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lunes, 28 de febrero de 2011
Dinero
jueves, 24 de febrero de 2011
Estadios
En una ocasión Rimski-Korsakov aconsejó a su discípulo Stravinsky que se abstuviera de escuchar demasiado la música de Debussy, a riesgo de acostumbrarse a ella y acabar aceptándola. Esta actitud corresponde a la del creador que intuye pero no acaba de comprender la genialidad de sus sucesores. En términos parecidos se encontraba Puccini cuando le dijo a su admirador Diaghilew que la música de su protegé Stravinsky era “horrible, pero llena de genio”. De nuevo vislumbramos los mismos afectos en Mahler, quien tras defender públicamente de forma ardorosa a su discípulo Schönberg, exponía en privado sus dudas acerca de la música de los jóvenes (aunque sus edades solamente diferían en 14 años). Es evidente que el trasfondo que subyace en esta actitud es el del miedo. Miedo a ser superado, miedo a perder un status o miedo a la decrepitud. Miedo, eso sí, sublimado y contextualizado por la mente, que informa a la conciencia acerca de las virtudes de lo que está por venir o en ciernes. Este miedo, en el fondo, es el propio de todo estadio individualizado respecto al proceso del que forma parte. Es el miedo de Layo cuando se le anuncia que morirá víctima de su hijo Edipo (cosa que ocurre posteriormente pese a todos sus empeños, aunque Edipo pague su crimen con la regresión, es decir, con la negación del proceso). También el de Cronos-Saturno, que devora a sus hijos por temor a que hagan con él lo mismo que él hizo con su padre Urano-Caelus. Curiosamente, en nuestros días se ha empezado también a dar la situación contraria. Así, por ejemplo, Messiaen juzgando a Dutilleux como alguien que, pese a ser más joven (8 años) que él, ha utilizado elementos de su propia sintaxis de forma mucho más conservadora. O algunos de los compositores americanos del minimalismo y postminimalismo renunciando compulsivamente al serialismo de sus mayores. Vivimos en una época que por un lado muestra un gran potencial expansivo pero el grueso de la sociedad que todavía la rige adopta defensivamente una actitud contractiva que se refleja en tales aparentes involuciones.
domingo, 20 de febrero de 2011
Reuniones
Cada vez se tiene más tendencia a planificar -y con ello a acotar- el futuro a corto/medio plazo. Sabemos ya en enero qué reuniones tendremos el próximo diciembre, con quién y los temas que se discutirán. Pensando un poco más (siendo creativos, dirían los falsos profetas de la psicología industrial), hasta las conclusiones a las que llegaremos. Y si me apuras un poco, hasta podríamos escribir ahora el acta del futuro meeting (solamente quedará por añadir la jerga de moda del próximo diciembre). ¿Es ésta la racionalidad de la que tanto nos enorgullecemos? Frente a este fascinante panorama solamente se me ocurren tres explicaciones: o somos unos comediantes de primera, o estamos bajo mínimos en nuestro proceso de evolución o estamos tan asustados que pretendemos no trascender el tiempo, sino detenerlo dentro de lo posible. Posiblemente las tres son ciertas.
martes, 15 de febrero de 2011
Escaleras mecánicas
domingo, 13 de febrero de 2011
Consejos
El consejo bienintencionado es un arma de doble filo. Ante un dilema o una situación compleja, cuando alguien se siente perdido y pide consejo a alguien de su confianza en muchas ocasiones acaba obrando de forma opuesta a la que se le había aconsejado. Ello se debe, sin duda, a que el valor del consejo no es otro que el de provocar una catarsis, de desembozar una situación de falta de flujo. Y la catarsis la debe de experimentar necesariamente el aconsejado, quien ya ha experimentado el nudo de la situación compleja. En ocasiones el aconsejador basa su consejo en el intento de abrir los ojos del aconsejado a una realidad que se le escapa o no acierta a captar con un grado suficiente de integridad. Pero el aconsejado rara vez abre los ojos porque aunque lo haga, su realidad puede ser muy diferente a la del bienintencionado aconsejador. Decía Satie: “haz lo contrario de lo que he hecho yo: no hagas caso a nadie”. Cuando alguien mayor que tú en experiencia, edad o grado jerárquico te intenta hacer ver el mundo a través de sus ojos lo debes de respetar (especialmente, en el primer caso, algo menos en el segundo y mucho menos en el tercero) y sacar un provecho de su privilegiada situación relativa, pero de ningún modo debes de dejar de oír tu voz interna, tu intuición, que seguirá contigo por una buena parte de tu vida. Eso sí, debes de educar y hacer madurar en grado sumo tu intuición, tu voz interna y tu conciencia en general, porque en caso contrario puedes llegar a estadios regresivos con suma facilidad (y encima confundirlos con signos de madurez, tal es el poder seductor de las regresiones).
