios de conversación de café –que, evidentemente, todo el mundo posee- se conviertan en tesis y tengan el mismo valor que las reflexiones ponderadas, meditadas, fruto de la experiencia y la sabiduría en el sentido más precioso de este término. Sólo tomamos como referencia a los científicos en general, porque normalmente tratan de temas desconocidos para los no científicos y porque creemos, efectivamente, que su palabra representa un tipo de verdad absoluta dentro del paradigma materialista que todavía pesa mucho en nuestra sociedad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Geometrías

                      
                     Recuerdo cuando en mi época de estudiante (estudiante formal, porque mi época de estudiante aún continúa, ¡y que sea por muchos años!) oí hablar por vez primera de geometrías no euclidianas. El profesor de turno hizo cierto hincapié en que, ciertamente, el mundo real se rige por la geometría euclídea y las otras geometrías venían a ser especulaciones matemáticas que tienen su utilidad en modelos físicos no newtonianos como el relativista. La geometría euclídea se corresponde con la estructura cognitiva mental-racional, lo mismo que la mecánica newtoniana. Lo cual dista mucho de decir que represente la realidad. La realidad la vemos con nuestras percepciones físicas y nuestra conciencia (que también interviene en nuestras percepciones físicas, por cierto), y lo más curioso (o no) es que nuestra conciencia evoluciona y con ella nuestras percepciones y constructos. El corpus de esta evolución está constituído por el ascenso dimensional, la progresiva relativización de una percepción o de una idea que pasa de ser innata a ser un constructo. Para hacer mediciones exactas en dos dimensiones sobre la superficie terrestre la geometría euclídea no nos sirve porque la superficie terrestre no es plana sino curvada, de manera que la geometría elíptica nos da medidas más exactas (así nos explicamos que las trayectorias de los vuelos que cubren grandes distancias parezcan desafiar la intuición geométrica sobre el plano). El ascenso dimensional en este caso está claro. Cuando pasamos a un espacio tetradimensional (el de la relatividad general) el aumento de orden dimensional es similar, aunque menos intuitivo. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

D+1


                   Es evidente que cada uno contempla la vida desde un marco de referencia que contiene todos sus datos de itinerancia. Desde unos modos concretos, que conllevan unas perspectivas innatas privilegiadas (percepciones físicas, mentales) pasando por una historia concreta de hábitos y adquisiciones hasta un momento concreto de la evolución y edad de cada uno. El hallazgo más deseado por parte de filósofos, científicos y artistas es el de la ética, la certeza y la belleza objetivas. Y esto, dicho en pocas palabras, no existe. Lo cual está muy lejos de afirmar que la ética, la certeza y la belleza no existan e incluso tienen un valor trascendente, más allá de nuestras puras percepciones.