En aquella calurosa mañana de verano
en que, para mayor penuria, los sistemas de climatización fallaban de forma
intermitente haciendo la atmósfera aún más pesada, el administrativo S.P.M. se
veía incapaz de trabajar. En realidad S.P.M. no trabajaba demasiado en ninguna
ocasión, independientemente del clima, pero normalmente no tenía conciencia de
ello. Se engañaba a sí mismo con tanta facilidad que nadie hubiera dicho que
ganó su posición gracias a toda una serie de pruebas interminables y dilatadas
en el tiempo que aseguraban que tan preciado trofeo se convirtiera en un lujo
al alcance de muy pocos ciudadanos del reino. ¿Y cuál era la etiología y el
sentido profundo del puesto de trabajo que tan flamantemente ocupaba S.P.M.?
Según él, su trabajo –además de extenuante- era absolutamente clave para la
homeostasis social. S.P.M. se dedicaba fundamentalmente a cotejar y, en su
caso, ajustar los requerimientos que debían aplicarse a las normas que
regulaban el correcto funcionamiento de las medidas de contingencia que se
ponían en marcha cuando el sistema oscilaba más de una séptima parte de la
desviación standard calculada teóricamente para el cotejo de los requerimientos
de satisfacción social. Un trabajo, como solía decir el propio S.P.M.,
excitante. Durante la primera época de su experiencia laboral S.P.M. tenía, en
ocasiones, que improvisar sobre la marcha y adaptar su trabajo a cualquier
casuística. Pero en los últimos años el departamento correspondiente (en su
caso, el de bienestar social) había puesto en marcha unos procedimientos que
actuaban como masterfiles capaces de
protocolizar cualquier contingencia. Toda la realidad tenía que estar contenida
en tal documento (casi) definitivo. La identificación de cualquier caso que se
situara fuera de tal cartografía ponía inmediatamente en marcha un plan de
actualización de los procedimientos. Este plan conllevaba la reunión apremiante
(aunque no necesariamente urgente) de todo un grupo de funcionarios especializados
que decidían así sobre el futuro de las futuras realidades (también decidían si
tales realidades eran en realidad reales o no). A fin de llevar un control
riguroso de los resultados de su trabajo, S.P.M. debía, como todos sus
compañeros, generar mensualmente los correspondientes informes ISO.2-324 y
además, los ISO.3-426 cada trimestre y los ISO.6-538 anualmente. Todo parecía
controlado y S.P.M. podía descansar tranquilo porque su contribución a la
sociedad le generaba suficiente paz de conciencia como para descansar
plácidamente cada noche para así poder llegar, al día siguiente, fresco a su
mesa de trabajo. Y no era para menos. El material que manejaba y generaba
S.P.M. no solo modelaba cualquier aspecto de la sociedad sino que, además,
devorava todo lo que no parecía poder contener al principio, que acababa así
incorporado al particular universo en el que S.P.M. y tantos otros, de forma
consciente o inconsciente, vivían. Curiosamente, sin embargo, esta especie de
cajón de sastre que todo lo acababa conteniendo se iba pareciendo cada vez más
a un agujero negro –o más bien a un agujero gris- que devoraba, cual moderno
Saturno, a sus hijos, especialmente a aquellos más díscolos. De esta manera el
sistema siempre aseguraba que todo su contenido quedase convenientemente
catalogado, taxonomizado, aceptado y digerido. Tal contenido constituía su
Corpus de La
Verdad. La diversidad era
analizada e incorporada. Y la divergencia se intentaba digerir previamente a la
incorporación. Si la digestión no se hacía posible se ponía en marcha el
programa-anatema que reducía la divergencia a la no-existencia. Tal sacrificio
era necesario en pos de la continuidad. Sí, el piadoso S.P.M. constituía un
pequeño pero importante eslabón de un sistema perversamente modélico.