sábado, 5 de febrero de 2011
Medallas
Una clara consecuencia del aumento del narcisismo y del ego-que-no-fluye es la creciente utilización –a todas luces, con éxito- de la condecoración como forma de retribución. Sea en forma de medalla (sin fondos asociados, al estilo militar), sea en forma de premio ó simplemente en forma de exposición pública, la condecoración es capaz de comprar almas, hacer callar bocas y serenar los ánimos hasta nuevo aviso. Dice Raimon en una de sus pocas canciones irónicas que hay gente que ha resistido la tortura pero no la adulación. Los recién condecorados de hoy en día no aguantarían la tortura a la que alude la canción, pero para ellos la baja exposición pública ó la falta de reconocimiento ya es una forma de tortura. Son los mediocres antiprofesionales que genera hoy día el sistema de retribución por objetivos, perversión favorita de un sistema que hace aguas por todos los costados.
viernes, 28 de enero de 2011
Nuestra
Hace poco asistí a una discusión sobre el recurrente tema de la religión cristiana como base de la cultura occidental. Estoy plenamente de acuerdo con el enunciado (simplemente, ¡por definición histórica de cultura occidental!). En lo que discrepo es en el ámbito de aplicación de dicho enunciado. Cuando se alude a la “base de nuestra cultura” ya empiezo por cuestionar el alcance del posesivo “nuestra”. Por mucho que la canciller Merckel haya declarado que la interculturalidad haya fracasado en Alemania creo que se está refiriendo más a una situación social en un momento concreto que al aspecto integral de un proceso evolutivo. El alcance del posesivo “nuestra” depende enteramente del grado de evolución de quien emita tal adjetivo. Para un tanto por ciento elevado de personas “nuestra” se refiere al común denominador de “nación” (en el sentido de estado o no) y para un porcentaje resueltamente menor al de “ámbito cultural”. En ambos casos, eso sí, las fronteras de “nuestra” se definen operativamente a partir de la concepción de “vuestra”, entendiendo que “vuestra” hace referencia a un objeto de la misma clase pero del que el sujeto no forma parte. Conforme la barrera de la inclusión va avanzando –y, consecuentemente, el territorio excluido va retrocediendo- los conceptos se amplían al tiempo que las categorías se van desdibujando. Cuando “nuestra” alcanza toda la especie humana el mapa ya varía considerablemente, y todavía más cuando “nuestra” alcanza a todo ser vivo e incluso más allá. Desde esta perspectiva las religiones se nos presentan como base de los diferentes sistemas culturales y, como tales, válidas hasta cierto nivel de desarrollo. No es que más allá resulten falsas sino que la espiritualidad, en las fases transmodernas, se expresa necesariamente de otra manera consecuentemente más evolucionada. Y la transculturalidad, véalo como lo vea Merckel, es un proceso que está en marcha (de la misma manera que para buena parte de la juventud actual ya no existen las barreras intraeuropeas, otro ejemplo de evolución). Transculturalidad simplemente significa el interés por la ampliación de unos horizontes y nunca, como algunos creen, la comparación entre marcos de referencia, que inevitablemente llevará a la creación de luces y sus correspondientes sombras. Y la supuesta “fusión” no conduce, si está bien hecha, a la mera unión gris de todos los colores que parece buscar la postmodernidad, sino a la apertura de nuevas estructuras, a la creación de nuevos espacios.
viernes, 21 de enero de 2011
Paternidad forzada
Existe una buena colección de piezas musicales que han alcanzado una notable celebridad –o la alcanzaron en un momento determinado- y que han sufrido lo que podríamos denominar una “paternidad forzada” ya que en su momento fueron atribuídas equivocadamente a famosos compositores. Durante muchos años la llamada Sinfonía Jena fue erróneamente considerada como una pieza de juventud de Beethoven (¿intereses comerciales de su editor?), aunque hoy sabemos que se debe a la pluma de un tal Friedrich Witt (que realizó un semiplagio de la sinfonía 97 de Joseph Haydn). La popularísima Sinfonía de los Juguetes fue atribuida a Haydn durante muchos años para después pasar a formar parte del catálogo de Leopold Mozart y, más recientemente y con algunas disputas, del monje Edmund Angerer. Un caso curioso de lo que podríamos llamar “abandono prematuro” es el de la canción “Se tu m’ami”, atribuida por Alessandro Parisotti a Gian Battista Pergolesi en su famosa recopilación de arias y canciones del barroco, todavía en uso en los estudios formales de canto. Lo más curioso del caso es que Stravinsky hizo uso de esta canción para su ballet de 1920 Pulcinella, basado en reelaboraciones de música de Pergolesi. Parece ser que el autor de la famosa canción no fue otro que Parisotti, que la “coló” con picardía entre las piezas clásicas que había recopilado (entre las cuales, dicho sea de paso, había otros “errores de paternidad” involuntarios, como la no menos célebre “Quella fiamma” atribuida a Benedetto Marcello y compuesta en realidad por Francesco B. Conti). Gran parte de la música orquestal atribuída inicialmente a Pergolesi (quien murió con 26 años) ha sido en tiempos recientes “recolocada”. La también famosa pieza “El trompeta voluntarioso”, que forma hoy en día parte integrante del paquete de “tópicos musicales-nupciales” fue hasta hace algunas décadas atribuída a Henry Purcell cuando en realidad es obra de Jeremiah Clarke (y su nombre real es “Marcha del Príncipe de Dinamarca”). Un último ejemplo: el celebérrimo dúo de los gatos, que está basado en temas musicales de Rossini, pero no se debe a la pluma de este compositor sino al británico R.L. de Pearsdall. En la mayoría de los casos citados unas obras que habían sido bastante populares fueron atribuídas a supuestos autores más reconocidos que sus más humildes originadores. Aquí no vale la prueba del ADN (gracias a Dios).
viernes, 14 de enero de 2011
Rachmaninov
La progresiva merma del nivel cultural medio de la sociedad constituye, a mi modo de entender, otra forma (más suave y cotidiana que las descritas en ocasiones anteriores) de regresión. Aunque en este caso es probable que el proceso forme parte de otro mayor que suponga a la larga un verdadero avance: ya se sabe que para renacer es necesario primero morir. Una gran parte de esta merma ha sido provocada de forma directa por los intereses comerciales (del capitalismo tardío, como diría Lyotard). Quizás en épocas anteriores cada individuo conocía más su posición, sus aptitudes, sus posibilidades. Ahora la cultura de masas se vende enlatada, como los alimentos. Y la cultura enlatada, al igual que los alimentos enlatados, resulta muy poco saludable para el organismo. Ya sé que esta afirmación basta para que algunos se tiren de los cabellos en nombre de una supuesta libertad de elección que esconde no otra cosa que un puro interés comercial (y que conste que soy el primero que cree que los autores y editores deben de percibir sus justos emolumentos). De la misma manera que ahora apreciamos (¡quizás en exceso!) a los grandes chefs, que aparecen continuamente en los medios de comunicación (en parte también porque entierran grandes sumas en sus gabinetes de prensa, no nos engañemos) podríamos empezar a reconocer a los grandes creadores artísticos. Y esos grandes creadores, no nos engañemos de nuevo, son los que emplean un lenguaje vivo, más allá de la postmodernidad, que maquilla lenguajes muertos con el fin de vender su mercancía. Observo cómo no solamente en mi ciudad (que ya de por sí muestra un paisaje cultural muy limitado) sino también en otros paraderos más ilustrados, la afluencia de público a los conciertos clásicos se limita cada vez más a la tercera edad. Ello indicaría que tales conciertos han dejado de tener vigencia (podría ser en parte debido al encorsetamiento que vuelve a padecer tal manifestación tanto en formas como en contenidos) y/o que el público joven se ha ido embruteciendo a marchas forzadas (seguro). Dentro de poco tiempo un gran sector de la población llegará, tras la escucha de unos compases de Rachmaninov, a la conclusión de Marilyn Monroe en The seven year itch: “Esto debe ser música clásica; lo sé porque no cantan”. O, lo que es peor, “Esto es música clásica porque suena a pianista con los cabellos agitados exhibiéndose de forma sentimental”.
sábado, 8 de enero de 2011
Equilibrio
Existen individuos que temen apartarse del grupo por razones diversas, pero que se podrían resumir diciendo que en el grupo encuentran protección y seguridad. Existen otros individuos que temen integrarse en el grupo por razones diversas, pero que se podrían resumir diciendo que fuera de él encuentran protección y seguridad. Una vez más, dos verdades opuestas pueden coexistir simultánemante (al contrario que dos enunciados ciertos opuestos). Aunque convendría analizar un poco el trasfondo de ambas actitudes, ya que ninguna de ellas representa el modo ideal de relacionarse con el prójimo. Es evidente que protección y seguridad representan cosas muy distintas para el sociólatra o para el sociófobo. Para el primero el grupo aporta o bien el suficiente apantallamiento como para reforzar un yo débil o bien el suficiente escaparate como para exhibir un yo hinchado. Para el segundo el grupo tiende más bien a disgregar ó diluir un yo diferenciado ó individual. El tema del yo es complejo se mire como se mire, pero lo que parece fuera de duda es que solamente se puede trascender atravesándolo. Tanto si se evita el yo como si se hace excesivamente opaco nos hallamos en una situación de punto muerto. O sea, que el diálogo con el grupo sin que éste disgregue tu individualidad teniendo en cuenta, sin embargo, que tal individualidad es algo provisionalmente ilusorio sería una situación de equilibrio ideal.
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