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lunes, 30 de julio de 2018
sábado, 21 de julio de 2018
Individuos
De vez en cuando –en esos momentos que
las filosofías orientales denominan de conexión- veo con pretendida claridad el
aroma de las cosas (¿la “idea clara y distinta” de Descartes?). Es entonces
cuando lo intento plasmar, de sopetón, por escrito, en términos racionales, y
ya tenemos una nueva entrada en el blog. Quizá una simplista clasificación de
las personas puede distinguir entre aquellas que quieren cambiar el mundo y
aquellas que quieren entenderlo (la mayor parte, evidentemente, se reparte
entre ambos cometidos). Los que quieren cambiarlo ya poseen un claro sistema de
coordenadas dentro del cual cartografían la realidad. Los que quieren
entenderlo se preguntan constantemente por la naturaleza de tal sistema de
coordenadas. Los primeros poseen una cognición inmediata que les permite pasar
a la acción sin más contemplaciones mientras que los segundos resultan más
pasivos porque cuestionan las coordenadas a las que parecen verse sometidos. Mirado
muy superficialmente parecería que buena parte de los científicos pertenecieran
más al primer grupo mientras que los filósofos al segundo. Al menos los
científicos dedicados a lo que Thomas Kuhn llamaba “ciencia normal”, es decir,
los que descubren cosas dentro de una cartografía predeterminada. Los que
inventan cartografías nuevas, evidentemente, pertenecerían más al segundo
grupo, así como buena parte de los filósofos. La distinción se hace más
importante en nuestros días, cuando un gran cambio, que afecta a nuestras
cartografías, se está produciendo en nuestro mundo. Y este gran cambio es el
paso de la racionalidad a la trans-racionalidad. Como en todo proceso de
crecimiento, estamos atravesando una crisis inflamatoria que da lugar a una
ultra-racionalización, y también una crisis existencial -a la que llamamos
posmodernidad- que nos impide mirar hacia adelante. Las ciencias de la
naturaleza hace mucho tiempo que parecen querer abrirse a la transmodernidad.
Los enfoques holísticos de la mecánica cuántica, la ecología, la holografía, la
teoría del caos, la cibernética, la fractalidad, los sistemas disipativos, la
autopoiesis y el modelo Gaia dan debida cuenta de ello. También la filosofía
hace un siglo (de Wittgenstein a Rorty) que debate sus límites –y más dos
siglos que se pregunta sobre la posibilidad de que la mente no sea transparente
(Kant)-. ¿A través de qué metaparadigma analizo yo el mundo? Pues a través de
uno extrapolado de la Modernidad, con su correspondiente trans-Ilustración.
¡Soy absolutamente incapaz de creer que la evolución pueda parar por haber
llegado a un punto final en que se han descubierto todos los secretos del
mundo!
lunes, 9 de julio de 2018
Libros
Acabo de leer el primer tomo de
“Posmodernismo: la lógica cultural del capitalismo avanzado” de Fredric
Jameson. A pesar de su edad (1991) creo que sigue siendo una muy buena
referencia para entender nuestra situación actual en cuestiones estéticas y de
otros géneros. Y lo es, entre otras causas, porque atiende a diversos puntos de
vista. Es una descripción de la posmodernidad desde la propia posmodernidad y
también desde la modernidad. Las consideraciones de Jameson entroncan más con
las de la Escuela de Frankfurt (con la que le une una cierta visión marxista de
la sociedad) que con las de los postestructuralistas como Lyotard o Derrida
(aunque de hecho no llegue a una descripción demasiado diferente de la que
proponían estos últimos autores). La crisis de la historicidad es analizada
pormenorizadamente para no dar lugar a dudas sobre la propia naturaleza de la
posmodernidad.
También he leído un libro publicado en una época similar al
anterior, “El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin” de Alessandro Baricco.
Aparentemente se trata de un librito sobre la posición de la música “clásica”
en nuestros días, aunque su autor parece tener un barullo mental considerable
(para empezar llama “modernidad” a lo que a todas luces parece ser la
posmodernidad). Baricco sospecha acerca de la ahistoricidad de nuestro momento
pero no llega a plasmar claramente este síntoma. Para él –y en eso puedo
coincidir- el corpus canónico de las obras de la música solamente pueden
revivir con la interpretación, que debe ajustarse a los oídos del presente.
Cuando Baricco lanza su machete contra la “nueva música” (se refiere primero a
la Escuela de Viena pero acaba poniendo a gran parte del S XX en este apartado)
y la contrapone a la “música ligera” que según él es la única que está viva en
nuestro entorno uno no puede por menos que constatar cierto espíritu
reaccionario o, cuando menos, una aproximación muy superficial al fenómeno
musical. El autor justifica la aparente involución o falta de evolución
contemporáneas comparando nuestra situación con otras épocas. Así, recuerda que
el clasicismo vienés de Haydn y Beethoven resulta mucho más “simple”
armónicamente que la música del Renacimiento flamenco o incluso que la del propio Bach
(¿Por qué, entonces, Bach nos parece más moderno que Josquin o Haydn que Bach?).
Cuando Baricco considera a Puccini como “el primer autor de música ligera” o a
Mahler “el primer compositor de música de cine” la confusión no hace más que
crecer. La única ventaja del libro es que es corto. A propósito: muchas veces
me pregunto como es posible que artistas comprometidos con la pintura o la
poesía más rompedora (si es que éstas aun existen…) sean incapaces de aproximarse
a la música contemporánea e incluso la consideren como una tomadura de pelo.
Después de todo Webern o Boulez se sitúan en las mismas coordenadas que
Mondrian o René Char.
martes, 3 de julio de 2018
Grisura
En el mundo de las ciencias físicas,
químicas y biológicas se suele hacer una distinción entre dos perspectivas con
las que considerar los objetos/procesos motivo de estudio. Se trata de la
aproximación termodinámica y la aproximación cinética. El primer punto de vista
considera estados (normalmente iniciales y finales) especialmente por lo que a
situaciones energéticas se refiere mientras que el segundo considera procesos
que tienen lugar en el tiempo. El paralelismo con las visiones filosóficas de
un mundo objetual-pre-definido y un mundo procesual-por-construir es evidente.
La visión termodinámica parte de una idealidad atemporal e inmutable (el mapa
energético). Nuestra tarea consiste entonces básicamente en cartografiar
cuidadosamente nuestra situación. La visión cinética construye una realidad
temporal que cartografía nuestra situación con marcas breves que desaparecen
como estelas en la mar, parafraseando a Machado. Evidentemente estas visiones
se han enriquecido con la evolución de nuestro conocimiento y hoy en día la
teoría del caos tiende un puente entre ambas aproximaciones. Las nuevas
ciencias de la naturaleza nos muestran un camino evolutivo a seguir en otros
ámbitos del pensamiento. Nuestra sociedad insiste hasta la médula en el tema de
que el futuro está abierto y no hay que anticiparlo sino construir la realidad
conforme ésta se desarrolla. Estoy de acuerdo con esta idea, siempre que nos
situemos en un contexto amplio y realista (los intentos, insistentes también
hasta la médula, de hacer creer a todo el mundo que es un genio y que con
voluntad se puede hacer cualquier cosa tampoco son demasiado higiénicos
mentalmente hablando y siempre responden a operaciones mercantilistas). Pero
nuestra sociedad, en los ámbitos de acción más diversos, dicta unas intenciones
y practica fuertemente las contrarias. El futuro está abierto pero el espacio
mental está tan fuertemente cuadriculado que esta apertura corre el riesgo de
colapsar. Hoy en día a cualquier profesional basado en la comunicación (desde
los profesores hasta los periodistas, desde los gestores culturales hasta los
servicios de atención al público) le vienen impuestas unas directrices
normalmente generadas por un burócrata que se cree muy listo por haber leído
–sin haber comprendido- cuatro libros representativos. Cuando un departamento
de enseñanza insiste en la forma en que hay que enseñar a restar a los niños de
6-7 años (“nunca substrayendo, siempre ascendiendo de la cifra menor a la
mayor”) o indicando de qué manera se debe deconstruir una pieza artística (“un
cuadro es la suma de un marco, unos colores y una forma”) no hace más que
cerrar el futuro por colapso del presente. Oremos para que la podredumbre de la
modernidad (o sea, la postmodernidad) consiga un catártico efecto de lanzarnos
hacia la trans-modernidad. Amén.
domingo, 10 de junio de 2018
Maniqueismos
Cuando, hace treinta años, se me preguntaba por mi profesión y respondía que era químico una visible mueca aparecía invariablemente en la cara de mi interlocutor: “–Contaminador, ¿no?”. Cuando respondía que me dedicaba a la investigación farmacéutica la mueca se transformaba en una señal de aprobación. Diez años más tarde la percepción de las farmacéuticas había cambiado y por ello la mueca persistía e iba acompañada de alguna alusión a cualquier teoría conspiratoria. No estoy describiendo ni a los químicos ni a las farmacéuticas sino unos tópicos que acompañan nuestros juicios más a menudo de lo que nos parece. Tópicos por lo que hace tanto a las relaciones automáticas que tan a menudo generamos (o, mejor dicho, replicamos) como por lo que hace a nuestros juicios. La contaminación la generamos todos con nuestras acciones más cotidianas. Y si alguien puede contribuir de forma técnica a paliar la contaminación, es un químico. Las empresas farmacéuticas no son más perversas que cualquier otra manifestación económica o social humana. Simplemente expresan su perversidad de una forma concreta, como otras lo hacen de otra manera. Esta tendencia implícita y terrible de acabar clasificando en última instancia el mundo como una dualidad entre “buenos” y “malos” deriva en último término, ya lo he dicho en otras ocasiones, de la filosofía de Parménides y Platón, fermento de la civilización occidental (y que me perdonen estos eminentísimos y geniales pensadores). Cuando clasificamos aquello que nos rodea y lo situamos en uno de los tópicos compartimentos que replicamos sin parar (ahora, con los medios de comunicación social, el fenómeno se ha potenciado de forma exponencial) siempre nos observamos en un trono cartesiano fuera del objeto de nuestra atención. Somos incapaces de observar lo suficientemente alejados como para podernos inluir en el cuadro. Si lo hiciéramos así dejaríamos de proyectar sobre un (inexistente) fondo neutro y enriqueceríamos de forma exquisita nuestras percepciones.
viernes, 25 de mayo de 2018
Octies pro fratribus perversis
Era de prever. Entre las
características físicas de Seraphim Arch no se encontraba precisamente la
agilidad. Cuando sus 120 kilos se situaron justo encima de una de las antiguas
trampas para cazar los osos que tanto habían abundado en el bosque de
Ville-de-Golliath se vino abajo sin ningún tipo de paliativo. Su compañero, el
menudo Hstvo de Gaël, que iba discurriendo con él mientras caminaban por el
paraje, tardó en percatarse qué había pasado exactamente; tal fue la celeridad
del evento.
-Te has lastimado, Seraphim? –gritó asustado
Hstvo hacia el obscuro agujero en tierra que se había tragado a su compadre. Al
principio no hubo respuesta, y los segundos de
demora fueron progresivamente llenando de pavor al ya de por si
asustadizo Hstvo.
-Quizá me he roto algún hueso y estoy
lleno de arañazos y cardenales –respondió con aire igualmente asustado
Seraphim- aunque básicamente puedo seguir respirando. ¡Pero no te quedes parado
y ayúdame a salir de esta trampa, Hstvo! -Cuando éste último logró entrever la
sombra de su amigo quedó asombrado de la profundidad del agujero. Quizá los
osos de Ville-de-Golliath habían llegado a ser de tamaño más que respetable
unas décadas atrás, porque en aquel momento gran parte de los ejemplares habían
emigrado a St-Remy-la-Forêt en busca de panales de miel y fruta silvestre, que
ya no eran tan abundantes aquí como en otra época. Cuando Hstvo tendió hacia su
amigo el palo más largo y resistente que pudo encontrar a su alrededor comprobó
lo que ya era de esperar: no tenía suficiente fuerza como para extraer a
Seraphim de su nicho. Ni siquiera para que éste, con ayuda del soporte, pudiera
intentar la escalada por la frágil pared. Lo único que logró Seraphim con sus
intentos de trepar fue desprender tierra de la reseca pared, tierra que se fue
depositando sobre sus sandalias hasta enterrar sus pies. -¡No te preocupes compère, que te sacaré de aquí como sea!
–exclamó con cierto aire exageradamente teatral Hstvo. –Voy al pueblo en busca
de ayuda antes de que anochezca. –¡No, no me dejes solo a merced de las
alimañas! –suplicó en tono similar Seraphim. Visto desde fuera, el cuadro tenía
un aspecto tragicómico capaz de conmover e invitar a la burla a partes iguales.
–¡Pues ya dirás tu qué tengo que hacer! –preguntó Hstvo a Seraphim. –De
momento, hacerme compañía y darme ánimos para no desfallecer, evitando así que
este agujero se convierta en mi sepultura. –Pero Seraphim, ¿donde está aquel
espíritu alegremente contestatario de tus años mozos? No eras tu el que
escribió, siendo aún estudiante en el convento, aquellos versos que te valieron
un castigo tan severo y que decían algo así como:
I do
not know with whom Edan will sleep
But
I do know that fair Edan will not sleep alone
-Si, ¡lo recuerdo como si fuera ayer!
El prior se lo tomó por el lado más abyecto y fui castigado a llevar un cilicio
durante un mes seguido. ¡Solo por sentir cierta envidia de aquel abominable
cretino que se creía el centro de la abadía! Aunque gracias a este hecho, amigo
Hstvo, fui capaz de abandonar el convento –no sin antes reclutar un alma gemela
como tú- y recorrer el mundo … -Bueno, Seraphim, el mundo es algo mayor que los
bosques de Occitania … -Ya me entiendes Hstvo! Los bosques y tabernas de
Occitania han sido desde entonces nuestro mundo. Y allí escribiste aquellos
versos que se han llegado a hacer célebres más allá de estos confines:
In
taberna quando sumus,
non curamus quid sit humus,
sed ad ludum properamus,
cui semper insudamus.
quid agatur in taberna
ubi nummus est pincerna,
hoc est opus ut quaeratur;
si quid loquar, audiatur.
Si quid loquar, audiatur…
-Si, querido Seraphim, ¡ese fué un
momento feliz dentro de nuestra mutable existencia! ¿Recuerdas que aquellos
días conocimos a nuestras amadas Hildegaard y Ursulea, con quien convivimos
durante más de un año y que inspiraron el que quizás sea tu mejor poema?
Dies,
nox, et omnia
mihi sunt contraria;
virginum colloquia
me fay planszer,
oy suvenz suspirer,
plu me fay temer.
O
sodales, ludite,
vos qui scitis dicite,
mihi maesto parcite,
grand ey dolur,
attamen consulite
per voster honur.
Tua
pulchra facies,
me fay planszer milies,
pectus habens glacies,
a ramender ...
statim vivus
fierem per un baser.
-¡Nos hemos hecho viejos, compañero Hstvo!
Toda la poesía que recordamos pertenece a otra época. Una época diferente, distante;
muy anterior a nuestra condición actual; mucho antes de que no fuéramos más que ¡¡un par de
borrachines!!
Y la luna cayó como un cañón de luz
sobre Ville-de-Golliath mostrando a los dos goliardos envejecidos.
martes, 15 de mayo de 2018
Simplicidad
Acabo de leer una reseña (gràcies,
Fratello!) sobre un libro recién aparecido que no tiene precio. Se trata de “la
muerte de la muerte” (curiosamente el título no es demasiado original: un
temprano ciclo de canciones de Paul Hindemith de 1922 se titula precisamente
así). La (¿peregrina?) tesis del libro es que en 2045 la vejez será una
enfermedad curable, y la muerte, un asunto opcional (a no ser que tengas un
accidente, claro). Así, uno de los autores del libro declaró, en la
presentación del mismo en Barcelona, que él no pensaba morir nunca. A mí lo que
más me choca de este tipo de declaraciones, más que el contenido en sí, es la ligereza
con que se dejan ir. Desde tiempos inmemoriales una de las peores maldiciones
con que los dioses podían castigar a un mortal era privándolo de la muerte. No
invitándolo a unirse a ellos en el monte Olimpo sino condenándolos a errar sin
fin en este proceloso mundo. El judío errante, el holandés errante son
mitos-leyendas favoritas sobre este tema, que también tiene sus ecos en El CasoMakropulos o Volviendo a Matusalem. En nuestros días, en que la vida se ha
vuelto transparente –como diría el omnipresente Han- la perspectiva de la
inmortalidad simplemente hace referencia a la posibilidad de esquivar la muerte
biológica. De hecho, los autores del libro hablan de la inmortalidad de las
líneas de células cancerosas arguyendo que se trata de un tema que la gente
desconoce (¡Pues mira que no se ha escrito y trabajado con la telomerasa!). Ni
por un momento a tales autores se les ha pasado por la cabeza qué supondría la
acumulación infinita de experiencias o la capacidad para evolucionar
cognitivamente de forma ilimitada. Por no hablar de factores sociológicos: la
muerte ya no podría igualar al mendigo y al emperador, que danzan juntos al son
de la parca en los frescos medievales. Una mendicidad eterna y un imperio
eterno son lo más parecido que conozco a una condena eterna. Por no hablar de
la situación terrorífica a la que se expondría la humanidad cuando se dé la
posibilidad a la existencia de asesinos inmortales. Terrible.
viernes, 4 de mayo de 2018
Substantia
Sigo leyendo a Byung-Chul Han. Y me
sigue pareciendo un sintetizador excepcional de nuestro momento histórico.
También me sigue pareciendo que todas sus reflexiones parecen encaminadas a
concluir que estamos en un momento particularmente malo de la historia y, por
consiguiente, lo mejor que podríamos hacer es frenar, poner la marcha atrás y
salir de este callejón (¿sin salida?) para ir a otro sitio (¿nuestro pasado?).
Supongo que Han nos incita a reflexionar, rebelarnos contra el estado de cosas
y abrazar una filosofía a-temporal (todavía no he leído su libro sobre la
filosofía Zen, pero puedo casi anticipar esta posibilidad). Me gustaría más que
Han fuera capaz de un ascenso dialéctico y abogase por un Zen del futuro, con
elementos de la cultura occidental de la que por otra parte él es buen
conocedor. ¡Cuántas veces he oído –y contrareplicado- manifestar la creencia de
que la filosofía de Oriente no sirve para arreglar el mundo porque debido a su
pasividad lo deja invariante! Esta idea es absolutamente occidental. Desde
Oriente se puede argüir con idéntica facilidad que la filosofía de Occidente no
hace más que crear necesidades e ilusiones. Me parece absolutamente necesario
que la filosofía de nuestro tiempo y del futuro próximo supere esta dialéctica.
Las culturas oriental y occidental hace ya mucho tiempo que se encontraron y su
fusión es un necesario proceso de lógica histórica. A este respecto acabo de
leer también a Giles Lipovetsky, quien hace diez años analizaba los males pero
también los aspectos positivos de nuestra época. Me pregunto si tales aspectos
siguen siendo hoy en día vigentes. Para mi el problema más serio que presenta
la visión postmoderna es la falta de historicidad, la falta de dialéctica y de
sentido evolutivo. Aplicada al mundo artístico, la postmodernidad precluye la
existencia de vanguardias: todo ha sido ya dicho -todo ha sido descubierto- y
lo único que nos cabe producir son combinaciones de elementos que se encuentran
en la historia. Éste es el gran subproducto que la falta de grandes narrativas
o de metanarrativas acarrea. Leo en la entrada catalana de la Viquipèdia (¡en
la Wikipedia en castellano el artículo en cuestión ni existe!) que la postmodernidad consiste en una visión liberadora
del mundo, una visión sin los trasfondos paternalistas-sexistas-capitalistas
propias de la modernidad, que propugna la libertad personal, la subjetividad
individual y la revolución artística (¿!). Recomiendo la entrada de la
Wikipedia inglesa para ahondar de forma seria sobre esta cuestión.
miércoles, 25 de abril de 2018
Zombies
Cuando inicié el blog, hace poco más
de doce años, la conciencia de estupor todavía podía hacerse sentir de forma
más o menos directa. Durante este lapso, y con aceleración sostenida, nuestras
zonas ciegas han ido creciendo por lo que hace a los más diversos panoramas que
se alzan ante nuestros ojos. Y en aquellos casos en los que la ceguera no es
aún total nos aqueja algo todavía más dramático: el bloqueo y la inacción. Como
en la sala ecoica de Teufelsberg nuestras quejas, lamentos, ideas o intentos de
observar comprehendiendo y elaborando son inmediatamente engullidos por el
sistema y acaban formando parte de esa masa transparente –nuestro gran agujero
gris- que parece contenerlo todo. Ese gran agujero se alimenta, evidentemente,
no solamente de nuestros detritus físicos y mentales sino –y sobretodo- de
nuestro progresiva pérdida de contacto con la riqueza de lo real. Se alimenta
de nuestra ignorancia, que tiende a crecer de forma ilimitada. Nuestra gran
ignorancia es la ignorancia del especialista. Un gran conjunto de especialistas
en las más diversas competencias es infinitamente más ignorante que un
individuo con capacidad de síntesis y de experiencia. Cada vez nos creemos más
conocedores de “la parte del conocimiento que aún no conocemos”, y eso nos
cierra las fronteras hacia nuevas dimensiones
del conocimiento. No es un trabalenguas. Cada vez acotamos más el futuro porque
lo queremos encasquetar en esa absurda y ridícula racionalización que nos
acompaña ya en todos y cada uno de nuestros ámbitos de acción y relación. Ya
dice Morin que el peor enemigo de la razón es precisamente la racionalización.
Esa ciudad de las recetas simplificadas, de los clichés de la cultura de masas,
de los Selections of the Thinkers Digest
en la que cada vez más gente habita es la ciudad de los zombies, el peor escenario que Kafka podía diseñar.
miércoles, 11 de abril de 2018
Cardinales
A fuerza de tanto repetir que vivimos
en una sociedad abocada al precipicio de la incomprensión, la ignorancia, la
imbecilidad, la ignominia y la inmolación me lo acabé creyendo. Y mis
subsiguientes pensamientos y acciones, claro está, fueron absolutamente
coloreados y matizadas por tal creencia. Y cada vez que pisaba el freno y
miraba hacia el retrovisor, con ánimo de comparar lo que tenía delante y lo que
tenía detrás, caía presa de esa inconmensurabilidad gnoseológica a la que tan
finamente llaman paradigm shift. Y no
solo no lograba encontrar un metaespacio desde donde visualizar simultánea y
nítidamente las dos zonas sino que cada vez la trampa epistemológica se cerraba
más y más en torno a mi mente y oprimía con más fuerza mi fuente de inspiración,
que parecía secarse por momentos. Así fue como llegue a la conclusión de que
debía acudir a un gurú inspiracional, un maestro místico o algún hábil
charlatán que volviera a enderezar mi entendimiento so pena de caer en una especie
de decadencia senil prematura. Pero… ¿Dónde buscar tal gurú? ¿Debía mirar hacia
adelante, hacia atrás, hacia los lados o hacia arriba? Si miraba hacia atrás mi
selectiva aprecición encontraba a viejos maestros cuyas enseñanzas parecían en
su momento eternas pero la aplicación de las cuales parecía en el momento
actual fuera de contexto. Si miraba no tan hacia atrás me topaba con mis
predecesores directos: progenitores, maestros, ex-compañeros y ex-profesores el
recuerdo de los cuales no hacía más que aumentar mi sensación de vértigo y
tristeza por la pérdida de un tiempo pasado que, una vez más, parecía
simplemente mejor. Como siempre he
tratado de evitar esta sensación de refugio virtual que ciertamente apacigua a
la corta pero que enloquece a la larga, miré a los lados. El problema era ahora
muy diferente. El torbellino frenético al que estamos estructuralemente
sometidos precluye el paisaje lateral. Sus vórtices voraces literalmente
engullen toda nuestra perspectiva lateral o externa. No existen exteriores.
Todo parece englobado por el torbellino. Si lo que quería era ganar una posible
metaperspectiva no iba por buen camino, así que decidí mirar hacia delante. En
esa dirección se podían observar gurús de todo tipo, algunos con pretensiones
visionarias, otros más puramente folklóricos, muchos iluminados, también
bastantes chiflados (la conjunción incluída), mercachifles, algunos finos
analistas y muchos, muchos mamarrachos. Y, evidentemente, algunos que no podía
clasificar fácilmente pero que podían caer en uno cualquiera de los grupos anteriores. Mi
intención última para con este grupo no era sin embargo la clasificación sino
el hallazgo de puentes de comunicación con el pasado que me permitieran conocer
mejor el futuro. El establecimiento de metapuentes, vaya. Por mucha ruptura
epistemológica que hubiera pensaba que, alejándose lo suficiente, la tal grieta
podría necesariamente permitir la creación de tales metapuentes. Pero ahí, ay,
me engañaba sin saberlo. Porque las situaciones, los metapuentes, las
epistemologías y demás tanto se nos pueden presentar como objetos que como
procesos. Como la luz. Y a medida que me alejaba de la grieta epistemológica
con objeto de hallar la conexión natural que la cerrara me encontraba más con
una dinámica, con un sistema en evolución que con un objeto de dimensión
espacial. Decidí una vez más cambiar de dirección y oteé hacia arriba, quizás
buscando un deus ex machina que de
repente iluminara la situación, clarificándola. Me imaginaba un espectáculo
poético-circense a medio camino entre la revelación divina y el juego
mistificador del prestidigitador. Mirando hacia esa dirección, sin embargo, me
pasaba una cosa diferente a las experiencias anteriores. Tan pronto veía una
multitud de sombras difusas que parecían quererme decir algo como una imagen
más nítida pero inexpresiva como en muchas ocasiones no veía absolutamente
nada. Al cabo me percaté de que esa dirección era en realidad una subrogada de
otra dirección que no procede de la espacialización. Cuando miraba hacia arriba
salía en realidad de la esfera del tiempo espacializado y entraba en la esfera
de la interioridad des-temporalizada. Cuando miraba hacia arriba miraba, en
realidad, hacia mi interior. Y allá había de todo –o no había nada, dependiendo
de mi estado, mi receptividad y mis expectativas-. Fue así como, con mucho
esfuerzo, logré construir una narrativa que podía recoger o, mejor dicho, contener todos los puntos de referencia
que necesitaba para esbozar un modelo. Mi modelo, que no debía enfrentarse a
otros modelos, sino abrazarlos.
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